¿Quién eres cuando nadie mira? 5 de marzo, 2011
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5 de marzo, 2011

Papá estaba borracho otra vez. Alicia lo supo por la forma en que cerró la puerta de la calle, por el sonido vacilante de los pasos y por el gruñido con el que llamó a su madre.

No necesitaba verlo para adivinar lo que ocurriría.

La buscaría por toda la casa, pero solo encontraría a sus hermanos durmiendo en el suelo o en el sofá de la sala principal.

La única habitación estaría vacía y eso lo pondría furioso.

Mamá trabajaba de noche, ¿por qué siempre se le olvidaba? Se iba cuando se escondía el sol y no regresaba hasta el amanecer. Y en esas largas horas su padre se mostraba lleno de rabia, rodeado por un montón de críos inútiles que se convertían en la única opción para descargarla.

En algunas ocasiones, se quitaba el cinturón y azotaba al primer niño que se cruzara en su camino hasta dejarlo sin conocimiento, buscando cualquier excusa para justificar el castigo.

En otras, agarraba a alguna de sus hermanas mayores del pelo, las abofeteaba y les arrancaba la ropa.

Después se bajaba los pantalones y las tomaba a la fuerza enfrente de todos los demás.

Papá siempre decía que mamá era una puta y que ninguno de ellos era de verdad hijo suyo, así que si iban a alimentarse de su dinero, tendrían que compensarle de algún modo.

A Alicia le costaba entender de qué iba todo aquello, pero cuando acababa con sus hermanas, papá solía decir que si se quedaban embarazadas, al menos tendría garantías de que ese sí era un hijo suyo.

Ese día, Alicia se encontraba acurrucada en el interior del armario.

Sabía que no debía entrar en la habitación de sus padres, sin embargo, esa noche sus tres hermanos pequeños se habían peleado.

Gritaron y se golpearon hasta que Maxim, el mayor de los varones, intervino.

Les pegó a todos con una vara y pronto los gritos se transformaron en un llanto que al final dio paso a sollozos ahogados, ante la amenaza de ser castigados más duramente si no se callaban.

Alicia no podía seguir viendo eso. No quería pasar la noche en el salón, durmiendo apretada junto a sus siete hermanos, escuchando los rugidos de sus estómagos hambrientos mientras esperaban el amanecer o el regreso de alguno de sus padres.

Prefería estar sola. Tal vez pasara más frío, pero al menos no tendría miedo.

Se había escabullido cuando los otros se acostaron y no tardó en hacerse hueco entre la escasa ropa que yacía en el armario.

A pesar de sus ocho años, su cuerpo seguía siendo más menudo que el de la mayoría de las niñas de su edad y dormir allí dentro no resultaba incómodo.

En cierto modo, hasta le parecía un lujo, como si tuviera su propia habitación.

¿Quién le iba a decir que ese día su padre abriría el armario de par en par?

¿Cómo pensar que buscaría a su madre ahí dentro, en lugar de aceptar que no estaba en casa y regresar al salón a por uno de sus hermanos?

Alicia había visto a su padre enfadado muchas veces, no obstante, el brillo febril que iluminaba esa noche sus ojos grises le heló la sangre.

Aquello era distinto. Había tanto odio, tanta furia, que su joven mente apenas lograba comprenderlo.

Sabía que no debía estar allí, pero ¿tan malo era lo que había hecho?

Papá nunca le había arrancado la ropa a ella, tenía la sensación de que era demasiado pequeña para eso.

Lo hacía con Arisha, que a pesar de sus catorce años casi no hablaba y jamás se quejaba; o con Lera, su frágil y enfermiza hermana de doce años.

A ella le aguardaba un destino que se sentía incluso peor.

Su padre la agarró del brazo y la sacó arrastras del armario, arrojándola al suelo con violencia.

Entonces llegaron las patadas. Las botas de trabajo estaban húmedas, eran pesadas y se hundían en su cuerpo con dureza, dejando marcas que tardarían mucho en desaparecer.

Quizás no desaparecieran nunca. Puede que muriera esa misma noche, como había temido tantas otras veces, que su padre pisara y pateara hasta que Alicia se rompiera en mil pedazos y dejara de existir.

El crujido de sus costillas le robó el aliento y por un momento el mundo se volvió borroso.

No. No moriría esa noche. Tenía que sobrevivir. Pero si quería lograrlo, no podía quedarse allí. Cada instante que pasaba en esa casa, su vida se apagaba un poco más. Tenía que marcharse, era ahora o nunca.

Jamás podría explicar de dónde vino aquella certeza, ni la repentina fuerza que la acompañó.

Una energía hasta entonces desconocida dominó su cuerpo y le permitió rodar a un lado para esquivar los golpes de su padre.

El instinto más básico de todos se había encendido y de pronto el dolor dejó de importar.

Tampoco lo hicieron el miedo o el frío. Alicia comenzó a correr y ya nada pudo detenerla, ni los gritos de su padre ni las exclamaciones de sus hermanos.

Todo su mundo se quedó atrás cuando sus pies descalzos pisaron el frío asfalto y ni siquiera entonces detuvo su marcha.

Alicia corrió en medio de la noche, sin rumbo en las solitarias calles de Moscú, hacia un destino incierto, probablemente trágico, pero que por primera vez en su corta vida, sentía que le pertenecía a ella y a nadie más.