¿Quién eres cuando nadie mira? 17 de octubre, 2007 #4
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17 de octubre, 2007 #4

De nuevo, no pudo evitar acordarse del hámster de Ruth, aunque en esta ocasión se encontró a sí mismo en la posición del animal.

Pequeño, estúpido, inútil. Sometido a quien fuera más fuerte que él, expuesto a un daño para el que no existía posibilidad de huida.

Estaba harto. Tanto, que por un momento deseo que su padre llegara hasta el final, que hiciera con él lo mismo que Ángel le hizo al hámster.

Que lo aplastara hasta la muerte. Así, no tendría que volver a luchar contra la furia que ardía en su interior, ni sentir como el vacío en su pecho lo consumía hasta que no quedaba nada.

Por supuesto, eso no ocurrió. Ángel todavía estaba vivo cuando Sergio detuvo los golpes. Sin embargo, el castigo no había hecho más que empezar. Su padre lo agarró del pelo y lo arrastró en dirección a la cama. Una vez allí, se quitó el cinturón y se sentó, antes de obligar al niño a levantarse.

—Bájate los pantalones.

La mirada de Ángel ya no llameaba. En su lugar, sus ojos reflejaban un odio helador, aunque sosegado.

En su rostro cubierto de sangre había una promesa muda de venganza.

El chico sabía que desobedecer ahora solo empeoraría su situación, pero no estaba dispuesto a ceder un solo ápice más de su dignidad.

Ni matándolo lograrían obtener nada de él.

Sergio gruñó antes de deshacerse él mismo de la ropa de su hijo. Entonces lo cogió y lo obligó a tumbarse sobre su regazo.

—Cuenta los golpes.

El cinturón chasqueó contra la carne, pero Ángel permaneció mudo. Ni un gemido, ni un ruido de protesta. Nada. El niño estaba callado e inmóvil, decidido a no darle a su padre la satisfacción de verlo quejarse.

—¿Es que no me has oído? —Sergio lo azotó de nuevo—. Cuenta los golpes.

No iba a hacerlo. Ni una sola palabra saldría de su boca.

Que hiciera con él lo que quisiera, le daba igual.

Su padre era más fuerte, eso significaba que podía disponer de su cuerpo a su antojo.

Era razonable. Sin embargo, no conseguiría que se sometiera a él.

Ángel mantendría el control sobre sí mismo, como hacía siempre.

Los golpes continuaron incesantes, la falta de respuesta del niño frustrando cada vez más al agresor.

—¡Maldito hijo de puta! ¿Eres estúpido? Vas a contar veinte golpes, ¿me oyes? Y no voy a parar hasta que los cuentes. ¡Llevas cero! ¡Cuéntalos, vamos!

Ángel sonrió. La sangre le corría por los muslos y ya no podía sentir su propio cuerpo y aun así, tuvo que esforzarse por no echarse a reír.

Cuanto más furioso se ponía Sergio, mejor se sentía él.

Estaba ganando. Tal vez su padre sostuviera el cinturón, pero era el niño el que llevaba las riendas, el que tenía el poder.

¿Es que no lo veía? Cada vez que Sergio le gritaba solo se humillaba más a sí mismo.

Y a pesar de que se sentía mareado, Ángel empezaba a encontrar la situación excitante.

Su madre, no obstante, no lo veía del mismo modo.

—¡Sergio, por Dios, para ya, vas a matarlo!

—¡Cállate! No pararé hasta que aprenda la lección.

—¡Por favor! ¿No ves que está sangrando?

Eva abrazó a Ruth con fuerza, cubriendo los ojos de la pequeña, mientras clavaba una mirada suplicante en su marido.

—¿Y qué? ¿No lo merece? ¡Mira lo que le ha hecho a nuestra niña!

—Ya lo sé —sollozó Eva—. Yo hablaré con él. Lo arreglaremos, por favor…

—¡¿Hablarás con él?! —Sergio empujó al niño y lo tiró al suelo, antes de levantarse y ponerse el cinturón—. ¿Crees que las palabras sirven de algo con este animal?

—¡Es solo un crío! Seguro que no sabía lo que hacía.

Sergio meneó la cabeza y tomó a Ruth de los brazos de su madre. La mujer aprovechó para ir a socorrer a su hijo, pero su marido la detuvo cuando apenas había dado un par de pasos.

—Déjalo ahí. No es un crío, es un monstruo, siempre lo ha sido.

—Sergio… Es mi hijo…

—¡No! Es un monstruo —repitió, su mirada llena de dureza—. Y si vas a seguir negándolo, os quiero a los dos fuera de mi casa y lejos de mí y mi niña.

Eva abrió los ojos horrorizada.

—No, por favor. No puedes hacerme eso. Tú no. No me abandones. Por favor.

—Entonces deja ahí a esa bestia. Que aprenda su lección, que entienda lo que pasa cuando te comportas como un salvaje —Sergio le pasó el brazo por los hombros a Eva y la acercó a él, suavizando su tono—.

Ven conmigo, tu hija te necesita. Yo te necesito.

Vamos a cuidar de Ruth. Olvídate de ese animal.

Ángel alzó la vista hacia su madre. En el momento en el que Sergio lo tiró al suelo toda la entereza que durante un rato creció en él se había apagado.

Los golpes se detuvieron y de pronto volvió a ser un niño pequeño, débil y herido, temblando sobre el suelo, incapaz de comprender por completo lo que acababa de ocurrir.

Sus ideas estaban confusas y el mundo giraba a su alrededor.

Sus padres discutían, gritaban, pero él ya no era capaz de entenderlos. ¿Qué es lo que había pasado?

Hecho número uno, estaba jugando a los cosquillas con Ruth.

Hecho número dos, se sentía frustrado, deseaba hacerle daño.

Hecho número tres, su hermana se resistió y él perdió el control.

Perdió el control…

¿Por qué su madre lo miraba así? ¿Por qué no le ayudaba?

Le dolía todo el cuerpo y no era capaz de moverse.

Él no quería matar a Ruth, no de verdad.

Se le fue de las manos porque algo no iba bien.

Algo en su interior no funcionaba. Si le preguntaran, si le permitieran explicarlo…

Podrían arreglarlo, ¿verdad? Solo tenían que escucharlo.

¿Por qué su madre no lo abrazaba?

—Mamá… —llamó con voz tenue.

Por primera vez en su vida, Ángel deseó que acudieran a consolarlo, que lo sostuvieran y le prometieran que todo saldría bien, aunque fuera una mentira.

Pero en lugar de acercarse, su madre le lanzó una última mirada triste antes de darse la vuelta y salir de la habitación junto a Ruth y Sergio.

Entonces la puerta se cerró y el niño se quedó solo.

Solo, como siempre había estado. ¿Acaso creía que podía ser de otra forma?

Ese día Ángel por fin lo comprendió. Era una intuición que habitaba en él desde hacía mucho y que ahora se materializaba con claridad.

Nadie iba a ponerse de su lado. No iban a darle una oportunidad.

No existía una sola persona dispuesta a escuchar su versión y ayudarle a entender y dominar lo que bullía en su interior.

Su propia madre lo había abandonado, así que ¿qué esperar de los demás?

Y sobre aquel frío suelo, Ángel se hizo a sí mismo una promesa.

Quizás el mundo no estaba preparado para lo que era, pero él sí se prepararía para el mundo.

Lo comprendería y lo conquistaría. Y todo aquel que se atreviera a retarlo, acabaría pagándolo muy caro.

No sabía cómo ni cuándo, pero llegaría un día en el que nadie se atrevería a hacerle daño.