15 de abril, 2023. 1502h #2
La chica no era como la esperaba. Es cierto que en su voz suave se podía intuir su juventud, pero Alicia no debía llegar a los veinte años.
Sus grandes ojos grises y su nariz redondeada le daban un aspecto dulce a su expresión, que quedaba enmarcada por una media melena de desordenados mechones castaños.
Era guapa de una forma etérea, con esa aura de vulnerabilidad que empuja a desear protegerla.
¿Cómo había acabado esa pobre chiquilla metida en una situación así?
¿Qué clase de monstruo sería capaz de hacerle daño cuando todos sus instintos le exigían lo contrario?
Miguel desvió la vista hacia Ángel. Algo en su interior le gritaba que la respuesta a esa pregunta se encontraba justo a su lado.
Su amigo no pareció alterado en lo más mínimo y se limitó a saludar con un gesto vago y señalar el interior del piso.
—¿Podemos entrar?
—¿Esa es la maleta?
Los ojos de Alicia estaban clavados en el objeto frente a ella. La avidez de su mirada hizo que le diera un vuelco el corazón. Debía estar preocupada por la integridad de las pruebas. Si supiera que ahora estaban en manos de David y que lo que ocultaba aquella maleta era mucho más horrible…
—Sí, por supuesto.
Sin esperar más respuesta, Ángel se apresuró a entrar, viéndose obligado a empujar a Alicia con suavidad para apartarla del marco de la puerta.
Aunque les había abierto, estaba claro que aquel seguía sin ser un ambiente de confianza.
Aun así, Miguel siguió a su amigo en silencio y cerró la puerta a sus espaldas.
No le hacía ninguna gracia cómo se estaban desarrollando los hechos, pero si estaba allí al menos podría asegurarse de que Ángel no hiciera ninguna estupidez.
—¿Estás sola?
El estudiante dejó caer la pregunta de forma casual, mientras se colocaba ante la puerta, asegurándose de bloquear la salida con su presencia. Alicia debió de notarlo, ya que todo su cuerpo se puso en tensión y sus ojos se iluminaron en señal de alarma.
—Sí, pero pronto vendrá más gente…
Era mentira, Miguel lo supo al instante.
Había quedado con Anna, estaban ambas metidas en una situación de peligro.
Si eligió ese lugar, fue precisamente porque no estaba previsto que fueran a aparecer otras personas.
Solo había dicho aquello para asegurarse de que los jóvenes no intentaran nada raro.
Sin embargo, si Miguel había captado la falsedad en sus palabras, no le cabía duda de que Ángel también.
—En ese caso, habrá que darse prisa. —El tono burlón del chico se hacía cada vez más evidente—. Miguel, por favor, ¿podrías abrir la maleta y enseñarnos lo que hay dentro? Es mejor que acabemos con esto cuanto antes…
—¿Qué? No, no pienso hacerlo.
Ya había tenido suficiente con ver a la pobre Anna en su casa, no pensaba acercarse a menos de dos metros de ella de nuevo. ¿No era suficiente con acompañarlo hasta allí y convertirse en su cómplice? ¿También quería que fuera su chico de los recados?
—Vamos, no seas cabezón. —Ángel sacó otro par de guantes del bolsillo de su chaqueta y se lo dio a Miguel—. Es mejor que yo me quede aquí, puede que Alicia se sorprenda un poco y necesite algo de apoyo.
—Olvídalo.
—¿Qué hay en la maleta?
En lugar de aumentar, su tono había descendido. De algún modo, aquello sonaba más amenazador que un grito imperioso. La mirada de la joven se había ensombrecido y ahora era obvio que se arrepentía de haberlos dejado pasar.
—¿Por qué no lo compruebas tú misma?
Alicia era una joven atrevida, solo eso explicaría la tranquilidad con la que se acercó al objeto motivo de tanta controversia. Miguel se hizo a un lado para permitir que la tumbara en el suelo y abriera la cremallera.
—Espera…
No pudo contenerse, pero su advertencia llegó tarde y no impidió que Alicia levantara la tapa y expusiera el terrible contenido que aguardaba en la maleta.
Durante un instante se quedó paralizada, incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Y entonces se apartó con un grito ahogado y los ojos abiertos de par en par.
—¡Sorpresa! —exclamó Ángel sin poder evitar una carcajada ante la desgarradora escena.
Alicia seguía con la vista clavada en el cadáver de su amiga, su cuerpo temblaba de forma visible y las palabras parecían haber huido de su boca.
—¿Qué pasa? —continuó el estudiante con sorna—. ¿No es lo que esperabas?
Despacio, la chica volvió la cabeza hacia Ángel y sus húmedos ojos grises se oscurecieron en un ramalazo de odio.
Miguel se veía incapaz de intervenir, confundido él mismo por la forma en la que su amigo estaba manejando la situación.
Y de pronto, Alicia se llevó una mano a la espalda, extrajo un objeto que llevaba escondido entre su ropa y se abalanzó sobre Ángel.
Un cuchillo, comprendió Miguel cuando la luz se reflejó sobre la hoja.
No tuvo tiempo de reaccionar, aunque tampoco hizo falta.
Su amigo ni se inmutó ante el ataque, permaneció en el sitio hasta que Alicia estaba prácticamente sobre él.
Solo entonces actuó. Con gesto rápido sujetó el brazo que portaba el cuchillo y con su otra mano le lanzó un puñetazo a la boca del estómago.
La chica se encogió con un gemido y Ángel aprovechó para retorcerle la muñeca hasta forzarla a soltar el arma.
—Eh, eh, ¿qué estás haciendo? —El estudiante utilizó el momento de parálisis provocado por el golpe para darle la vuelta a la chica y sujetarle ambos brazos detrás de la espalda, antes de pegar su cuerpo al de ella—. ¿Quién te has creído que eres, zorra?
¿La voz de Ángel siempre había sido tan profunda?
¿Su tono tan frío? ¿Había visto alguna vez tanta ansiedad en sus ojos?
¿El deseo dilatando sus pupilas? ¿El peligro que emanaba de cada fibra de su cuerpo?
No, todo aquello era nuevo, aterrador e irresistible.
Y por un momento Miguel olvidó dónde estaba, la realidad perdió su importancia y su mente voló libre a los rincones que hasta entonces se había prohibido.
«Me pone matarlas. Y no solo eso. Violarlas, torturarlas. Destruirlas».
Su amigo le confesó aquello esa mañana y ahora resultaba muy sencillo imaginarlo.
Ángel había inclinado la cabeza para pegar sus labios a la oreja de Alicia, su cuerpo se apretaba contra ella y sus manos retorcían cruelmente los brazos a su espalda.
El chico era alto, fuerte y estaba bien entrenado, aquella joven no tendría oportunidad de resistirse.
Nada le impedía a Ángel hacerle la ropa trizas, tirarla al suelo y tomarla allí mismo a la fuerza.
Seguro que Alicia lucharía, no parecía del tipo que se deja someter con facilidad.
Pero eso solo excitaría más al estudiante, que la golpearía hasta hacerla sangrar, la insultaría y se burlaría de ella, igual que había hecho antes con Miguel.
No cabía duda, sería sucio, humillante y doloroso y cuando acabara, lo más probable es que Ángel la estrangulara hasta la muerte.
Por la forma en que su amigo había entrecerrado los ojos y su respiración se había acelerado, Miguel intuía que aquello mismo era lo que Ángel tenía en mente.
Sin embargo, en esta ocasión el pensamiento no le resultó repulsivo.
Si hubiera sido cualquier otro, si se lo hubieran dicho en frío…
Pero imaginarse a Ángel así, en tal estado de descontrol y salvajismo, entregado por entero a sus instintos, sin ningún límite moral al que aferrarse, sin imposiciones ajenas, más allá del bien y el mal, convertido en el hermoso depredador que estaba destinado a ser, despertó un nuevo sentimiento en él.
Una ansiedad punzante, un fuego que ardió en su vientre y se extendió a cada parte de su cuerpo, que lo impulsaba a arrodillarse ante Ángel y entregarle su alma sin miramientos.
Nunca antes el deseo fue tan acuciante, jamás una idea le había resultado tan excitante, tan peligrosamente cercana al éxtasis religioso.
Aquello solo duró un instante en el que Miguel creyó perder por completo la cordura.
Por suerte, las quejas de Alicia lo trajeron de vuelta a la realidad.
La chica seguía forcejeando para librarse del agarre de Ángel, que parecía a punto de perder el control.
En ese momento, su amigo se encontraba al borde del precipicio y hasta la brisa más ligera lo haría caer. ¿Sería Miguel capaz de evitarlo?
Pero, ¿realmente quería evitarlo? ¿No le pedía su corazón justo lo contrario? ¿Ser él quien le diera el empujón final? ¿No sería maravilloso ver florecer al verdadero Ángel ante sus ojos?
El joven meneó la cabeza. ¿Qué demonios estaba pensando? Todas las estúpidas conversaciones que había mantenido con Ángel estaban haciendo mella en él. Tenía que acabar de una vez por todas con esa locura.
—¡Te equivocas con nosotros! —soltó sin pensar—. Siento que te hayas enterado así, pero nosotros no matamos a Anna. Ha sido David.
Dirigirse a Ángel habría sido inútil. Su amigo estaba inmerso en su propio mundo y sus palabras no lo calmarían. No obstante, si lograba que Alicia se tranquilizara y dejara de luchar, quizás podría encauzar la situación.
—¡¿Por qué debería creeros?! ¡Suéltame!
—Tiene razón —murmuró Ángel—. Te equivocas, a Anna no la hemos matado. Pero a ti…
—¡Ángel! Vamos, Ángel, recuerda por qué estamos aquí. Eh, mírame.
El estudiante se giró hacia él y sus ojos claros llamearon por un instante.
Miguel le sostuvo la mirada. Ojalá pudiera trasmitirle todo lo que pensaba en ese momento, hacerle ver lo estúpido que era dañar a Alicia ahora que estaban tan cerca de resolver el problema con Anna.
Tal vez lo lograra, porque de pronto la tensión en el cuerpo de Ángel pareció disiparse.
—¿Tienes miedo, Miguel? No, claro que no. —Y sus labios se contrajeron en una sonrisa torcida—. Ambos sabemos que es otra cosa.
¿Por qué de pronto parecía tan divertido? Como si hubiera escuchado los pensamientos de Miguel y comprendido el oscuro deseo que palpitaba en su interior.