19 de octubre, 2007
—Ángel, cielo, ven aquí un momento, tengo que hablar contigo.
La voz de su madre le llegó desde el salón, más amable de lo que cabría esperar dadas las circunstancias.
El niño obedeció sin dudar. Sabía lo que quería y estaba preparado para ello.
Ruth se encontraba en el colegio y su padre trabajando, así que ¿qué mejor momento?
Resolverían el malentendido y su vida volvería a la normalidad.
Solo tenía que aguantar una charla aburrida primero.
—¿Qué pasa, mami? —murmuró con la vista clavada en el suelo.
—Ven, siéntate aquí. No te preocupes, mi vida, solo quiero que hablemos, ¿vale?
—Vale…
El pequeño se sentó en el sofá y alzó la mirada hacia Eva.
La tristeza brillaba en sus ojos y un deje de inquietud contraía sus facciones.
Por un momento su madre sintió la tentación de olvidar todo lo ocurrido.
Ángel no era el monstruo que Sergio creía.
Estaba herido y confuso y hablar del tema quizás le hiciera más daño.
O al menos, así es como interpretó la duda que se reflejó en el gesto de la mujer.
Sin embargo, un fugaz pensamiento no fue suficiente para detenerla. Ángel lo entendía. Si querían evitar que el hombre que decía ser su padre secuestrara a Ruth, debían mantener esa conversación, por desagradable que fuera.
—Ángel, quiero que sepas que no estoy enfadada contigo. Sé que quieres a tu hermana, estoy segura… —Aunque era evidente que estaba nerviosa, Eva decidió ir al grano—. Pero necesito saber qué pasó la otra noche. ¿Qué estabas haciendo? ¿Por qué?
—Estábamos jugando… Haciéndonos cosquillas. No sabía que fuera algo malo. —El labio inferior del niño tembló, amagando un puchero—. ¿Le he hecho daño a Ruth?
—Sí, Ángel. Le has hecho daño.
—Lo siento mucho, mamá. —Por fin, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas—. Yo no quería… Pensé que sería divertido. No lo haré nunca más, lo prometo.
Su madre vaciló. Durante un rato pareció cuestionar la sinceridad de sus palabras, no obstante, no tardó en descartar las dudas con un movimiento de cabeza. Por supuesto que Ángel no sabía lo que hacía. No era más que un niño. ¿Cómo iba a querer abusar de su hermana?
Eva lo abrazó y le acarició el pelo, en un intento por consolarlo.
—Ya lo sé, cielo. Deberíamos haberte explicado estas cosas. Hay zonas del cuerpo que son privadas, ¿entiendes? No puedes tocar las de otras personas ni los demás deberían tocar las tuyas… ¿Sabes a qué me refiero?
Ángel se apresuró a asentir. Lo último que le apetecía era una charla incómoda sobre ese tema.
—Entonces ¿dónde aprendiste ese juego? ¿Viste algún video en internet? O… ¿Te lo ha enseñado alguien?
De pronto, su madre parecía muy preocupada.
El niño se separó de ella, su mente trabajando a un ritmo frenético.
Aunque estaba seguro de que ya la había convencido, acababa de ofrecerle la oportunidad perfecta para añadirle algo de realismo a su historia.
Ángel agachó la cabeza y se esforzó por parecer avergonzado.
—No sé…
—¿No sabes? —la alarma brilló en los ojos de su madre—. Cariño, ¿hay algo que no me hayas dicho? Puedes contármelo. No pasa nada, confía en mí.
—¿No vas a enfadarte?
—¡Claro que no!
—Vale… —El niño realizó una breve pausa, lo justo para dar a entender que le resultaba difícil hablar de ello—. ¿Recuerdas el campamento de verano al que fui el año pasado?
—Por supuesto. ¿Pasó algo en el campamento?
La impaciencia de Eva era evidente y Ángel se dio cuenta de que estaba empezando a disfrutar con ello.
Su madre estaba poniéndose nerviosa, su mirada inquieta se clavaba en él y sus manos estaban cerradas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Prolongar el silencio solo aumentaba el malestar de la mujer y lo hacía todo mucho más divertido.
—No… Bueno, no sé. Me hice amigo de un niño más mayor. Era muy gracioso y muchas veces jugábamos a solas. Fue él quien me enseñó lo de las cosquillas.
—¿Qué? Oh, no, Ángel, no…
De pronto, su madre lo abrazó. Ángel frunció el ceño, confuso ante la repentina muestra de afecto.
¿Por qué estaba tan alterada? Aunque fuera verdad, no parecía gran cosa.
¿De verdad era tan malo? Ruth se lo había estado pasando genial hasta la última noche, no veía ningún motivo para que Eva se echase a llorar como acababa de hacer.
Sin embargo, el niño decidió seguirle la corriente.
Sabía lo que esperaba de él. Que estuviera asustado, triste y herido por lo que supuestamente había ocurrido, que se convirtiera en una experiencia horrible por la que sufría.
Eso era justo lo que quería que creyese su madre.
Si lograba convencerla de ello, sería mucho más fácil que le perdonara lo que le había hecho a su hermana.
Parecía que estaba funcionando.
—Ángel, mi amor, ¿por qué no me lo dijiste?
—Me dijo que era un secreto y que si se lo contaba a alguien me haría daño. Era mayor y me dio miedo… Pero yo no quería asustar a Ruth, mamá.
—Oh, mi niño, ya lo sé. Pero no te preocupes, nadie va a hacerte daño. —Eva se separó de él y le acarició el pelo, su expresión contraída por la angustia—. Eso no puede quedar así, tenemos que ir a la policía.
Oh, maldita sea. No había contado con eso. Ángel se apresuró a esbozar un gesto aterrado.
—¿Qué? ¡No! ¡No quiero, mamá!
—No te preocupes, no pasará nada. Yo te protegeré.
—No, no, no… —El niño meneó la cabeza con violencia—. No me acuerdo de cómo se llamaba y no quiero volver a verlo. Por favor, mamá, no me obligues, no quiero recordarlo, por favor… Te prometo que no volveré a jugar a eso con nadie, de verdad…
Las lágrimas volvieron a escapar de sus ojos, el labio inferior de Ángel temblaba y su respiración se había acelerado, dándole el aspecto de alguien a punto de sufrir un ataque de pánico.
—Está bien, Ángel, tranquilo. —Su madre se apresuró a consolarlo.
No estaba segura de si era la mejor opción, pero temía que forzar al niño a denunciar acabara haciéndole más daño, así que no resultó difícil lograr que cediera—.
No te obligaré a hacer nada, pero necesito que sepas que estoy contigo, voy a cuidarte y protegerte.
Si cambias de opinión y quieres que vayamos a la policía, solo dímelo.
—De acuerdo, mamá.
—Y Ángel, mi vida, prométeme que si alguna vez vuelve a ocurrir algo así, si alguien intenta… jugar a eso contigo, me lo contarás, ¿vale? Aunque te digan que te harán daño, te juro que no lo permitiré. Pero necesito que confíes en mí.
El niño tuvo que poner todo su empeño en contener una sonrisa irónica.
¿Confiar en ella? Menudo chiste. Eva era una mentirosa.
Le había hecho creer que Sergio era su padre y había vuelto el rostro ante todos los golpes, los castigos y las humillaciones.
Cuando suplicó su ayuda hacía dos noches lo dejó sangrando en el suelo de la habitación sin siquiera mirar atrás.
Por supuesto que no iba a protegerlo. Nunca lo había hecho, ¿por qué empezaría ahora?
No obstante, se guardó todo esto en su interior, no dejando que ni un ápice de la rabia y el rencor asomaran en su gesto. Su mirada se mostraba segura y su expresión inocente cuando asintió.
—Sí, mami. Te lo prometo.