13 de mayo, 2013. 2058h
Abel merecía que le dieran una lección. Hacía mucho que se lo había ganado, pero Miguel no tenía el valor para ello. Ni la fuerza ni los medios, claro. ¿Qué podía hacer él solo contra su hermano? Porque ese era el problema. Estaba solo y nada de lo que intentara lograría cambiar aquel hecho.
Había creído vislumbrar una tenue esperanza cuando Amaia le habló por primera vez.
La chica era nueva, recién llegada a Madrid, no dio muchos detalles, solo que no era la primera vez que se mudaba y que tenía que ver con el trabajo de su padre.
No importaba, de un modo u otro, había terminado en su clase del conservatorio.
Ambos tocaban el violín, por lo que no era de extrañar que se hubiera dirigido a él desde el primer día.
Por supuesto, Amaia no podía saber por qué nadie hablaba con Miguel ni por qué el joven se sentaba siempre solo y atendía a las clases en silencio, sin tratar de interaccionar con nadie en los descansos ni a la salida.
Tal vez lo achacó a que era muy tímido. Desde luego, desconocía todos los rumores y amenazas veladas que Abel se había encargado de diseminar incluso allí y ningún otro estudiante la hizo partícipe de ello.
Quizás él mismo debería haber puesto límites.
Puede que aquello fuera la prueba final en la que Abel podría comprobar lo absoluto de su compromiso y sumisión.
Tan solo tenía que haber alejado a Amaia y nada de aquello habría ocurrido.
No se le permitía tener amigos, Miguel le pertenecía solo a su hermano, lo sabía de sobra y aun así, cuando la joven lo saludó con una amplia sonrisa y aquellos ojos oscuros entrecerrados por el gesto, fue incapaz de resistirse.
¿Qué daño podía hacer tener a alguien con quien hablar de vez en cuando, al menos durante las clases, a una persona con la que intercambiar impresiones y a la que preguntar por las tareas si un día faltaba?
Abel no tenía por qué saberlo, su hermano no iba al conservatorio y hacía años que ni se pasaba por allí.
En aquel lugar era donde más libre se sentía Miguel y tal vez por eso se había confiado demasiado.
Y durante varios meses, todo pareció ir bien.
Amaia no solo lo trataba con amabilidad, también era divertida e inteligente y pronto encontraron gustos comunes en los que entretenerse incluso tras las clases.
Le había dado su número y siempre que podía, Miguel respondía a sus mensajes, se divertía y llegaba a olvidar la amarga prohibición que durante tanto tiempo lo había aislado.
En más de una ocasión, Amaia le propuso quedar un fin de semana para dar una vuelta o ir al cine, sin embargo, el joven sí se vio obligado a rechazar aquello.
El conservatorio era un lugar seguro, pero fuera de ese edificio, no podían verlos juntos.
Abel tenía ojos en demasiados sitios y si descubría su amistad…
Miguel prefería no pensar en lo que pasaría si aquello ocurriera, le producía escalofríos imaginarlo.
Por suerte, Amaia insistía solo hasta cierto punto, para al final terminar aceptando las negativas sin mostrarse ofendida ni reclamar explicaciones.
El joven se sentía tan afortunado de tenerla cerca que a veces era incapaz de creer que fuera real.
Tal vez por eso no debería haberle sorprendido que Abel estuviera esperándolo allí, a unos pocos metros del conservatorio, con los brazos cruzados y su habitual expresión amable.
Miguel se había despedido de Amaia aún dentro del edificio y había salido solo, por lo que no los había visto juntos.
No podía saber nada sobre ella, ¿verdad?
Pero entonces, ¿qué hacía ahí? ¿Lo habrían mandado sus padres ir a buscarlo?
¿O es que pensaba llevarlo a algún sitio por decisión propia?
Miguel echó un vistazo alrededor, sin encontrar rastro de la moto de su hermano. ¿Iban a ir a pie? ¿A dónde?
—¿Qué pasa, Miguel? ¿No te alegras de verme? —Habiendo llegado ya a su altura, Abel le pasó un brazo por los hombros y lo apretó contra él, obligándolo a caminar a su lado.
—Eh, sí, claro… —murmuró el más joven, a duras penas logrando ocultar su nerviosismo—. Lo que pasa es que me has sorprendido, no esperaba encontrarte aquí. ¿No tenías hoy baloncesto?
La risa cálida de su hermano le contrajo el estómago. Conocía aquel sonido demasiado bien. Lo que para otros resultaría tranquilizador, para él era una clara señal de alarma.
—No te preocupes por eso. Es que tengo una sorpresa para ti y no podía esperar a dártela. Ven, cogeremos un pequeño atajo.
No tenía sentido resistirse, por lo que Miguel se dejó arrastrar en la dirección que marcaba su hermano y pronto se encontró a solas con él en un estrecho callejón sin salida.
—Perfecto, creo que aquí estaremos bien. Es un lugar bastante íntimo, ¿no crees?
Miguel se limitó a encogerse de hombros y agachar la cabeza, demasiado asustado para articular una respuesta coherente. En el fondo, ya sabía lo que estaba a punto de ocurrir, aunque una parte de él siguiera negándolo.
—Bueno, hermanito… ¿No tienes nada que contarme?
Allí estaba, lo que tanto había temido. Abel lo sabía. Dios sabe cómo se había enterado, pero no cabía duda. Ahora solo quedaba esperar su castigo. ¿Por qué no aplicarlo ya? ¿De verdad era necesario torturarlo con preguntas? Y aun así, Miguel se vio incapaz de confesar.
—No… No sé de qué me hablas.
Sería más rápido si lo contaba todo. Quizás hasta se mostrara misericordioso. Sin embargo, una parte de él aún albergaba la esperanza de que Abel estuviera hablando de otra cosa y su pequeño secreto siguiera a salvo.
—¿En serio? Vamos, piénsalo bien. ¿Nada nuevo?
—No.
Durante un rato Abel permaneció en silencio, sin apartar su mirada de él. Miguel se esforzó por mantenerse firme, con los ojos clavados en el suelo y todos sus músculos contraídos por la tensión. Entonces su hermano dejó escapar un suspiro.
—Estoy muy decepcionado contigo, Miguel. ¿El nombre de Amaia no te suena de nada?
El corazón del más joven pareció saltarse un latido. Por supuesto, era sobre ella, ¿por qué se sorprendía? Como de costumbre, Abel siempre iba un paso por delante, no merecía la pena seguir fingiendo.
—Solo es una compañera de clase —mintió el chico sin pensárselo, incapaz todavía de aceptar la derrota—. Mira, no sé qué te habrán dicho, Abel, pero es mentira. Amaia es solo una más, te lo juro.
—¿Ah, sí?
Su hermano le agarró la barbilla y lo obligó a alzar la cabeza para mirarlo a los ojos. Esta vez, Miguel se esforzó por sostenerle la vista con toda la firmeza de la que fue capaz.
—Menos mal —suspiró Abel al final, con una sonrisa de alivio—. Me habían dicho algo muy raro y no acababa de creérmelo, pero ya veo que se estaban riendo de mí. Al fin y al cabo, mi hermano pequeño jamás me traicionaría, ¿verdad?
¿Eso era todo? ¿Se lo había creído? Por un momento, la esperanza volvió a latir en su pecho. Si solo era un rumor lejano, quizás no fuera tan extraño que lo hubiera convencido. Puede que su amistad estuviera a salvo.
—Claro que no, Abel. Vámonos a casa, anda. Tengo muchos deberes que hacer.
—Por supuesto, no quería entretenerte más de la cuenta. Solo una cosa más. Es un detalle tonto, no nos llevará mucho. Déjame ver tu móvil.
Tan rápido como habían aparecido, sus ilusiones se hicieron añicos.
¿Cómo podía ser tan estúpido? Abel jamás confiaría en él, no iba a creer una burda mentira con tanta facilidad, al menos antes tendría que comprobarlo.
Solo había estado jugando con él y Miguel había sido lo bastante ingenuo como para caer en la trampa.
Sabía lo que encontraría en su móvil y cuáles eran las consecuencias de ello, por eso mismo se vio incapaz de moverse, paralizado por el pánico al verse descubierto.
Harto de esperar una respuesta que no llegaba, Abel soltó un bufido de frustración y le sacó el móvil del bolsillo con brusquedad, desbloqueándolo y accediendo a sus conversaciones al momento.
—¿Amaia y un corazoncito? ¿De verdad la has guardado así? —Abel rio de nuevo, aunque esta vez un destello de rabia iluminó sus ojos—. No sabía que fueras tan cursi, especialmente con los que solo son compañeros de conservatorio. ¿Qué pasa, no tienes nada que decir?
Le lanzó una mirada despectiva, pero al ver que Miguel no respondía, su hermano continuó revisando la conversación.
—Veo que con ella sí tenías muchas cosas que decir, eh. Y no las habituales entre compañeros de clase. De hecho, no veo que hables así con nadie más. No hay nada más feo que las mentiras, Miguel, ¿no lo sabías? ¿Cómo te atreves a mentirme?
Al más joven se le escapó una sonrisa irónica, que no tardó en convertirse en una mueca. Mira quién fue a hablar, el rey de la honestidad. Sin embargo, no se atrevió a expresar ese pensamiento en voz alta. Ya tenía bastantes problemas, no necesitaba empeorar su situación.
—Oye, pues no está nada mal la muy zorra. —Abel había abierto la foto de perfil de Amaia y ahora estudiaba a la chica con atención—. Si no fueras un jodido maricón, entendería por qué te la guardabas solo para ti.
Miguel se obligó a mantener la cabeza gacha y apretar los dientes. Solo intentaba provocarlo, no debía dejarse llevar. Abel estaba esperando la más mínima reacción por su parte para castigarlo con mayor dureza.
—Mira, hagamos una cosa. Preséntame a tu chica. Si está lo bastante buena yo me la follo y después de eso consideraré que estamos en paz y haré como si no hubiera pasado nada.
—¿Qué? —En esta ocasión, Miguel no fue capaz de contenerse—. ¡No voy a presentártela! ¿Qué te hace pensar que ella querría algo contigo?
La sonrisa de Abel se amplió, dejando traslucir un salvajismo depredador al que Miguel jamás lograría acostumbrarse.
—He dicho que voy a follármela, en ningún momento he mencionado que fuera a pedirle permiso, ¿no? Lo que ella quiera me importa una mierda.
—¡Abel!