18 de marzo, 2017
—Vaya, mira a quien tenemos aquí…
La mañana había empezado como cualquier sábado en el centro.
Ángel se había levantado temprano, dispuesto a ducharse cuanto antes y leer un rato antes de unirse a las actividades de grupo programadas para ese día.
Sin embargo, su rutina habitual quedó interrumpida cuando uno de los monitores le indicó que un familiar había solicitado visitarlo y que se encontraba ya esperando.
¿Quién podía ser? Tras el juicio, Ángel no había vuelto a saber nada sobre su familia.
A pesar de los intentos del centro y la insistencia de sus terapeutas, su madre se había negado a acudir a las citas e intentar resolver el conflicto entre ellos para ejercer de apoyo y restablecer vínculos.
Tal y como había amenazado en comisaría el mismo día de su arresto, la mujer se apresuró a renunciar a su custodia, quedando esta a cargo de la Junta de Extremadura tras un engorroso proceso que de seguro le costó más papeleo del que Eva había hecho en su vida.
Desde luego, Sergio debía haber estado encantado de ayudarla a resolverlo.
Ese cabrón habría puesto más empeño en aquello que en ninguno de sus trabajos previos, Ángel no tenía dudas.
Siempre había querido librarse de él, ¿cómo desaprovechar aquella maravillosa oportunidad?
Y respecto al resto, el joven nunca tuvo una relación estrecha con sus abuelos y tampoco tenía primos, por lo que era incapaz de imaginar quién podría querer verle, más aun después de tanto tiempo allí encerrado.
¿Es que todavía había gente fuera que recordaba su existencia?
Una parte de él esperaba ver a su madre, que tras casi cuatro años sin noticias suyas, había terminado por ceder a la conciencia y corría en busca del hijo abandonado, dispuesta a suplicar su perdón y resarcir las faltas.
O puede que por fin el idiota de Sergio hubiera huido con su querida niñita, dejando a Eva sola en un mundo que le quedaba demasiado grande y obligándola a acudir a Ángel, más por necesidad que por deseo.
Al fin y al cabo, su madre era el tipo de persona que se veía incapaz de sobrevivir sin la presencia de alguien con un carácter firme que la orientase.
Era improbable, pero hasta cierto punto podía llegar a tener sentido.
Lo que ni por un momento se le pasó por la cabeza fue la posibilidad de que su hermana tuviera algo que ver con aquello.
Por eso, cuando Ángel entró en la sala de vis a vis y se encontró de frente con Ruth, tardó unas décimas de segundo en reaccionar.
En los últimos años la chica había crecido y madurado y en nada se parecía ya a la cría asustadiza y confusa que Ángel había dejado atrás.
Su hermana era alta, de complexión atlética y rasgos suaves pero firmes.
Su mirada castaña trasmitía una seriedad que parecía impropia para su edad y sus labios rosados estaban apretados en un gesto tenso que dejaba traslucir lo duro que era para ella estar allí.
Llevaba el pelo rubio oscuro recogido en una coleta y Ángel no pudo dejar de notar lo mucho que Ruth se parecía a su madre y lo diferente que era a él.
Tal vez eso se debiera a que solo eran hermanos a medias, pensó con cierta ironía amarga.
—Estás más alto.
Ruth lo había mirado de arriba abajo, estudiando con detenimiento su expresión antes de decidirse a hablar. Sus palabras sonaron frívolas y hasta fuera de lugar tras tantos años sin noticias de ella, sin embargo, Ángel respondió con una sonrisa cálida.
—¡Mira quién fue a hablar!
Hizo ademán de abrazarla, pero su hermana se apartó. Con expresión ceñuda, señaló el sillón frente a ella.
—Siéntate.
Al parecer, también se había vuelto más autoritaria.
Aquello no le molestó. Al contrario, solo logró despertar aún más su curiosidad, por lo que Ángel se apresuró a obedecer y dejarse caer con desgana en el asiento.
Después de tanto tiempo, su hermana se presentaba allí para verlo, no obstante, se apresura a evitar el contacto físico, por lo que no parecía que buscara una cariñosa reconciliación fraternal.
¿Qué era lo que tramaba? No creía que le tuviera miedo, no era eso lo que reflejaban sus gestos ni lo que leía en sus ojos cuando Ruth se sentó y se quedó observándolo en silencio.
¿Dudas? ¿Decepción? ¿Esperanza? Ángel era incapaz de adivinar qué podía significar aquella expresión.
—¿Qué tal has estado? —preguntó por fin la chica.
—Podría ser peor… No me tratan mal y de vez en cuando hasta me divierto. Pero no creo que estés aquí para hablar de eso.
—Eres un idiota.
Ángel alzó las cejas, atónito ante el repentino exabrupto, antes de romper a reír.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—¿Ah, no? Pues deberías. ¿Qué otra explicación tiene si no? Solo un idiota haría algo así. Un idiota o…
—¿O qué? —el joven se inclinó hacia su hermana, esbozando una sonrisa depredadora—. Venga, dilo.
—¿Por qué lo hiciste, Ángel? Necesito saberlo.
«Porque me aburría». Aquella habría sido la respuesta más honesta.
Sí, había otros motivos, en los últimos años había tenido tiempo de sobra para pensar en ellos, para analizar ese acto que a todo el mundo le resultaba tan inexplicable, a pesar de que a él le pareciese el más natural de los instintos.
Sin embargo, todos quedaban ensombrecidos por el certero hecho de que Ángel estaba tan aburrido que había terminado dejándose llevar, en un intento desesperado por terminar con la monotonía.
¿Sería Ruth capaz de tolerar la verdad? Una mirada rápida a sus ojos oscuros le dejó clara la respuesta.
De acuerdo, una verdad a medias sería mejor que nada.
—En esa época yo estaba muy enfadado. Tenía muchas cosas en la cabeza, ninguna buena, y lo único en lo que podía pensar era en hacerle daño a alguien para sacar toda esa rabia de mí.
No sé cuánto sabrás o recordarás, pero yo tenía muchos problemas con Sergio y Eva y…
Era incapaz de gestionarlo. Entonces esa z…
Amalia —se apresuró a corregir Ángel. No le parecía que insultar a su víctima fuera a predisponer positivamente a su hermana— se metió en nuestra vida y yo…
Estaba jugando contigo, Ruth. Te estaba utilizando.
¿Sabes lo mal que me sentí? Ya bastante jodidas eran las cosas en casa, no quería que te hicieran daño.
La verdad es que deseaba protegerte, hasta tal punto que acabé estallando y pagándolo todo con ella.
No estuvo bien, claro, pero en ese momento era incapaz de darme cuenta.
No pensé en lo que iba a hacer, tan solo ocurrió.
Amalia me provocó y yo perdí el control.
Ojalá hubiera sabido entonces todo lo que sé ahora, tal vez podría haber actuado de otra forma.
—Mientes.
—¿Qué?
Su hermana entornó los ojos. No parecía que el tono compungido de Ángel, su mirada apenada y su voz temblorosa hubieran surtido el efecto deseado. Ruth se mostraba escéptica y ni por un momento dio señales de conmoverse con su pequeño discurso
—Si quisieras protegerme, te habrías quedado a mi lado.
¿Sabes cómo han sido las cosas desde que te fuiste?
A papá casi ni lo veo, se pasa la tarde en el bar desperdiciando dinero en las máquinas tragaperras y cuando está en casa no para de gritar y portarse como un capullo.
Y mamá… mamá es como si no estuviera. Se limita a quedarse en la cama o se sienta en la cocina y mira a la nada durante horas.
Suele estar tranquila, hasta que se le acaban las pastillas, claro.
Está tomando siempre de más, se le terminan y en la farmacia se niegan a darle otra caja, entonces se pone echa una furia, da cabezazos contra la pared, golpea los muebles, rompe cosas…
Hasta que la llevamos a urgencias y consigue que le pongan algo.
Es horrible. Hace un par de años intenté gestionarle la medicación.
Escondí las cajas y quise darle solo lo que tenía pautado, pensé que serviría.
Casi me mata. De verdad, nunca la había visto así.
Su hermana había comenzado a hablar deprisa, queriendo condensar en unas pocas frases el malestar acumulado desde hacía años.
Su gesto firme vaciló a medida que hablaba y las lágrimas amenazaron con asomar.
En ese momento, Ángel por fin pudo ver a la cría que Ruth había intentado ocultar tras su fachada de madurez y confianza.
Seguía siendo una niña asustada que acudía a su hermano mayor en busca de protección, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Necesitaba prestar más atención.
—Me abandonaste, Ángel —concluyó ella por fin—. Pero yo no voy a hacer lo mismo. Por eso he venido.
—¿Abandonarte? Yo no pedí estar aquí. Ojalá no hubiera tenido que dejarte. Créeme, si hubiera podido elegir, me habría quedado contigo —comentó Ángel con una carcajada amarga.
—¿De verdad no te das cuentas? Estás aquí por lo que hiciste.
Dices que fue para protegerme, pero si hubieras querido ayudarme, te habrías contenido para no acabar encerrado.
Si haces una cosa así, no vas a salir impune.
Sabías que nos separarían. Y si tuvieras un mínimo de conciencia y comprensión, dejarías de buscar excusas de mierda para justificarte.