17 de octubre, 2007 #2
Y así continuó durante un rato, frotando su entrepierna sin parar, las pupilas dilatas, las mejillas enrojecidas y sus labios murmurando insultos y amenazas al animal muerto frente a él.
En su mente, toda clase de ideas violentas se entremezclaban, aumentando el deseo y el calor en su vientre, hasta que estalló en una ola de placer que por un instante dejó al niño en blanco.
Después de eso, Ángel se había levantado, había bajado a la calle a tirar los restos del hámster a la basura, había limpiado el suelo y, por fin, se había metido en la cama.
No estaba seguro de qué acababa de ocurrir o de cómo llamar a lo que había sentido al torturar y matar a ese animal y a lo que había hecho después, pero tampoco le importaba.
Lo único en lo que podía pensar era en la sensación de triunfo y en la calma que se extendió por todo su cuerpo al terminar.
Esa inquietud sin nombre que siempre parecía dominarlo se había extinguido y esa mañana Ángel consiguió dormir mejor que nunca.
El hámster de Ruth fue el primer animal, pero no el último.
Ahora que estaba prestando atención, Ángel se daba cuenta de lo fácil que era atrapar compañeros de juegos en la calle.
Había pájaros y ardillas que derribar a pedradas, perros callejeros o descuidados por sus dueños en las puertas de las tiendas, gatos que vagaban de un lado a otro, que tenían crías sencillas de capturar.
Ángel había aprendido muchas cosas de esos animales.
Leyó sobre ellos, sus costumbres, sus conductas, su forma de relacionarse e interaccionar.
Descubrió que era más divertido ganarse la confianza del animal, que empezara a seguirlo y jugar con él y, en el momento menos esperado, hacerle tanto daño como pudiera.
No era suficiente con matarlos, Ángel necesitaba destruirlos.
Quería ver su dolor, romper todo lo que habían sido, que sintieran la traición y la agonía hasta el final.
Que se arrepintieran de haber confiado en él.
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que aquellos animales no le bastaban.
Sus sentimientos eran demasiado simples, sus mentes carecían de la complejidad que los deseos de Ángel requerían.
Por mucho que se divirtiera torturándolos, asfixiándolos hasta la muerte, abriendo sus cuerpos en canal, jugueteando con las vísceras, pintándose la cara con su sangre y quemando los restos cuando ya no quedaba nada por hacer, no acababa de sentirse del todo satisfecho.
Faltaba algo y por eso no le sorprendió que los niños a su alrededor empezaran a llamarle la atención de una forma que no había ocurrido hasta entonces.
Ángel ya había cumplido nueve años cuando empezó un nuevo juego.
Era muy tarde, pero no lograba conciliar el sueño.
Hacía más de dos semanas que no había conseguido atrapar ningún animal y la inquietud que a duras penas mantenía a raya de esa forma lo estaba desquiciando.
Su hermana hacía rato que dormía, lo sabía por la respiración profunda y acompasada que emitía el pequeño bulto escondido bajo las sábanas.
Al pensar en ello, un ramalazo de rabia sacudió a Ángel.
No era justo que Ruth durmiese tan tranquila mientras él sufría en silencio. ¿Cómo podía ser tan egoísta?
El niño se levantó y se acercó hasta la cama de su hermana.
Ruth estaba ovillada, su cabello rubio oscuro cayendo grácil sobre la almohada, sus labios ligeramente entreabiertos y aquel rostro infantil mostrando una paz a la que Ángel jamás podría aspirar.
Por un momento, pensó en rodear su pequeño cuello con ambas manos y apretar con todas sus fuerzas, hasta entregarla para siempre a aquella calma que parecía disfrutar ahora.
Enseguida desechó esa idea. Sería demasiado aburrido. En su lugar, había cosas más interesantes que hacer con su hermana.
—Ruth… —llamó mientras la zarandeaba por el hombro—. Ruth, despierta.
—¿Ángel? —La niña parpadeó, el sueño y la confusión brillando en sus ojos marrones—. ¿Qué quieres?
—Vamos a jugar.
—No… —Ruth se dio media vuelta, decidida a ignorarlo—. Tengo sueño.
Ángel se subió a la cama y se metió bajo la sábana. Sus dedos comenzaron a pasear por la espalda de Ruth, arriba y abajo, dibujando círculos sobre el pijama.
—Es un juego muy divertido, te lo prometo. ¿Quieres que te lo enseñe? Se llama “las cosquillas”.
—¿Cosquillas? —Su hermana volvió a girarse hacia él, los ojos abiertos en una expresión horrorizada—. No me gustan las cosquillas, Ángel. Me molestan.
—Ah, pero no son ese tipo de cosquillas. —El niño le dedicó una sonrisa tranquilizadora—. Deja que te lo enseñe. Luego, los dos dormiremos mucho mejor, ya verás.
Aunque la pequeña dudó un momento, al final asintió.
Es cierto que su hermano no era demasiado cariñoso, que muchas veces la empujaba, la insultaba, le tiraba del pelo, le gritaba y la obligaba a jugar a cosas que no le gustaban, pero Ruth no podía evitar confiar en él.
Porque Ángel también podía ser bueno, decirle cosas bonitas, enseñarle mucho sobre animales, defenderla de los niños que le daban miedo y hacerle bromas divertidas a sus padres.
Ángel era su hermano mayor y, a pesar de las peleas, no dejaba de haber un cierto sentimiento de admiración en ella.
Ruth lo quería y estaba segura de que su hermano también la quería a ella.
Porque eso es lo que hacían los hermanos, ¿no?
Quererse aunque se chinchasen entre ellos. Al menos, eso decía su madre.
Por eso, cuando Ángel metió la mano en su ropa interior, Ruth solo se removió un poco, pero no se quejó. Los dedos de su hermano empezaron a acariciar su entrepierna y la niña soltó un jadeó, sorprendida por la sensación.
—¿Ves? ¿A que estas cosquillas sí te gustan?
En lugar de responder, su hermana emitió un gemido quedo, haciendo reír a Ángel.
—Si lo haces durante bastante rato, pasa una cosa muy divertida —comentó con aire casual.
—¿El… El qué?
—Espera y verás.
El niño siguió moviendo los dedos, observando las reacciones de su hermana para localizar los puntos y ritmos que le resultaban más placenteros.
En cierto modo, era como cuando jugaba con un gatito.
Fácil de manipular y conseguir que creyera en él.
Ruth se dejaría hacer de todo, solo tenía que pedírselo.
Y entonces la niña comenzó a temblar, sus piernas se contrajeron de forma rítmica y sus gemidos se volvieron más fuertes, tanto que Ángel se vio obligado a taparle la boca para evitar que despertase a sus padres.
—¿Has visto? Está muy chulo, ¿verdad?
A pesar de la oscuridad que reinaba en el cuarto, solo rota por la tenue luz que emitía la lamparita que Ángel había encendido, era evidente que Ruth se había sonrojado.
—¿Qué ha sido eso?
—Lo que pasa cuando juegas a las cosquillas. ¿Te gusta?
Su hermana apartó la mirada, pero asintió con timidez.
—Vale, ahora hazlo tú.
—¿El qué?
La sorpresa en su tono le arrancó una sonrisa desdeñosa a Ángel.
—A mí, ahora tú tienes que hacerme cosquillas a mí. Es lo justo, ¿no crees?
—Me da vergüenza…
Menuda zorra. No había puesto pegas a que Ángel la tocara ¿y ahora le salía con esas? ¿Qué quería, divertirse solo ella? El niño se armó de paciencia. Iría despacio, paso a paso. Era la forma de conseguir que funcionase.
—No seas tonta —dijo en un tono cariñoso—. Mira, es muy fácil, pones la mano aquí y empiezas a frotar.
Ángel la guió con cuidado. Colocó la mano de su hermana sobre su entrepierna y comenzó a acariciarse con ella.
—Es muy interesante, porque se pone duro y se hace más grande.
—¿De verdad?
—Sí. ¿Quieres verlo?
A pesar de que acababa de decir que le daba vergüenza, su hermana asintió con entusiasmo. Ángel se bajó los pantalones y la ropa interior y volvió a agarrar a su hermana para situar su mano en la posición correcta.
—Lo agarras así, presionas un poco y mueves la mano, ya verás cómo cambia.
Su hermana obedeció y durante un largo rato ninguno de los dos dijo nada.
La niña mostraba la torpeza propia de la inexperiencia y en más de una ocasión Ángel tuvo que agarrar su mano y dirigir los movimientos.
Le costó mucho contener las ganas de insultarla y abofetearla hasta hacerla llorar.
Ángel sabía de sobra que lo disfrutaría más si su hermana sufría y odiaba lo que estaban haciendo, pero ya llegaría el momento.
Por ahora, se conformaría con someter a Ruth de forma amable a sus deseos.
Eso tampoco estaba tan mal. Al contrario.
El contacto era lo bastante agradable para arrancarle suspiros ahogados hasta que por fin alcanzó la explosión de placer.
Tras un estremecimiento, su cuerpo volvió a relajarse y Ángel apartó a su hermana de él con un empujón.
—Vale, ya está, eso es suficiente —dijo mientras se subía los pantalones.
—¿Lo haces tú otra vez?
Ángel le dedicó una mueca, antes de romper a reír.
—Sí que te ha gustado, ¿eh? Pero hoy no. Mañana. Ahora vamos a dormir.
—Vale.
Ruth volvió a tumbarse y Ángel se bajó de la cama. Sin embargo, antes de irse se giró hacia su hermana.
—No puedes contárselo a mamá ni a papá, ¿vale? Este es un juego súper secreto entre nosotros. Tampoco puedes jugar con nadie más.
«Eres mía, no te permito que te acerques a otros».
El pensamiento cruzó un instante por la mente de Ángel, provocándole un cosquilleo en la punta de los dedos.
—¿Cómo un juego secreto de hermanos espías?
La niña lo miraba con ilusión. En los últimos meses se había obsesionado con unos dibujos de espías y cualquier referencia a ese tema lograba su atención inmediata. Por supuesto, Ángel no desaprovechó la oportunidad.
—Exacto. Somos espías, solo nosotros podemos saberlo.
—¡Vale! Nadie se enterará, te lo prometo.