13 de mayo, 2013. 827h #3
Ángel le echó un vistazo a la joven a sus pies. No, su objetivo allí era distinto. Le pasó las manos por los muslos con suavidad y a continuación le separó las piernas, dejando bien expuesta su anatomía.
—Agacha más la cabeza. Eso es.
Lo que necesitaba era hacer un par de fotos y luego ya vería qué pasaba con esos agujeros.
Iba a exponerla frente al mundo, dejaría que todos supieran la clase de puta barata que era aquella cría descerebrada.
Joder, podía incluso hacerlo llegar al grupo de padres, solo imaginar la cara que pondría Amalia cuando sus progenitores le reclamaran explicaciones a gritos hacía que la sangre le bombeara directa a la entrepierna.
Ya podía ver su expresión, los ojos anegados en lágrimas y las mejillas encendidas, avergonzada ante todo el centro, los otros estudiantes insultándola al pasar, manoseándola a la mínima oportunidad y levantándole la falda para ver con sus propios ojos el secreto que Ángel había compartido.
Seguro que tenía que cambiarse de instituto.
Si grababa un buen video y lo subía a internet, quizás hasta tuviera que mudarse. Eso le enseñaría a no jugar con él.
El joven se apartó y dio un paso atrás mientras buscaba el móvil en su bolsillo, pero entonces sus pies tropezaron con una escoba situada a sus espaldas, que cayó al suelo con estrépito.
—¡Joder! —exclamó Amalia girándose hacia él— ¡Qué puto susto! ¿Qué estás haciendo?
—Nada, tía, no te preocupes. —Ángel le giró la cabeza y la empujó contra el suelo, volviendo a colocarla en posición—. ¿Estás lista?
—Desde hace una hora, lo que no sé es que coño haces tú…
El chico le chistó con suavidad y volvió a acariciar los genitales de Amalia, asegurándose de ejercer presión sobre el clítoris. Un gemido cortó cualquier queja que la joven fuera a esgrimir. Acababa de tener una idea mucho más divertida.
—¿De verdad quieres que te folle?
—¡Claro! ¿Si no de qué va esto?
Ángel deslizó un dedo con facilidad al interior de su vagina.
—¿De verdad de verdad?
—Joder…
Un segundo dedo penetró a la chica, provocando un jadeo entrecortado y un estremecimiento.
—Entonces dilo, Amalia… Di lo mucho que quieres que te folle duro.
—Capullo… —murmuró ella entre dientes—. ¡Quiero que me folles! ¡Quiero que Ángel Ventura me folle duro! ¿Contento?
Casi podía imaginar cómo entornaba los ojos al decirlo, pero a pesar del sarcasmo, fue más que suficiente para Ángel. Ella misma lo había pedido, luego no podía quejarse. Ángel sacó la mano de su interior y cogió la escoba con una sonrisa torcida.
No era digna de que le concediera su deseo, al menos, no por completo.
Sin embargo, se había esforzado tanto por llegar hasta él, ¿no debería recompensarla de algún modo por su empeño?
Amalia había dicho que no tocaría a Mario ni con un palo.
De acuerdo, él sí estaba dispuesto a hacerle esa concesión a la chica.
—Muy bien. Vamos allá.
Podría habérselo metido en la vagina. Habría sido doloroso y humillante de todos modos. No obstante, estaba tan húmeda, lista y ansiosa, como acababa de comprobar con sus propias manos, que no le pareció adecuado. Amalia le había pedido que fuera duro y él estaba dispuesto a cumplirle el capricho.
Sin esperar respuesta, Ángel empujó el palo de la escoba contra el ano de Amalia, valiéndose de su fuerza para vencer la resistencia inicial y penetrar varios centímetros con un solo movimiento rápido. Por supuesto, la chica no tardó en reaccionar, gritando y luchando por apartarse.
—¡Para, para! ¿Qué coño haces? ¿Qué es eso? No es ahí, ¡me duele!
Ángel volvió a chistar, esta vez en tono burlón, y siguió empujando el palo para penetrar más profundo, antes de empezar a girarlo y moverlo en el interior de Amalia. La chica gritó aún más fuerte y se arrastró hacia adelante con desesperación.
—Estate quieta, zorra…
Tal y como esperaba, Amalia desoyó su advertencia e intentó ponerse en pie para escapar del lugar. Ángel vio venir el movimiento y se apresuró a arrodillarse tras ella y rodearle el cuello con su brazo libre, apretando a la chica contra él mientras seguía penetrándole el recto con la escoba.
—He dicho que te estés quieta. ¿Es que además de puta eres sorda? —Ángel aumentó la presión de su brazo hasta lograr convertir los gritos de Amalia en jadeos ahogados—. ¿De qué te quejas ahora? Esto es lo que querías. Te estoy follando duro. Te gusta, ¿verdad? Seguro que sí.
Amalia no paraba de retorcerse, sus pequeñas manos alternando entre tirarle del brazo y lanzar puñetazos hacia atrás que nunca acertaban en su objetivo.
—No puedes respirar, ¿no? —Ángel apretó un poco más y depositó un beso burlón en la mejilla de la chica.
Estaba llorando y su piel cálida tenía un sabor salado que estremeció al joven—.
¿Quieres que te suelte? ¿Sí? Vale, pero si gritas, te juro que voy a meter la puta escoba tan profundo que te saldrá por la boca, ¿me has entendido?
Ante el asentimiento desesperado de la chica, Ángel aflojó la presión en su cuello, solo lo suficiente para permitirle recuperar el aliento. Amalia empezó a toser y él aprovechó el momento para penetrar un poco más en su interior.
—¡Para! Por favor, Ángel, me haces daño, para ya. ¿Por qué me haces esto? Por favor…
—¡Dios, cierra la boca de una vez! No soporto esa puta voz de rata que tienes. ¿A que vienen esas lágrimas? Todo el mundo sabe que eres una zorra que se ha follado a medio instituto. Seguro que no es la primera vez que te dan por culo. ¿Ahora te vas a hacer la inocente?
—¡No es verdad! ¡Me duele, Ángel, por favor!
—¡He dicho que te calles!
Ángel la empujó contra el suelo y se levantó. No la soportaba. Con un movimiento rápido sacó la escoba de su interior y empezó a golpearla con ella.
—¡Eres una zorra de mierda! ¡Puta mentirosa!
¿Es que nunca dices la verdad? ¿Quién te crees que eres?
¿Crees que puedes jugar conmigo? ¿Cómo te atreves a utilizar a mi hermana?
No eres nadie, ¿me oyes? ¡Nadie! No tienes derecho ni a mirarme.
Debería matarte. Las zorras mentirosas como tú están mejor muertas. Muérete, muérete, ¡muérete!
Había perdido el control. El mundo fuera parecía haber dejado de existir, ya ni siquiera escuchaba los gritos de Amalia, sus sollozos y sus súplicas.
Su vista estaba nublada y la rabia le zumbaba en los oídos, todo daba vueltas a su alrededor, su cuerpo actuando por sí mismo, descargando los golpes con todas sus fuerzas.
Solo quedaba el dolor de la chica, el miedo que emanaba, el amasijo tembloroso de carne que se hundía y retorcía a sus pies cada vez que el palo caía sobre él.
La sensación era extasiante. Su corazón latía deprisa, la sangre fluía en sus venas y por primera vez Ángel tomó conciencia plena de su propia existencia.
Nada quedaba más allá de él mismo en esa pequeña burbuja de furia, placer, poder, control y desprecio.
Todo lo que ansiaba era destruir y poseer y su dicha era tal que Ángel se sentía fuera de sí, en la cima de algo mucho mejor que lo que cualquier orgasmo podría jamás ofrecerle.
Y en medio de aquella explosión, la escoba se partió en dos.
Ángel arrojó el trozó que aún sujetaba contra la pared y se echó a reír.
¿Por qué se sentía tan bien? ¿Tan vivo, tan lleno de energía, tan conectado consigo mismo, vibrante, despierto, consciente en todos sus sentidos?
Sus ojos descendieron hacia Amalia. La chica ya no trataba de escapar, ya no suplicaba ni gritaba.
Se había ovillado en el suelo y se limitaba a temblar y gemir quedamente, de forma apenas audible.
Seguía siendo patética, pero al menos ahora conocía su lugar.
—Me das asco —murmuró Ángel antes de escupir sobre ella—. Alégrate, zorra, acabo de hacerte un favor. Quizás así aprendas a no bajarte las bragas a la mínima oportunidad que tengas.
Y dicho aquello, el joven salió del cuarto, dejando la puerta cerrada a sus espaldas.
Con las manos en los bolsillos y paso tranquilo, se dirigió de vuelta a su aula.
Sus latidos se habían calmado, sin embargo, un cosquilleo agradable seguía recorriendo su cuerpo, recordándole algo que hacía mucho tiempo que había olvidado.
Estaba vivo. Y aunque al final sí llegó tarde a clase, sintió que había merecido la pena. Porque lo que experimentó ese día era algo que jamás podría olvidar.