¿Quién eres cuando nadie mira? 13 de mayo, 2013. 827h
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13 de mayo, 2013. 827h

Allí estaba otra vez, con esa estúpida sonrisa que pretendía hacer pasar por seductora.

Después de tirarse todo el fin de semana en su casa con la excusa de estudiar y divertirse con Ruth, uno creería que ya había tenido suficiente y lo dejaría un rato en paz, pero no parecía ser el caso.

Amalia decía ser amiga de su hermana, sin embargo, había pasado más tiempo siguiendo a Ángel a todas partes y pegándose a él tanto como era posible que con Ruth.

Bien, quizás el joven tuviera un poco de culpa en aquello.

En lugar de dejarle las cosas claras desde el principio, había permitido que se le acercara y entrado al juego en más de una ocasión.

Incluso se aseguró de que la chica lo viera al salir de la ducha cubriéndose tan solo con una toalla alrededor de la cintura.

Le había resultado muy difícil no echarse a reír al notar como Amalia se sonrojaba.

¿Qué podía decir? No es que la chica le llamara demasiado la atención.

Sí, tenía una cara bonita, cubierta de pecas, con unos ojos brillantes de mirada pícara y labios carnosos.

La nariz era demasiado redonda para su gusto, pero el pelo rubio oscuro tan liso y de apariencia suave lo compensaba.

No obstante, su voz era muy aguda y su conversación insulsa, cada vez que hablaba sentía que sus palabras le taladraban los oídos y le revolvían las tripas.

Era demasiado estúpida, ¿cómo podía atreverse siquiera a soñar con estar con él?

¿No se daba cuenta de que Ángel se encontraba a un nivel muy superior?

Ni siquiera era digna de ser amiga de su hermana y aun así Ruth parecía encantada de tenerla cerca.

Tal vez lo más sano habría sido terminar con sus esperanzas desde el principio y aclararle cuál era su sitio.

Puede que así dejara de sentir el impulso de arrancarle los ojos cada vez que la pillaba mirándolo con lascivia.

El problema era que esa opción resultada demasiado aburrida, porque, por mucho asco que la chica le diera, verla comportarse como una zorra desesperada por un poquito de su atención le complacía en lo más hondo.

Solo haría falta una palabra suya para que Amalia renunciase a toda su dignidad y se sometiera a cada uno de sus deseos, por retorcidos que fueran.

Así de patética era. ¿Y cómo iba él a renunciar a eso?

Ya bastante frustrado se sentía a causa de las miradas de sospecha de su padrastro.

Desde que Ruth alcanzó la pubertad, aquel idiota no había vuelto a dormir tranquilo.

Debía pensar que ante la mínima distracción Ángel se colaría en la habitación de su hermanita decidido a jugar de nuevo a las cosquillas.

Su angustia le resultaría muy divertida si no fuera por cómo se había asegurado de que los dos adolescentes jamás estuvieran a solas, aunque eso supusiera faltar al trabajo y seguir a Ángel a todas partes.

¿Cómo iba a desfogar sus impulsos si Sergio se había convertido en su sombra?

¿Por quién lo tomaba? Ya le había asegurado que no volvería a hacerle daño a Ruth, por lo pronto tenía otras formas de entretenerse, ¿es que no iba a cansarse nunca?

Ni siquiera era su padre, si seguía presionándolo, algún día Ángel perdería el control y se decidiría a terminar por fin con la miseria de aquel hombre.

Jugar con Amalia y hacerle creer que tenía alguna posibilidad con él se había convertido en un nuevo entretenimiento al que no pensaba renunciar tan fácilmente. No obstante, ese día la chica no debería haberle sonreído.

Ángel se había despertado temprano y no había sido capaz de volver a conciliar el sueño.

La inquietud que tan bien conocía revoloteaba en su pecho y clamaba a voces por algo que no podía ofrecerle.

Se había quedado tumbado en la cama con los ojos abiertos y la mirada perdida en la penumbra de su cuarto.

Se iba a meter en problemas. Lo supo en ese mismo instante, no había lugar para la duda.

Y sin embargo, aquella certeza no le preocupaba.

Tal vez podría haber fingido que estaba enfermo.

Se podía haber quedado en su habitación el resto del día, encerrarse a sí mismo y asegurarse de que la violencia que latía dentro de él no golpeara a nadie.

También podría haber salido de casa, fingir que iba a clase y desviarse a mitad de camino.

Era cuestión de encontrar un lugar tranquilo y solitario en el que pasar el resto de las horas muertas.

Eso le evitaría conflictos con el imbécil de Sergio, si por un casual insistía en mandarlo al instituto.

Sí, había otras opciones, todas ellas se perfilaron rápido en su mente.

Y aun así, ninguna le resultaba atractiva.

No, Ángel no iba a esconderse. Tenía demasiada curiosidad.

Solo se encontraba más enérgico, despierto y activo que de costumbre.

¿Qué era lo peor que podía ocurrir? Quizás descubriera una nueva forma de divertirse, puede que por fin estuviera conectando con sus emociones.

¿No era eso algo bueno? ¿Por qué condenarse a sí mismo al aislamiento cuando todo su cuerpo exigía movimiento y expansión? No había motivos para encerrarse.

Ah, pero Amalia no quería ponerle las cosas fáciles. Debía de estar esperándolo, ya que se le había acercado en cuanto entró al instituto. Dedicándole su sonrisa más melosa, entrelazó sus brazos y se apoyó contra él.

—Tenía tantas ganas de verte —había dicho con una risita—. Me lo he pasado muy bien este finde…

Y aunque en cualquier otra circunstancia, Ángel la habría apartado, ese día no se movió.

—¿No deberías decirle eso a Ruth?

Su voz tenía un deje irónico que no pareció molestar a Amalia.

—Sí, bueno, también. Pero me gusta pasar tiempo contigo y creo que tú piensas igual.

—Tal vez.

—¿No te gustaría que nos conociéramos mejor, solos tú y yo? —Amalia se puso de puntillas y acercó los labios a su oído, antes de continuar con un susurro sugerente—. Podríamos conocernos en mucha más profundidad.

Un cosquilleo de anticipación nació en su bajo vientre y por un momento Ángel pensó en agarrarla del cuello y demostrarle allí mismo cómo de profundo era capaz de conocer a alguien.

Seguro que sería muy fácil hacer desaparecer aquella sonrisa tan molesta.

Sin embargo, eso resultaría demasiado precipitado y su instinto le pedía a gritos prolongar aquel juego un poco más.

Amalia estaba deseando entregarse a él y Ángel estaba dispuesto a concedérselo, pero cuanto más la hiciera esperar, más inquieta se encontraría, más sufriría en el proceso y más sencillo sería que renunciara a su dignidad y se sometiera a sus designios.

Por fin, Ángel se apartó de ella y le dedicó una sonrisa voraz.

—¿Solos tú y yo? —En esta ocasión, fue el chico el que se inclinó para susurrar en su oído—. En el recreo. Armario de las escobas. No tardes en llegar, no querrás perder ni un minuto, ¿no?

Amalia se estremeció ante sus palabras y un color rojizo alumbró sus mejillas, dotándola de un aspecto tierno que en nada encajaba con los pensamientos que debían recorrer su mente en ese momento. La joven asintió y Ángel se volvió sin añadir palabra, directo a su clase.

Cabría imaginar que se hubiera sentido más inquieto tras aquel encuentro, que la espera se tornara demasiado dura y que el tiempo transcurriera con lentitud, no obstante, aquel no fue el caso.

No, todo lo contrario. En el momento en el que se marchó, una calma poco frecuente se instauró en su interior.

No era la tranquilidad acostumbrada, ese vacío que todo lo devora.

Era la calma de la espera, del que ha sembrado y sabe que recogerá un buen fruto.

Ya había colocado las piezas, sería la inquietud de Amalia la que crecía, no la suya.

No había más que esperar el momento perfecto y entonces podría divertirse tanto como quisiera.

Así, las clases avanzaron con normalidad, Ángel se centró en ellas y terminó olvidándose de la chica, al menos hasta que sonó la campana que anunciaba el recreo.

Solo en ese momento la llama del deseo volvió a encenderse y guiar sus pasos.

Por supuesto, nadie podría haber notado un cambio en él.

Lo que bullía en su interior no se reflejaba en su rostro y ni siquiera se esforzó por darse prisa.

Incluso se paró varios minutos a saludar a un amigo, antes de prometerle que lo vería enseguida, en cuanto volviera del baño.

Era mentira, claro. En lugar de dirigirse a los aseos, se encaminó directo al armario de las escobas tras despedirse del otro estudiante.

Amalia ya estaba allí, dando vueltas frente a la puerta con actitud impaciente.

—¡Joder, por fin! Creí que te habías rajado.

Ángel no contestó y tampoco le dio la oportunidad de seguir quejándose con esa vocecilla insufrible.

Se limitó a sujetarla por los hombros y atacar sus labios con fiereza.

Fue un beso inexperto, demasiado húmedo e incómodo, pero suficiente para acallar cualquier otra cosa que Amalia fuera a decir.

Al igual que lo había empezado, fue Ángel el que lo terminó.

Se separó de la chica, abrió el armario y la empujó a su interior, antes de entrar, encender la pequeña bombilla y cerrar la puerta a sus espaldas.

Sus movimientos fueron tan rápidos que Amalia apenas había recuperado el aliento cuando se encontró atrapada con él en el pequeño espacio.

Atrapada, sí, esa era una buena palabra. Como una pequeña presa a la que acabara de dar caza. Aunque ella no parecía en absoluto preocupada por su situación. Al contrario, por el color en su rostro y sus pupilas dilatadas, daba la sensación de que lo estaba disfrutando mucho.

—¡Relájate un poco, capullo! —exclamó Amalia en tono jocoso, dando un paso hacia él y echándole las manos al cuello—. Si tantas ganas me tenías, ¿por qué no te has lanzado antes? Mira que me he tirado dos días en tu casa…

—No era el lugar ni el momento.