¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1404h
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15 de abril, 2023. 1404h

—Esto es una locura… —murmuró Miguel por tercera vez desde que se habían subido al coche.

Su coche, claro. No podían llevar el cadáver en la moto y tampoco la tenía cerca. Y no, no pensaba coger otro taxi. ¿Cómo se había dejado atrapar en aquello?

Tras la conversación con Ángel, le había pedido un momento para ir al baño y limpiarse las heridas, como si necesitara su permiso para moverse en su propia casa.

El que se hacía llamar su amigo había soltado las tijeras sin hacer ningún ademán de retenerlo y, aun así, Miguel se sentía por completo sometido a su influencia y no se había atrevido a dar un solo paso sin su permiso.

Tampoco se le había pasado por alto que Ángel todavía tenía su móvil y las llaves de la casa en su poder.

Era mejor no contrariarlo demasiado, lo último que le apetecía en ese momento era que volviera a atarlo.

¿De verdad iba a dejarse llevar? Un momento antes estaba decidido a aceptar el castigo que creía merecer y entregarse por entero a su destino a manos de aquel loco, pero cuando su mirada desencajada se cruzó con el reflejo en el espejo sintió el repentino deseo de huir.

Ángel sabía usar palabras muy dulces, hacía promesas tentadoras que apelaban a sus más profundos anhelos, trataba de hacerle creer que lo veía como a un igual, que confiaba en él y que deseaba mostrarse de forma honesta.

Sin embargo, la realidad con la que se encontró Miguel en aquel baño fue con la de un chico dolorido, con la nariz inflamada, el ojo amoratado y la ropa manchada de sangre.

Ángel no había tenido problema en agredir con brutalidad a aquel al que consideraba su amigo.

Lo había humillado, amenazado con violarlo y…

El joven se llevó una mano al cuello, estremeciéndose al recordar como Ángel había tratado de estrangularlo.

Si así actuaba con los que supuestamente le importaban, ¿qué no haría con los demás?

La chica de la maleta era un buen ejemplo de ello.

Tal vez no la hubiera matado él, pero hasta hacía un rato estaba seguro de que sí porque eso mismo era lo que ansiaba en lo más hondo de su ser.

¿Acaso podía quedarse junto a alguien así?

Incluso si no eran más que impulsos involuntarios y fantasías imposibles, el mero hecho de que pudiera disfrutarlo, ¿no era lo bastante terrorífico?

¿Debía condenarlo por lo sucio de sus pensamientos?

No parecía justo, al menos, no cuando su propia mente estaba plagada de ideas tan perversas e interesantes.

Es cierto que en lo que Ángel disfrutaba había un salvajismo primitivo que se alejaba mucho de lo que Miguel se habría atrevido nunca a imaginar, pero si se limitaba al terreno de la imaginación, entonces no podía reprocharle nada.

Ese era el problema. ¿De verdad se limitaba a su imaginación?

Ángel se había puesto furioso, le había gritado que todo era culpa suya, que jamás habría ocurrido si no lo hubieran drogado, que evitaba ir con chicas para no hacerles daño, como si realmente quisiera mantener sus impulsos bajo control.

Y aun así, Miguel no podía dejar de sentir que detrás de aquello había mucho más de lo que su amigo admitía, que su pasado no había sido tan adecuado y puro como pretendía hacerle creer.

«Intentó matarme».

El pensamiento surgió incómodo, pero Miguel no logró deshacerse de él.

No estaba bromeando, no pretendía asustarlo.

Cuando comenzó a apretarle el cuello, su intención era clara, lo había visto en sus ojos.

Esta vez se había salvado, a la próxima quizás no tuviera tanta suerte.

Si no huía ahora, ¿en qué lo convertía eso a él?

«La víctima perfecta».

Seguro que así era cómo pensaba Abel, no creía que para Ángel fuera distinto.

Por mucho que se llenara la boca de palabras bonitas sobre ver en él a alguien capaz de comprenderlo, al final del día Miguel solo era el idiota solitario al que nadie dedicaría más de un pensamiento.

Tan fácil de doblegar y someter… Y tan ansioso por aceptar esa posición sin rechistar.

Porque en el fondo, eso llevaba esperando todos esos años, ¿no?

Toparse de nuevo con el monstruo al que apenas había logrado acallar, admitir su derrota y entregarse a él una vez más.

Miguel había soltado un resoplido ante aquellos pensamientos antes de irse a su cuarto y cambiarse de ropa.

No tenía sentido seguir dándole vueltas, como si de verdad existiera la opción de resistirse.

Le gustara o no, ahora mismo Ángel vigilaba sus movimientos con una actitud que solo era tranquila en lo aparente, dispuesto a saltar sobre él en cuanto sus acciones se volvieran sospechosas.

Por lo pronto, su mejor opción sería seguirle el rollo y ver a dónde les llevaba todo aquello.

Quizás no debería haberse sorprendido cuando al salir de su habitación se encontró a Ángel cocinando.

Le explicó que era consciente de que Miguel no había desayunado, pero como ya era tarde pensó que lo mejor sería que los dos comieran algo antes de ponerse en marcha.

No sabían lo que iban a encontrarse y les esperaba un día muy largo, convenía coger fuerzas.

Para Miguel, aquella comida fue una de las experiencias más surrealistas de su vida.

La angustia había terminado con su apetito y la naturalidad con la que estaba actuando Ángel no ayudaba en absoluto, sin embargo, se forzó a comer, deprisa y sin quejarse.

Cuanto antes terminaran con aquello, mejor.

Y así habían acabado en su coche, con un cadáver en el maletero, Ángel sentado al volante y el GPS del móvil guiándolos a un destino tan peligroso como incierto.

—Una auténtica locura… —repitió entre dientes, sin acabar de creerse lo que estaba ocurriendo.

Su amigo le lanzó una mirada de reojo y una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios. Sin previo aviso, Ángel aceleró y comenzó a adelantar a los demás vehículos con unas maniobras poco recomendables.

—¡¿Qué haces?! ¡Tío, para! ¡Vas a matarnos!

En lugar de atender a la exaltada petición de Miguel, el estudiante aumentó aún más la velocidad, ganándose unos cuantos bocinazos e insultos cuando se saltó un semáforo en rojo y estuvo a punto de llevarse a una familia por delante.

Ya está, se había vuelto loco. Por completo.

¿En qué demonios estaba pensando? Se había presentado en su casa con un cadáver, daba igual lo que implicara el contenido de la grabación en el móvil de Anna.

Ángel no estaba bien de la cabeza, no había excusa ni explicación para ello.

¿Cómo se le ocurría subirse a un coche con él?

¿De verdad iban a buscar al culpable o es que lo que pretendía desde el principio era matarse y hacerlo parecer un accidente?

¿Qué necesidad tenía de arrastrar también a Miguel?

Tal vez debería agradecerle ese repentino ímpetu suicida.

Sería mejor si terminaba con aquello cuanto antes.

—¿Eres idiota? —gritó sin pensar— ¡Si nos para la policía, estamos jodidos!

Sus propias palabras le sorprendieron. No había día en el que no pensara en lo fácil que sería morir, lo mucho que deseaba desaparecer de la existencia.

Y no obstante, ahora que se presentaba la oportunidad, un instinto que creía perdido despertaba en él y lo impulsaba a ponerse de parte de Ángel.

Lo que más llamó su atención fue descubrir que, más que temer por su vida, lo que no quería era atraer la atención de las autoridades.

Todavía no, sentía demasiada curiosidad por ver lo que ocurriría si de verdad se ceñían al plan inicial.

—¿Quieres que pare? —preguntó Ángel con sorna.

—¡Sí!

El estudiante frenó en seco, ganándose más pitidos e insultos que llegaron hasta ellos desde los coches que los adelantaban.

A Miguel le habría encantado respirar aliviado, pero antes de que tuviera tiempo de relajarse, Ángel arrancó de nuevo y se introdujo por una calle secundaria en busca de aparcamiento.

No tardó en encontrarlo y solo tras detener de nuevo el coche se volvió hacia el más joven con ojos brillantes.

—¿Has visto cómo he esquivado al crío en el último momento? Menudo careto han puesto los padres —Ángel rio con ganas ante el recuerdo—. Hasta yo dudé que fuera a ser capaz, ha faltado nada para que me lo llevara por delante.

Miguel miró con disimulo al manillar de su puerta.

Si la abría y echaba a correr, ¿lograría escapar?

Ángel era muy deportista y él llevaba sin correr desde que terminó el instituto y dejaron de torturarlo con pruebas de resistencia, así que si a su amigo le daba por perseguirlo, no creía tener ninguna oportunidad.

Aunque a lo mejor lo dejaba ir. Puede que Ángel no estuviera tan interesado en su compañía como para salir detrás de él. ¿Estaba dispuesto a arriesgarse?

—¿Qué es lo que pasa? —El matiz molesto que percibió en la voz de Ángel interrumpió sus pensamientos—. ¿No te ha parecido divertido?