15 de abril, 2023. 1227h #6
—Ah, mierda —masculló Ángel entre dientes—. ¿De verdad tenía que hablar en clave? ¿No puede pasarme la jodida ubicación y ya está?
—¿Qué esperabas? Son amigas, si de verdad eres Anna, sabrás de lo que habla. Creo que te está poniendo a prueba.
Ángel ladeó la cabeza.
—Bueno, ambos estamos de acuerdo en que Anna no era muy brillante. Además, está asustada, es normal que con los nervios no recuerde dónde era. Si le pregunto con disimulo…
—Quizás no haga falta… —murmuró Miguel con expresión pensativa—. Entra en el google maps , si tiene la ubicación activada, podemos ver dónde estuvo el domingo y comprobar si nos encaja.
—Sabía que podía contar contigo. Vamos a ver.
Por suerte para ellos, su amigo tenía razón.
Anna tenía la ubicación activada y no fue difícil averiguar dónde había pasado la noche del domingo.
Ángel no pudo evitar una punzada de satisfacción.
En realidad, se alegraba de no haber matado a Miguel.
Además de interesante, el chico había demostrado ser útil y mantenerlo a su lado parecía una opción mucho más sensata que deshacerse de él.
«¿El de Garrido?», preguntó en un nuevo mensaje.
«Sí, ese».
«De acuerdo, no tardaré en llegar. Por favor, date prisa».
«Estaré allí enseguida. Anna, ten cuidado».
Ángel dejó el móvil a un lado y le dedicó una sonrisa a Miguel.
—Parece que tenemos una cita.
—¿Tenemos?
—Sí, claro, tú vienes conmigo. Vamos, no pongas esa cara, será divertido.
Su amigo hizo una mueca, removiéndose en el sitio.
—¿Y cuál es el plan? ¿Piensas presentarte allí sin más? No sabes lo que vas a encontrarte.
—Alicia tampoco sabe lo que va a encontrarse.
A pesar de su tono animado, Miguel entornó los ojos.
—No seas estúpido. ¿Y si es una trampa? ¿Y si el tal David está allí? No tienes ni idea de en lo que te estás metiendo…
Tenía razón, podía salir muy mal. Por desgracia, Ángel ya había tomado una decisión y toda esa charla insulsa comenzaba a aburrirle. Sin molestarse en responder, se levantó y se dirigió a la cocina.
—Ese es tu problema, Miguel —comentó en un tono casual mientras buscaba las tijeras en el cajón de los cubiertos—. Siempre estás buscando excusas para contenerte. Da igual lo que te grite tu instinto, dejas que sean las inhibiciones impuestas por otros las que deciden por ti.
Regresó al salón y se paró frente a su amigo antes de dejar escapar un suspiro compasivo.
—Hay mucho potencial en ti, siempre lo he percibido. Si solo fueras capaz de entenderlo…
No mentía. Miguel estaba mucho más cerca de superar las limitaciones humanas de lo que siquiera imaginaba.
Lo único que necesitaba era un pequeño empujón para dejar atrás ese disfraz de normalidad con el que se ocultaba de sí mismo.
Sin embargo, ahora sus ojos estaban clavados en las tijeras que Ángel sostenía en la mano, incapaz de escuchar ni una sola de sus palabras.
Todo su cuerpo se veía tenso y la expresión de su rostro reflejaba aquello que el estudiante había aprendido a identificar como miedo.
Por un momento Ángel se sintió confuso. ¿Acaso había dicho algo raro? Y entonces lo comprendió de golpe.
—Oh, venga ya. No seas idiota. No voy a hacerte daño.
Ya te lo he dicho, Miguel. Somos amigos, estamos juntos en esto.
—Ángel se sentó a su lado y le agarró el hombro para obligarlo a girarse hasta darle la espalda—.
¿Es que quieres pasearte por Salamanca maniatado?
Si te va ese rollo estoy dispuesto a probarlo contigo, pero no creo que ahora sea el mejor momento.
—Vete a la mierda… —murmuró Miguel sin convicción.
—Tú te lo pierdes. Voy a soltarte, estate quieto. Además —Ángel se inclinó y continuó susurrándole al oído—, si quisiera matarte, no necesitaría usar unas tijeras.
Tras el escalofrío que recorrió a su amigo, se sintió lo bastante satisfecho como para liberarlo. No tardó mucho en deshacerse de la cinta aislante y apartarse del estudiante. Miguel se frotó las muñecas doloridas y le lanzó una mirada acusadora, pero no se atrevió a decir nada.
—Confío en ti —declaró Ángel sin ambages—.
Y sé que no debería, no después de lo que me hiciste ayer.
Puede que esté cometiendo un error ahora mismo y aun así, creo que no vas a volver a traicionarme.
¿Sabes por qué? Porque esto es lo que siempre has querido.
No, no lo niegues. Si me mientes ahora, me cabrearé y ninguno de los dos quiere eso.
Hace un tiempo me dijiste que podía acudir a ti, que sabrías aceptar mi secreto y te pondrías de mi parte.
¿Es eso cierto, Miguel? Ahora que ya lo sabes todo, ¿puedes tolerarlo?
Durante un largo rato, su amigo guardó silencio.
Ángel se sentía impaciente, deseaba acabar con aquella conversación cuanto antes y pasar a la acción, no obstante, interpretó su tardanza de forma positiva.
Si no respondía de inmediato, era porque estaba pensando de verdad en ello.
Una afirmación demasiado rápida habría sido sospechosa.
Miguel necesitaba entender lo que estaba ocurriendo y hasta dónde era capaz de soportar.
Por alguna razón, Ángel se encontró a sí mismo conteniendo el aliento.
Nunca le había gustado que otros tuvieran poder sobre él y su tendencia era a destruir a todo aquel que pretendiera someterlo en modo alguno.
No fue así en esta ocasión. A pesar de que sentía que su destino al completo dependía de la respuesta que diera Miguel ahora, no experimentó el más mínimo deseo de hacerle daño.
Ansiaba su comprensión, de una forma en la que nunca había creído posible querer algo que no fuera violento y cruel.
Por fin, su amigo alzó la vista hacia él. Se mantuvo serio, pero sus ojos color miel estaban cargados de promesas.
—Me alegró de que no seas un asesino —comentó por toda respuesta.
Ángel le dedicó una sonrisa cansada y en esta ocasión su gesto no fue forzado ni burlón.
—Ojalá pudiera decir lo mismo.