¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1227h #5
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15 de abril, 2023. 1227h #5

Lo primero que descubrió Ángel fue que el simpático cadáver que los acompañaba solía llamarse Anna.

O al menos así se dirigía Alicia a ella.

Y por lo visto Anna estaba muy cansada de su situación y planeaba marcharse con el dinero y los papeles, pero no sin antes dar parte a la policía de lo que estaba ocurriendo en los pisos y entregar pruebas de sobra para acabar con David y su gente.

Y claro, pretendía que su querida amiga, la que más la había apoyado desde que llegó a España, huyese también.

Tenía un plan, todo saldría bien, solo necesitaba que Alicia confiara en ella.

Por desgracia, su amiga no parecía muy convencida.

«No puedes hacerlo, Anna. David te matará si se entera».

Alicia tenía razón, debería haberla escuchado.

«No puedo más. Me prometieron trabajo, pero esto no es trabajo, esto es un infierno».

«Solo tenemos que aguantar un poco más. Cuando paguemos la deuda, podremos irnos».

«No. Es mentira. La deuda crece más y más. No nos dejarán irnos. Por favor, ven conmigo».

«¿Dónde vamos a ir? La policía no nos protegerá. Me mandarán de vuelta. No pienso volver a Rusia. Nunca».

«No lo harán. He hablado con una gente. Ellos nos apoyarán y nos darán papeles».

«Anna…».

Tras eso la conversación se detenía varios minutos, como si la chica hubiera estado reflexionando sobre ello.

«David también nos prometió papeles», continuó Alicia, «y mira dónde estamos ahora».

«Esta vez es distinto. Son una organización. Los apoya el gobierno».

«No confío en el gobierno».

«Entonces confía en mí. Tú me ayudaste desde que llegué. Deja que te ayude. Por favor. Tengo pruebas, las tengo conmigo. Pronto las llevaré a la policía y me esconderé».

«¿Pruebas? ¿Qué has hecho? Anna, es peligroso».

«No, no. Él no sabe aún. Por eso hay que darse prisa».

«¿Dónde estás ahora? ¿Has hablado con la policía?».

«Todavía no. Iré pronto. Ven conmigo, empecé a tu lado, quiero estar juntas cuando acabe».

Alicia tenía razón. Aquello sonaba a una estupidez sin sentido.

Una mafia las había engañado, les prometió trabajo y papeles y las esclavizó.

Bien, era una putada, sin duda, pero ¿de verdad creía que escaparía tan fácilmente?

Esa gente sabía lo que hacía. Coger cuatro papeles y fiarse de la palabra de quién sabe qué organización que decía estar apoyada por el gobierno no parecía lo más inteligente.

Al contrario, era el mejor camino para acabar siendo un cadáver escondido en una maleta.

Sin embargo, un nuevo lapsus de tiempo entre los mensajes reflejaba la duda de Alicia.

«¿Puedes darme un día?», preguntó por fin la chica. «Necesito arreglar cosas antes».

«Solo uno. Mañana por la mañana iré a la policía. David pronto se dará cuenta de que me he ido. No puedo esperar más».

«De acuerdo, nos veremos por la mañana. ¿Dónde estás?».

Ángel ladeó la cabeza. Era la segunda vez que Alicia preguntaba aquello. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Querría ir a verla para tratar de convencerla en persona de lo absurdo de su idea?

«Un hotel. Ven al hall. A las 9:30, no más tarde. Habrá mucha gente. Es seguro. Te paso la ubicación».

«¿Y si te encuentra? ¿Alguien te vio entrar?».

«No te preocupes. Tengo un plan. No voy a estar sola. Si David descubre dónde estoy, no se atreverá a hacer nada si hay más gente. Estaré bien».

El siguiente mensaje eran varias interrogaciones.

A esas alturas, Ángel ya se podía imaginar la genial ocurrencia de Anna.

Salir al bar y ligarse a algún pringado que pasara la noche con ella para protegerla del malvado traficante.

Porque sin duda un tipo que se dedica a la trata de seres humanos se amedrantaría ante un crío embriagado y no se atrevería a evitar que expusieran sus crímenes.

Empezaba a quedarle claro que Anna no debía ser la alumna más brillante de la clase.

El problema es que el pringado había sido él y ahora tenía que lidiar con las consecuencias de las malas decisiones de otras personas.

David había tenido suerte de que estuviera drogado y no se hubiera enterado de nada.

Si lo hubiera pillado despierto, el final de aquella fatídica noche habría sido muy distinto y Ángel habría tenido la excusa perfecta para mancharse las manos de sangre.

En ese momento ya ni siquiera estaba enfadado, solo curioso por cómo se resolvería la situación.

En su siguiente mensaje Anna aseguraba que no tenía de qué preocuparse y que todo saldría bien, insistiéndole a su amiga en que no llegara tarde. A partir de ahí, ya no había una conversación, solo los mensajes de Alicia preguntándole dónde estaba y qué había pasado.

—¿Qué te parece?

Ángel ya se hacía a la idea de lo ocurrido, pero sentía curiosidad por saber la opinión de Miguel, que también había estado leyendo la conversación.

—Parece que Anna no tomó la decisión más inteligente… —murmuró tras un rato de reflexión.

—¿Eso piensas? ¿Qué habrías hecho tú?

—Si es verdad que tenía pruebas, debería haber ido inmediatamente a la policía.

Entiendo que quisiera el apoyo de su amiga, pero estaba tratando con gente muy peligrosa.

Además, su plan… —Miguel meneó la cabeza y dejó escapar un suspiro—.

Saliendo lo único que conseguía era exponerse, si al menos se hubiera quedado en el hotel, puede que no hubieran sido capaces de encontrarla.

—¿Crees que es así como la descubrieron?

—preguntó Ángel en tono reflexivo. En realidad, él albergaba otra sospecha, aunque decidió no contársela todavía a su amigo—.

Bueno, es posible. Si se dedican a la trata, también puede que muevan droga y ya estuvieran buscándola.

Quién sabe, a lo mejor son los mismos tíos que le vendieron a tu prima la mierda que me echasteis en la bebida.

—¡Claro que no! Noah nunca le compraría nada a gente así.

—Ah, claro, ¿cómo no he caído? Tu prima solo compra a camellos de confianza que siguen estrictos criterios éticos en su noble empleo.

—Vete a la mierda —refunfuñó Miguel, que no parecía estar de humor para aceptar su ironía habitual—. ¿Qué piensas tú?

—Lo primero, que teníamos razón al suponer que esto es algo gordo y que hagamos lo que hagamos estamos bien jodidos.

Lo segundo, que estoy de acuerdo con que Anna no era una experta en tomar buenas decisiones, pero tampoco creo que ir a la policía fuera la solución.

No sé por qué estás tan encariñado con ellos…

—¿Si no acudes a la policía en una situación así, entonces qué? ¿Lo toleras y ya está? ¿Permites que abusen de ti y te exploten hasta morir?

—No, claro que no. ¿Por qué ibas a tolerar eso?

La mejor opción sería cargarse a ese cabrón.

En su caso, seguro que el matarratas habría sido una buena solución.

Y tras eso, cogería todo el dinero que pudiera y me largaría del país a empezar una nueva vida.

Sin tener que depositar mis esperanzas en un puñado de ineptos y corruptos incapaces de proteger a nadie.

—¿Qué problema tienes tú con la policía?

—Créeme, sé de lo que hablo.

Antes de mudarse a Salamanca, Ángel había tenido tiempo de sobra para lidiar con las fuerzas del orden y no era algo que le apeteciera volver a afrontar.

No resultaba raro en él tener desacuerdos con las figuras de autoridad, pero cuando se trataba de la policía, eso podía derivar en problemas graves.

¿Qué culpa tenía él si la mayoría eran unos idiotas que no sabían ver más allá de sus narices?

No les confiaría su seguridad ni aunque su vida dependiera de ello.

¿Cómo fiarte de alguien que se ciñe constantemente a normas absurdas?

Alicia tenía razón, aquello había sido estúpido.

Si Anna denunciaba lo ocurrido, para cuando la policía empezara a moverse David y su gente ya se la habrían cargado.

Al final eso es lo que había ocurrido, pero sin todos esos pasos extra.

—Mira, Alicia acaba de mandar otro mensaje —comentó Miguel, sacándolo de sus pensamientos.

En esta ocasión, Ángel no se lo pensó dos veces. Ya tenía toda la información que necesitaba, había llegado el momento de pasar a la acción.

«Lo siento, David me descubrió. Tuve que esconderme. Escapé por poco», respondió al momento, tratando de imitar el estilo de los mensajes de Anna.

—¿Qué coño estás haciendo? —Por supuesto, a Miguel no le hizo ninguna gracia su plan.

—Déjame, lo tengo controlado.

—No, para nada. Esto es una pésima idea…

—Espera y verás.

Su amigo no volvió a quejarse, sin embargo, mantuvo una expresión hosca mientras esperaban la reacción de Alicia. Esta no tardó en llegar.

«¡Anna! ¡¿Por qué no respondías?! Estaba muy preocupada. ¿Estás bien? ¿Dónde estás ahora?».

¿Se lo había creído? Era eso o sabía que alguien tenía el móvil y estaba decidida a seguirles el juego. La única forma de averiguarlo era llegar hasta el final.

«Estoy asustada. David está loco. Casi me mata, pero conseguí salvar los papeles. Tengo miedo de ir a la policía. Necesito verte. Por favor, ayúdame».

Vamos, Alicia, pica el anzuelo…

«¿Qué puedo hacer?», contestó la chica tras un instante de vacilación.

«Reúnete conmigo, en algún lugar seguro. A solas. ¿Crees que podrás?».

«Sí. Dime dónde estás, iré allí».

Ah, claro. Siempre exponiendo a su amiga al riesgo en lugar de delatarse ella. Pero en esta ocasión, no sería así.

«No. Es peligroso. Este sitio no es seguro. Dime dónde estás y yo iré».

Miguel se mantenía inclinado hacia el teléfono, atento a la conversación.

—Parece desconfiada, no sé si funcionará.

—Se ve que es más lista que su amiguita, aun así, no perdemos nada por intentarlo.

No obstante, la respuesta se demoraba y Ángel comenzaba a impacientarse. Si no averiguaba nada sobre esa chica, perdería una de las vías más seguras para localizar a David.

Estaba a punto de volver a escribir cuando llegó la respuesta de Alicia.

«¿Recuerdas la fiesta del domingo? La del tercer piso. Hoy no hay nadie en la zona. Puedo estar allí en media hora».