16 de diciembre, 2010
—¡¿Se puede saber qué coño pasa contigo?!
Tras salir del despacho del director, Eva no había dicho nada.
Se limitó a hacer un gesto de cabeza para indicarle que la siguiera y mantuvo un silencio taciturno hasta que llegaron al coche.
Aunque la furia brillaba en su expresión, Ángel no hizo nada para tratar de apaciguarla.
¿De qué serviría? Sería mejor callar y aguantar el chaparrón.
Solo cuando estuvieron sentados y las puertas cerradas, su madre comenzó a hablar.
—¿No piensas decir nada?
El joven se encogió de hombros.
—No sé qué te habrán contado, pero te prometo que no es lo que imaginas…
—¿Me lo prometes? Ya estoy cansada de tus promesas, Ángel. Le has roto la nariz a ese niño, ¿qué excusa tienes esta vez?
—¡Me estaba defendiendo!
No mentía. Mario llevaba toda la mañana incordiándolo, dándole golpecitos a la silla y haciendo ruidos con la boca.
Era tan molesto. Le había pedido que parara con amabilidad, fue todo lo cuidadoso que pudo, a pesar de lo mucho que deseaba abalanzarse sobre él y estrangularlo.
Pero aquel idiota no se había detenido. De hecho, cuando notó que Ángel comenzaba a perder la paciencia empeoró todavía más su conducta.
Lo estaba provocando a propósito y eso era algo que no podía tolerar.
Por eso tuvo que enseñarle una lección. No quería llegar tan lejos, fue Mario el que no le dejó más opción.
No obstante, su madre no parecía dispuesta a creerlo.
—¿Cómo puedes ser tan descarado? Tu profesor me lo ha contado todo. Estaba dando la clase y de pronto saltaste sobre el pobre chico y te enzarzaste con él. ¿A eso lo llamas defenderte?
—No dejaba de hacer ruido y darle golpes a mi silla. Le pedí que parara, estaba molestándome. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Eva le lanzó una mirada incrédula.
—Esa no es la forma de actuar. Si otro niño te molesta, tienes que decírselo al profesor, no pegarle.
—¿En serio? —Ángel soltó una carcajada irónica—. No soy un puto chivato.
—¡Cuida ese vocabulario!
—Da igual. Ya está hecho, ¿para qué darle más vueltas? Además, a la próxima seguro que se lo piensa dos veces antes de meterse conmigo…
—No, de eso nada. No creas que vas a salir tan campante. Vas a pasar mucho tiempo castigado. ¿Piensas que con unos días expulsado ya está todo hecho? De eso nada. Y le pedirás disculpas a ese niño, eso por descontado.
—¿Qué? ¿Por qué? —Aquello era ridículo—. En todo caso es él quien debería pedirme perdón. Si no fuera por su culpa, nada de esto habría pasado.
No era justo. ¿Por qué siempre lo castigaban a él?
Ángel intentaba portarse bien, se esforzaba por reprimir sus instintos más agresivos, se relacionaba con sus compañeros y trataba de agradar a sus profesores.
¿Qué más querían? No estaba dispuesto a responsabilizarse también de lo que le pasara a los idiotas que lo sacaban de sus casillas. Ese no era su problema.
—No pienso discutir más contigo. No vas a salir de tu cuarto en mucho tiempo. Al menos, no hasta que entiendas lo que has hecho mal y te arrepientas de verdad. Y prepárate para cuando llegue Sergio a casa, no le va a hacer ninguna gracia.
Una sonrisa cruel contrajo los labios de Ángel. ¿De verdad quería jugar a eso? Lástima, porque ya se había cansado de fingir.
—¿Y eso por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué no va a hacerle gracia? Total, ni siquiera soy su hijo. ¿Qué más le da lo que yo haga?
Por un momento, su madre se quedó sin palabras. El horror y la sorpresa danzaban en su rostro y le impedían dar una respuesta lo bastante tajante para resultar convincente. Aunque en realidad no importaba, por mucho que lo negara, jamás habría logrado convencer al niño de que se equivocaba.
—¿Qué tontería es esa? Por supuesto que lo eres… —musitó por fin.
—¡Basta ya! ¿Crees que soy estúpido? ¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Ángel, no…
—¡Deja de mentir! —exclamó el joven con rabia apenas contenida—. Os escuché aquel día, en la cocina. Después de lo de Ruth… ¿Por qué no me dices la verdad?
Eva lo observó con atención, su expresión cambiando a medida que la angustia se apoderaba de ella.
El niño tenía la frente arrugada, los puños cerrados y los labios apretados, temblaba en el sitio y a duras penas lograba contenerse, demasiado ansioso por recibir respuesta a sus preguntas.
Sin embargo, su madre le falló de nuevo.
—No sé qué fue lo que entendiste, pero no importa. Olvídalo. Sergio es tu padre.
—¡No lo es! Siempre he sabido que ese imbécil no es nada mío.
—¡Basta! Es tu padre, te ha dado su apellido y te ha criado como tal. No tienes otro padre, jamás tendrás otro padre, no quiere volver a oír nada sobre el tema.
Ángel se estremeció. Una sensación de calor le subió desde la boca del estómago a la garganta.
Deseaba gritar, patalear, arrancarse la piel a tiras, saltar sobre su madre y golpearla hasta la muerte.
¿Quién se creía que era para hablarle de esa forma, para negarle la información que le correspondía?
—¡No puedes hacer eso! Tengo derecho a saber quién es mi padre. ¡Quiero conocerlo!
—No sabes de lo que hablas —siseó Eva, demasiado herida por los recuerdos para comprender el deseo de su hijo—. Era un hombre horrible, la clase de persona que estaría mejor muerta. No sé nada de él desde hace mucho y es mejor que siga así. Conocerlo solo te haría daño.
Ángel le dedicó una sonrisa mordaz.
—¿Más daño del que me ha hecho Sergio?
—¡Sergio solo quiere lo mejor para ti! Se ha esforzado mucho por educarte.
—¡Y una mierda! Es un jodido analfabeto, un bruto y un cabrón. ¡Nunca será mi padre! Me odia. Y yo lo odio a él. Si me ha tolerado hasta ahora, es por el capricho de la zorra que se hace llamar mi madre.
El sonido de la bofetada cortó sus palabras de golpe.
Ni siquiera le dolió. Estaba demasiado furioso para sentir otra cosa que no fuera rabia, así que las punzadas en su mejilla le parecían algo ajeno.
Estaba acostumbrado a las palizas de Sergio, pero nunca imaginó que su madre se atreviera a levantarle la mano.
¿Por qué le había pegado? ¿Acaso había dicho alguna mentira?
Esa debía ser la naturaleza de Eva, pensó con cierta ironía, responder con violencia a las verdades que no le gustaban.
Iba a matarla. Ahora mismo, con sus propias manos.
Lo supo en ese instante y el pensamiento lo dominó con una frialdad tan absoluta que hasta él mismo se sorprendió.
Tal vez aún no contara con la suficiente superioridad física, pero llevaba su navaja en el bolsillo y se había vuelto muy rápido con ella.
Primero la apuñalaría en el abdomen, estaba deseando ver la cara que ponía cuando el cuchillo le atravesara la carne por primera vez.
Se sorprendería lo suficiente para poder repetir el ataque varias veces, hasta que estuviera demasiado débil para poder defenderse.
Entonces, mientras todavía vivía, le cortaría los pezones y le obligaría a comérselos.
Lo grabaría en vídeo, para que quedara constancia de todo.
También le arrancaría los ojos, así no volvería a juzgarlo ni lanzarle miradas de desaprobación.
Y cuando por fin se aburriera, la degollaría como a un cerdo y la dejaría desangrarse hasta la muerte en el coche.
Ángel metió la mano en el bolsillo, sin apartar la vista de su madre. La mataría, así aprendería lo que ocurría si le faltaba al respeto. Le había mentido. Le había pegado. No se merecía ser su madre. No merecía vivir. El niño agarró la navaja, preparado para asestar el primer golpe.
En su lugar, abrió la puerta y salió del coche.
—¡Ángel, vuelve aquí! —gritó Eva tras bajarse.
El chico la ignoró y echó a correr, alejándose de ella tan deprisa como pudo.
—¡Por favor, vamos a hablar! ¡Lo siento! Ven conmigo…
Pero la voz de su madre ya quedaba muy lejos y pronto se perdió en la distancia.
Eva no trató de alcanzarlo, se quedó junto al vehículo hasta que Ángel desapareció de su vista.
Era mejor así. Si hubiera ido a por él, la habría matado, no cabía duda.
Porque el deseo seguía allí, palpitando en su pecho y dominando su cuerpo, tensando cada músculo y forzándolo a correr más y más deprisa, en un intento desesperado por acallarlo.
Pero no podía hacerlo. Por muy frustrado que se sintiera, no estaba bien asesinar a su madre.
¿Verdad?