13 de mayo, 2013. 2058h #2
No podía estar hablando en serio, tenía que ser una broma cruel, otra de sus provocaciones.
Y sin embargo, nada en su semblante hacía dudar de sus intenciones.
El cabrón de su hermano parecía más que dispuesto a violar a la única amiga que había tenido.
Miguel sintió el impulso de saltar sobre él y hacerle pagar por sus palabras, destrozar su preciosa cara a puñetazos y devolverle todo el dolor que durante tantos años se había estado tragando.
La rabia lo cegó por un instante y Miguel estuvo seguro de que iba a perder el control.
La realidad no tardó en golpear de nuevo.
¿Qué podía hacer él contra Abel? Su hermano era más alto, más rápido, más fuerte.
Lo doblegaría al momento y se encargaría de que pagara cara su rebeldía.
Y en esta ocasión, puede que él no fuera el único que saliera herido.
No, la fuerza bruta no resolvería el problema.
Lo único que le quedaba era apelar a una misericordia cuya existencia resultaba dudosa.
—Abel… —repitió, esta vez en un tono suplicante—. Por favor, no le hagas daño. Ella no ha hecho nada, es nueva, no sabía… Yo no se lo advertí, nadie lo hizo. Por favor. Es culpa mía…
—¡Por supuesto que es culpa tuya! Has sido un traidor y un cobarde desde que naciste —Abel lo agarró del pelo y tiró con fuerza hacia atrás, hasta arrancarle un grito de dolor—. Pero alguien tendrá que compensarme por lo que has hecho y si no es la zorra de tu amiguita, entonces serás tú.
—Está bien… —Miguel tragó saliva con dificultad, luchando por contener las lágrimas—. Haré lo que sea, Abel. Pero no la metas a ella. Por favor.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, maricón. —Su hermano le pateó el tobillo y lo empujó contra el suelo, hasta forzarlo a colocarse de rodillas—. Abre la boca y empieza a chupar.
Tal vez debería estar acostumbrado, ya habían pasado más de tres años desde que Abel lo obligó a hacer aquello por primera vez.
A esas alturas, casi podría considerarse un experto.
No obstante, la sensación de repulsa era algo de lo que nunca lograba librarse.
El asco que sentía cuando sujetaba el miembro erecto de su hermano entra las manos y las arcadas al llevárselo a la boca y verse obligado a saborear su longitud de principio a fin parecían una constante en aquel proceso.
Por no hablar de la sensación de suciedad que ningún enjuague bucal lograba eliminar y de la culpa y el desprecio hacía sí mismo que le invadían cada vez que su semen descendía por su garganta, se le escapaba entre los labios o le golpeaba la cara.
Esa vez no fue distinto. En todo caso, se añadía a la mezcla el temor a ser descubierto como un nuevo elemento angustiante.
Estaban en plena calle. Sí, en un estrecho espacio entre dos edificios por el que seguramente nadie fuera a pasar, pero ¿y si lo hacían?
¿O si cualquier peatón giraba la cara y se asomaba justo en ese momento?
No sería difícil verlos. Cualquiera podría descubrir en qué situación se encontraba Miguel y la vergüenza que le invadió al darse cuenta le resultaba intolerable.
Por eso se esforzó por hacerlo bien y poner en ello todo su empeño.
Cuanto antes terminara Abel, antes podría volver a casa y olvidar lo ocurrido.
Su hermano no parecía dispuesto a ponérselo fácil.
No le sorprendían la brusquedad en su trato, los tirones de pelo, las embestidas violentas que le arrancaban lágrimas, las palmadas burlonas en la cara ni los comentarios despectivos e insultantes.
Miguel casi prefería que fuera así. Si Abel hubiera sido amable, si hubiera mostrado la más mínima consideración por su bienestar, se habría vuelto loco.
El que lo tratara como poco más que un objeto con el que entretenerse le hacía más sencillo lidiar con aquella carga.
Con cada penetración hacía obvio que se trataba de un abuso, sus toses y el ardor en el pecho al verse privado de aire dejaban claro que Miguel no disfrutaba con ello, por mucho que en sus mofas su hermano asegurara lo contrario.
Necesitaba ser tratado como un juguete para que lo que Abel le hacía resultara tolerable, para que no quedasen dudas sobre lo forzoso de aquel acto.
Pero no por mucho que sufriera conseguía que fuera menos humillante.
Más aún cuando se dio cuenta de que su hermano había vuelto a desbloquear el móvil y parecía estar grabando un video.
El joven abrió los ojos de par en par al comprenderlo y luchó por apartarse de Abel, empujando sus caderas con ambas manos hasta que logró alejarse entre jadeos.
—¿Qué… Qué estás haciendo? —Miguel se apresuró a taparse la cara con el brazo y agachar la cabeza—. ¿Estás grabando? Joder, para, apaga eso.
—¿Qué pasa, princesita? ¿Ahora te da vergüenza?
Si lo estás haciendo muy bien… —Abel volvió a agarrarlo del pelo y tirar de su cabeza hacia atrás—.
Solo es un pequeño recuerdo, para que puedas darte una alegría cuando te aburras.
Así no tendrás que recurrir a juntarte con otras putitas.
¿O prefieres que vaya a buscarla a ella?
Claro que no. ¿Qué culpa tenía Amaia? Fue él quien cometió un error al permitir que se le acercara.
Sabía a qué se arriesgaba cuando lo hizo.
Sus ojos húmedos buscaron la mirada de su hermano y la desesperanza cayó sobre su pecho como una losa al encontrarlos.
Abel exhibía una firmeza absoluta, suplicar no valdría la pena.
Si no obedecía ahora, llevaría a cabo su amenaza, Miguel había aprendido aquella lección por las malas.
Bueno, ¿qué era un video, al fin y al cabo? No significaba nada. Lo estaba grabando con su propio móvil, así que en cuanto acabaran, Miguel lo borraría y fingiría que jamás había existido. Con aquello solo pretendía avergonzarlo un poco más. Lo mejor sería acabar de una vez por todas.
Aún con cierta vacilación, Miguel tomó una vez más el miembro de Abel entre sus manos y se lo llevó despacio a la boca.
Trató de marcar un buen ritmo, llegando hasta el fondo, succionando y utilizando su lengua tanto como las arcadas se lo permitían, pero aquello no parecía ser suficiente para su hermano.
Sobre todo porque el mayor no tardó en notar el ángulo en que Miguel se había colocado para asegurarse de que la cámara no captara su rostro.
—No seas tímida. —Un nuevo tirón de pelo y el joven se vio obligado a levantar la vista y cederle el control a su hermano—. Eso es, mira a la cámara. No, no dejes de usar la lengua. Vamos, trágalo entero, demuéstrales a todos lo puta que eres. Ah…
Por fin Abel parecía estar disfrutando de verdad.
El deseo había encendido su mirada y su gesto estaba contraído por la ansiedad y el placer.
Mantuvo un firme agarre y el móvil enfocado en su hermano, soltando gruñidos mientras sus caderas se movían a un ritmo cada vez más rápido.
Era evidente que no tardaría mucho en acabar y Miguel trató de prepararse mentalmente para ello.
Sin previo aviso, Abel le sacó el pene de la boca y comenzó a masturbarse sobre él.
Miguel cerró los ojos y permaneció en una espera dócil.
De acuerdo, en esta ocasión su hermano había decidido terminar en su cara.
Quién sabe, tal vez creyó que quedaría mejor en el video.
En cierto modo lo prefería así, odiaba tener que tragar su semen.
Sin embargo, no pudo evitar un estremecimiento al notar cómo aquel fluido golpeaba su rostro, acompañado de un gemido quedo que se escapó entre los labios de Abel.
—Muy bien… Eh, abre los ojos, mira aquí. Eso es, buena chica. Te gusta mucho chupar pollas, ¿verdad? Espera, vamos a hacer también unas fotos, estás preciosa así, cubierta de lefa.
Miguel no hizo ningún ademán de resistirse.
A pesar de que las lágrimas corrían por sus mejillas, no había sollozos, quejas ni maldiciones.
Ni un solo gesto de rebeldía iluminaba su rostro.
Tan solo quedaban la resignación y el miedo, que contraían su frente y le daban a su mirada un aspecto abatido.
Su hermano colocó el pene contra sus labios y posteriormente sobre su mejilla para realizar varias fotos.
Después volvió a activar el video y se grabó restregando su miembro sobre la cara de Miguel para exparcir su semen por ella.
—Bien, con esto será suficiente.
Se acabó. Ahora su hermano se colocaría la ropa, le devolvería el teléfono y se marcharía como si nada hubiera ocurrido.
Y Miguel no tendría más remedio que hacer lo mismo, volver a casa y seguir con su vida, dócil y en silencio.
Lo más seguro sería alejarse de Amaia, lo de esa tarde era tan solo una advertencia.
Conocía a Abel mejor que nadie y, aunque sus padres no creyeran ni una palabra de lo que pudiera contar sobre él, no podía poner en riesgo a su única amiga.
El joven apretó los puños con rabia apenas contenida.
No era justo, nada de aquello lo era. ¿Por qué Abel seguía haciéndole daño?
¿Por qué no confiaba en él? ¿Es que no se esforzaba lo suficiente para demostrar su obediencia?
¿De verdad era tan malo que no merecía tener de su parte ni a una sola persona en el mundo, a nadie dispuesto a quererlo y protegerlo?
Ya que no podía tener a sus padres, ¿no se le podía conceder al menos una amistad?
Si suplicaba y juraba la devoción más absoluta, ¿lograría convencer a su hermano?
No obstante, en ese momento Abel parecía estar muy entretenido con algo.
Sí que se había arreglado la ropa, pero en lugar de devolverle el teléfono, estaba escribiendo con él, mientras una sonrisa torcida contraría sus labios.
El corazón de Miguel dio un vuelco cuando comprendió lo que probablemente estaba haciendo.
—Abel… ¿Qué pasa? Ese es mi teléfono… ¿No estarás?
—Qué mal carácter tiene tu amiguita. Mira, no ha tardado nada en bloquearte.
—¿Qué?