15 de abril, 2023. 1502h
—¿Y qué piensas hacer? ¿Llamar sin más? No creo que nos abra.
—Tranquilo, Miguel —masculló su amigo entre dientes—. Lo tengo todo controlado.
Ya antes de salir de casa, Ángel se había asegurado de preguntarle a Alicia cuál era el piso, haciéndose pasar de nuevo por Anna.
Le mandó un mensaje diciendo que estaba tan nerviosa que había olvidado el número exacto y por algún motivo la otra chica debió creérselo, ya que se apresuró a responder incluso indicando el portal exacto.
Miguel había asumido que todo iba bien y no le dedicó más tiempo a pensar en ello, tenía demasiadas cosas en la cabeza y la conversación que había mantenido con Ángel en el coche no le ayudó a aclararlas.
Por eso las dudas no aparecieron hasta que se encontraron frente al edificio en el que los esperaba Alicia.
O, más bien, en el que Alicia esperaba a Anna.
Por suerte para ellos, alguien había reventado la cerradura del portal, permitiéndoles acceder sin necesidad de llamar al telefonillo.
El problema lo iban a encontrar arriba y solo ahora Miguel se daba cuenta de lo absurdo de aquel plan.
¿Por qué esa chica iba a abrirles la puerta a dos desconocidos?
Sobre todo dadas las circunstancias de peligro en las que se encontraba.
Si no estaba ya en alerta cuando Anna dejó de responder a sus mensajes, seguro que lo que Ángel había escrito en su lugar había terminado de asustarla.
Nada de aquello tenía sentido, no obstante, su amigo se mostraba muy seguro de sí mismo y Miguel fue incapaz de disuadirlo.
Ángel había insistido en llevar la maleta con ellos, Dios sabe para qué, y ante la ausencia de ascensor en el edificio ambos tuvieron que cargarla por las escaleras hasta el tercer piso.
Cuando llegaron arriba, Miguel le pidió un momento a su amigo para tomar aliento.
Si ahora iba a dedicarse a cargar cadáveres, quizás debería empezar a hacer más deporte y fumar menos, había pensado con cierta ironía.
La entereza con la que Ángel llegó hasta allí era admirable.
Mientras Miguel jadeaba, su amigo se mantenía impasible, observándolo con un brillo divertido en la mirada.
—No digas nada… —gruñó al adivinar la burla sobre su mala forma física en aquella expresión.
—Ya te he advertido de que fumar no te hace ningún bien —respondió Ángel sin atender a su advertencia—. ¿Estás listo? Me encantaría darte tiempo para recuperarte del sobresfuerzo, pero cuanto antes terminemos con esto, mejor.
—Entonces… En serio vas a llamar y ya está…
—Te he dicho que no te preocupes. Tú solo asegúrate de seguirme el rollo.
Y con su calma habitual, Ángel tocó el timbre.
Miguel contuvo el aliento, sin saber muy bien qué esperar.
Al principio no pasó nada y por un momento creyó que se habían equivocado de sitio y no había nadie en la casa.
Sin embargo, no tardó en captar un ruido, sutil, sí, pero indudable.
Había alguien al otro lado de la puerta, con toda seguridad observándolos a través de la mirilla.
La chica estaba esperando a su amiga desaparecida hasta hacía unas horas.
¿Qué impresión le causaría encontrarse a dos jóvenes desconocidos con una maleta y aquel aspecto tan sospechoso?
Es cierto que Ángel no lucía del todo mal y Miguel se había cambiado antes de irse, pero nada podía ocultar los golpes y la hinchazón de su rostro.
Por supuesto que no iba a abrirles la puerta.
—Buenas, Alicia —saludó Ángel, haciendo gala de una cercanía que parecía fuera de lugar—. Ya sabemos que estás ahí, no hace falta que te escondas.
Miguel casi pudo percibir cómo la chica se removió inquieta. ¿Quiénes son estos tipos?, debía estar pensado. ¿Cómo saben mi nombre?
—Venimos de parte de Anna —continuó su amigo—. Si nos abres, puedo explicártelo todo.
—¿Anna? —Aunque vacilante, la respuesta dejó claro que había logrado atraer su atención—. ¿Dónde está? ¿De qué la conocéis?
—Es una historia un poco rara. Yo la conocí anoche en un bar y Miguel… —Ángel se giró hacia él— Miguel solo la vio de pasada, pero no la ha conocido hasta esta mañana, ¿verdad?
¿De qué iba aquello? La sonrisa de Ángel le invitaba a responder y técnicamente lo que estaba diciendo no era mentira, sin embargo, faltaba un dato muy importante en su historia. Claro, era obvio que su amigo lo había omitido a propósito.
«Tú solo asegúrate de seguirme el rollo».
—Sí —asintió por fin.
—¿Por qué estáis aquí? —La voz al otro lado no sonaba convencida. Al contrario, un deje de sospecha empañaba su tono.
—Por Anna. Nos lo ha contado todo, Alicia. Anoche la acompañé hasta su hotel. Lo cierto es que esperaba una noche divertida, no la mierda en la que estáis metidas, pero no importa. Entiendo que estaba desesperada.
Hubo un instante de silencio. ¿De verdad la chica se estaba tragando aquello? Aunque era el plan de Anna y así lo había comunicado ella misma, a Miguel no acababa de parecerle creíble.
—¿Qué pasó?
Ángel suspiró de forma audible y arrugó la frente en una expresión de angustia. A Miguel jamás dejaría de sorprenderle la facilidad con la que sus gestos se amoldaban a sus necesidades del momento, a pesar de que en sus ojos seguía reflejándose el mismo vacío de siempre.
—Cuando llegamos, Anna se asustó. Empezó a decir un montón de incoherencias y quiso marcharse de allí. Me costó lograr que se tranquilizara lo suficiente para que me diera una explicación. Pero en serio, creo que es mejor que hablemos dentro, no es un tema que deba tratarse a voces en un pasillo.
—No, continúa. No hay vecinos en este piso, dilo todo.
Buen intento, Ángel. Pero Alicia parecía mucho más espabilada que su amiga de la maleta.
—Está bien —el joven se encogió de hombros—.
Me contó que estaba huyendo de personas muy peligrosas.
A lo que se dedica en España… Bueno, a lo que le obligan a dedicarse.
Me dijo que había conseguido pruebas, que estaban en el hotel, pero no pudimos entrar porque había visto al tipo que la busca en el vestíbulo.
Se negó a ir a la policía, decía que sin los documentos no serviría de nada.
Estaba desesperada, así que la llevé conmigo a casa.
—¿Y quién es él?
—¿Miguel? —Ángel volvió a girarse hacia el joven, un brillo cálido encendiéndose en su mirada.
Casi parecía genuino—. Mi amigo y compañero de piso.
Ya estaba durmiendo cuando llegamos, los presenté esta mañana.
Intentamos convencerla otra vez de ir a la policía, pero no hubo manera.
Hemos podido recuperar la maleta, nos dio la llave de su habitación en el hotel y la recogimos esta mañana.
El problema es que se niega a hacer nada hasta que tú vayas con ella.
Dice que no va a abandonarte y que aquí no estás a salvo.
¿Cómo podía mentir con tanta naturalidad?
Todos aquellos sinsentidos escapaban entre sus labios como si de hechos irrefutables se trataran.
No había ni rastro de duda o vacilación en su tono, su ritmo era estable y sus gestos controlados y adecuados.
A pesar de que tomar conciencia de lo profundo de su falsedad debería resultarle repugnante, Miguel no podía evitar sentirse fascinado.
—Si tan preocupada está por mí, ¿por qué no ha venido ella misma?
Estaba claro que Alicia era una chica difícil de manipular.
Sus preguntas tenían mucho sentido y era obvio que no les abriría la puerta a la primera de cambio.
¿Cuánto tiempo más aguantaría Ángel antes de perder la paciencia?
Aunque fuera sutil, Miguel juraría que su amigo estaba poniéndose tenso.
Quizás la frustración de aquel umbral inaccesible empezara a hacer mella en su entereza.
Si la joven no abría pronto, ¿explotaría como antes en su casa?
—Porque está aterrada, Alicia. No quiere salir de nuestro piso. Teme que alguien la reconozca por la calle y le cuente a ese tipo dónde está. David, ¿verdad? Eso era. ¿Tú no tienes miedo? Porque hasta yo estoy de los nervios.
—¿Habéis visto los documentos?
—No, no hemos abierto la maleta. Hemos venido aquí en cuanto la hemos cogido.
En esta ocasión, el silencio fue mucho más largo.
Alicia debía estar reflexionando sobre la conversación.
Hasta cierto punto, había sido coherente y Ángel había hablado de cosas que no tenía forma de saber a no ser que estuviera implicado de verdad en el asunto.
El problema radicaba en que Alicia creyera que realmente estaban de su parte.
—¿Por qué ayudáis a Anna? ¿Qué es lo queréis?
—Justicia, Alicia. Eso es todo.
Oh, ¿en serio? ¿A qué venía ese romanticismo repentino?
Miguel tuvo que hacer un gran esfuerzo para no entornar los ojos y mantener la expresión neutral que a duras penas había sostenido hasta el momento.
Conociendo a Ángel, la respuesta resultaba ridícula.
No obstante, cuando lo miró, había tal seriedad y convencimiento en su expresión, que el joven estuvo tentado de creérselo.
A lo mejor en eso no mentía. Puede que después de todo Ángel también tuviera algún sentido de la moral que le impulsaba a desear un final más adecuado para Anna.
¿A quién pretendía engañar? Su amigo solo quería librarse del problema cuanto antes y enarbolar la bandera de la justicia debía parecerle la forma más sencilla de lograrlo.
Aquella repentina certeza le produjo una sensación de opresión en el pecho, en una mezcla de angustia y curiosidad que le impedía apartar los ojos de Ángel.
Y contra todo pronóstico, Alicia por fin abrió la puerta.