¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1502h #6
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15 de abril, 2023. 1502h #6

—Temo perderme a mí mismo. Si me dejo llevar, echaré todo mi esfuerzo por tierra.

Tantos años de preocupaciones, de sacrificios, de control y planificación para construir a un ser humano decente a partir de las ruinas de mi infancia, habrían sido para nada.

Si cedo mis límites y permito que lo que llevo dentro tome el control, creo que nunca volveré a ser el que era.

Su amigo lo observó durante un instante y entonces rompió a reír. Y esta vez fue una risa clara, cristalina y sincera, tan dulce como cruel, una mofa a sus palabras. Miguel se había abierto a él y como respuesta obtenía una burla. Las mejillas del joven ardieron en una mezcla de vergüenza y enfado.

—¿Te parece divertido?

—Lo siento, pero no puedo evitarlo. ¿Cómo alguien tan brillante puede estar tan ciego?

No te estás perdiendo, Miguel. Por fin te has encontrado.

Intenta verlo desde mi punto de vista. La oruga envuelta en su crisálida ansía extender las alas, pero el miedo a la metamorfosis termina por asfixiarla hasta la muerte. ¿Cómo no va a ser eso divertido?

—¿Qué coño dices ahora?

Ángel se acercó aún más, hasta que sus cuerpos se encontraron a escasos centímetros y su cálido aliento le golpeó la frente. Miguel alzó la vista hacia él, incapaz de apartar los ojos de aquella mirada hipnótica.

—Te estás destruyendo, Miguel. Toda la vida se han aprovechado de tu miedo para someterte.

Te han convertido en una bestia amaestrada, un mero espectáculo de circo.

Te han hecho creer que lo que te hace grandioso es una debilidad de la que debías avergonzarte.

Pero una parte de ti aún lucha por liberarse.

Por eso estás aquí ahora. Por eso sigues mirándome como si todo el mundo se redujera a este único instante.

¿En qué punto su corazón se había acelerado? ¿Cuándo perdió la noción del tiempo, de la realidad y hasta de su propia existencia? Porque su amigo tenía razón, de pronto el universo se había reducido a ellos dos y nada más allá de aquello importaba.

—¿Qué es lo que quieres, Ángel? —consiguió balbucear en un susurro, ya sin fuerzas para resistir su influencia.

—Entrégate a mí. Aprende a amar al monstruo y nunca volverás a estar solo. Confiésame el peor de tus pecados y deja que te muestre cómo esa es la mayor de tus virtudes.

Y la poca distancia que había entre ellos desapareció al fin cuando Ángel posó sus labios sobre los de Miguel, iniciando un beso suave, apenas un roce casto contra su boca.

Se mantuvo así tan solo un instante, ante la parálisis confusa del más joven, hasta que la delicadeza de Ángel se transformó en un arrebato de pasión y su lengua marchó al encuentro de la de su amigo, que terminó enzarzándose en la inesperada lucha por el control y la fusión última de los cuerpos.

El beso terminó cuando Ángel se separó de él, con la misma brusquedad inesperada con la que había empezado.

Miguel podría haber dicho muchas cosas. Podría haberse quejado por el repentino gesto, haberse reído triunfal, haber exigido un poquito más de aquello con lo que tanto había soñado o podría haber preguntado qué demonios se le pasaba a Ángel por la cabeza para hacer algo así.

Pero lo que escapó de su boca fue muy distinto.

Un susurro quedo, dicho sin pensar, sin llegar siquiera a comprender lo que hacía, como si Ángel hubiera sido capaz de arrancárselo de los labios con un beso.

—Maté a mi hermano.

Su amigo sonrió y Miguel por fin tomó conciencia de lo que acababa de decir.

No, aquello no era posible. Jamás lo había admitido, ni siquiera ante sí mismo.

Había miles de razones por las que Abel había muerto, cientos de excusas que se dijo una y otra vez para convencerse de que la sangre de su hermano no manchaba sus manos.

Era su dios y su verdugo, lo odiaba y lo amaba a partes iguales.

¿Cómo iba a matarlo? Solo buscaba hacerle daño, arrebatarle lo que más quería, hacerle sentir un poco de la agonía que había perseguido a Miguel toda su vida, nunca pensó que acabaría de esa forma.

Si lo hubiera sabido, no lo habría hecho.

O, al menos, eso deseaba creer. Pero no podía preverlo.

No tenía el control. Todo fue un error, un accidente.

¿Cómo hacerle entender aquello a Ángel? ¿Cómo explicarle lo que realmente ocurrió sin que pareciera una patética forma de justificarse?

Y, sin embargo, no era necesario. Porque en la mirada triunfal de Ángel no encontró desprecio, no había rechazo, asco ni odio.

Al contrario. El orgullo dilataba sus pupilas y su sonrisa feral seguía invitándolo al salvajismo primitivo de siempre.

Sin dudas ni temores, tras la brevísima sorpresa que la confesión produjo en su amigo, Ángel se había repuesto y parecía henchido de dicha.

—Por supuesto que sí. Qué criatura tan maravillosa. —El estudiante le acarició la mejilla, ampliando aún más su sonrisa—. Oh, Miguel, tienes tanto que contarme…

—¿Chicos?

Miguel se giró sobresaltado hacia Alicia, que acababa de aparecer en el portal.

Bueno, por lo menos, eso esperaba. Tal vez había llegado antes y se había mantenido escuchando en secreto, el joven habría sido incapaz de notarlo, tan ensimismado como se encontraba en la conversación con Ángel.

¿Los habría visto besarse? Peor todavía, ¿habría escuchado su confesión?

De ser así, la chica no dio muestra de ello. Estaba demasiado tranquila para ser alguien que se acaba de enterar de que la persona que tiene delante asesinó a su propio hermano, así que quizás simplemente había bajado a buscarlos porque tardaban demasiado y llegado justo en ese instante.

—Ya hablaremos más tarde tú y yo —murmuró Ángel contra su oído antes de girarse hacia Alicia y romper por fin el contacto con su amigo—. Perdona, es que Miguel tenía algunas dudas, pero ya está todo solucionado. Vamos a ceñirnos al plan, como hemos hablado antes. ¿Verdad, Miguel?

El joven observó a Ángel con atención durante un rato.

El mundo parecía dar vueltas a su alrededor y por un instante sintió que sus pies perdían agarre y que todo se derrumbaría.

No había una amenaza latente tras sus palabras, ya no.

Solo una invitación tan tentadora que estaba derribando cada uno de los muros que había construido a lo largo de sus veintitrés años de vida.

Y cuando creía que no quedaba nada más por destruir, su amigo le sonrió y Miguel comprendió que ya era tarde para él. Quizás siempre lo había sido.

—Sí. Estoy con vosotros. Vamos a joder vivo a ese cabrón .