¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1404h #4
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15 de abril, 2023. 1404h #4

—Me sentí traicionado, Miguel. Después de tantos años de incomprensión creía haber encontrado a alguien en quien confiar, ante el que podría llegar a mostrarme tal como soy.

Te consideraba un amigo, a pesar de que hasta hace muy poco no llegaba a entender por completo ese concepto.

Y de pronto un día me despierto y descubro que ese supuesto amigo ha echado por tierra todos mis esfuerzos y no ha dudado en arruinarme la vida.

—Ángel, sabes que esa no era mi intención…

—Claro que sí. Querías saber quién soy en realidad y lo conseguiste.

Y de qué manera. ¿Cómo no iba a ponerme furioso?

Sí, estaba deseando matarte. Sentí que lo merecías, que solo así arreglaría las cosas.

Pero no lo he hecho, ¿sabes por qué? Porque me importas.

Porque eres mi amigo, a pesar de todo. Te pegué y no me arrepiento, creo que te lo ganaste a pulso, cualquiera habría hecho lo mismo en mi situación.

A lo de los insultos no le des demasiada importancia, no iba en serio.

Solo lo dije porque sabía que te dolería y estaba deseando hacerte el mayor daño posible.

—¿Se supone que eso debe consolarme? —masculló Miguel con desdén.

—Lo que quiero decir —prosiguió Ángel, ignorando el comentario— es que reaccione de forma natural ante tu traición y lo que creí que implicaba para mí.

Estaba seguro de que me habías convertido en un asesino.

Tenía derecho a odiarte. Y sin embargo, no lo hago.

Hasta puedo entenderlo. Sentías curiosidad y seguiste tu instinto.

Lograste escapar de las crueles limitaciones que otros te han impuesto.

Cometiste un error al dirigirte contra mí, pero el intento de superación no deja de ser admirable.

Por eso te perdono, Miguel, y estoy dispuesto a empezar de cero.

Creo que tú y yo podemos construir juntos algo único.

Pero para eso tú también tienes que aprender a confiar en mí.

¿Le perdonaba? ¿Cómo podía ser tan descarado?

Es cierto que Miguel había hecho algo terrible, no lo iba a negar, y agradecía que Ángel fuera capaz de dejar eso atrás.

Sin embargo, para ser amigos, ¿ese perdón no tendría que ser recíproco?

¿No debería su compañero mostrar al menos un mínimo arrepentimiento por el daño que le había hecho?

Aunque Miguel podía llegar a entender su rabia e incluso aceptar la reacción violenta, esperaba que Ángel expresara un poco de malestar ante lo ocurrido que no se centrara solo en sí mismo. Sería lo normal.

Tal vez ahí radicaba su error, en seguir buscando la normalidad en su amigo.

¿No le había dejado ya claro lo que se escondía tras su apariencia agradable?

Le había pedido honestidad, no tendría sentido exigir de él un sentimiento que quizás le resultara imposible.

La cuestión, por tanto, no era si debía reclamar una disculpa o enfurecerse al no obtenerla, sino si sería capaz de aceptar y permanecer al lado de un potencial asesino incapaz de sentir culpa.

¿A quién pretendía engañar? El solo pensamiento lograba acelerarle el corazón. En ese momento Miguel sintió que su vida acababa de volverse mucho más interesante.

—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando te pregunté por qué elegiste estudiar medicina?

—En lugar de responder a su insinuación, Miguel decidió cambiar de tema.

¿Hasta dónde llegaban los instintos violentos de Ángel?

¿Cuánto había de verdad en lo que él siempre había interpretado como bromas?

—. Lo de que esa era la única forma legal que habías encontrado para abrir a alguien en canal. ¿Eso iba en serio?

Su amigo ladeó la cabeza, sin apartar los ojos de él. Una leve sonrisa contrajo sus labios.

—¿Tú qué crees?

—Quiero oírlo de ti.

Ángel no respondió. Se limitó a ampliar su sonrisa y observarlo en silencio. Miguel debería haberlo imaginado. Aquello no era más que un juego para él y ceder con facilidad sería demasiado aburrido.

—No vas a decírmelo, ¿verdad?

—Que haya prometido ser sincero no significa que vaya a contestar a todo, en especial a preguntas impertinentes y tan poco relevantes.

—Ah, ¿eres tú el que decide la relevancia de mis preguntas?

—Por supuesto. ¿Quién si no?

Miguel no pudo evitar entornar los ojos.

—A veces eres insoportable.

¿Era sensato soltarle algo así a la persona que había estado a punto de asesinarlo apenas unas horas antes?

Posiblemente no, pero lo cierto es que Miguel no se sentía en absoluto intimidado.

Al contrario, desde que Ángel había dado su pequeño discurso, toda sensación de miedo había desaparecido.

No porque se lo hubiera creído, claro, sino porque lo que su amigo le había revelado despertaba en él un mayor deseo de comprensión y cercanía.

El peligro que en un primer momento fue una intuición, ahora se había convertido en una certeza y, en lugar de espantarle, solo lograba que Ángel le resultara más atractivo.

¿Hasta dónde era posible presionar sin que su compañero llegara al límite?

¿Estaría dispuesto a mostrarse por entero ante él, esta vez de verdad?

¿Sería capaz de entenderlo? Como Ícaro volando hacia el Sol, Miguel ansiaba descubrir cuánto podía acercarse antes de precipitarse en su inevitable caída y ninguna advertencia habría bastado para evitar la tragedia.

—Olvídalo, ya me lo imagino —comentó tras un breve silencio—. ¿Siempre has sido así?

—¿Así cómo?

—Ya sabes. Diferente. Alguien que no es como los demás.

Para sorpresa de Miguel, sus palabras causaron un extraño efecto en Ángel.

Por un momento sus ojos se iluminaron y una chispa de calidez nació en ellos, dejando entrever una emoción que su compañero no había mostrado nunca antes.

La impresión fue breve y enseguida desapareció, sustituida esa efímera alegría por un gesto sombrío, sin embargo, aquello había sido real, no cabía duda.

—Supongo que sí. Yo no era más que un niño curioso en busca de respuestas.

Los demás no me entendían y yo no los entendía a ellos, así que tuve que aprender por mi cuenta.

Las explicaciones de los adultos no eran satisfactorias y las de los otros niños me parecían estúpidas.

Y eso me trajo algunos problemas. Imagino que era absurdo esperar que los que no me comprendían a mí me ayudaran a comprender el mundo.

Pero ya no los necesito, aprendí por mi cuenta.

Sí, creo que siempre he sido… diferente, como tú has dicho.

Y en un mundo como este, eso puede resultar peligroso.

Aunque por suerte, ahora sí sé cómo sobrevivir.

¿Qué hay de ti, Miguel? ¿Siempre has sido así?

Claro que no. Él había sido un niño normal.

Curioso, como Ángel se describió a sí mismo.

Alegre, sociable. Seguro que había sido esas cosas.

No lo recordaba porque el abuso al que Abel lo sometió empezó tan pronto que todo lo anterior había caído en el olvido, pero Miguel tenía la certeza de que su esencia se alejaba mucho de la sombra en que los años de maltrato lo convirtieron.

Tenía que ser así, admitir cualquier otra opción resultaba demasiado doloroso.

Fueron sus circunstancias las que lo empujaron a aquel abismo de soledad en el que se encontraba, no una falla inherente a sí mismo que lo acompañara desde su nacimiento.

Miguel no contestó a su pregunta. Lo cierto es que ni él se sentía satisfecho con la posible respuesta, pero ese no fue el motivo. Ángel estaba cambiando de tema, desviando la conversación para que el más joven no pudiera seguir indagando. No estaba dispuesto a caer en la trampa.

—¿Qué es lo que pasó con tu hermana? —respondió, ignorando las palabras de Ángel—. Dijiste que no confía en ti por algo que sucedió hace años entre vosotros. ¿Qué ocurrió?