¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1502h #5
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15 de abril, 2023. 1502h #5

—Me encantaría, de verdad que sí. Pero creo que solo nos daría más problemas a nosotros. Tendremos que confiar en la justicia.

—No lo sé… Ese cabrón merece morir.

—Se acabó. —Miguel se puso en pie, incapaz de seguir escuchando despropósitos—. Creía que a Ángel se le había ido la cabeza, pero ya veo que tú tampoco estás bien. No contéis conmigo, no quiero saber nada.

—No te preocupes. —Su amigo se levantó y se situó frente a él—. Nos ajustaremos al plan inicial, sin asesinatos. Puedes esperar en el coche con las pruebas. No es necesario que te mezcles directamente. Tengo la sensación de que te va más mirar…

¿De qué demonios hablaba? ¿A qué venía esa sonrisita sugerente? ¿Por qué se había acercado tanto a él? ¿Era consciente de lo nervioso que le ponía, de cómo su olor, su mirada, sus labios y su gesto seguro agitaban su corazón? Sí, por supuesto. Por eso mismo lo hacía.

—¿Y qué pasa con vosotros? No se trata solo de mí, Ángel. No quiero que os pase nada…

«No quiero perderte».

Logró contenerse a tiempo y no decirlo en voz alta, sin embargo, no pudo evitar enfadarse consigo mismo por aquel sentimentalismo repentino.

Ángel no se había portado bien, le había hecho daño.

¿Por qué le preocupaba tanto su destino?

¿Por qué se sentía tan dolido y asustado cuando pensaba en el peligro que se mostraba dispuesto a correr?

—No va a pasarnos nada. No nos pillarán. Y si lo hacen… Bueno, entonces las cosas se pondrán divertidas. —El estudiante se inclinó hasta pegarle los labios al oído—. Entonces por fin podrías ver al verdadero yo que tanto deseas. Puede que hasta te dejara probar un poquito. ¿No es eso emocionante?

Miguel se apartó con brusquedad, una maraña de confusos sentimientos latiendo en su pecho.

Debería estar furioso con él. Odiarlo. Rechazar aquella locura y largarse de allí.

No, ni siquiera debería haber salido de casa.

O, al menos, tenía que haberse bajado del coche cuando le dio la opción.

Entonces, ¿por qué seguía a su lado? ¿Por qué permitía que aquel desalmado de rostro angelical siguiera engatusándolo con sus palabras?

¿Es que no había tenido suficiente? ¿Tan apegado se encontraba al dolor y la destrucción?

Pero ansiaba tanto verlo cumplir su promesa, comprobar hasta dónde era Ángel capaz de llegar, estar a su lado mientras juntos le prendían fuego al mundo entero… Estaba perdiendo la cabeza.

Sin añadir nada más, se dirigió directo a la puerta. Todo a su alrededor daba vueltas y necesitaba despejarse.

—¿A dónde vas, Miguel?

—A fumar, nada más. —Se giró hacia su amigo, esbozando una mueca irónica—. ¿O esta vez también me vas a quitar el tabaco?

—No, tranquilo. Es obvio que necesitas aclarar las ideas. No tardes, estaremos esperando.

Miguel no respondió. Dejó que la puerta se cerrara a sus espaldas y bajó deprisa las escaleras. Solo tenía que coger el coche y marcharse, a la mierda el portátil, que se lo quedaran. Huir estaba en su mano, aún podía tomar esa decisión.

El aire de la calle le golpeó la cara y removió sus rizos rubios.

El joven suspiró, sus hombros hundidos y su expresión compungida delatando el peso que anudaba su corazón.

¿A quién quería engañar? Estaba atrapado en la red, en realidad siempre lo estuvo, y escapar nunca había sido una opción.

¿Cuánto más tardaría en dejar de negarlo y entregarse por entero a ello?

El estudiante encendió un cigarrillo y cerró los ojos, mareado por la intensidad de sus emociones.

Una parte de él ansiaba entregarse al vacío, acabar con todas su inhibiciones y permitir que aquel torrente furioso que pujaba en su interior lo arrastrara.

La otra temía enfrentarse al resultado. ¿Qué es lo que le había pasado allí dentro?

Por un momento, había olvidado quién era.

Todas sus convicciones, sus principios y certezas, se habían diluido en el deseo, devorados por un apetito insaciable de destrucción.

Estuvo a punto de ceder a ello, daba igual que intentara negarlo.

Deseaba que Ángel hiciera trizas a aquella pobre chica, que la denigrara, torturara y destruyera hasta no dejar ni rastro.

En un instante, todo lo que creía saber sobre sí mismo se reveló como una farsa y su yo más real amenazó con tomar el control y liberarse de esa jaula que con tanto ahínco se había esforzado en construir.

Cada fibra de su ser anhelaba que Ángel le mostrara lo peor de sí mismo, solo para poder seguir amándolo a pesar de todo, para arrodillarse ante él y convertirse en el fiel esclavo dispuesto a reducir el mundo a cenizas si con ello lograba sentir su calor.

¿No sería liberador ser partícipe de su locura?

¿Olvidar el papel de dócil cordero, renunciar a las responsabilidades, a la culpa y al dolor, y permitir que sus pasos se encaminaran a la incertidumbre más absoluta sin ninguna brújula que los guiara?

Llevaba toda la vida calculando cada gesto, cada palabra, evitando provocar a otros más fuertes, borrando su estela para no volver a atraer la atención de los que pudieran hacerle daño.

Se había convertido en un cadáver que daba tumbos esperando la muerte definitiva, demasiado asustado para permitirse vivir.

Hasta que ese día, por un instante, todo había dejado de importar.

Sus pecados, sus faltas, sus errores e imperfecciones…

Nada de aquello tenía valor, no había sentido ni significado en sus actos.

¿No era eso lo que Ángel trataba siempre de trasmitirle?

¿Y quién era él para renunciar a un fruto tan dulce cuando se le ofrecía con tanto empeño?

Miguel tiró la colilla al suelo y la pisó con rabia.

Qué absurdez. ¿Y qué pasaba con Alicia? ¿Qué culpa tenía ella de las mierdas que cruzaban por su cabeza?

Esa chica también estaba jodida, ¿cuánto habría sufrido hasta ahora?

¿Qué derecho tenían ellos a hacerle daño, a arrebatarle lo poco que le quedaba?

Su integridad, su dignidad, su vida… Eso no le pertenecía a Ángel y, desde luego, tampoco a Miguel.

Un destello de libertad y locura no valía la vida de un ser humano.

¿Cómo iba a perdonarse a sí mismo si permitía algo así?

Por mucho que su amigo predicara la insignificancia de la existencia, tan breve y vacía como la infinitud del universo.

Una vida sin moral, sin culpa, sin principios ni responsabilidad, era algo a lo que Miguel no podía aspirar.

Era demasiado humano para ello, a pesar de que Ángel estuviera seguro de lo contrario.

No. Alicia no se merecía sufrir a manos de dos monstruos carentes de límites.

Tampoco lo había merecido Anna, ni ninguna otra persona en el mundo.

Era hora de que recobrara el sentido y se marchara de allí, antes de que ese joven de ojos claros y promesas imposibles terminara de hacerle perder la cabeza.

Por supuesto, Miguel no se movió. No fue capaz de hacerlo.

Ni de volver a subir al piso donde lo esperaban ni de coger el coche y marcharse.

Estaba anclado en el sitio, tan desbordado por el marasmo de sus emociones que se veía incapaz de dar un solo paso.

No debió de extrañarle que Ángel apareciera de pronto a su lado, estudiándolo con atención antes de hablar.

—Pensé que te habías ido.

Qué extraño, su amigo hasta sonaba preocupado.

—Lo habría hecho —comentó sin poder evitar una mueca desdeñosa—, si fuera una persona mínimamente razonable.

—Sí, eso es lo que hace todo el mundo, dejarme en la estacada. Pero tú no. Tú eres demasiado bueno para eso.

Miguel entornó los ojos mientras una rabia súbita le ascendía por la garganta.

—Deja de decir tonterías. ¿Bueno? Soy gilipollas, eso es lo que soy.

—¿Por qué sigues atacándote a ti mismo de esa forma? Es injusto. —Ángel dio un paso hacia él y lo miró de arriba abajo antes de volver a hablar—. Ojalá te vieras como te veo yo, entonces seguro que no volverías a maltratarte así.

—Oh, vamos, no empieces ahora con cursilerías novelescas, no te pega nada. Además, si alguien me ha maltratado aquí eres tú. ¿O ya se te ha olvidado?

Su amigo guardó silencio durante un largo rato, en su expresión compungida parecía haber una honestidad inusual.

Algo se removía en el fondo de su mente, una emoción poco acostumbrada que le llevaba a medir sus palabras con un tacto que nunca habría esperado del verdadero Ángel.

Sea lo que fuera lo que se le pasaba por la cabeza, el brillo indescifrable en sus ojos impedía que Miguel apartara la vista.

—He visto cómo me mirabas antes —continuó por fin, cambiando por entero de tema—. Ese tipo de deseo… Es inconfundible. ¿Vas a seguir negándolo?

—No, claro que no. —Miguel arrugó la frente, su rabia transformándose ahora en un odio viscoso que se adueñó de su pecho y lo empujó a escupir a los pies de Ángel—. Estamos jodidos de la cabeza, tú y yo. Ya está, lo he admitido. ¿Eso es lo que querías oír?

—¿Ves? Otra vez esos ataques, ese desprecio, siempre luchando contra tu naturaleza. Tiene que ser agotador.

—Mira quién fue a hablar. El chico malo que se enfurece cuando cree que le ha hecho daño a alguien ¿Qué te frena a ti? ¿Por qué esa chica sigue viva?

Ángel le dedicó una sonrisa torcida. No había ni rastro de alegría en su semblante. Tampoco tristeza, enfado o deseo. Solo esa nada infinita que atraía a Miguel al abismo.

—Las leyes de los hombres. Pero ya te lo dije una vez. Finjo ante otros, jamás ante mí mismo. Nunca me avergonzaría de lo que soy. Sin embargo, tú… ¿Qué te detiene, Miguel? ¿A qué le tienes tanto miedo?

En esta ocasión, fue el más joven el que guardó silencio, tratando de poner orden a todos esos pensamientos y emociones que bullían en su interior. ¿Por qué le daba tantas vueltas? En el fondo, ya sabía la respuesta. Siempre la había sabido.