13 de mayo, 2013. 1437h
Ángel se echó hacia atrás en la silla con expresión aburrida.
Ya les había contado lo ocurrido, ¿por qué no lo dejaban marcharse?
Tenía cosas más interesantes que hacer, no podía quedarse para siempre encerrado en la sala de interrogatorios.
En su cabeza no dejaba de rememorar lo sucedido esa mañana con todo lujo de detalles, un inusual cosquilleo le recorría la punta de los dedos cada vez que pensaba en ello y su cuerpo le pedía a gritos alguna acción que todavía no sabía definir.
Necesitaba profundizar en ello, pero no podría hacerlo mientras lo mantuvieran allí atrapado y sometido a vigilancia constante.
El chico lanzó una mirada perezosa a la cámara que lo grababa desde la esquina superior del cuarto.
¿Estarían observándolo ahora? ¿Buscaban algún tipo de reacción?
¿Creían que se derrumbaría, que se echaría a llorar y pediría perdón?
La idea le pareció muy divertida, tanto que no pudo evitar una sonrisa burlona.
Sin apartar la vista de la cámara, Ángel le enseñó el dedo del medio, sus labios todavía contrayéndose en una mueca de divertido desdén.
Justo en ese momento se abrió la puerta y alguien entró en la sala. El joven volvió la cabeza hacia el recién llegado, sin poder evitar la sorpresa. ¿Qué hacía ella aquí? Aunque por otra parte, quizás debería esperar su visita. Eva era su madre, al fin y al cabo.
—Os dejamos un rato a solas, supongo que querrá hablar con él —dijo el policía con desgana, mientras le dirigía una mirada de soslayo a Ángel.
—Muchas gracias, de verdad.
—No se preocupe.
Y tras el breve intercambio, el hombre abandonó la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, permitiendo que tuviera lugar la inesperada reunión familiar. Siempre bajo la vista de las cámaras, claro. Y micrófonos también, podía intuir Ángel.
—Hola, mamá. No tienes buen aspecto —se burló el joven ante la expresión desencajada de Eva.
—¿Te parece divertido? ¿Crees que es momento de bromas? —Su madre se dejó caer en la silla frente a él, demasiado angustiada para mantenerse en pie un solo instante más—. ¿Es verdad lo que dicen? Por favor, dime que es un error, Ángel. Dime que no has sido tú.
—No he sido yo.
La mujer lo observó con atención, la duda brillando en sus ojos mientras estudiaba la expresión seria de su hijo. Entonces el alivio recorrió sus facciones y todo su cuerpo pareció relajarse.
—Lo sabía, sabía que no era posible. Cuando me lo dijeron… Sé que eres un niño difícil y que hemos tenido nuestros problemas, pero tú nunca serías capaz de algo as…
La carcajada de Ángel terminó de golpe con sus balbuceos y provocó que Eva se estremeciera horrorizada.
La risa de su hijo era agradable, cálida, cristalina e incesante, hasta el punto en el que el chico pareció perder el control, las lágrimas escapando de sus ojos y su cuerpo sacudiéndose gozoso, su mirada clavada en la de ella en todo momento.
—Lo… Lo siento… —jadeó por fin—. Ah, es que tenías que haber visto tu cara. Joder, te ha cambiado de golpe, es increíble. Eso querías oír, ¿no? Que no he sido yo. ¿Qué tal? ¿Suena convincente? Supongo que sí. Es una lástima que sea mentira.
Hacía mucho que no se divertía tanto como en aquel momento.
Ángel no pudo evitar que el recuerdo del hámster de Ruth le viniera a la cabeza.
El miedo que reflejaba el rostro de su madre en ese momento era muy similar al que había percibido en los chillidos del animal y la sensación de curiosidad, deseo y placer que nació entonces brotaba ahora también en su pecho.
Ojalá Eva pudiera comprender lo feliz que lo estaba haciendo verla en esa situación.
Debería alegrarse, después de todo lo que quieren las buenas madres es la felicidad de sus hijos, ¿no?
—No puede ser, no… ¡¿Cómo has podido?! —En apenas un instante, la expresión compungida de la mujer se vio dominada por la rabia, acompañándose sus palabras de un fuerte golpe a la mesa— ¡¿Acaso eres un animal?!
Aquel arrebato no impresionó a Ángel.
—¿No lo somos todos?
—Tú... ¡Eres un monstruo!
Por extraño que pudiera parecer, aquello no sonó como un insulto, sino más bien como una realidad indiscutible de la que Eva acababa de tomar conciencia. Toda la ira que hacía un momento la dominaba pareció esfumarse de golpe. En su lugar, solo quedó el dolor y el cansancio.
—¿Qué es lo que has hecho? —murmuró por fin.
—Ya se lo he contado a la policía, estoy seguro de que ellos te lo han dicho.
—No. Quiero oírlo de ti. Necesito entenderlo. ¿En qué estabas pensando? ¿Por qué harías algo tan horrible?
—Bueno…
Ángel ladeó la cabeza y se tomó un momento para pensar sobre ello.
Podía inventar mil excusas, pero lo cierto es que lo hizo sin pensar, porque le apetecía.
Se le ocurrió que sería divertido y no encontró ninguna buena razón para detenerse.
Además, fue idea de la chica ir al cuarto de las escobas, ¿qué esperaba que ocurriera?
Con todo el tiempo que llevaba detrás de él, debería agradecer que por fin le hiciera caso, ¿qué importaba si no había sido exactamente cómo lo imaginaba?
Ya era un poco tarde para hacerse la víctima.
—Ella solita se lo buscó —comentó con desdén—.
Llevaba semanas dando por culo, intentando provocarme, comportándose como una auténtica zorra.
Me dijo que se moría de ganas por hacerme sentir bien, así que le concedí su deseo.
¿Tan malo es? Si no quería hacerlo, debería habérselo pensado dos veces.
En realidad, le he hecho un favor, se merecía que alguien le diera una lección.
Si seguía siendo tan puta, iba a acabar muy mal. Créeme, a la larga me lo agradecerá.
Eva deseaba abofetearlo. Lo veía reflejado en sus ojos, en la forma en que arrugaba la frente y se tensaban los músculos de su cuerpo.
Estaba haciendo su mejor esfuerzo por no perder los estribos en plena comisaría, pero la intención era obvia.
Ángel amplió su sonrisa, consciente del efecto que causaba.
—Sergio tenía razón —escupió su madre con desprecio—. Eres igual que tu padre.
—No lo conozco, así que no sabría decirte si es cierto.
—Era un desalmado, igual que tú.
—Ah, ¿eso también te lo ha dicho Sergio? —Ángel alzó las cejas, su expresión volviéndose sombría a medida que hablaba— ¿Qué más cosas te ha dicho? ¿Que te desentiendas de mí? ¿Desaparecerá con Ruth si te pones de mi parte?
—No voy a ponerme de tu parte. Ya no. Da igual lo que haya dicho Sergio, soy yo la que no puede perdonarte lo que has hecho. Si al menos te arrepintieras…
—¿Qué cambiaría eso?
¿Por qué todos insistían tanto en ello? El daño estaba hecho, que Ángel se sintiera mal no iba a alterar lo ocurrido.
Siempre le había parecido que el arrepentimiento era una cosa absurda.
Te anclaba al pasado e impedía avanzar. La gente sufría inútilmente, pero no arreglaba nada.
¿Por qué perder su valioso tiempo lamentándose por algo que ya no tenía remedio?
Ángel era demasiado práctico para eso y le costaba entender cómo lo que consideraba una debilidad de carácter podía marcar la diferencia entre ser o no perdonado.
Por supuesto, no dijo nada de aquello en voz alta. ¿De qué serviría? Ni siquiera anhelaba el perdón de su madre, hacía mucho que perdió el interés en tener su cariño. No, lo que deseaba de Eva era una cosa muy distinta, pero que parecía encontrarse al alcance de su mano.
—¿Nunca te has preguntado por qué soy así?
—Ángel se inclinó hacia ella con una sonrisa amable, su voz repleta de una calidez que contrastaba con el contenido de sus palabras—.
Si hubieras sido una buena madre, nada de esto habría ocurrido.
Solo tenías que prestar un poquito de atención para remediarlo.
Pero estabas demasiado ocupada lloriqueando y tirándote a ese idiota de Sergio.
Esto es culpa tuya. Yo soy el producto de tu incompetencia, es a ti a quien deberían detener, no a mí.
Eva reaccionó como si acabara de darle una puñalada.
Se encogió ante sus palabras, realizando una mueca de dolor, con los ojos llenos de lágrimas abiertos de par en par.
Ángel se dio cuenta de que su madre nunca le había parecido tan hermosa como ahora.
Allí, hundida, destrozada, dominada por la culpa y la tristeza, por entero a su merced.
Cuando empezó hablar no tenía planeado lo que iba a decir, pero había conseguido justo el efecto que quería.
—Se acabó… —susurró Eva tras lograr reponerse del golpe inicial—.
Si de verdad es culpa mía, lo mejor que puedo hacer es desaparecer, ¿no?
¿Es eso lo que quieres? Pues de acuerdo.
No quiero saber nada de ti. Renunciaré a tu custodia, me iré y no volverás a verme, ni a mí, ni a mi familia.
A partir de hoy, yo ya no tengo hijo. Enhorabuena, ya te has salido con la tuya, te has librado de esa madre tan mala.
Espero que lo disfrutes, violador de mierda.
Su tono había aumentado a medida que hablaba, llenándose de una rabia creciente hasta terminar con su exabrupto final.
Eva nunca había tolerado bien las críticas, eso era algo en lo que se parecían, pensó Ángel con cierta ironía.
Aunque en su caso él era más partidario de los ataques directos o las venganzas a largo plazo que de los gimoteos y las actitudes victimistas y defensivas.
—Eso es, huye de la verdad como has hecho siempre.
Su madre se levantó y dio un par de golpes a la puerta, decidida a marcharse sin echar la vista atrás. Los policías le abrieron enseguida, pero esto no detuvo al chico.
—Ve a casa a hartarte de pastillas, a ver si así te olvidas de lo que has hecho. Con un poco de suerte a lo mejor hasta te mueres, eso es lo que siempre has querido, ¿no? ¡Pues ya estás tardando, zorra!
Eva salió de la habitación y la puerta volvió a cerrarse.
La mirada de Ángel siguió clavada en ella durante largo rato, un brillo de rabia encendía sus pupilas.
Sin embargo, sus latidos seguían firmes y su respiración tranquila y cualquier emoción que hubiera podido experimentar se apagó en un suspiro.
Debería sentirse mal, lo sabía. Enfadado, herido, abandonado, solo, triste…
Quién sabe, había muchas opciones. Conocía las palabras, las había leído y utilizado muchas veces.
Entonces ¿por qué no aparecían? En su lugar, solo encontraba la calma de siempre, una serenidad vacía que lo mantenía vivo, pero que no lograba despertar ninguna pasión en él.
Casi sin darse cuenta, sus pensamientos se dirigieron a lo ocurrido esa mañana.
Porque en ese momento algo había cambiado.
Solo fue un instante, pero su corazón se aceleró y la emoción dominó sus sentidos.
Por una vez, había logrado sentir, sentir de verdad.
¿Cómo iba a olvidarlo ahora? ¿No sería maravilloso poder repetirlo, aunque solo fuera por una vez?
Esta idea todavía flotaba en su mente cuando los agentes entraron de nuevo en la sala. Fue entonces cuando comprendió que ya nunca iba a abandonarlo.