¿Quién eres cuando nadie mira? 13 de mayo, 2013. 2058h #4
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13 de mayo, 2013. 2058h #4

Estaba solo en casa. La moto se encontraba en el garaje, tan accesible a él…

La cuestión era, ¿cómo hacerlo? Lo primero que se le pasó por la cabeza fue conseguir algún objeto contundente y liarse a golpes con ella, causando tanto daño como fuera posible.

No obstante, sería demasiado evidente quién era el culpable y entonces su hermano lo mataría, no tenía dudas sobre ello.

Lo que había pasado esa tarde sería un recuerdo feliz en comparación con la dolorosa muerte que le aguardaba si Abel se enteraba de que había destrozado su moto.

Pincharle las ruedas también quedaba descartado.

Sería fácil de arreglar y también sabría que había sido él.

Tenía que hacer algo más sutil, algo que provocara un desperfecto apenas visible, pero lo bastante dañino para que la moto de Abel dejara de funcionar.

Lo mejor sería bajar al garaje y echarle un vistazo directamente, tal vez así se le ocurriera alguna idea.

Había salido de casa con una confianza que no creía albergar hasta entonces, pero a medida que el ascensor descendía hacia el aparcamiento, su corazón comenzó a acelerarse y el temor sustituyó a la rabia.

¿Y si estaba cometiendo un error? ¿No sería mejor dejarlo pasar?

Aún tenía tiempo antes de que Abel volviera de baloncesto, pero ¿y si se adelantaba?

¿Qué diría cuando le preguntara dónde estaba?

La puerta se abrió ante él y las luces automáticas del aparcamiento subterráneo se encendieron, sacándolo de sus pensamientos. No. Abel se lo merecía. Había destrozado su violín, no podía dejar que las cosas quedaran así. ¿Cómo iba a perdonarse a sí mismo si se echaba atrás ahora?

Caminó con paso firme hasta la cochera de Abel y no tardó en abrir la puerta.

Sus padres tenían ya dos plazas para sus coches, pero su hermano había insistido en tener su moto guardada en un garaje individual, deseo que, por supuesto, le habían concedido.

Como la habitación era bastante amplia, su padre tenía allí también una caja de herramientas y una mesa en la que de vez en cuando se dedicaba a hacer arreglos y chapuzas, más por afición que por necesidad.

La pintura negra de la moto relucía bajo la luz de la bombilla, el faro delantero girado en su dirección con aspecto burlón.

Cuántas veces se había estremecido al oír rugir aquel aparato en su dirección, pronosticando la llegada de su hermano y las crueldades que planeara ejercer ese día.

La rabia que por un momento se había evaporado, no tardó en resurgir.

Miguel cerró la puerta a sus espaldas y se acercó al vehículo.

¿Y si simplemente la destrozaba por completo? A la mierda Abel y sus venganzas, lidiaría con las consecuencias. ¿No era eso lo que merecía después de lo que le había hecho al violín? Puede que hasta fuera mejor que se enterara de que había sido él. Quizás así empezara a respetarlo de una vez.

El joven echó un vistazo alrededor, pero, aparte de la caja de herramientas de su padre, no encontró nada más interesante.

¿Tendría allí algo útil? ¿Una llave inglesa?

Tal vez eso fuera suficiente para hacer añicos la moto.

Había una, sí, pero no lo bastante grande para cumplir su objetivo.

Miguel la estaba sopesando en sus manos cuando otra cosa llamó su atención.

Uno alicates. Podía volver a su plan original, causar un daño sutil, invisible a simple vista, pero que fastidiaría mucho a su hermano. Si cortaba el cable correcto, la moto dejaría de arrancar o no aceleraría bien o le daría problemas al conducirla. Lo que fuera, seguro que Abel se ponía furioso.

Miguel examinó despacio el volante. Había muchos cables y no tenía ni idea de lo que hacía cada uno de ellos.

Al final, se decidió por cortar uno de cada lado.

Se aseguró de hacerlo cerca del extremo y dejarlos tan bien colocados cómo fue posible, para que no se notara el corte a simple vista.

Seguro que su hermano ni se fijaba, pensó con una sonrisa orgullosa cuando hubo terminado.

Aquello era perfecto y un sentimiento hasta entonces desconocido lo recorrió de pies a cabeza.

Era agradable, emocionante, la satisfacción de un trabajo bien hecho y la expectación ante lo que ocurriría cuando su hermano arrancara la moto.

El joven guardó las herramientas y colocó todo en su sitio, poniendo especial atención para que las cosas quedarán tal y como estaban antes de su llegada.

Cuando volvió a entrar en casa, su cuerpo se sentía muy ligero y su mente por fin estaba despejada.

Tenía razón. Ni la ducha, los enjuagues, los cortes o la música podían aliviarlo.

Solo la dulce expectativa de una venganza bien ejecutada y la sensación de tener el control absoluto sobre lo que estaba a punto de pasar lograron calmar la angustia que desde hacía años había encontrado su hogar en él.

Miguel se había metido en su cuarto, dominado por la más genuina de las alegrías. Solo tenía que esperar un poquito. Oh, pobre Abel, tan inconsciente de lo que acababa de ocurrir. Muy pronto descubriría cuál era el resultado de su pequeña treta.