18 de marzo, 2017 #2
—Muy bien. —Ángel se recostó en su asiento y apartó la vista mientras reflexionaba sobre las palabras de Ruth—.
En realidad, tienes razón. No existen excusas, ¿verdad?
Lo cierto es que sí, fue una idiotez. En ese momento no estaba pensando en ti.
Ni en mí. Ni en Amalia ni en nadie. Simplemente, no pensaba.
Pero he trabajado mucho sobre eso. Estoy esforzándome por pensar más, por entender las consecuencias de mis actos y…
Bueno, intentar moderarlos. No quería abandonarte, Ruth.
Lo juro. —El joven la miró a los ojos. En esta ocasión, estaba siendo por entero sincero, solo esperaba que su hermana fuera capaz de apreciarlo—.
Más aun sabiendo lo inepta que es Eva y lo cabrón que es Sergio.
¿Crees que te habría dejado sola si me hubiera parado a pensarlo?
Siento que hayas tenido que aguantar toda esa mierda por tu cuenta.
Deberías haber venido antes a verme. Habría tomado medidas.
A su hermana se le escapó una sonrisa irónica y por primera vez desde su llegada Ángel apreció el parecido entre ellos, reflejado en ese gesto de escepticismo. ¿Qué medidas vas a tomar tú, aquí encerrado?, exclamaba a gritos su expresión. No obstante, la chica no lo dijo en voz alta.
—No he podido venir antes, papá y mamá no me dejaban. De hecho, no saben que estoy aquí. Ellos hacen como si nunca hubieras existido, pero yo no puedo olvidarte y fingir que no tengo un hermano.
—¿Tanto tiempo has tardado en despistarlos?
Por algún motivo, la idea le pareció divertida.
—No, claro que no. Pero era demasiado joven para que me dejaran pasar sola.
Sé que te queda poco aquí dentro, así que tenía que verte antes de que salieras y te perdiese la pista.
Sé cómo eres Ángel, no me engaño. Te conozco mucho mejor de lo que crees.
Vas a necesitar ayuda cuando esto termine y eso es lo que quiero, ayudarte. Es lo que hacen los hermanos.
¿Ayudarlo? ¿Qué ayuda podía recibir de ella?
¿No era al revés? ¿No había ido a verlo buscando un salvador ante la intolerable situación en su casa?
¿No quería un amigo y un cómplice que comprendiera su sufrimiento y le sirviera de apoyo?
¿Cómo iba Ruth a ayudarle? ¿Por qué creía que necesitaba ayuda, para empezar?
Ángel estaba bien, se había adaptado a la perfección al lugar y tenía claros sus planes para cuando saliera.
Nunca se había planteado que pudiera necesitar la ayuda de nadie fuera.
Sin embargo, Ruth se mostraba tan firme que logró despertar las dudas en él.
Quizás sí que había algo que la chica sabía y que a él todavía se le escapaba.
—¿Cómo vas a ayudarme?
—En dos meses estarás en la calle y no quiero que nada malo vuelva a ocurrir.
—Estaré en libertad vigilada. Además, ¿por qué iba a pasar algo? No tengo problemas con nadie ni planeo buscármelos. Estoy perfectamente rehabilitado, puedes preguntarle a cualquiera de los monitores.
—Ya te lo he dicho, Ángel. Sé cómo eres.
Lo recuerdo todo. —Por la forma en que su mirada se ensombreció, el joven entendió al momento a qué se refería—.
Podrás engañarlos a ellos, pero no a mí.
Vas a necesitar ayuda. No te preocupes, estaré ahí para ti.
Aunque claro, la ayuda que requieres también implica cosas que no van a gustarte nada.
Ya que tú solo no eres capaz, alguien tendrá que controlarte.
Ángel tuvo que hacer un esfuerzo por no echarse a reír.
¿Ruth iba a controlarlo? ¿A él? ¿En serio se creía capacitada para ello?
Tenía que estar vacilándolo, no había otra explicación.
Sin embargo, su hermana reflejaba tal seguridad en sí misma que no dejaba lugar a dudas.
Si cualquier otra persona se hubiera atrevido a soltar aquella insensatez, no se lo habría tomado nada bien, pero viniendo de Ruth, estaba dispuesto a perdonárselo.
Hacía mucho tiempo que no se veían, era normal que la chica estuviera tan confundida.
Ángel no necesitaba a nadie que le dijera lo que tenía que hacer, él mismo había tomado ya las decisiones pertinentes y ninguna influencia externa lograría cambiarlo.
—Me conocías —corrigió con suavidad—. Lo que recuerdas pasó hace mucho, yo era un crío, ni siquiera sabía lo que estaba haciendo.
Y de adolescente aún había muchas cosas que no comprendía, igual que las hay ahora para ti.
Pero he madurado, tengo planes y las ideas claras.
No va a ocurrir nada malo. Si eso es lo que te ha traído aquí, no te preocupes.
Lo tengo todo controlado. El Ángel que recuerdas ya no existe, yo soy una persona muy distinta.
Tal vez no debería haberle sorprendido ver a Ruth entornar los ojos.
Era evidente que no lo creía. Aquello le molestó, aunque hizo un esfuerzo por no dejar que se notara.
¿Qué derecho tenía a juzgarlo con tanta dureza?
No había sabido nada de él en cuatro años, lo que estaba diciendo tampoco era un sinsentido.
—¿Sabes, Ruth? Voy a estudiar medicina —comentó con una sonrisa orgullosa—.
Es algo que me encanta y creo que no tendré problemas para entrar en la carrera.
Mis planes son importantes para mí. Por eso necesito portarme bien.
No hace falta que nadie me controle, ya sé lo que tengo que hacer.
Hace cuatro años creía que me había jodido la vida para siempre.
Ahora tengo otra oportunidad, así que no pienso desperdiciarla.
—Me alegro. De verdad. Y espero que lo consigas y te vaya bien. Lo único que quiero es que sepas que yo voy a estar aquí siempre para asegurarme de que no olvides lo que acabas de decirme. Mamá se rindió contigo, pero yo no pienso hacerlo.
La intención era buena, no cabía duda. Entonces, ¿por qué percibía una especie de amenaza latente en sus palabras?
Ángel asintió, manteniendo su sonrisa. Ruth era muy divertida, ¿cómo podía haberlo olvidado?
Todos sus gestos y afirmaciones se acompañaban de un aire de nobleza y convicción que al joven le costaba comprender, pero que no dejaban de resultarle fascinantes.
Quizás no fuera tan malo tener a su hermana cerca.
Quién sabe, podría llegar a convertirse en una buena aliada.
Estaba acostumbrado a la soledad, pero a veces llegaba a ser aburrido.
Con aquella visita, su vida parecía dar un leve giro hacia un camino inexplorado y, por ello, interesante.
El encuentro no duró mucho más. Tras aquella conversación se desviaron hacia cosas más mundanas, la situación actual de Ruth a nivel social y académico, los mismos temas en el caso de Ángel y, antes de que se dieran cuenta, les avisaron de que el tiempo se había terminado y la chica debía marcharse.
Al igual que al saludarse, su hermana mantuvo la distancia física al despedirse, no obstante, le aseguró que volvería a verlo tan pronto como pudiera y le recordó que si Ángel necesitaba cualquier cosa, ella estaba disponible, solo tenía que contárselo.
Él se apresuró a ofrecerle lo mismo y dedicarle la más cálida y dulce de sus sonrisas, que conservó aún durante un rato tras verla marchar.
Qué chica tan curiosa, había pensado al salir de la sala y dirigirse al patio, todavía divertido por unas pretensiones que en su perspectiva resultaban absurdas.
Por supuesto, en aquel momento Ángel no tenía ni idea de la seriedad absoluta de su hermana y lo claro que tenía el objetivo de mantenerlo a raya.
Porque al igual que el joven tenía un plan de vida, cuando Ruth acudió a visitarlo, la decisión de convertirse en policía y mantenerse siempre vigilante ya había sido tomada.