15 de abril, 2023. 1657h
Miguel tenía razón, Ángel era un hipócrita.
Desde que se acercó a él no había hecho más que tratar de convencerlo de lo vacía que resultaba la moral y lo liberador que sería aceptar al monstruo.
Se había reído de su amigo por esconderse y se esforzó por mostrarse como una persona libre de la opresión de unas normas que no era capaz de comprender, pero nada de aquello era cierto.
Sí, había tenido buenos momentos en los que se había dejado llevar y le encantaría convertirlos en una afición habitual tras la cual pudiera continuar con su rutina acostumbrada.
El problema radicaba en que, de ser atrapado, todos sus planes se irían a pique y Ángel era demasiado orgulloso para permitirlo.
Por eso se había molestado tanto esa mañana.
Creía que cuando Miguel por fin cediera a su influencia y trasgrediera las leyes, se alegraría.
Al menos, pensaba que lograría divertirse.
Pero en lugar de ello se había puesto furioso y estado a punto de perder el control.
Porque Miguel había dirigido su ataque hacia él.
Podría haber elegido a cualquier otra persona en el mundo, sin embargo, era a Ángel a quien había traicionado.
No, no estaba siendo justo. Su amigo ya trasgredía las normas, llevaba mucho tiempo haciéndolo.
Y eso se lo debía a Noah, no a él. Lo que había cambiado aquella noche era que Miguel se había atrevido a saltarse sus propios principios.
No las leyes de los hombres, como las llamaba Ángel, sino las leyes que su amigo se había autoimpuesto.
Tal era el deseo de proximidad que lo dominaba, tan potente resultaba su atracción.
¿No era suficiente con eso? ¿Por qué todavía no se sentía satisfecho? ¿Qué más quería de Miguel?
En realidad, no lo descubrió hasta que se enfrentó con Alicia.
Miguel la miraba con compasión, por supuesto.
Envuelta en esa aura de inocencia, su amigo no podía evitar querer ayudarla.
Pero había algo más en su mirada, algo que apareció en el momento en el que Ángel la inmovilizó y se apretó contra ella.
Una oscuridad bien conocida había iluminado los ojos del joven y en su respiración entrecortada se adivinaba lo que sus labios no se atrevían a esbozar.
Mátala. Destrúyela. Tómala a tu voluntad y haz que todo lo que una vez fue deje de existir.
No tenía que usar palabras para saber lo que pensaba.
Miguel deseaba ver morir a Alicia tanto como Ángel quería estrangularla.
¿Por qué no se lo había dicho antes? ¿Por qué seguía tratando de disuadirlo?
¿Qué ganaba evitando que se dejara llevar por sus instintos?
Ángel conocía los motivos por los que no sucumbía, ahora también ansiaba saber los de Miguel.
Y no solo eso. Necesitaba entender cuándo y cómo había nacido su necesidad.
Quizás así lograra comprenderse un poco más a sí mismo.
Lo que bajo ninguna circunstancia esperaba era escuchar una confesión como aquella.
Sabía que Miguel no había tenido una buena relación con su hermano y que eso tenía que ver con cómo lo trataban sus padres.
Aun así, jamás habría imaginado que llegara al punto de matarlo.
¿Cómo había ocurrido? ¿Qué sintió Miguel cuando cometió el mayor de los pecados, cuando vertió la sangre de su hermano?
Su pequeño Caín tenía mucho que contarle y Ángel se aseguraría de hacerle todas las preguntas tan pronto como resolvieran su problema actual.
Y eso lo llevaba de vuelta Alicia. No iba a negarlo, aquella chica le intrigaba.
Les había mentido. No sabía exactamente en qué, pero estaba seguro de que no decía toda la verdad.
Detrás de esa aparente vulnerabilidad que había conmovido a su amigo, se ocultaba una amenaza velada que no se podía ignorar.
El ataque con el cuchillo ni siquiera le había sorprendido.
Incluso cuando habló con ella por teléfono, tuvo la sensación de que había algo en su forma de actuar que no encajaba por completo.
¿De verdad podían confiar en ella? Anna lo había hecho y el resultado estaba claro.
¿Qué pasaría si seguían sus indicaciones y acudían juntos a aquel piso?
Tal vez la joven no estuviera tan dispuesta a colaborar como había querido hacer ver ante ellos.
Quién sabe. La única forma de averiguarlo era seguir adelante con el plan.
Para ello, Ángel se encargó de pasar la última grabación del móvil de Anna y su conversación con David al pen drive .
A la policía le iría muy bien tener aquello a mano.
Tras eso, se puso los guantes otra vez, limpió muy bien el móvil y procedió a destruirlo arrojándolo con fuerza contra la pared y pisoteándolo hasta hacerlo trizas, ante las exclamaciones sorprendidas de Miguel y Alicia.
La verdad es que no le apetecía que algún agente avispado se hiciera con él y empezara a inmiscuirse en las ubicaciones y conversaciones post-mortem de su dueña y así se lo hizo saber a los presentes.
Mejor prevenir que curar. Recogió los restos y los guardó, con la intención de tirarlos a algún contenedor de camino al piso de Buenos Aires.
Aprovechó la breve parada para sacar dinero, ya que Alicia le recomendó llevar bastante efectivo encima.
Tal vez les vendría bien para convencer a quien estuviera en el piso de que les dejara entrar con la maleta sin revisar los supuestos juguetes que contenía.
Tras eso los tres se habían metido en el coche y habían emprendido la marcha, sin más comentarios que las indicaciones esporádicas de Alicia para guiarlos en la dirección correcta.
—¿Estáis seguros de esto?
El tono preocupado de Miguel se reflejaba también en su expresión ceñuda.
Ángel podía entenderlo, él mismo era consciente de lo absurda que resultaba aquella situación y todo lo que podía salir mal.
Y seguía sin confiar en Alicia, pero ¿qué le iban a hacer?
Ya estaban metidos hasta el cuello. No había forma de dar marcha atrás, así que solo podían seguir adelante.
En realidad, no le preocupaba demasiado.
Fuera lo que fuera lo que se encontrara allí adentro, se sentía preparado para enfrentarlo.
Al final, el joven terminó por encogerse de hombros.
—¿Se te ocurre un plan mejor?
El silencio de su amigo fue toda la confirmación que necesitaba.
—En ese caso, vamos allá. Tú espera en el coche y a la mínima que notes algo raro, lárgate.
—No os voy a dejar tirados.
—No te hagas el héroe, Miguel. Voy a dejar el pen drive contigo.
Si pasa cualquier cosa, ve cagando leches a la policía, ¿no es eso lo que querías hacer desde el principio?
Pero si también te pillan a ti y te quitan las pruebas, entonces sí que estamos jodidos.
Es importante que estés atento y actúes cuando corresponda.
—Qué fácil es decirlo. —Su amigo entornó los ojos—. ¿Cómo se supone que voy a saber si las cosas os van mal?
Ah, ahí estaba lo que tanto deseaba ver.
Esa mirada ansiosa, casi suplicante, deseando entregarse a sus deseos como si su vida dependiera de ello.
Ángel tuvo que contenerse para no acariciarle la mejilla.
No convenía que lo presionara demasiado, podría provocar el efecto opuesto al deseado.
Era mejor ir despacio hasta asegurarse de que Miguel se debía a él por completo.
Lo que no pudo evitar fue una sonrisa sincera.
—No te preocupes. Me aseguraré de darte un toque. Si recibes una llamada mía, lárgate. Aunque no creo que sea necesario, Alicia y yo nos vamos a apañar muy bien, ¿verdad?
—Acabemos cuanto antes… —respondió la chica con impaciencia.
Ángel había buscado algo de su complicidad con el comentario, pero estaba claro que Alicia no iba a dejarse engatusar. Muy bien, como deseara.
El paseo hasta el edificio fue tranquilo, a pesar del traqueteo constante de la maleta.
Le habría encantado aparcar justo frente al portal para no tener que cargar de nuevo con el pesado bulto, sin embargo, le pareció más seguro dejar el coche a cierta distancia, lo suficiente para que nadie pudiera verlo desde el bloque al que iban.
Era mejor que los que sea que esperasen dentro no fueran conscientes de la presencia de Miguel en los alrededores.
Ya estaban subiendo al ascensor cuando Ángel comenzó a preguntarse qué pasaría si le hacía una llamada perdida a su amigo.
No ahora, aún era pronto, pero tal vez dentro de un rato.
¿De verdad huiría en busca de la policía?
¿O se dejaría arrastrar por sus más primitivos instintos y acudiría presto a la batalla?
Sería divertido verlo aparecer de pronto, con la mirada desencajada y los puños apretados en una mezcla de miedo y rabia.
¿Qué pasaría después? ¿Se iría todo su plan al garete o Ángel sería capaz de reconducir la situación?
En ese momento se lo estaba pasando bien, pero si por algún motivo comenzaba a aburrirse, se sentía dispuesto a dejarse llevar por la curiosidad y marcar aquel número.
—Es muy temprano, así que no creo que haya mucha gente. Incluso puede que esté cerrado —comentó Alicia cuando se encontraron frente a la puerta.
—¿Y tú no tienes llave?
—No, de aquí no.
—Pues qué bien… —Ángel a duras penas pudo ocultar la irritación—. Espero que tengas un plan B.
—Que haya poca gente puede ser bueno —continuó la joven, haciendo caso omiso al comentario de su acompañante—. Pero también puede resultar sospechoso. Tú deja que hable yo.
—Por supuesto. El escenario es suyo, señorita.