15 de abril, 2023. 1227h #2
Sus palabras se transformaron en un gorgoteo y pronto la chica dejó de hablar. En su lugar solo se oían jadeos y gruñidos de esfuerzo, que poco a poco se fueron apagando hasta que se hizo el silencio.
«Aprende cuál es tu lugar, puta».
La voz del hombre estaba llena de rabia, que no parecía haberse apagado a pesar de la explosión de violencia. Los siguientes sonidos se limitaron a objetos moviéndose y pasos que recorrían la habitación.
«Sí que eres una zorra, ¿eh? ¿Te largas y lo primero que haces es follarte a algún pringado? ¿Cuánto te ha pagado? El muy cabrón ni se ha despertado. Te has puesto hasta arriba, ¿eh, capullo? Menuda sorpresita te vas a llevar por la mañana».
Sus palabras se acompañaron de una carcajada, seguida al poco de un portazo, tras el que se hizo el silencio en el cuarto.
Durante un rato Ángel fue incapaz de moverse.
El archivo continuaba sin reproducir ningún sonido mientras su mente frenética repasaba todas las posibilidades.
Anoche hubo alguien más en la habitación.
Alguien que golpeó y asesinó a la chica y dejó el cuerpo allí para que lo encontrara por la mañana.
Un hombre que, consciente de su presencia, se había atrevido a burlarse de él mientras dormía.
El joven avanzó hasta el final de la grabación, en busca de cualquier otra información disponible, pero el silencio persistía.
Entonces volvió a reproducirla desde el principio, prestando atención a cada sonido, cada palabra, intentando visualizar la escena con la máxima precisión posible.
Miguel no apartaba los ojos de él, tan confuso como Ángel, aunque demasiado asustado para decir nada.
Sí, no cabía duda. El tal David le había insultado y se había reído de su inconsciencia.
Había abandonado el cadáver allí, tal vez pensando que lo acusarían a él de lo ocurrido.
Y Ángel se lo había creído, hasta el punto de que le hizo el favor de limpiar todo el cuarto y llevarse el cuerpo.
Había sido lo bastante estúpido para borrar cualquier prueba que pudiera haber contra el verdadero asesino.
Ahora solo quedaba una grabación imprecisa y un nombre que no decía nada.
Eliminando la evidencia Ángel había creído salvarse a sí mismo, cuando en realidad solo estaba cavando su tumba más honda.
Un conocido calor comenzó a ascenderle por la garganta y su visión se desenfocó. Aquello era humillante, más de lo que podía tolerar.
—¡Hijo de puta! —Ángel arrojó el móvil al suelo y comenzó a caminar a grandes zancadas por el salón—. Voy a matarlo. Te juro que lo encontraré y lo mataré con mis propias manos. ¡¿Cómo se atreve?!
Su atención se dirigió hacia la maleta y sin pensar en lo que hacía comenzó a patearla. Con cada golpe su rabia aumentaba, hasta oprimirle el pecho y contraerle el estómago, amenazando con estallar y hacerle perder el control.
—¡Zorra de mierda! ¿En qué coño me has metido? ¿Crees que es divertido? ¡Muérete, vamos, muérete otra vez! ¡Ojalá te hubiera matado yo! Y a ese cabrón, a ese cerdo, cuando lo encuentre…
Había una mesita de cristal junto al sofá que Ángel no dudó en levantar y estrellar contra el suelo, provocando que se hiciera añicos. Le habría encantado reventársela en la cara al hombre que lo había metido en aquel lío.
—¡Ángel, para! —El estallido de violencia por fin hizo reaccionar a Miguel—. ¿Qué estás haciendo? ¡Esto es bueno! No eres un asesino, joder.
¿Bueno? El muy imbécil debía estar tomándole el pelo.
—No soy un asesino todavía —escupió con desdén mientras se acercaba a su amigo—. Lo seré en cuanto descubra dónde está ese cabrón.
—Vamos, Ángel, no seas estúpido. Hace un momento estabas quejándote de que te había arruinado la vida, pero no es cierto. Podemos arreglarlo. Deja que te ayude. Es lo que querías, ¿no? Por eso has venido. Resolveremos esto juntos, ¿vale? Solo tienes que tranquilizarte.
Para haber estado tan asustado hacía un momento, Miguel hablaba con mucha calma. Aquello le sorprendió lo suficiente para distraer la atención de Ángel.
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo que te destroce el piso, el casero te eche y tus papis se nieguen a pagar otro? ¿Es por eso por lo que quieres jugar a ser mi amigo de nuevo?
—Vete a la mierda, capullo. —Miguel entornó los ojos.
Para sorpresa de Ángel, no parecía en absoluto intimidado—.
Mira, me has pegado, atado, amordazado y amenazado con violarme y matarme, dame un respiro, ¿quieres?
Estoy haciendo todo lo que puedo por intentar entenderte, ¿te crees que es sencillo?
No puedes presentarte en casa de alguien con un cadáver y esperar que te dé una cálida bienvenida.
Tal vez no creas que estoy dispuesto a colaborar o no seas capaz de ponerte en mi lugar, pero si sigues dando voces y rompiendo los muebles algún vecino va a llamar a la policía y entonces sí que estaremos jodidos.
Intenta darme un voto de confianza, ¿no?
Ángel alzó las cejas. Lo que acababa de decir sonaba tan razonable como convincente, al punto de que la rabia que había dominado al estudiante hasta hacía unos instantes se disipó, sustituida por la curiosidad.
¿Miguel hablaba en serio? ¿A dónde habían ido a parar su miedo y su desprecio?
¿Cambió en el momento en el que supo que no era el verdadero asesino?
¿Era eso todo lo que hacía falta para convencerlo?
Al joven se le escapó una carcajada. Y entonces llegó otra, otra y otra más, hasta que no tuvo más remedio que dejarse caer en el sofá junto a Miguel, las lágrimas escapando de sus ojos y su cuerpo contrayéndose al ritmo de su risa.
—Ah, perdona. Es que toda esta situación es tan absurda. Tienes razón. Debería alegrarme, ¿no? ¡Bien, no he matado a esa zorra, otro cabrón me ha cargado con el muerto! —A pesar de todo, Ángel no pudo evitar la ironía—. ¿Y ahora qué, Migue? ¿Cómo piensas ayudarme?
—Bueno, tal vez podrías empezar por soltarme…
—Primer error.
—¿Qué?
Ángel sonrió. Ahora que se había calmado, se le ocurrían muchas posibilidades para resolver la situación, pero compartir sus ideas directamente con Miguel no sería divertido.
Se lo pasaría mucho mejor si dejaba que el joven pensara por sí mismo y le demostrara de lo que era capaz.
Además, sentía curiosidad por saber qué haría su amigo para resolver la situación.
—Voy a darte tres oportunidades para demostrar que de verdad quieres ayudarme y no solo salvarte tú —explicó con calma—. Acabas de malgastar la primera. Te quedan dos.
—Joder… ¿Y no podríamos empezar de nuevo?
—No.
—¿Por qué tienes que ser tan rígido? —murmuró Miguel entre dientes.
—Las reglas son las reglas.
—Solo cuando te interesa. Muy bien, como quieras. Por la grabación podemos deducir que tú no eres el asesino, la mató el tal David. Supongo que deberías seguir mirando el teléfono, a ver si hay más información sobre ese hombre en algún sitio.
—¿Y luego qué?
Su amigo ladeó la cabeza, pensando detenidamente en ello.
—¿Ir a la policía? Y entregarles todo lo que tengamos para que detengan a ese tipo.
—Segundo error.
—¡Oh, vamos! —Miguel se mostró más molesto que asustado—. No lo digo para meterte a ti en problemas, lo que quiero es que pillen a ese cabrón. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?
—Puedo entender a qué te refieres, pero en el momento en el que vaya a la policía, se acabó.
Aunque tengan la grabación, soy yo quien ha limpiado la escena y se ha llevado el cadáver.
Incluso si no me consideraran sospechoso de asesinato o de ser cómplice, lo que he hecho también es un delito y no tengo ninguna intención de dejar que me salpique.
Así que necesitas encontrar otra solución que no me implique de forma directa. Te queda una oportunidad.
Era obvio que Miguel estaba haciendo su mejor esfuerzo, a pesar de que aún le faltaba mucho por aprender.
Aquella idea le hizo sentir bien. Quizás solo lo estuviera haciendo por una cuestión de supervivencia, pero si lograban ponerse de acuerdo y trabajar juntos, su amistad todavía podía salvarse.
¿Qué mejor forma de garantizar su silencio que cometer un delito juntos?
Nada reforzaría más la confianza mutua que compartir un terrible secreto.
—No me lo estás poniendo fácil… —se quejó Miguel.
—Ponte en mi lugar. ¿Te gustaría que por un error tan tonto te arruinasen la vida? Además, a ti tampoco te conviene. Si la policía me interroga, voy a contarles lo que pasó en el bar. Si yo caigo, tú y tu primita caeréis conmigo. Y los médicos con antecedentes penales no están muy bien vistos.
Estaba bien que le recordara aquello. Miguel se había dejado llevar por las emociones, decidido a hacer lo que creía correcto sin pensar en las consecuencias que tendría para él. Era necesario que alguien lo trajera de vuelta a la realidad.
—No hace falta que me amenaces, ya bastante mal me siento por todo lo ocurrido. A mí tampoco me apetece hablar con la policía, pero no me parece justo que ese hombre se salga con la suya.
—Estoy de acuerdo. ¿Cómo lo evitamos?
—Pues… Recopilamos información del teléfono, descubrimos quién es y luego… —Miguel se detuvo de golpe, los ojos abiertos de par en par en una expresión horrorizada—. Joder, no. ¿Vas a matarlo?
Ángel se encogió de hombros.
—Lo has dicho tú, no yo.
—Tío, no puedes hacer eso.
—¿Por qué no? Ese cerdo se lo merece, mira lo que le ha hecho a la pobre chica.
—Aun así, no está bien —el joven meneó la cabeza—. Da igual lo que haya hecho, no puedes ir por ahí matando a la gente en plan vengador. Hay leyes para ocuparse de estas cosas.
—Mira, Miguel, me caes muy bien, pero te juro que hay veces en las te encuentro mortalmente aburrido. Será mejor que te calles, porque si vas a seguir dando el coñazo con tu moralismo voy a tener que amordazarte de nuevo.
—¿No hay otra opción? No sé, una forma de arreglar esto que no sea matar a nadie ni acudir a la policía.