15 de abril, 2023. 1657h #2
El comentario jocoso no pareció hacerle gracia a Alicia, que chasqueó la lengua antes de lanzarle una mirada despectiva.
Qué chica tan atrevida, pensó Ángel alzando las cejas.
A pesar del riesgo al que se exponían, no parecía tener ni una pizca de miedo.
Tampoco se mostraba intimidada ante él, aunque estuviera cargando con el cuerpo de su amiga y hacía no tanto la había inmovilizado y amenazado de muerte.
Sería tan divertido bajarle los humos. ¿Cuánto dolor podría aguantar antes de romperse por completo?
Era una pena que nunca fuera a averiguarlo.
O tal vez sí. Dependía de cómo se resolviera ahora su situación. Ángel se mantuvo detrás de Alicia mientras la joven llamaba al timbre, sin apartar los ojos de ella. Por suerte, sí había alguien dentro, ya que enseguida se escuchó movimiento y la puerta se abrió.
—Hola, Gregori —saludó Alicia con cierta frialdad—. Traigo a un cliente.
El tal Gregori no pareció muy contento con la propuesta. Se había apoyado contra el marco y realizado una mueca desdeñosa.
—¿A estas horas? Acabo de llegar, no hay nadie más aquí. ¿No se te ha ocurrido que podías empezar a trabajar un poquito más tarde?
A Ángel no le extrañaba que tuvieran a aquel gorila vigilando la puerta.
Musculoso, con la ceja derecha cortada, una barba bien cuidada y los brazos y el cuello cubiertos de tatuajes, era el ejemplo perfecto de lo que uno podría esperar al llamar a la puerta de un lugar como aquel.
Era incluso más alto que él, pensó el joven mientras estudiaba a Gregori con atención.
Y lo bastante ancho para cubrir casi por entero la entrada.
¿Estaría entrenado en algún tipo de arte marcial?
Eso estaría bien, podía darle a Ángel la oportunidad de poner en práctica todos sus años de boxeo.
—Me paga el doble —respondió la chica con desgana—. Y me ha dicho que está dispuesto a compensar también al portero por el esfuerzo de abrir antes.
—¿Es así? —Gregori lo miró por primera vez, sus ojos grises mostrando aún cierto escepticismo. Ángel le sostuvo la mirada sin inmutarse, esbozando una media sonrisa tranquila—. Bien, en ese caso…
Por fin se hizo a un lado para dejarlos pasar, antes de sentarse en un taburete junto a la puerta y encender un cigarrillo. Los dos jóvenes entraron en el piso sin esperar más indicaciones, pero antes de que pudieran dar dos pasos, el portero volvió a detenerlos.
—¿Qué es eso de ahí?
Por supuesto, no iba a ser tan fácil.
—Ya que paga el doble, a mi chico le encantaría probar algunos trajes y juguetes. ¿Verdad, cielo? —Alicia habló en un tono juguetón mientras se giraba hacia él con una sonrisa lasciva.
Esa debía ser la señal para intervenir.
—Claro que sí. Solo tenemos ganas de pasárnoslo bien. Si eso implica pagar un extra más para el portero, estoy conforme con ello.
Sin esperar respuesta, Ángel sacó la cartera del bolsillo.
En realidad, aquello no le hacía ninguna gracia.
No es que su trabajo reportara grandes beneficios y la beca apenas le daba para sobrevivir al curso.
No le sobraba el dinero para dedicarse a sobornar a ese hijo de puta.
Aquello debería correr a cuenta de Miguel, al fin y al cabo, todo ese lío era culpa suya.
Tal vez más tarde se lo reclamara. Por ahora, no tenía más remedio que pagar.
La cantidad pareció satisfacer a Gregori, que tras contarlo en un vistazo rápido, hizo un gesto de cabeza para indicarles que pasaran, sin volver a dirigirles la palabra.
Alicia tomó a Ángel de la mano y se pegó contra su cuerpo, continuando con su papel de zorrita seductora.
Estaba claro que era una gran actriz y subestimarla sería un error.
Aquello solo le daba más motivos para desconfiar, sin embargo, hasta ahora la chica estaba siguiendo el plan a rajatabla, así que se sentía dispuesto a darle una oportunidad.
La siguió en silencio y Alicia lo guio hasta una habitación de su elección.
—Hemos tenido suerte —murmuró tras cerrar la puerta—. Gregori es un idiota y un vago. Plántale unos pocos billetes delante y te dejará hacer lo que te venga en gana.
—¿Unos pocos? —Ángel hizo una mueca—. No te imaginas la cantidad de pedidos que tengo que entregar para cubrir ese gasto. ¿A ti cuánto te pagan por polvo? A lo mejor me convendría cambiar de trabajo, el mío no me compensa.
—Déjate de gilipolleces. ¿Qué vamos a hacer con el cuerpo?
—Eres tú quien ha sugerido traerlo aquí, pensé que tendrías un plan.
Aquella chica era increíble. Vale, entraban en el piso, sí, ¿y ahora qué?
¿Se suponía que era Ángel el que tenía que decidir dónde esconder el cadáver?
Pensaba que Alicia conocía el lugar y ya tendría algo en mente.
Echó un vistazo alrededor. Lo cierto es que la habitación no ofrecía demasiadas opciones.
En el medio de la estancia había una cama de matrimonio, sin más elementos que las sábanas blancas y un par de almohadas.
En la pared del lado derecho descansaba un armario empotrado y a la izquierda había una ventana cubierta por cortinas rojas.
Ángel señaló la puerta que había al otro lado de la habitación, justo frente a ellos.
—¿Eso es…?
—Un baño. Pequeño, no hay gran cosa.
—Ya.
El armario tampoco parecía una opción factible.
Estaba vacío, sí, pero no podían dejar el cuerpo ahí dentro y largarse.
En cuanto alguien lo abriera, lo encontrarían.
Aunque si eso ocurría cuando ya se hubiera ido, ¿qué más daba?
¿Acaso David sabría que había sido él quien lo llevo hasta allí?
Y si lo supiera, ¿sería capaz de encontrarlo?
No creía que tras cometer el crimen se hubiera fijado demasiado en el chico que dormía plácidamente en la escena.
Estaba a punto de sugerir que hicieran aquello cuando Alicia empezó a hablar.
—En muchos de los pisos el suelo tiene doble fondo. Si levantas la tarima, hay un espacio donde guardan cosas, como droga o dinero. Pero este piso lo usan las chicas para trabajar, no sé si será igual.
Ángel ladeó la cabeza. Se iba a negar a que dejaran el cuerpo en el armario, ¿verdad?
Gregori sospecharía de ella, aunque fuera un idiota.
O tal vez no, pero David seguro que sí, sobre todo teniendo en cuenta que era amiga de Anna.
Y no creía que la chica estuviera dispuesta a comprometer tanto su seguridad.
Joder, todo eran problemas. Muy bien. Doble fondo, podían comprobarlo.
El joven volvió a ponerse los guantes. Se había asegurado de no tocar nada desde que entraron en el edificio, sin embargo, ahora que no tenía más remedio que hacerlo, pondría todos los medios para no dejar huellas.
La policía aún tenía sus datos registrados y no los eliminarían hasta que cumpliera los veintiocho, no podía arriesgarse.
Tras ello, sacó su navaja y se agachó. Era un suelo de parqué con largas láminas de madera oscura.
Con cuidado, trató de introducir el filo de la navaja entre dos de las láminas.
Encontró algo de resistencia al principio, pero tras insistir y ladear la herramienta la madera cedió y se elevó ligeramente, permitiendo a la hoja introducirse con facilidad hacia el fondo.
—Parece que vamos a tener suerte. Vale, vamos a mover la cama, levantaré el parqué de debajo y luego dejaremos esa zona tapada, así no será tan obvio lo que hemos hecho.
Alicia asintió y le ayudó a apartar la cama hacia la izquierda, dejando espacio suficiente para que comenzaran la tarea.
Tuvo que valerse de nuevo de la navaja para levantar la primera lámina, pero tras ello, los dos se dedicaron a hacer espacio quitando la madera con las manos.
No hablaron ni se detuvieron hasta que el agujero fue lo bastante grande.
—¿La puerta está cerrada? —preguntó Ángel, acordándose de pronto de la presencia de Gregori en el edificio.
—No se pueden cerrar las puertas de las habitaciones, es por seguridad. Pero no te preocupes, le has dado bastante dinero para que no nos moleste durante un rato. Te corresponde por lo menos una hora.
Esperaba que Alicia tuviera razón y que el vacío que notaba ahora en su cartera por lo menos fuera a merecer la pena. Ángel tumbó la maleta al lado del hueco y procedió a abrirla. La joven se apartó al momento y desvió la vista, todavía demasiado afectada para mirar el cuerpo de su amiga.
A él le preocupaba algo muy distinto. Vale, tenían un hueco entre el verdadero suelo y el parqué, pero no era demasiado amplio.
Anna era menuda, si la tumbaban estirada entraría.
El problema era que en ese momento su cuerpo estaba acurrucado en posición fetal y el rigor mortis no parecía dispuesto a dejarle modificar la postura a su gusto.
Ángel agarró uno de los brazos y comenzó a tirar con fuerza, hasta que un desagradable crujido vibró en el aire y la extremidad cedió.
—¡¿Qué haces?!
La indignación en el tono de Alicia le arrancó una carcajada.
—¿Tú que crees? Así no va a entrar, tengo que estirarla.
—¡Pero le has roto el brazo!
El joven se contuvo para no soltar una respuesta mordaz. ¿Qué importaba? Ya estaba muerta, no es como si fuera a quejarse. Rompería tantos huesos como fuera necesario hasta que pudiera deshacerse de aquel puto cadáver de una vez.
—Me temo que no hay más remedio —murmuró finalmente, con desdén apenas contenido—. Si no te ves capaz de ayudarme, al menos no molestes. Yo también quiero acabar con esto cuanto antes.