13 de mayo, 2013. 827h #2
—¿Y ahora sí? ¿En el instituto? ¿Donde cualquiera podría pillarnos?
Ángel se encogió de hombros.
—¿No lo hace eso más emocionante?
—Si tú lo dices…
Amalia intentó besarlo de nuevo, sin embargo, el joven se apartó.
Lo cierto es que era la primera vez que besaba a alguien, pero no le había gustado demasiado.
Se trataba de un acto invasivo que no le reportaba ningún tipo de placer, ¿por qué insistir en aquello?
Se le ocurrían cosas mucho más divertidas.
La chica le había dirigido una mirada interrogante ante su rechazo, por lo que Ángel se apresuró a sonreírle.
—Los de cuarto me han dicho que la chupas muy bien —comentó con aire casual.
—¿Qué? ¿Quién te ha dicho eso?
Oh, vamos, ¿ahora se iba a hacer la indignada?
Amalia había arrugado la frente y hecho un mohín molesto con los labios, como si Ángel acabara de soltar una ofensa terrible, no obstante, eso no tenía sentido.
Todos sabían que Amalia era una zorra a la que le encantaba liarse con los chicos mayores, por eso en cuanto empezó a salir con su hermana supo que el objetivo real era él.
La chica lo tenía en su punto de mira, debía de creerse que era otro imbécil más que añadir a su colección de cretinos desvirgados. Por algún motivo, eso lo enfurecía.
A pesar de que Amalia tenía buen cuerpo, como comprobó en ese mismo instante, situando las manos sobre sus caderas y subiendo lentamente para acariciar sus pechos sobre la camisa, el hecho de que intentara ligárselo le resultaba despreciable.
Si Ángel la hubiera creído merecedora de su atención, él mismo se la habría proporcionado.
Se había extralimitado y no solo eso, también había metido a Ruth de por medio.
¿Qué derecho tenía a jugar con su hermana?
¿Quién le había dado permiso? Él no, desde luego.
Necesitaba que alguien la pusiera en su sitio.
—Mario —mintió sin vacilar.
Era una buena opción. Un chico atlético, popular y un poco chulo, parecía el tipo de Amalia, seguro que se la había chupado alguna vez, tenía muchas posibilidades de acertar. Sin embargo, por la forma en que la joven abrió los ojos y soltó una exclamación indignada, debía haberse equivocado.
—¿Ese gilipollas? No tiene fe él ni nada… No lo tocaría ni con un palo. Ahora bien, si se trata de ti…
Amalia intentó besarlo de nuevo, pero Ángel se apresuró a colocar una mano sobre sus labios y empujarla hacia atrás.
—Quítate la camiseta.
—Quieres ir directo al tema, ¿eh? —Los ojos de Amalia brillaron, la sombra de la excitación iluminando su rostro mientras comenzaba a desabrochar los botones—. Pero podrías ser un poco más cariñoso, ¿sabes?
—No tenemos tiempo para eso —espetó Ángel con sequedad. ¿Es que había que explicárselo todo?—. El recreo no durará para siempre, así que date prisa, quiero verte las tetas.
—¡Menudo salido! —Amalia se rio antes de dejar caer la camiseta al suelo—. ¿Qué más da que el recreo se acabe? Siempre puedes saltarte la siguiente hora.
Ángel se esforzó por no entornar los ojos.
¿De verdad se creía que valía más la pena perder el tiempo con ella que ir a clase?
No es que atendiese demasiado o que le entusiasmaran los conocimientos que los profesores impartían, pero al menos escucharlos no le provocaba la rabia que todas las tonterías de aquella chica estaban despertando.
Bien, no importaba. Amalia por fin se había deshecho del sujetador, dejando expuestos unos pechos bien desarrollados, redondos y de pezones erectos. Debía estar ansiosa por su tacto, ¿por qué no regalarle un poco de ello?
Las manos de Ángel se deslizaron sobre su piel desnuda hasta rodear ambos pechos.
Durante un rato se limitó a acariciarlos y amasarlos, observando las reacciones de Amalia.
La chica se mordía el labio inferior, su respiración estaba acelerada y sus ojos oscuros iluminados por la lujuria.
Ángel empezó a frotarle los pezones con el pulgar, arrancándole un gemido ahogado.
¿De verdad aquello se sentía tan bien? Para él resultaba agradable al tacto, pero no le reportaba ninguna sensación especial, tanto que empezaba a aburrirle. Quizás…
Con un movimiento brusco, el joven pellizcó ambos pezones y tiró de ellos hasta arrancarle un grito a Amalia y lograr que se retorciera intentando apartarse.
—¡Para, gilipollas! ¡¿Qué coño haces?!
Ángel la soltó, no pudiendo evitar que una sonrisa contrajera sus labios. El gesto fue breve, pero inequívoco. Aun así, se esforzó por borrarlo y alzar las cejas con aspecto preocupado.
—¿Qué pasa? ¿Te ha dolido?
—¡Claro que me ha dolido, joder! ¿Es que nunca has estado con una chica? ¡Si no tienes más cuidado, me largo ahora mismo y que te follen!
Lo único en lo que podía pensar era en empujarla contra la pared, agarrarle el cuello y apretar hasta la muerte.
Le encantaría verla patear y boquear en busca de aire, observar todos los colores que atravesaría su rostro y como sus pechos se balancearían mientras a su cuerpo lo recorrían los espasmos finales.
Ansiaba ver la indignación que reflejaban ahora sus ojos transformada en el miedo más absoluto y escuchar sus súplicas mientras le arrebataba la vida con sus propias manos.
Solo imaginarlo provocaba calambres de placer que iban directos hacia su entrepierna y por un momento Ángel estuvo seguro de que iba a perder el control.
Contra todo pronóstico, sus labios esbozaron una sonrisa cálida y tranquilizadora, y su tono gélido de antes se suavizó.
—Lo siento, supongo que me he emocionado.
—En esta ocasión fue él el que se inclinó para besar a Amalia.
Ella no lo rechazó y durante un instante ambos se fusionaron en un beso más largo y profundo que el primero.
Tras esto, Ángel acercó la boca a su oído y volvió a hablar en un susurro—.
Si te quitas las bragas, prometo enseñarte ahora mismo lo bien que sé tratar a una chica.
El ramalazo de furia que hacía un momento atravesó a Amalia pareció disiparse tras escuchar esas palabras. En un abrir y cerrar de ojos, se había deshecho de su ropa interior, con una ansiedad que contrastaba vivamente con la amenaza de irse que acababa de proferir.
«Zorra patética», pensó Ángel, que tuvo que hacer un gran esfuerzo por no entornar los ojos.
En lugar de ello, le pasó un brazo por la espalda para acercarla a él y metió la otra mano por debajo de la falda de la chica, directa a acariciar sus genitales.
—¡Pues sí que estás mojada! ¿Tantas ganas me tenías?
Amalia respondió con un bufido que se asemejaba más a un gemido, estremeciéndose con los movimientos de los dedos de Ángel sobre sus zonas más sensibles.
—Arrodíllate —ordenó sin miramientos.
La chica obedeció al momento y Ángel se apresuró a agarrarla del pelo y empujar su cabeza contra su entrepierna, para a continuación frotar despacio su cara contra su erección.
Amalia respondió alzando las manos y acariciando el bulto en sus pantalones, antes de levantar la vista y dedicarle una sonrisa lasciva.
—¿Quieres que te la chupe?
Aquella zorra no se merecía ni mirarlo, ¿qué le hacía creer que era digna de que Ángel usara su sucia boca?
La única forma de que algo así ocurriese sería si Amalia le hubiera suplicado que no lo hiciera.
Pero tras escuchar el deje de entusiasmo en su voz, el chico casi sintió arcadas ante la idea.
Estuvo a punto de abofetearla por su osadía, quizás con ello lograra que por fin la muy imbécil se diera cuenta de qué iba en realidad todo aquello.
Sin embargo, se limitó a negar con la cabeza.
—No, ponte a cuatro, quiero follarte ya.
—Pensé que querías saber si Mario tenía razón…
Realmente estaba poniendo a prueba su paciencia.
—He dicho que a cuatro. Ahora.
Amalia siguió frotando su erección por encima del pantalón, esbozando un mohín apenado.
—Al menos déjame verla…
Debía creer que su actitud juguetona era excitante para Ángel, sin darse cuenta de que, si bien estaba despertando una potente emoción, esta no era nada beneficiosa para ella.
El joven tomó aire despacio. Si Amalia quería jugar, jugarían.
Sin mediar palabra, volvió a agarrarla del pelo y la forzó a apartarse de él, antes de sujetarla por los hombros y colocarla en la posición deseada.
—A cuatro, ¿es que no me has oído? —gruñó contra su oído—. ¿O es que te da miedo que sea más de lo que puedes manejar? A lo mejor me he equivocado contigo y en realidad no mereces la pena…
La chica pareció un poco confusa por su brusquedad y la dureza de sus palabras, no obstante, Ángel consiguió el efecto deseado. En lugar de enfadarse con él por el trato que acababa de darle, Amalia se sintió herida en su orgullo y más que dispuesta a demostrar su buena disposición.
—¿Qué dices, chulo? A mí me va duro, no creo que vayas a aguantar mi ritmo.
—¿Ah, sí? —Ángel le subió la falda y azotó una de sus nalgas con fuerza. Amalia no pudo evitar un gritito al recibir el golpe—. Eso ya lo veremos.
Un desafío siempre era divertido. Podría desabrocharse los pantalones y entregarle a la chica lo que tanto deseaba.
La podía empujar hasta el límite y luego forzarla a traspasarlo, demostrarle que en realidad no le iba tan duro como creía.
Esa era una posibilidad razonable que su cuerpo parecía exigir a voces, sin embargo, Amalia seguía dándole demasiado asco para ello.
¿No sería eso ceder a los deseos de la joven?
¿No se quedaría satisfecha, gimoteando de placer, rememorando el momento en el que había desvirgado al idiota de tercero que se había dejado engatusar por ella?
Le haría creer que era encantadora y que Ángel había picado el anzuelo.
Amalia sentiría que había ganado y se reafirmaría en su derecho a manipular a Ruth para acercarse a él.
Puede que incluso llegara a considerarse su igual.
Si su actitud ya le resultaba repulsiva, eso la volvería insufrible.