¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1227h
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15 de abril, 2023. 1227h

¿De verdad encontrarían algo útil en el teléfono?

Ángel le echó un vistazo al cargador que acababa de comprar antes de encaminar de nuevo sus pasos hacia el piso de Miguel.

Se había lanzado de cabeza en cuanto su amigo le hizo aquella sugerencia, pero ahora que lo pensaba más despacio, tal vez fuera una pérdida de tiempo.

Debería estar invirtiendo sus esfuerzos en deshacerse del cuerpo y borrar cualquier rastro que lo relacionase con él.

Y también necesitaba asegurar el silencio de Miguel, claro.

Una idea cruzó veloz por su mente y, aunque trató de desecharla, Ángel no pudo evitar recrearse en el pensamiento.

Existía una opción que le permitía eliminar ambos problemas de golpe.

Su amigo estaba muy alterado, lo bastante para obedecer cualquier orden que tuviera para él.

Podía pedirle que escribiera una carta confesándolo todo, que hablara de lo mal que se había sentido cuando vio a Ángel irse con esa chica, de cómo lo había seguido y se había enfrentado a ella mientras su amigo estaba indispuesto, que en un arrebato de pasión la había matado y que, movido por el pánico, limpió el cuarto y se llevó el cuerpo con él.

Pero ahora se arrepentía, el peso de sus actos era una carga con la que no podía lidiar, por lo que había decidido acabar con su vida.

Luego solo tenía que forzarlo a atarse algo alrededor del cuello, tal vez una sábana, encontrar un punto en la casa donde colgarlo y se acabó.

¿Resultaría lo bastante convincente? ¿No sospecharían al ver las lesiones de Miguel? ¿Encontrarían el hotel en el que se alojó la chica? En las cámaras de seguridad se le vería a él sacando la maleta, pero no habría ni rastro de su amigo.

Ángel soltó un bufido de frustración. ¿En qué estaba pensando? Había tantas cosas que podían salir mal… Además, no quería matar a Miguel. Por muy molesto que estuviera con él, era la persona más interesante que conocía. Sería una pena perderlo a la primera señal de problemas.

No, encontraría otra forma, solo tenía que recuperar su confianza y convencerlo para que le ayudara.

No era la primera vez que lograba algo así, Ángel creía en sus habilidades.

Por ahora se ceñiría al plan inicial, revisarían el móvil y decidirían cómo actuar a partir de ahí.

Saldrían juntos de aquel enredo y su amistad se vería reforzada con ello.

Y si al final no funcionaba y no conseguía que Miguel colaborara…

Bueno, no iba a descartar ninguna opción, aunque estaba dispuesto a evitarlo en la medida de sus posibilidades.

Antes de darse cuenta se encontró a sí mismo entrando en el piso de su amigo.

Fue un alivio ver que la puerta seguía cerrada y que la policía no había invadido el lugar.

No había tardado demasiado en volver, así que aún podían estar de camino, pero no creía que fuera el caso, dado que Miguel seguía atado y amordazado.

Lo que no esperaba era encontrárselo tirado en el suelo.

Ángel alzó las cejas y le lanzó una mirada interrogante, a la que su amigo solo pudo responder con la expresión de un cervatillo asustado.

Lo más seguro es que se hubiera caído del sofá mientras intentaba liberarse y ahora temiera represalias por su parte.

Qué tontería, ya imaginaba que intentaría escapar, por eso mismo se había asegurado de atarlo bien, no iba a castigarlo por ello.

Sin embargo, la mirada que le dirigió le produjo un cosquilleo de anticipación que hacía muy difícil contenerse.

Necesitaba arreglar las cosas con Miguel para poder soltarlo lo más pronto posible o iba a acabar perdiendo por completo el control.

Sin decir nada, se acercó hasta el estudiante y lo sentó de nuevo en el sofá, antes de quitarle la mordaza.

—Te había pedido que te portaras bien, ¿no? ¿Qué pretendías hacer?

—Lo siento… Yo… Estaba asustado. Por favor, Ángel, déjame marchar…

—Ya te lo he dicho —respondió con un suspiro mientras ponía el móvil de la chica a cargar—. Arreglaremos esto y entonces te soltaré y todo volverá a la normalidad. Has tenido una buena idea y te lo agradezco, pero ahora necesito comprobar si me es útil… ¡Oh, Iskra! ¿Qué estás haciendo?

La gata se había acurrucado sobre la maleta y dormía plácidamente. Ángel le acarició la cabeza, obteniendo un maullido como respuesta.

—Es bueno que no se haya metido dentro —comentó con una sonrisa—. No queremos un cadáver lleno de pelos de gato, después de todo el esfuerzo que he hecho para limpiarlo.

—Intenté decirle que se bajara, pero no podía hablar… Por favor, no le hagas nada. Haré lo que me pidas, pero no toques a Iskra.

Ángel se giró hacia él y su rostro se contrajo en una mueca dolida que reflejaba la ofensa.

—¿Por qué clase de monstruo me tomas? No voy a hacerle nada a tu gata.

—Como para recalcar sus palabras, cogió al animal y lo apretó contra su pecho.

Iskra comenzó a ronronear y se acurrucó contra él—.

¿Lo ves? Nos llevamos muy bien. ¿Por qué iba a hacerle daño?

Lo que le ha pasado a esa chica ha sido porque tú y tu primita me drogasteis y me hicisteis beber alcohol.

En circunstancias normales jamás le habría puesto la mano encima a nadie y, desde luego, tampoco tengo motivos para herir a Iskra.

Aquello no era del todo cierto. Ángel se lo habría pasado muy bien destripando a la gata frente a Miguel y obligándolo a mirar, sería un auténtico deleite oírle suplicar y ver su expresión desgarrada cuando se diera cuenta de que no había nada que pudiera hacer para detenerlo.

No obstante, admitir eso en voz alta no le ayudaría a reparar la relación con su amigo, así que era mejor reservar la honestidad para otra ocasión.

Dejó a la gata en el suelo y acercó la maleta hasta el teléfono.

Ya había perdido demasiado tiempo con aquellos juegos, era hora de pasar a la acción.

El cuerpo de la chica estaba cada vez más rígido, por lo que tuvo que tirar con fuerza para estirar la mano lo suficiente y desbloquear el móvil.

Por suerte, su huella seguía funcionando tan bien como debería.

—Ah, mierda… —murmuró Ángel entre dientes tras echar un primer vistazo a las notificaciones.

—¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?

—Ocho perdidas del mismo número. Una tal Alicia. Supongo que sí hay alguien buscándola, eso podría ser un problema.

—¿Crees que habrá llamado a la policía?

—¿Sinceramente? No lo sé. Depende del tipo de relación que tengan y si de nuestra chica tiende o no a ignorar su teléfono. ¿Debería devolverle la llamada?

—¡¿Estás loco?! —Por algún motivo, su sugerencia pareció horrorizar a Miguel— Se dará cuenta enseguida de que algo va mal, además, luego puede identificarte por tu voz y… No, es una idea pésima.

—Vaya, no pensaba que fueras a preocuparte tanto por mí —comentó Ángel con una sonrisa, satisfecho por la respuesta—.

Aunque el móvil lleva encendido todo este tiempo, tampoco sería difícil para la policía rastrearlo hasta tu casa.

Si ya están avisados, el que yo llame no va a marcar ninguna diferencia.

Puede que ya estén de camino, a punto de tocar el timbre.

El joven había ido bajando el tono a medida que hablaba, asegurándose de darle un toque tétrico a su expresión. Surtió el efecto deseado en Miguel, que se encogió con un estremecimiento.

—En ese caso, ¿no sería mejor que te entregaras ya y acabaras de una vez con esto?

—Ni hablar. —Ángel soltó una carcajada y meneó la cabeza—. También existe la posibilidad de que la policía todavía no sepa nada y no pienso tirar mi vida por la borda mientras tenga la oportunidad de arreglarlo.

Su amigo agachó la cabeza en un gesto de derrotar, sin añadir nada más, por lo que Ángel volvió a centrar su atención en el teléfono.

—Qué raro.

—¿El qué?

—Está encendida la grabadora. Bueno, estaba, pone que se ha interrumpido la grabación porque no queda espacio de almacenamiento, pero se ha guardado un archivo. ¿Deberíamos oírlo?

—¿Te ha grabado? —Miguel arrugó la frente con expresión confusa— ¿Por qué haría algo así? ¿Para tener pruebas?

—No lo sé, aunque si me puse agresivo con ella, tal vez lo intentara. Vamos a averiguarlo.

¿Habría logrado captar algo de su conversación?

¿Se oirían golpes, gemidos, súplicas? ¿Escucharlo le serviría para recordar o, al menos, imaginar con precisión lo ocurrido esa noche?

No iba a negarlo, Ángel empezaba a emocionarse con la idea.

Si estaba bien grabado, sería lo más parecido posible a revivir el crimen.

El joven contuvo por un instante el aliento mientras el audio comenzaba a reproducirse, pero enseguida se dio cuenta de que aquello no era lo que esperaba.

La voz de la chica sonaba lejana, entrecortada por los sollozos y cargada de miedo.

«Por favor, David, te lo juro, no iba a ir a la policía. Solo necesitaba descansar».

¿David ¿De qué iba eso? ¿Había empezado a grabar antes de encontrarse con Ángel? Pero por la hora que indicaba el título del archivo, eso no era posible. Su sorpresa solo aumentó cuando la respuesta llegó de un hombre desconocido que parecía furioso.

«¡Puta de mierda! Jodida ingrata. Te he traído a España, te he alimentado, te di una casa y un trabajo, ¿y así me lo pagas? ¿Robándome y corriendo a delatarme y a vender a tus compañeras? No te mereces vivir».

«¡Por favor!».

Las palabras de la chica fueron interrumpidas por un grito, seguido de una serie de golpes cada vez más violentos. Los insultos que escupía el hombre se mezclaban con el llanto y las súplicas. Ángel le lanzó una mirada a Miguel, que se mostraba tan sorprendido como él.

—¿Qué coño es eso, Ángel?

—No lo sé, tío. No entiendo nada…

El sonido de algo pesado cayendo al suelo les obligó a prestar de nuevo atención.

«Voy a matarte, puta. Así aprenderás lo que ocurre cuando intentas escapar. Tú y todas las zorras a las que se les pase la idea por la cabeza».

«David, por favor, basta, lo siento, me portaré bien, lo prometo, por favor».