¿Quién eres cuando nadie mira? 13 de mayo, 2013. 2058h #3
76%

13 de mayo, 2013. 2058h #3

Por toda respuesta, Abel se limitó a darle el móvil.

Tal y como temía, su hermano estaba escribiéndose con Amaia, haciéndose pasar por él.

No debería leer aquella conversación, sabía que no tenía sentido, que solo serviría para hacerse daño y, sin embargo, no pudo evitar subir al inicio y devorar con avidez cada palabra escupida con desprecio a través de la pantalla.

La conversación había empezado cuando Abel compartió con su amiga varias de las fotos que había hecho y fragmentos cortos de aquel video infame.

Para eso lo quería, entonces, para arruinar la única relación positiva que había tenido en su vida.

Amaia había reaccionado con una mezcla de confusión y asco, apresurándose a preguntar de qué iba a aquello y si estaba vacilándola, en lo que parecía un tono cortante.

La respuesta de Abel no se hizo esperar.

«¡Te conozco desde hace tiempo y estaba deseando enseñarte lo mucho que me gusta chupar pollas! Con la cara de puta que tienes, seguro que a ti también te encanta, lo he pensado desde el principio. Conozco a un tío que nos pagaría genial si nos lo montamos con él en un trío. ¿Te apuntas?»

Por supuesto, Amaia se había mostrado profundamente ofendida.

Le había insultado y advertido que se dejara de bromas, ante lo que su hermano se volvió aún más desagradable, atacándola de nuevo y pidiéndole que dejara de hacerse la estrecha «cuando todos saben que eres una guarra a la que le gusta que le den por detrás».

Al final, la que había sido su amiga terminó expresando lo decepcionada que se encontraba y lo repugnante que le parecía Miguel antes de exigirle que jamás volviera a acercarse a ella y de bloquear su número.

Casi sin darse cuenta, las lágrimas habían empezado a deslizarse por las mejillas del adolescente.

Podría tolerar el rechazo de cualquiera excepto de Amaia.

¿Cómo había caído con tanta facilidad? ¿De verdad pensaba que él iba a decirle algo así?

¿Esa era la clase de persona que veía en Miguel?

Creía que la chica lo conocía, que lo entendía y quería lo suficiente para saber que podía confiar en él, pero parecía que en eso también se había equivocado.

Amaia solo era una niña tonta que se había tragado las mentiras de Abel, como todos los demás.

—¿Por qué? —preguntó con voz trémula, alzando sus ojos húmedos hacia su hermano.

El mayor se encogió de hombros.

—Te merecías una lección. Joder, espero que se lo pase a todos los del conservatorio, ya es hora de que vean lo maricón que eres…

No había pensado en aquello. Su refugio, su lugar seguro, el único sitio en el que podía olvidarse de lo horrible que era su vida y centrarse por completo en la música, dejar que las cuerdas del violín arrastraran su dolor y limpiaran su alma hasta renovarlo.

Si sus compañeros recibían los videos, si descubrían la humillación a la que estaba sometido, jamás volvería a estar a salvo.

Daba igual lo mucho que tratara de centrarse en las clases, sus miradas burlonas se le clavarían en la piel, recordándole a cada instante quién era.

Abel había mandado los videos sin sonido, para asegurarse de que nadie pudiera reconocerlo, y había seleccionado fragmentos en los que Miguel se esforzaba de forma visible por satisfacerlo, al punto de que parecía algo voluntario y no forzado.

Su respiración se aceleró y el mundo se volvió borroso.

El móvil se le escapó entre los dedos, demasiado temblorosos para seguir sosteniéndolo.

Estaba perdido. Todo se haría añicos si Amaia decidía traicionarlo.

¿Por qué le costaba tanto respirar? ¿Acaso iba a ahogarse?

Miguel se llevó las manos al pecho y cerró los ojos con fuerza.

Está bien, puede que no pasara nada. Quizás la que fue su amiga todavía sintiera compasión hacia él y simplemente borrara los videos.

Tenía que confiar en ella, era su única esperanza.

—Vaya, ¿qué te pasa? —La voz de Abel le llegó como de muy lejos—. Pareces muy angustiado. ¿Tanto miedo te da que sepan lo que eres?

Miguel fue incapaz de responder. Aunque hubiera querido, no habría podido, tal era su estado en ese momento. Su hermano arrugó la frente en una expresión preocupada antes de hablar de nuevo.

—Lo siento, creo que me he pasado. No sabía que te iba a afectar tanto. Bueno, todo tiene solución, deja que yo me encargue.

¿A qué se refería? El más joven alzó la vista, confundido. Ya no había nada que pudiera hacer para arreglarlo, a no ser que hablara con Amaia y le contara la verdad. Pero eso era algo que Abel jamás haría, no se expondría de esa forma.

Bajo la atenta mirada de Miguel, su hermano cogió su violín y lo sacó de la funda, paseando los dedos por las cuerdas con cuidado.

—Es un instrumento muy bonito. Tal vez yo también debería haber aprendido a tocar… Cómo sea. No te preocupes por los del conservatorio, hermanito. Da igual si ven los videos, porque no vas a tener que volver a las clases.

—¿Qué?

Antes de que el joven pudiera intervenir, Abel golpeó el violín contra la pared con todas sus fuerzas.

El instrumento se dobló con un crujido terrible, que logró estremecer a Miguel en lo más profundo.

Pero su hermano no se detuvo ahí. Lo golpeó de nuevo, una y otra vez, hasta que el violín se partió en dos.

Y aun entonces Abel pisoteó los pedazos, como acababa de hacer con el alma de su hermano.

Eso era todo. Su única válvula de escape, lo que realmente lograba hacerle feliz, hecho añicos ante sus ojos, con una rabia que nada podía justificar.

Ni siquiera la traición que había cometido al acercarse a Amaia explicaba la agresividad en los gestos de su hermano y la furia que contraía su rostro.

Había algo más en aquello, algo tan profundo, tan enquistado en el alma de Abel, que nada de lo que hiciera o dijera Miguel podría alterarlo.

—Ya verás cuando mamá y papá se enteren de lo que le has hecho a tu violín…

—masculló su hermano entre dientes—. ¿Suspendes un examen y te lo cargas a golpes?

Eres un puto inútil que no sabe cuidar sus cosas y que no aprecia el valor del dinero.

No mereces que te compren un violín nuevo, me voy a asegurar de que sepan exactamente lo que ha ocurrido y te prohíban volver a ese estúpido conservatorio.

Si sigues siendo así de agresivo y desvergonzado, tendrán que castigarte como es debido.

Quería gritar. Insultarle. Levantarse y golpearlo, dejarlo en el mismo estado en el que había quedado su instrumento.

Sin embargo, no se movió. Se quedó de rodillas en el suelo, las lágrimas deslizándose sin control, los labios entreabiertos y su mirada incrédula clavada en su hermano.

Así acababa. Su hermano iría con aquel cuento a sus padres y él no se atrevería a negarlo.

Se limitaría a disculparse y aceptar el castigo, como el patético cobarde que siempre había sido.

Abel tenía razón, se merecía lo que le estaba pasando.

—Oh, Miguel, ojalá pudieras verte ahora como te veo yo.

Qué aspecto tan adorable. —Su hermano le acarició el pelo y una sonrisa amable iluminó su rostro—.

¿Por qué has tenido que traicionarme? Debiste contarme lo de esa chica, si me hubieras pedido permiso, te habría dejado tener una amiguita.

Solo tenías que preguntar, pero ahora es demasiado tarde.

¿Por qué sigues haciéndote daño a ti mismo de esa forma?

Es tan penoso de ver… Venga, volvamos a casa. Tienes muchos deberes, ¿no?

Era mentira, sabía que era mentira. Entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón?

¿Por qué notaba que se le encogía en el pecho mientras una voz burlona susurraba en el fondo de su mente que todo era culpa suya?

Abel era su hermano mayor. Era mucho más listo que él.

¿Por qué no seguía sus órdenes? Solo tenía que ser fiel y lo recompensaría, ¿no se lo había dicho mil veces?

¿Tan desesperado estaba por un poquito de atención?

¿Tanto deseaba sentirse importante, haciendo cosas prohibidas a sus espaldas?

Tras aquello ambos regresaron a casa, aunque Abel no se quedó allí demasiado rato.

Había cambiado la hora del entrenamiento de baloncesto para poder esperarlo a la salida, así que no tardó en preparar su mochila y marcharse.

Para alivio de Miguel, sus padres todavía no habían vuelto del trabajo, por lo que tendría un tiempo a solas para relajarse y olvidar todo lo ocurrido.

Por supuesto, eso no fue lo que pasó. La ducha fría no lograría borrar todo el dolor que albergaba en su interior, ni acabar con la culpa y la vergüenza.

Igual que no lo hacían los enjuagues bucales, los cortes en los brazos ni la música sonando a todo volumen en sus auriculares, con la esperanza de que ahogara de una vez por todas sus pensamientos.

El malestar seguí aleteando en su pecho y una rabia creciente comenzaba a dominarlo.

Podía entender lo de Amaia. Rompió las reglas, merecía un castigo y perder de forma definitiva esa amistad.

Pero, ¿por qué su violín? ¿Qué daño le hacía a Abel que siguiera practicando?

Podía dejar el conservatorio si eso era lo que le preocupaba, si creía que era arriesgado que hiciera nuevos amigos.

Sin embargo, debería haberle permitido seguir tocando música, aunque fuera a solas en su cuarto.

No era justo, en esa ocasión, su hermano había ido demasiado lejos.

Miguel no era el único con un objeto preciado.

Abel tenía su querida moto, ese regalo en el que había insistido aún antes de cumplir los dieciséis, la única cosa en el mundo que parecía querer tanto como a sí mismo.

¿Qué pasaría si sufriera algún daño? Tal vez entonces Abel sería capaz de entender cómo se sentía Miguel en ese momento.