¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1502h #4
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15 de abril, 2023. 1502h #4

—Claro que no —murmuró tras acercarse a ella—. Es normal que estuvieras asustada, os enfrentabais a gente muy peligrosa, no era una decisión que pudieras tomar a la ligera. ¿Cómo ibas a saber que David la encontraría?

El labio inferior de Alicia tembló y una sombra de duda atravesó su mirada.

—Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir —interrumpió de pronto Ángel, sobresaltando a Miguel con su proximidad.

¿Cuándo se había puesto a su lado? Ese chico era demasiado sigiloso—.

Y tienes que seguir haciéndolo. No irás a rendirte ahora, ¿no?

Después de haber llegado hasta aquí. David la mató y es él quien debe pagar por ello.

Solo tenemos que asegurarnos de que la policía lo comprenda y saber el contenido de esto nos ayudaría mucho.

El estudiante agitó el pen drive frente a ellos para resaltar sus palabras, más preocupado por ver qué había dentro que por los sentimientos de Alicia.

En otras circunstancias a Miguel podría haberle molestado su falta de tacto, pero en esta ocasión pudo comprenderlo.

Los tres estaban caminando sobre una capa de hielo muy fina que no tardaría en quebrar.

Ni siquiera sabían si ese piso era seguro o si de verdad iba a acudir alguien de un momento a otro. Tenían que resolverlo cuanto antes.

De pronto, Miguel recordó su portátil. Tras llevarlo el viernes a la universidad lo había dejado en el coche, demasiado ocupado la tarde de su cumpleaños para volver a prestarle atención.

—Creo que tengo el portátil en el coche. Podría ir a buscarlo.

—Joder, ¿por qué no lo has dicho antes? Vamos, date prisa, yo me quedaré aquí con Alicia.

—No es necesario, podéis ir los dos…

—Oh, sí, claro que sí lo es.

Miguel arrugó la frente. Le encantaría poder confiar en su amigo como hasta ahora, pero dada su reciente confesión y cómo habían evolucionado las cosas esa mañana, temía que al volver tuvieran que encargarse de un nuevo cadáver.

—¿Estás seguro?

—Vamos, Miguel, ¿por quién me tomas? Trae el portátil y acabemos ya con esto. Aquí todos queremos lo mismo, ¿no?

Tras un breve silencio, Alicia terminó por asentir.

—Pillar al cabrón de David.

—Eso es. Justicia para Anna.

—Justicia para Anna, ya… Está bien, vuelvo enseguida.

Tal vez fuera por la inquietud, pero lo cierto es que bajar hasta el coche, sacar el portátil del maletero y volver a subir apenas le llevó cinco minutos.

Antes de que tuviera tiempo de pararse a pensar en todo lo que estaba ocurriendo, se encontró a sí mismo llamando a la puerta del piso en el que Alicia y su amigo lo esperaban.

Quizás fuera mejor así, cuanto menos pensara en aquella locura, menos dudas tendría.

Porque si se paraba a razonar aunque solo fuera un segundo, echaría a correr y se alejaría de allí en ese mismo instante.

Es lo que cualquier persona en su sano juicio habría hecho.

Ángel le abrió la puerta y lo hizo pasar al salón, apremiándolo para que encendiera el portátil e introdujera el pen drive .

Los dos amigos se sentaron en el sofá, Miguel con el ordenador sobre sus rodillas, mientras que Alicia se situó tras ellos, apoyándose en el respaldo para ver sobre sus cabezas.

—¿No verías mejor si te sentaras aquí? —preguntó Miguel girándose hacia ella—. Hay sitio de sobra.

—Estoy bien así —masculló la chica con cierta frialdad.

Bien, allá ella, no podía culparla. Era comprensible que no le apeteciera sentarse al lado de dos tipos en los que sin lugar a dudas todavía no confiaba lo más mínimo.

Solo esperaba que no llevara guardado ningún otro cuchillo, ya que ahora se encontraban en una posición muy vulnerable si Alicia decidía lanzar un nuevo ataque.

Miguel se apresuró a apartar ese pensamiento y abrir el contenido del pen drive .

Ángel tenía razón en una cosa, todos allí querían lo mismo, al menos hasta cierto punto.

La grabación fue suficiente para convencer a la chica de lo ocurrido con su amiga y ahora toda su rabia se dirigía hacia David.

Y parecían que iban a tener suerte. Una carpeta llena de archivos de diversa índole se reveló ante ellos y Miguel centró toda su atención en estudiar el contenido de varios de ellos.

Extractos bancarios, copias de pasaportes con toda seguridad falsificados, fragmentos de conversaciones, con audios incluidos, fotos, videos…

Había material de sobra para hundir aquella red si se lo proponían.

El corazón le dio un vuelco y un atisbo de emoción se encendió en él. ¿De verdad iba a ser tan sencillo?

—Es esto, ¿verdad?

—Sí —asintió Alicia—. El muy gilipollas debe creer que está a salvo…

—Qué interesante —Ángel le arrebató el portátil y continuó abriendo archivos—. Los muy cabrones hasta graban vídeos de las chicas. Esto es oro…

¿Por qué parecía que se estaba divirtiendo?

Aquel asunto era demasiado horrible, debería al menos esforzarse por disimular el obvio disfrute con el que estaba mirando aquellos vídeos.

Ese era el verdadero Ángel, ¿no? El que se encontraba escondido tras la máscara de amabilidad y complacencia.

Necesitaba indagar más en ello, pero estaba claro que ese no era el momento.

—Entonces ya está, ¿no? Llevamos esto a la policía y se acabó, ellos harán el resto.

La reacción no se hizo de esperar. Tanto Alicia como Ángel se giraron hacia él al mismo tiempo y lo taladraron con la mirada.

—¿Otra vez con esas?

—Vamos, Ángel, no podemos enfrentarnos solos a esto. Tenemos pruebas de sobra para dejar el caso en sus manos y olvidarnos del tema.

—¡No! —Alicia fue tajante—. No podemos ir a la policía, nos darían muchos problemas. ¿Y qué pasa con Anna? Si vamos nosotros…

—Exacto. Alicia tiene razón. ¿Qué piensas hacer?

¿Presentarte allí y decir “buenas, señor agente, le traigo un pen drive con pruebas sobre una red de trata obtenido en dudosas circunstancias y esta maleta con un regalito asociado al caso, gracias y hasta pronto”?

Si vamos a comisaría, los tres estamos jodidos.

—Sobre todo yo. Me deportarán. No, no, nadie va a ir a la policía.

—Ya lo has oído.

Miguel soltó un suspiro de derrota. Aunque podía entender los temores de ambos, sentía que sin ayuda de las autoridades, se encontraban en un callejón sin salida.

—¿Cuál es el plan entonces?

Su amigo ladeó la cabeza y reflexionó un momento sobre ello.

—Lo primero que tenemos que conseguir es que el cuerpo de Anna se asocie a estos tipos.

Si la policía recibe la información, tal vez a través de una fuente anónima, y se ponen a investigar, deben encontrar también a Anna.

Es la única manera de asegurarnos de que acusen de su muerte a las personas correctas.

Alicia, ¿esconderla en este piso sería una buena opción?

—No, para nada. El piso es muy nuevo, casi no se usa. No creo que salga en los documentos, la policía no lo encontrará o tardará demasiado.

—¿Tienes otro en mente?

—Sí, hay uno en Buenos Aires… Mira —Alicia señaló uno de los archivos en la pantalla—, abre esa factura. Ves, ahí está la dirección. Creo que aparece en varios sitios. Si yo fuera poli, ese sería de los primeros lugares que registraría.

—Pues ya está, solo tenemos que ir allí y dejar escondida a nuestra amiguita, del resto se encargaran los maderos.

—¿Qué? Ángel, deja de decir tonterías.

No podía estar hablando en serio. Su amigo se divertía haciéndolo sufrir al contarle ideas descabelladas. Sin embargo, Alicia se mostró más receptiva.

—Será peligroso. Es un piso muy transitado, siempre hay alguien vigilando y chicas trabajando.

—¿Tú también trabajas allí?

—A veces…

—Bien, entonces ya sé qué haremos. No os preocupéis, funcionará.

—Ángel, basta. No vamos a ir a ese piso. No vamos a meternos más profundo en esto. Ya has visto de lo que es capaz esa gente. Si nos pillan, nos matarán a los tres. ¿Es que no tienes miedo?

Su amigo le dirigió una mirada seria antes de hablar. Su tono era tranquilo, pero estaba impregnado por un deje de condescendencia.

—Por supuesto que no. Ya hemos hablado de eso. Si se te ocurre otra forma de solucionar el problema sin arruinarnos la vida, soy todo oídos, pero por ahora, creo que este es el plan.

—Alicia, ¿lo estás oyendo? Dile que deje de decir estupideces. Tú conoces a esos tipos. Sácale la idea de la cabeza, por favor.

Estaba siendo el día más extraño de su vida y, aun así, aquello superaba todas sus expectativas.

No podían meterse con un cadáver en el corazón de una red de trata solo para asegurarse de que la policía encontraría allí a la muerta.

Si es que alguna vez investigaban el piso, claro.

¿Y si esos mafiosos veían el cadáver antes?

¿Y si los pillaban? Había tantas cosas que podían salir mal, que solo idear un absurdo así debería resultarles vergonzoso.

Y a pesar de ello, Alicia guardó un silencio reflexivo antes de dar la respuesta que Miguel no quería escuchar.

—Si te haces pasar por cliente, podría funcionar. Llevas la maleta y decimos que son juguetes y disfraces, yo digo que has pagado más. El problema es que a lo mejor quieren registrarla, depende de quién esté en la puerta.

—Nos arriesgaremos. Podemos distraerlos para que no intenten nada así.

—¿Y luego qué? ¿Cómo consigues que los maderos los pillen sin hablar con ellos?

Ángel le lanzó a la chica una sonrisa cargada de seguridad en sí mismo.

—No te preocupes. Mi hermana es poli, pero es de fiar.

Es la persona menos corrupta que puedas imaginar.

Haré una denuncia anónima dirigida a ella.

Pase lo que pase, te aseguro que no te verás mezclada en el asunto.

No vas a tener que testificar, te lo prometo.

Ya me encargaré yo de que ninguno de nosotros esté en el punto de mira.

—Entonces, ¿no vas a matar a David?

Lo directo de la pregunta sorprendió por igual a ambos jóvenes, aunque sus reacciones distaban de parecerse. Mientras que Miguel se mostró horrorizado por la propuesta, Ángel a duras penas fue capaz de ocultar su entusiasmo.