¿Quién eres cuando nadie mira? 17 de octubre, 2007 #3
39%

17 de octubre, 2007 #3

Ruth cumplió su promesa y durante las siguientes semanas aquel juego se convirtió en una rutina nocturna.

Ambos esperaban a que sus padres se acostaran y luego Ángel se deslizaba hasta la cama de su hermana y empezaban a hacerse cosquillas.

Al principio había sido sencillo, al igual que la primera vez, solo con las manos, pero a medida que el tiempo avanzaba, Ángel comenzó a aburrirse y se encontró a sí mismo deseando probar cosas nuevas.

Un día se preguntó qué efecto tendría en Ruth si en lugar de usar los dedos, acariciaba aquella zona con la lengua.

También tenía curiosidad por el sabor, así que desnudó a su hermana de cintura para abajo, separó sus piernas y comenzó a lamer el área.

Fue bastante torpe, sin embargo, a la niña pareció gustarle.

Por supuesto, siempre que hacía algo, Ángel esperaba reciprocidad, por lo que pronto le exigió a su hermana que usara la boca para darle placer.

El poder sujetarla del pelo y mover su cabeza para marcar él el ritmo, incluso cuando la niña tosía y se atragantaba, resultó muy excitante.

Ángel era un niño curioso y había leído suficiente sobre biología para saber que en algún punto su cuerpo empezaría a producir esperma y que ese líquido saldría cuando estallara el placer.

El niño estaba deseando que ocurriera, solo para ver la cara que ponía su hermana cuando la llenara de fluidos y la obligara a tragárselos.

Seguro que le daba mucho asco, pero no se atrevería a decirle que no.

La idea de ver a su hermana tan humillada lo encendía hasta el borde de la locura y pronto todo lo que hacían dejó de parecerle suficiente. Ruth ya confiaba en él, disfrutaba con el juego, era hora de ir más allá.

Esa noche Ángel volvía a sentirse muy inquieto.

Un niño se había reído de él en el colegio y había tenido que darle una lección.

Lo obligó a lavar su sucia boca con el agua del váter, pero a los profesores no les había parecido tan justo como a él.

Lo habían castigado y, lo que es peor, avisaron a sus padres.

Aunque su madre lo había mirado con pena, no hizo nada cuando Sergio lo abofeteó, lo hizo desnudarse y lo obligo a arrodillarse sobre un montón de garbanzos con los brazos levantados durante horas.

Ángel podía soportar el dolor, no era algo que le molestara demasiado.

Era la humillación lo que le resultaba intolerable.

Ya ni siquiera podía pensar en Sergio como su padre, solo veía a un idiota incapaz de comprenderlo, que se negaba por completo a escuchar su perspectiva de las cosas.

Para él, Ángel siempre era el malo de la historia, el pequeño diablo que solo entraría en razón con mano dura.

Nunca había palabras amables ni muestras de apoyo dirigidas al niño. Solo desdén y castigos.

Con Ruth, sin embargo, las cosas eran muy distintas.

Ruth era su preciosa niñita, tan pura e inocente.

Un verdadero angelito que nunca rompía un plato.

Incluso cuando hacía cosas crueles y desagradables, a Ruth no la castigaba igual que a él.

Las diferencias eran tan obvias que hasta un niño de nueve años podía darse cuenta.

Por eso, cada vez que su padre era amable con Ruth mientras lo despreciaba a él, Ángel no podía evitar sentir un cierto placer retorcido que a duras penas lograda ocultar.

¿Qué pensaría Sergio si supiera las cosas que hacía su querido angelito por las noches, lo mucho que gimoteaba y le pedía a Ángel más de su tacto, cómo lamía y succionaba las partes del niño con una sonrisa en su rostro infantil?

¿Se sentiría humillado si descubriera la verdad?

¿Se daría cuenta de que Ángel estaba muy por encima de él, de que hacía mucho que había empezado a arruinar su más preciado tesoro frente a sus narices, sin que el hombre fuera capaz de darse cuenta?

Todos esos pensamientos bullían en su mente cuando se había metido en la cama con Ruth.

El juego comenzó como de costumbre, con caricias por encima de la ropa hasta que Ángel decidió que aquello era un estorbo.

Pronto se había deshecho del pantalón y las bragas de su hermana y movía sus dedos sobre los genitales de la niña con mano experta.

Ruth se encontraba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados y la respiración acelerada.

Parecía estar disfrutando mucho de aquello.

¿Le gustaría también lo que tenía pensado hacerle esa noche?

Sin previo aviso, Ángel introdujo dos dedos en la vagina de su hermana. Lo hizo con brusquedad, llevándolos hasta el final y comenzando a meterlos y sacarlos deprisa. Ruth soltó un chillido y lo miró horrorizada, mientras se retorcía para intentar apartarse de él.

—¡Ángel, ¿qué haces?! ¡Para, me duele! ¡Para!

—Estate quieta, joder. —El niño usó su otro brazo para sujetar a su hermana—. Te va a gustar, ya lo verás. ¿O para qué creías que sirve ese agujero?

A esas alturas, Ángel ya estaba bien informado sobre cómo funcionaba la reproducción humana, era hora de que Ruth también lo supiera. No obstante, la pequeña no se mostró muy receptiva a su lección de biología y él comenzaba a perder la paciencia.

—Si no dejas de gritar y de resistirte voy a hacerte mucho, mucho daño, ¿entiendes, puta?

Pero Ruth seguía chillando. Era igual de estúpida e inútil que su hámster.

Sus pupilas dilatadas y el rostro desencajado reflejaban el mismo miedo y por un instante Ángel perdió el control sobre sí mismo.

Algo en su interior pareció desconectarse, todo atisbo de racionalidad o decencia se apagó y en su lugar solo quedó la sed de sangre y la necesidad salvaje de destruir cuanto pudiera.

Quería hacerle a su hermana lo mismo que le había hecho al hámster.

No, quería hacerle cosas mucho peores. Lo necesitaba.

El tiempo empezó a moverse muy despacio y la ansiedad que llevaba días aleteando en su pecho creció hasta dominarlo y nublar su visión.

Ángel sacó los dedos del interior de su hermana, solo para introducirlos en su ano con la misma violencia que había usado antes.

Ruth gritó aún más, las lágrimas caían por sus mejillas y su voz rota pedía auxilio a sus padres.

Sin pensárselo, el mayor usó la otra mano para agarrar el cuello de la niña y apretar con todas sus fuerzas, decidido a acallarla para siempre mientras no dejaba de mover su mano dentro de ella.

Entonces alguien lo agarró por los hombros y lo tiró al suelo, procediendo a patearlo antes siquiera de que Ángel se diera cuenta de qué había ocurrido.

Los golpes no le dolieron, al contrario, lograron que se sintiera todavía más emocionado, enérgico, invencible.

Todo su cuerpo ardía y la certeza de ser intocable lo empujó a rodar por el suelo para alejarse de su agresor y a ponerse en pie de un salto.

Sus ojos llameaban con un odio y una vitalidad que nadie había visto antes cuando se encaró con la persona que le había pegado.

Sergio, por supuesto. Ángel no prestó atención a Eva, que abrazaba a su hermana y lo miraba aterrorizada.

Toda su energía se enfocó en el hombre. Se encontraba de pie frente a él, con la mano alzada para golpearlo de nuevo, su rostro contraído por la furia.

El niño le sostuvo la mirada sin amedrentarse y de pronto rompió a reír.

Qué patético era ahora su padre. Qué inútil parecía.

Deseaba doblegarlo por la fuerza, pero ya era tarde para eso.

Todo su poder se había esfumado. Ángel lo sabía y pronto Sergio también se daría cuenta.

Y entonces la risa del chico se transformó en un grito.

La rabia que apenas lograba contener le rasgó la garganta, la violencia que impulsaba sus deseos se escapó de sus pulmones y por un momento el mundo dejó de girar, mientras Ángel le daba rienda suelta a todo el dolor, la angustia, las dudas y la soledad, hasta que su corazón se calmó y se hizo el silencio.

Y por un instante, ese silencio se mantuvo.

Incluso Sergio, siempre tan decidido y poderoso, retrocedió un paso y lo miró con miedo.

Un escalofrío de placer recorrió a Ángel.

Él también lo temía. Aunque tratase de esconderlo detrás de sus castigos y sus palabras ásperas.

Quizás había sido así desde el principio.

De algún modo, su padre era consciente de que jamás lograría dominarlo, pero todavía no se había rendido a la evidencia.

Tampoco se rindió esa noche. Repuesto de la sorpresa inicial, el miedo desapareció de los ojos de Sergio y la rabia volvió a dominarlo.

Puede que ellos dos no fueran tan distintos, al fin y al cabo.

El odio que corría por las venas de Ángel no era muy distinto del que mostró su padre cuando lo abofeteó con todas sus fuerzas.

Y aun así, el niño se mantuvo en pie, firme a pesar del zumbido en sus oídos y el dolor en la mejilla.

Pero seguía siendo demasiado pequeño y cuando su padre le pegó un puñetazo en el estómago, Ángel perdió el equilibrio y se cayó de espaldas.

En ese momento Sergio retomó los pisotones y las patadas.

El chico se quedó quieto, sin siquiera cubrirse la cabeza.

Ya estaba acostumbrado a los estallidos violentos de su padre, aquello no era una novedad.

Sabía que no merecía la pena tratar de defenderse.