¿Quién eres cuando nadie mira? 18 de octubre, 2007
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18 de octubre, 2007

—Tienes que deshacerte de ese crío.

—¿Estás loco? ¡No voy a deshacerme de mi hijo!

Ángel se pegó más a la puerta de la cocina y aguzó el oído para escuchar lo que decían sus padres.

Después de que Sergio lo castigara, el niño había pasado un largo rato en el suelo, hasta que reunió fuerzas suficientes para colocarse la ropa y meterse en la cama.

Por la mañana nadie lo despertó para ir al colegio, por lo que pudo dormir las horas necesarias para recobrarse de la paliza y levantarse con energía renovada.

Él mismo se encargó de tratar sus heridas y cambiar las sábanas ensangrentadas antes de regresar a su cuarto y pasar allí el resto del día.

Sus padres no fueron a verlo y Ángel evitó cruzarse con ellos las veces que salió al baño o a por agua y comida.

No estaba seguro de en qué punto se encontraba la situación familiar y prefería no tener que averiguarlo hasta que los ánimos se calmaran.

Era mejor no llamar la atención, al menos por un tiempo.

El día transcurrió de forma lenta. Ángel intentó entretenerse dibujando.

Dedicó un largo rato a plasmar la expresión que Ruth había puesto la noche anterior, cuando la penetró por primera vez.

Tuvo que esforzarse por recordarlo, ya que en ese momento estaba tan alterado que todo lo ocurrido se había vuelto borroso en su memoria.

Sin embargo, el dolor y el miedo no eran fáciles de olvidar.

Cuando acabó, pasó a pintar a Sergio. Decapitado, con las tripas por fuera y unas tijeras clavadas en el pecho.

Apretó el lápiz rojo con tanta fuerza al colorear la sangre que acabó rompiendo el folio.

Sin embargo, le gustó mucho el resultado, lo bastante para considerarlo el regalo perfecto para el día del padre.

Solo pensar en la cara que pondría Sergio cuando lo viera le hacía reír.

No obstante, aquello solo sirvió para llenar un par de horas.

El resto del tiempo lo dedicó a leer y a dar vueltas por la habitación.

¿Por qué seguía allí metido? Podría haber salido a pasear o ir a jugar con Ruth, sin embargo, se había enjaulado a sí mismo y no comprendía muy bien por qué.

No le temía a Sergio, le daba igual que lo castigara de nuevo.

Pero recordaba lo que le había dicho a su madre.

No podía permitir que lo echaran de casa.

Eva no era lo bastante fuerte para sobrevivir por su cuenta y, aunque ahora no fueran lo que se dice ricos, estar allí seguía siendo mejor que vivir en la calle.

Por eso se obligó a tener paciencia. Ya habría tiempo para salir a jugar, de momento, tenía que quedarse quieto y callado.

Aun así, cuando oyó a sus padres murmurando en la cocina, no pudo contenerse.

Era de noche, Ruth ya debía estar durmiendo, y ellos la habían dejado sola para irse a hablar a escondidas.

Sobre él, seguro. Por lo que le parecía justo escucharlo.

Si la conversación le incumbía, no pensaba quedarse al margen.

Sin encender ninguna luz, Ángel se movió con sigilo, hasta situarse tras la puerta, controlando cada movimiento para evitar hacer ruido.

Se le daba bien pasar desapercibido, acechar y mantenerse oculto, era así cómo podía atrapar tantos animales.

No esperaba que esa habilidad también fuera a resultarle útil con sus padres.

Su madre había alzado la voz, indignada ante la sugerencia de Sergio, que respondió con un resoplido.

—Pues algo tendrás que hacer, porque está descontrolado.

—Ya te lo he dicho, mañana hablaré con él.

—No me hagas reír. ¿De verdad piensas que hablar servirá de algo?

—Por supuesto. Solo tiene nueve años, no sabía lo que hacía. Yo le explicaré por qué está mal y no volverá a ocurrir.

Aunque su madre intentó sonar convencida, un deje de duda vibraba en su voz.

—Eva, ese niño es un demonio. No solo sabe lo que hace, disfruta con ello.

—¡Deja de decir tonterías! —siseó la mujer con rabia apenas contenida—. No hables así de él. Lo de ayer es algo horrible, pero Ángel no podía entenderlo. Si supiera que iba a dañar a su hermana, jamás lo habría hecho. ¿Cómo puedes decir que lo disfruta?

—No estoy hablando solo de ayer. Me refiero a eso y todo lo demás.

—¿Todo lo demás?

—Oh, vamos, no te hagas la tonta. ¿Nunca te has preguntado por qué no tiene ni un solo amigo?

—Es un chico tímido, eso es todo.

—¡Los otros niños le tienen miedo, Eva! —Por su tono cargado de frustración, Sergio parecía estar empezando a perder la paciencia—. Hasta los profesores piensan que hay algo malo en él.

—¡No es cierto! Lo rechazan porque no lo entienden. Sí, Ángel es diferente, es inquieto, curioso y le cuesta relacionarse, pero eso no significa que sea un monstruo.

El niño ladeó la cabeza. No era la primera vez que se referían a él de esa forma, sin embargo, no acababa de entenderlo.

Los monstruos eran criaturas enormes, peludas, con garras y dientes afilados que se escondían en la oscuridad y te atacaban por la noche.

O al menos eso creía su hermana. Ángel era lo bastante mayor para saber que los monstruos no existían.

Ni los vampiros, las hadas o los hombres lobos.

Entonces, ¿por qué sus padres seguían discutiendo sobre si él era un monstruo?

Aquella conversación no tenía ningún sentido.

—¿Y qué hay del hámster de Ruth?

Aunque no podía verlos, a Ángel no le costó imaginarse la expresión confusa de su madre.

—¿El que se escapó? ¿Qué pasa con él?

—¿Se escapó? ¿De verdad te crees eso? ¿Justo el día que se quedó a solas con tu hijo?

—¡Ahora sí que estás desvariando! ¿Insinúas que le hizo algo? ¡Ángel tenía seis años! ¿Cómo iba a hacerle daño? ¿Y no recuerdas lo mucho que lloró junto a su hermana cuando se dio cuenta de que no estaba?

—Ya, claro. Sus lágrimas de cocodrilo. ¿Y los otros animales?

—¿Qué animales?

—Los que le han desaparecido a los vecinos. Y los que aparecen quemados y destripados cada dos por tres en el barrio.

Oh, vaya. Sergio no era tan estúpido como creía. No esperaba que fueran a darse cuenta de lo de los animales, menos aún a sospechar de él. Necesitaba empezar a ser más cuidadoso con lo que hacía si no quería meterse en problemas.

Por fortuna, su madre no se dejó convencer con tanta facilidad.

—No me puedo creer que también lo estés culpando de eso. ¿Es que todo lo malo que ocurra es cosa de Ángel? ¿El hambre en el mundo también es su culpa?

—Sé que tú lo has pensado, no me importa que lo niegues. Después de todo, es el hijo de su padre y si sigue así, va a acabar igual que él.

¿El hijo de su padre? Ángel frunció el ceño y se pegó más a la puerta. Estaba seguro de que lo había oído bien, pero no tenía sentido. ¿Qué quería decir Sergio con aquello?

—¡Ah, ya lo entiendo! Es eso, ¿verdad? Quieres que me deshaga de él porque no es tu hijo. Nunca lo has aceptado, solo estabas esperando una buena excusa para sacarlo a relucir.

—¿Que no lo he aceptado? Lo he tratado como a mi hijo desde el primer día. Hasta le di mi apellido, ¿no te parece suficiente? Aunque si hubiera sabido la clase de bestia que era, no lo habría hecho.

Por un momento, el niño sintió que su corazón dejaba de latir.

No cabía duda, había oído bien. Sergio no era su padre.

Le habían mentido. El hombre que se creía con autoridad para castigarlo, que lo despreciaba y humillaba a diario, en realidad no tenía ninguna relación con él.

Y su madre le había permitido comportarse de ese modo, se había callado y tolerado su actitud mientras le escondía la verdad sobre su origen.

Pero entonces ¿quién era su padre? ¿Y por qué decían que iba a acabar como él?

Por cómo hablaban de ello, debía de ser algo malo.

¿Era peor que Sergio? Le costaba imaginarlo.

En un instante, miles de preguntas se agolparon en su mente, provocándole una sensación de mareo que lo obligó a cerrar los ojos.

¿Cuántas otras cosas serían mentira? ¿Cómo iba a volver a confiar en su madre?

¿O en cualquier otra persona? Un ramalazo de rabia le atravesó el pecho.

¿Pensaban que engañarle era divertido? ¿Se estaban burlando de él? ¿Hasta dónde iban a llevar esa farsa?

Obedece a tu padre, pórtate bien con tu padre, tienes que querer a tu padre…

A Ángel le entraron ganas de irrumpir en la cocina y gritarles todo lo que pensaba sobre aquello.

Sin embargo, se contuvo. No merecía la pena precipitarse.

La información era valiosa y algún día le daría uso.

Les devolvería todo el daño que le habían hecho.

Pero no hoy, todavía no estaba preparado.

Su momento llegaría, solo necesitaba tener paciencia.

Por ahora, se limitaría a seguir escuchando.

—¡Por supuesto que no es suficiente! —El tono de Eva era tan elevado que Ángel ya no tenía que esforzarse para oírla— ¿No has pensado que quizás es así por tu culpa?

Eres demasiado estricto con él, tus castigos son horribles, el chico apenas puede respirar sin que lo golpees.

Está claro que lo desprecias, ¿crees que Ángel no se ha dado cuenta?

A lo mejor si lo hubieras querido de verdad, si hubieras sido más cariñoso, no estaríamos ahora en esta situación.

—¿Mi culpa? Cómo te atreves… La disciplina que le impongo es el único motivo por el que ese desquiciado aún no se ha perdido por completo.

Aunque está claro que el problema no es solo que su padre sea una bestia.

Si en lugar de estar todo el día empastillada y pasar tantas horas en la cama su madre se hubiera encargado de criarlo, puede que ahora no fuera un jodido violador.

El sonido de la bofetada le llegó con total claridad.

En realidad, Sergio no había mentido. Su madre tomaba muchos medicamentos y pasaba gran parte del día dormida, por lo que era incapaz de mantener ningún trabajo durante demasiado tiempo, mucho menos de preocuparse por los sentimientos, actividades y necesidades de sus hijos.

Lo cierto es que a Ángel aquello no le molestaba.

Cuanta menos atención le prestaran, mejor.

Así tenía más libertad para divertirse por su cuenta.

Sin embargo, el comentario debió sentarle muy mal a Eva, lo bastante para que se atreviera a pegarle a su marido.

—No vuelvas a decir algo así nunca.

—Muy bien, sigue defendiendo a tu angelito.

—El tono de Sergio se había vuelto frío, sus palabras escupidas entre dientes con desdén—.

Me da igual cómo lo hagas, pero asegúrate de meterlo en cintura.

Porque una sola falta más, solo una, y te juro que me largo de aquí con Ruth y no vuelves a vernos nunca.

—Eso no será necesario. Hablaré con él. Lo arreglaremos. Solo necesito que le des una oportunidad.

—Lo que tú digas.

Ángel corrió de vuelta a su cuarto. Ya había escuchado suficiente y no podía arriesgarse a que lo pillaran allí. Seguro que Sergio se pondría furioso y tal vez decidiera llevar a cabo su amenaza.

¿Marcharse con Ruth? ¿Cómo se atrevía? Ruth era su hermana, no tenía derecho a quitársela.

Ese hombre ya había suplantado a su padre y ¿ahora también quería robarle aquello?

No iba a permitírselo. Pero ¿cómo evitarlo?

No por la fuerza, en ese terreno Sergio lo superaba.

Tendría que ser más cuidadoso. Hacer algunos amigos, por mucho que le aburrieran.

Ser amable con la gente a su alrededor. Sonreír más a menudo, las personas reaccionaban de forma positiva cuando sonreía.

Debía esconder mejor los restos de los animales, claro, y no jugar con los de los vecinos.

Y sobre todo, necesitaba hablar con su hermana.

Tenía que convencerla. Si Ruth se negaba a marcharse, si insistía en lo mucho que quería a Ángel, Sergio no podría obligarla.

Es cierto que le había hecho daño, pero ¿de verdad había sido tan malo?

Solo estaban jugando. En cuanto su hermana lo comprendiera, le perdonaría y volvería a confiar en él.

Ángel se metió en la cama. La inquietud que le había invadido al oír la discusión comenzaba a evaporarse.

Había sido descuidado, llamó demasiado la atención.

No importaba, podía arreglarlo. Se movería con cuidado, planearía cada paso y contendría aquel fuego que ardía en su interior tanto como fuera necesario, hasta que Sergio dejara de ser una amenaza y ya no pudiera arrebatarle ninguna de sus cosas.