¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1404h #2
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15 de abril, 2023. 1404h #2

—¿Divertido? ¡¿A eso lo llamas tú divertirse?

! —estalló por fin Miguel—. Se acabó, Ángel.

Dije que iba a ayudarte a localizar al tal David y limpiar tu nombre, pero esto es demasiado.

No sé cuál es tu problema, a qué estás jugando, si siempre te ha gustado poner en riesgo la vida de la gente o si es una nueva afición.

Me da igual, yo estoy fuera. Llevo mucho tiempo engañándome a mí mismo, me dije una y otra vez que esto podría funcionar, que si me esforzaba lograría entenderte.

Joder, pensaba así hasta hace un rato, incluso cuando te has presentado en mi casa con un puto cadáver en una maleta.

En una cosa sí que nos parecemos, los dos estamos jodidos de la cabeza, porque no es normal que haya aceptado subirme a un coche contigo después de eso.

Pero ahí acaban nuestras similitudes, en lo demás, te has equivocado al juzgarme.

Y no voy a quedarme a tu lado viendo cómo te destruyes y arrastras contigo a todo el que se cruce en tu camino.

Había ido alzando la voz a medida que hablaba, su discurso cada vez más acelerado, hasta que las palabras comenzaron a trabarse en su lengua y su respiración se volvió entrecortada.

Tenía la sensación de que si no lo decía lo bastante rápido, Ángel lo interrumpiría y entonces jamás podría terminar.

Por un instante un ramalazo de sentimientos contradictorios lo golpeó.

Rabia, dolor, rencor, odio, deseo, emoción, euforia y melancolía, todo revuelto en un amasijo imposible que le subió a la garganta y le llenó los ojos de lágrimas.

Ni siquiera entendía por qué estaba tan alterado.

No era por el riesgo de atraer la atención de la policía, ni por la paliza que le había dado Ángel, ni porque tuvieran a una chica muerta en el maletero, ni desde luego por la familia a la que casi habían atropellado en el paso de peatones.

Ninguna de esas certezas parecía pesar lo suficiente para despertar a esa bestia desdeñosa que ahora se agitaba en su pecho.

Tal vez fuera la mirada tranquila de Ángel, esa calma con la que lo había escuchado durante todo su discurso, la seriedad en sus facciones cuando se inclinó hacia él y la suavidad con la que brotaron de sus labios unas palabras que no tenían ningún sentido para Miguel.

—¿Qué es lo que se siente?

—¿Qué?

Y antes de que pudiera reaccionar, Ángel apretó dos dedos contra la parte lateral de su cuello.

Miguel hizo ademán de apartarse, sorprendido por el contacto, el recuerdo de cómo había tratado de estrangularlo todavía demasiado reciente, pero su compañero lo sujetó por el hombro y le chistó con suavidad.

Entonces el estudiante comprendió que estaba tomándole el pulso.

¿De qué iba aquello?

—¿Qué es lo que se siente? —repitió Ángel—. ¿Qué acelera tu corazón, Miguel? ¿Esto es miedo? ¿O acaso hay algo más?

Claro, ¿qué iba a ser si no? ¿Qué otra cosa podía experimentar en sus circunstancias? Y no obstante, fue incapaz de responder. Porque en el fondo, muy en el fondo, sabía que mentiría, que lo que se removía en su interior era intenso y oscuro, pero distaba mucho de parecerse al miedo.

Entendiendo que Miguel no iba a contestar, Ángel cogió la mano de su compañero y colocó dos dedos contra su propio cuello, con la intención de que el más joven también le tomara el pulso.

La situación acababa de dar un giro impredecible y Miguel no estaba seguro de cómo reaccionar.

Al menos, la rabia que lo invadió hacía un instante parecía haberse apagado, dando lugar a la curiosidad por ver a dónde pretendía llegar Ángel.

Por ello, no se resistió y trató de ignorar sus propios latidos para centrarse en los de su amigo.

Tal vez ya debía imaginarlo, sin embargo, no pudo evitar una cierta sorpresa al percibir aquel ritmo pausado y estable.

—¿Lo entiendes ahora? —preguntó Ángel ante su expresión confusa—. Yo también quiero sentirlo. ¿De verdad es tan malo?

—¿Sentir qué? ¿Miedo?

Su amigo se rio sin ganas.

—Deja de mentir, Miguel. No es miedo lo que sientes ahora mismo.

Me dijiste que no me tenías miedo y ¿sabes qué?

Te creo. Y sé que eso no ha cambiado. Sé que te alegras de que haya llamado a tu puerta y que quieres llegar hasta el final.

¿Estás emocionado? ¿Alegre? ¿Te sientes libre?

¿Preocupación, rabia, pasión? ¿Qué es lo que te mantiene en tu asiento e impide que salgas corriendo? ¿Por qué sigues aquí?

—Deja de decir estupideces… —masculló Miguel tras apartar la vista—. Me siento amenazado por ti, ¿no es obvio? Tengo miedo a intentar marcharme y que tomes represalias.

Ángel lo observó durante largo rato antes de volver a hablar. Por su expresión, quedaba claro que no lo creía.

—Cuando me desperté esta mañana y encontré a esa chica muerta, mi corazón latió más deprisa.

Solo un instante, como si se encendiera una chispa y al momento se apagara.

Hace un rato, en ese paso de cebra, algo despertó aquí dentro —Ángel se llevó una mano al pecho para subrayar sus palabras—.

Me sentí vivo, Miguel. Sentí que existía de verdad, no solo como un cuerpo hueco interpretando un papel.

Estuve a punto de llevarme a ese niño por delante y de pronto me di cuenta de que la sangre también corre por mis venas.

Pero fue tan fugaz como un parpadeo. Ahora ya solo queda la calma de siempre. ¿Crees que eso es justo?

—No… No lo sé, Ángel. No entiendo que…

—No lo es —interrumpió su compañero, que no parecía demasiado interesado en su respuesta—.

Esa gente ahí fuera lo tiene muy fácil. Todos se pasan la vida persiguiendo la misma emoción, solo que para ellos no es complicado alcanzarla.

Una caricia, un abrazo, una palabra amable, un ascenso, un elogio, un viaje con amigos…

El mínimo logro es suficiente para agitarlos.

Pero si yo busco lo mismo, de pronto me tratan como si fuera un monstruo.

Me condenan por lo que soy, como si el resto de personas no actuaran igual que yo.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Porque la mayoría de la gente no se divierte haciendo daño a otros. Las cosas que les emocionan no ponen en riesgo la vida de los demás.

Ángel le dedicó una sonrisa genuina, una que en poco se parecía al gesto encantador que solía esgrimir, más similar a una mueca amenazadora que a una expresión de alegría.

—Qué gracioso eres. ¿De verdad crees que no se divierten haciendo daño a otros?

¿Crees que no se lo pasan bien cuando se burlan de lo rarito que eres a tus espaldas?

¿Cuando a la chica que les cae mal la engaña su novio?

¿No es un ascenso mucho más satisfactorio si te eligen a ti por encima del resto?

Sacar una buena nota está bien, pero lo verdaderamente gozoso es que tu rival fracase.

¿Es que nunca has visto a la gente normal disfrutar a horrores con las desgracias que afectan al resto?

¿Desear y apoyar las mayores crueldades siempre que estén seguros de que pueden salir impunes?

Estoy seguro de que a la mayoría de los que se hacen llamar mis amigos les encantaría verme caer, solo porque soy yo y no ellos.

Esas personas de ahí fuera no son tan distintas a nosotros, la única diferencia es que sus monstruos son menos voraces y se conforman siguiendo las normas.

—Bueno, nadie es perfecto… —comenzó Miguel vacilante—.

Todo el mundo tiene malos sentimientos a veces, eso es normal…

Pero hay un límite, Ángel. Como te he dicho, una cosa es alegrarte porque le va mal en un examen a la persona que te cae mal y otra poner en riesgo la vida de alguien solo para divertirte…

El escepticismo con el que Ángel alzó las cejas lo hizo enmudecer.

—¿El límite lo decides tú? Todo lo que haces puede poner en riesgo la vida de alguien.

Salgo a la calle, me tropiezo con una anciana, se cae, se rompe la cadera y acaba muriendo.

¿Debería dejar de salir a la calle? Pongo una maceta en mi balcón, se descuelga y mata al que pasaba por debajo.

¿Hay que prohibir las macetas? Cancelo un viaje en el último momento, otra persona compra mi billete, hay un accidente y muere.

¿Debo lamentarme porque mi decisión le costó su vida y no la mía?

Tu mera existencia podría estar poniendo en peligro a otros ahora mismo.

Cada paso que das, cada vez que respiras, que te levantas o te quedas en la cama…

No sabes cómo lo que decides hacer va a afectar al resto.

¿Por qué solo yo tengo que preocuparme de si las cosas que disfruto son un riesgo para los demás?

Nadie se pasa la vida lamentándose porque sus pequeñas transgresiones hayan podido causar algún daño.

—¡No son pequeñas transgresiones, Ángel!

Vale, de acuerdo, no podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor, hay accidentes, casualidades, infortunios, como quieras llamarlo.

Pero no es lo habitual, no es lo que pasa cada vez que sales a la calle.

Sin embargo, si te dedicas a conducir de esa forma, lo más probable es que ocurra una desgracia.

—Soy buen conductor. El riesgo que ha corrido esa gente no es mayor del que asumen cada vez que cruzan un paso de cebra.

¿Sabes? Ese es el problema, las transgresiones solo son pequeñas cuando las hace uno mismo, no lo son si las hacen los demás.

Has dicho hace un momento que alegrarse del fracaso de tu rival en un examen no es tan grave, ¿no?

—Sí…

—¿Acaso sabes lo que significa un suspenso para esa persona?

¿Sabes cuánto esfuerzo puede haber detrás de su examen?

¿Y si de esa nota depende su beca? ¿Y si por culpa de ese fracaso la pierde y se ve obligada a dejar sus estudios?

¿Merece tu pequeña alegría arruinarle el futuro a otro, solo porque te desagrada?