¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1404h #3
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15 de abril, 2023. 1404h #3

Por un instante, Miguel sintió que dudaba.

Una parte de él le gritaba que nada de aquello tenía sentido, que Ángel estaba retorciendo las palabras correctas para hacer sonar coherente un planteamiento absurdo.

Y, sin embargo, su voz era tan agradable, sus argumentos tan tentadores, las conclusiones tan cercanas a lo que su alma anhelaba poder creer...

Ángel le ofrecía la posibilidad de librarse de la responsabilidad y la culpa, de convertir sus errores en un accidente impredecible de los que no cabía avergonzarse.

Porque si todo aquello fuera cierto, Miguel no estaba roto, no había nada malo en él, nada irreparable y repulsivo, no existían motivos para seguir escondiéndose y huyendo de sí mismo.

—Aun así… —murmuró vacilante—. Alegrarte de ello no es lo mismo que provocarlo tú… Su fracaso no depende de tu decisión…

—El mecanismo tras ese disfrute es el mismo que te impulsa a provocar la desgracia. En ese caso, tal vez no dependa de ti… Pero si lo hiciera, ¿podrías resistirte?

Los ojos de Ángel estaban clavados en los suyos.

Expectantes, hipnóticos, cargados de promesas, pero tan vacíos como siempre.

Detrás de aquella mirada atenta, se ocultaba esa nada habitual que amenazaba con absorberlo y borrar todo lo que Miguel creía ser.

No pudo responder, consciente por fin de que toda resistencia contra Ángel era fútil.

—Olvídalo… —concluyó Ángel—. Podría esperar esa clase de críticas de otros, pero viniendo de ti…

Creí que lo comprenderías. Supongo que lo de drogarse, meterse en barullos y desvalijar el interior de los coches sí son pequeñas transgresiones permisibles, de las que no ponen en riesgo a nadie, ¿no?

Puede que tengas razón y te haya juzgado mal.

¿Por qué parecía decepcionado? ¿Y por qué darse cuenta de ello le provocó un nudo en la garganta e instaló la congoja en su pecho?

—Vete si quieres, no voy a tomar represalias.

—De pronto, Ángel arrojó el móvil de Miguel sobre su regazo—.

O llama a la policía. O a tu prima, lo que sea.

Haz lo que tengas que hacer. No me importa.

Si de verdad tienes miedo, si esto es más de lo que puedes soportar, separemos aquí nuestros caminos.

Sal del coche y deja que sea yo quien lo resuelva.

Podía hacerlo. Sería lo más sensato, largarse de allí y no mirar atrás.

Olvidarse de aquella nefasta mañana, fingir que nada había ocurrido.

No llamaría a la policía, ¿qué sentido tenía?

Lo implicarían en algo que nada tenía que ver con él y lo último que le apetecía era verse sometido a preguntas para las que no había respuesta.

Tampoco le contaría nada a Noah, al menos, no hasta que ordenara sus ideas.

Habían sucedido demasiadas cosas en poco tiempo, todo su mundo se tambaleaba y ya no sabía qué creer ni sobre sí mismo.

¿Cómo acudir a su prima en ese momento? Lo mejor sería esperar, tomarse un par de calmantes y meterse en la cama con la esperanza de que aquella mañana resultara no ser más que una pesadilla.

Sí, eso sería lo sensato. Pero al parecer hacía mucho que Miguel había perdido la capacidad para actuar de forma lógica.

Porque en lugar de bajarse del coche y alejarse del abismo que amenazaba con devorarlo, guardó el teléfono y se lanzó de cabeza a ese barranco que desde hacía tanto tiempo le instaba a saltar.

Quizás nunca tuvo elección. Puede que desde que su mirada se cruzó por primera vez con los gélidos ojos de Ángel su destino quedara sellado.

O tal vez fuera mucho antes, el día en que perdió a Abel.

O cuando acudió en busca de ayuda a sus padres y recibió un castigo en su lugar.

O el mismo día de su nacimiento, al llegar a un mundo en el que parecía no haber sitio para él, en el que siempre había sobrado, incomprendido, rechazado, vapuleado y ajeno a las consideraciones que se les brindaban a sus iguales.

Y así había sido hasta ese mismo instante, cuando el chico que debería aterrarle se convertía en objeto de fascinación y deseo y le ofrecía por fin una salida al dolor que lo había ahogado durante tanto tiempo, una opción que nadie antes le había planteado.

El propio Ángel se lo había preguntado. ¿De verdad podía resistirse?

¿Quién era él para oponerse a la violenta fortaleza que emanaba de los labios de su compañero?

Y aun así, no resultaba sencillo dejarse doblegar.

—¿Crees que es fácil, Ángel? ¿Aceptar todo lo que me has dicho y simplemente quedarme a tu lado?

¿Crees que no voy a dudar, a querer huir, a defenderme de algo que es malo de forma tan obvia?

—Miguel cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de derrota—.

¿Eres consciente de lo que has hecho? ¿De cómo has traído una chica muerta a mi casa, me has pegado, has intentado matarme…

? Y quieres que sea comprensivo y deje todo pasar, así, sin más.

—¿Qué es lo que necesitarías entonces? ¿Cómo puedo ayudarte a entenderme?

—Te lo dije hace mucho. —El joven dirigió su mirada cansada hacia Ángel—. Honestidad. Eso era todo lo que quería de ti. Me prometiste que lo cumplirías. Dime, ¿cuántas veces me has mentido desde entonces?

—Incontables —contestó Ángel sin vacilar.

—¿Lo ves? ¿Cómo voy a quedarme a tu lado, si todo lo que has hecho desde que nos conocemos es engañarme?

—Pregúntame ahora. En aquel entonces, no podía decir la verdad.

No lo habrías comprendido. Huirías de mí, como han hecho todos siempre.

Si dejaba que me vieras, correrías a esconderte del monstruo.

Estoy seguro de que sabes de lo que hablo.

Pero ahora podemos empezar de nuevo. Ya sabes lo que soy y hasta dónde puedo llegar. ¿Qué más quieres sabes?

No debía confiar en él. Aquello era un juego, como había sido toda su relación hasta entonces. Y no obstante las palabras de Miguel fluyeron sin pensarlo.

—¿Lo has hecho alguna vez? ¿Has llegado a matar a alguien?

Ángel lo observó con la seriedad suficiente para estremecerlo. ¿Se había equivocado de pregunta? Aun así, necesitaba saberlo. No solo hasta dónde era capaz de llegar, también hasta dónde ya había llegado.

—No, Miguel —terminó por responder su compañero—.

Lo he deseado infinitas veces. Lo he imagino con todo detalle.

Incluso lo he planificado, pero solo como un juego, nada más que una fantasía.

Me he esforzado mucho para que permaneciese como tal.

Ya te lo he dicho, ese era el motivo por el que no bebía alcohol ni me iba con chicas.

Porque sé el peligro que supone. ¿No prueba eso mi buena predisposición?

—No lo sé. ¿Lo prueba? Por mucho que hayas tomado algunas medidas, el hecho de que sigas queriendo hacer esas cosas… De que pienses en ellas…

—Oh, vamos. —Ángel lo interrumpió con una mueca, sin poder evitar entornar los ojos ante sus palabras—.

No seas mojigato. ¿De verdad vamos a tener esa conversación?

¿Crees que soy el único que disfruta con ese tipo de pensamientos?

Explícame entonces el éxito de tantas películas y series gore y de terror.

Explica por qué las slasher terminan convertidas en sagas infinitas y los videojuegos de acción y disparos gustan tanto.

Cualquier ser humano con el que te topes a lo largo de tu vida se habrá entretenido más de una vez en fantasías inconfesables.

Luego intentarán negarlo, reconducirlo u ocultarlo para no sentirse mal consigo mismos, pero creo que tú tienes la capacidad suficiente para ver lo absurdo que es todo eso.

Sabes bien de lo que hablo, Miguel, no eres ajeno a ello.

De hecho, me atrevería a decir que lo entiendes mejor de lo que quieres admitir.

¿Por qué lo miraba como si pudiera ver a través de él?

Claro que Miguel había dejado a su mente volar arrastrada por ideas y deseos indecibles.

Desde que tenía memoria, su vida había sido un infierno.

¿Cómo no huir de cuando en cuando a un mundo en el que él tenía el control y todos los que le hacían daño pagaban por ello, donde era Miguel el que ejercía la crueldad y no el que la recibía, el que ganaba a costa de destruir a otros?

Durante mucho tiempo solo fue un juego mental, pero eso no significaba que no fuera peligroso, ya que entretenerse mucho en ello hacía que dejarse llevar resultara demasiado sencillo y que cualquier paso en falso pudiera empujarlo al punto de no retorno.

—Si solo fueran pensamientos, podría entenderlo…

—respondió despacio—. Pero es más que eso, Ángel.

Mira lo que me has hecho —Miguel señaló su rostro amoratado e hinchado—.

Me has estrangulado, joder. Amenazaste con violarme.

¿Y qué pasa con los insultos homófobos? Eso no han sido fantasías, ha sido una agresión.

No intentes venderme que tienes una gran predisposición porque no bebes ni follas si luego reaccionas así a la mínima inconveniencia.

—¿Mínima inconveniencia? ¿A esto lo llamas una mínima inconveniencia?

—A Ángel se le escapó una carcajada—. Y luego me echas en cara que yo considere lo mío pequeñas transgresiones.

Ponte en mi lugar. Cada día te esfuerzas por guardar las apariencias.

Reprimes tus instintos en beneficio de los demás, aun a sabiendas de que nadie va a agradecértelo.

Renuncias a esa emoción de la que todos pueden disfrutar libremente porque sabes que el mundo no va a tolerarlo y si quieres sobrevivir, tienes que jugar con sus reglas… ¿Eso te suena?

Por supuesto que sí, pero se negaba a darle la razón.

Conocía de sobra el sentimiento de frustración y la amarga soledad que acompañaban a la situación que su amigo acababa de describir, sin embargo, eso no justificaba una explosión como la de aquella mañana.

Ángel no dio muestras de inquietud ante su silencio y continuó hablando con calma.