16 de mayo, 2013
Había dado positivo a cocaína. Eso lo explicaba todo.
¿Por qué tenían que inspeccionar la moto?
¿De verdad era necesario que lo interrogaran?
Solo unas pocas preguntas, en su propia casa, nadie había sospechado de él.
¿Cómo iban a hacerlo? Miguel estaba devastado.
El pobre crío acababa de perder a su hermano mayor, su ejemplo, su referente; se había ido de una forma tan repentina como trágica.
Sí, es cierto que iba demasiado deprisa.
Claro, había consumido. Pero el problema es que fallaron los frenos.
Al menos, a esa conclusión llegó la policía.
Fallaron porque alguien los había cortado.
Parecía imposible. Abel siempre cuidaba de su moto, se aseguraba de dejarla cada noche en el garaje.
¿Y quién podría querer hacerle daño? Era un chico tan bueno, dulce y responsable…
Solo un monstruo intentaría herirlo. Por eso al principio sus padres no se lo creyeron.
Tenía que ser un error, no era de su hijo del que estaban hablando, Abel no había tenido un accidente.
Tras ir a reconocer el cadáver, no quedó lugar para la duda.
Y luego vino la autopsia, la investigación y las preguntas.
Cuanto más espacio necesitaban sus padres, más presionaba la policía, más ataques e insinuaciones llegaban a ellos y más difícil era gestionar el dolor.
Miguel se limitó a observar en la distancia, procurando no llamar la atención.
Él mismo estaba cerca del colapso, tan solo tendrían que darle un pequeño empujoncito y lograrían derribarlo.
Pero aquello no ocurrió. Tras una breve conversación con los agentes, pronto todos habían vuelto a olvidarse de él.
Seguía a la sombra de Abel, como siempre lo había estado, aunque en esta ocasión, su hermano no estaba allí para recordárselo.
No hacía falta, Miguel era consciente de ello.
Lo era cuando vio el féretro en el tanatorio y también cuando entró en la iglesia.
Lo fue durante toda la ceremonia y en el paseo hasta el cementerio.
¿Cómo iba a olvidarlo, si la última mirada que le dirigió Abel seguía clavada en el fondo de su mente, si cada vez que cerraba los ojos recordaba la sonrisa que le dedicó antes de salir de casa, el guiño juguetón y la promesa de volver para la cena, si frente al espejo se veía a sí mismo en el garaje, de pie ante la moto y con los alicates en la mano?
Qué bien se había sentido en ese momento, cuán gloriosa sabía la venganza mientras la ponía en práctica.
Abel se había marchado y el corazón de Miguel se aceleró, a la espera del resultado de su pequeña broma.
Seguro que su hermano regresaría a casa furioso, devastado por la terrible pérdida. ¿Lograría hacerlo llorar de verdad?
Ni por un solo instante se le había ocurrido pensar que tal vez su hermano jamás volviera.
Que el siguiente adiós que le dedicaría sería definitivo, que aquel agujero de cemento se tragaría su cuerpo y que lo que una vez había sido Abel se reduciría a la nada.
Debería ser él el que llorara, tenía razones de sobra para hacerlo.
Ya fuera por alivio, dolor, miedo, culpa o tristeza, pero era esperable que el llanto rompiera en su pecho.
Y, sin embargo, todavía no había vertido una sola lágrima.
Sus padres ni siquiera se habían dado cuenta, estaban demasiado centrados en su propio sufrimiento.
¿Qué demonios pasaba con él? Era un asesino.
Y no uno cualquiera. El asesino de su hermano.
Un monstruo, sin lugar a dudas. Entonces, ¿por qué no confesaba?
¿Por qué no se arrodillaba y suplicaba perdón hasta que su alma se desgarrase?
¿Tenía siquiera alma? ¿Si la tuviera, no estaría llorando?
Tal vez en verdad no fuera un asesino, ¿sería esa la razón?
Todo fue un error, un accidente. Lo único que pretendía era darle una lección, de haber sabido que acabaría así, no habría cortado los cables.
Al menos, eso era lo que se repetía a sí mismo una y otra vez desde aquel fatídico día.
El entierro acabó y las lágrimas seguían sin acudir a sus ojos.
Miguel se esforzó mucho por invocarlas. Trató de recordar el pasado, su vida con Abel, en qué lo había convertido, el odio que engendró en él, la vergüenza, la pérdida de su única amiga, el calvario que había sido su existencia, pero también las firmes reglas que le habían permitido orientar su camino y los pequeños premios y concesiones que pasaron de ser un pobre consuelo a convertirse en el ansiado maná con el que se sustentaba.
Su hermano lo había transformado en un perro, una criatura dócil y obediente que se alimentaba del maltrato como si de caricias se tratara.
¿No debería ser eso suficiente para que se sintiera apenado?
Y no obstante, ninguna emoción se removía en su interior, el mismo silencio en el que se había sumido desde que se marcharon los policías se hacía eco en lo profundo de su mente.
No, no era cierto. ¿Por qué seguía mintiéndose a sí mismo?
Sí que había algo aleteando dentro de él.
Algo nuevo que no acababa de comprender.
Un sentimiento retorcido, temible y oscuro, una serpiente ponzoñosa que se deslizaba desde su pecho, se arrastraba sibilina por sus venas y le provocaba escalofríos.
Euforia. Satisfacción. Aquellas palabras se quedaban cortas.
Era el poder, el guardar para sí un secreto tan terrible que jamás podría compartir.
El control absoluto recobrado, no solo sobre su vida, también sobre la de su hermano.
Y, a pesar de todo su esfuerzo, Miguel no pudo evitarlo. La tumba se cerró ante sus ojos y, por un breve instante, una sonrisa contrajo sus labios.