¿Quién eres cuando nadie mira? 17 de octubre, 2007
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17 de octubre, 2007

Los primeros recuerdos de Ángel se remontaban muy atrás en el tiempo, hasta una perezosa tarde de otoño en el campo.

El niño tenía unos tres o cuatro años y tras pasar la mayor parte del día sentado a solas por fin había encontrado algo que le divertía.

Sus padres habían quedado para comer con sus amigos y los hijos de todas las familias se habían juntado, jugando entre ellos como si se conocieran de siempre.

El pequeño Ángel encontró aquello tedioso.

No le interesaban los otros niños. Eran ruidosos y estúpidos y el entusiasmo que demostraban lo hacía sentir incómodo.

Por eso había acabado alejándose del bullicio, decidido a entretenerse por su cuenta.

Fue así cómo encontró la charca. No era muy grande, pero sí lo bastante para que varios pececillos nadaran en su interior.

El niño los observó durante un rato, la cabeza ladeada y su mirada curiosa siguiendo el movimiento incesante de aquellos animales.

Entonces Ángel se agachó y metió la mano en el agua para intentar atrapar alguno.

No lo consiguió. En cuanto tocó la superficie, los peces se dispersaron.

El niño movió la mano dentro del agua, con una sonrisa en el rostro.

Los peces tenían miedo. Tal vez aún fuera demasiado joven para comprender por completo las implicaciones de aquello, pero de una cosa estaba seguro.

Los peces huían de él. Lo temían. Y por alguna razón, esa idea aceleró su corazón.

Ángel se puso en pie y comenzó a caminar alrededor de la charca, hacia la zona donde los peces habían vuelto a agruparse.

En ese momento, su sombra se proyectó sobre el agua y provocó el mismo efecto que había tenido su mano.

Las pequeñas criaturas se apresuraron a nadar en todas direcciones, aterrados ante la oscuridad que danzaba sobre ellos.

El niño se echó a reír, una alegría sincera despertando en su pecho.

No sabría ponerle palabras, pero por primera vez en su vida Ángel se sintió bien.

Deseaba saber más, explorar, comprender.

Experimentar algo más profundo. Y en aquella felicidad confusa se entretuvo durante largo rato.

Y allí estaba todavía cuando su madre fue a buscarlo para volver a casa, saltando de un lado a otro entre carcajadas, sus ojos clavados en la charca.

Eva encontró aquel juego un poco extraño, pero no pensó demasiado en ello.

Al contrario, se alegró al ver que su pequeño Ángel, el niño serio y callado que nunca respondía a sus sonrisas, era capaz de reír y divertirse.

Y por un momento la joven madre creyó que todas las dudas y temores que había tenido sobre su hijo eran infundados.

Ángel no era más que un niño, un poco diferente, sí, pero tan capaz de amar y sentir como cualquier otro, aunque aún le costara demostrarlo.

A veces Ángel desearía que todo se hubiera quedado en eso, que aquel descubrimiento que hizo en la charca fuera el culmen de su crueldad.

Su vida habría sido más sencilla de ser así.

Sin embargo, el alivio que sintió su madre fue tan solo un espejismo.

Sí, algo cambió en Ángel ese día, pero no como Eva deseaba.

El niño había saboreado el poder, había experimentado la dulce emoción de provocar miedo en otros y ahora ya no había marcha atrás.

Tenía seis años cuando a Ruth le compraron aquel hámster.

Era una criatura fastidiosa y a Ángel nunca le gustó.

Su jaula olía raro y el animal no paraba de hacer ruido, sobre todo por la noche, cuando se ponía a dar vueltas en la rueda.

Aquel chirrido se le clavaba en los oídos y se infiltraba en sus sueños, provocando en él unos sentimientos de rabia y odio desconocidos hasta entonces.

En cambio, su hermana parecía adorar al animal.

En cuanto se levantaba, iba corriendo a mirarlo, lo acariciaba con cuidado, lo metía en aquel laberinto que construyó junto a su padre con cartones, le daba pipas y se reía alegre cuando lo veía lavarse.

Ángel no lo comprendía. ¿Qué tenía de especial?

¿Por qué le gustaba tanto? Cualquiera de sus juguetes era más entretenido que ese hámster.

Siempre hacía las mismas cosas, que no eran lo que se dice brillantes.

Comer, dormir, correr de un lado a otro y soltar esas pequeñas cagarrutas allá donde iba.

Qué molesto. Cada vez que lo veía, Ángel pensaba en lo mucho que le gustaría que aquel bicho desapareciera, aunque a su hermana aquello no iba a hacerle ninguna gracia.

Claro, el niño nunca expresó esas ideas en voz alta.

Ruth seguramente habría lloriqueado si hablaba mal de su mascota y al final Ángel acabaría recibiendo una bofetada de su padre por molestar a su hermana.

Siempre era lo mismo. Ruth se quejaba de cualquier estupidez y Sergio corría a su rescate, decidido a meter a Ángel en cintura ante el silencio cómplice de su madre.

No merecía la pena quejarse, nadie iba a hacerle caso.

Si Ruth quería que el hámster estuviera en la habitación que ambos compartían, el animal se quedaría allí.

Quizás Ángel fuera el hermano mayor, pero en aquella casa parecía que su opinión no contaba.

Ese día, no obstante, Ángel no tenía paciencia para tolerarlo.

Se había despertado con un terrible dolor de cabeza y, al ver que tenía fiebre, su madre le permitió quedarse en casa.

Tanto ella como Sergio trabajaban y Ruth estaba en el colegio, por lo que Ángel se sintió afortunado de poder disfrutar de una mañana a solas.

O así sería, si no fuera por aquel animal.

El hámster estaba escarbando en el serrín, sus pequeñas patas haciendo un ruido que en aquel momento le resultaba insoportable. ¿Por qué no podía estarse quieto? ¿No se suponía que era nocturno? ¡Debería estar durmiendo, no molestándolo!

Ángel soltó un gruñido y se tapó la cabeza con la sábana. Aquello no fue suficiente para amortiguar el sonido y, antes de que lograra dormirse, el hámster comenzó a correr en su rueda.

—¡Para! —gritó el niño, sentándose de golpe en la cama.

Por supuesto, el animal no se dio por enterado.

—¡Para, para, deja de hacer ruido!

El hámster seguía corriendo y Ángel se levantó y caminó hasta la jaula.

—¿Es que no me has oído, rata estúpida? ¡Te he dicho que pares!

Sus quejas seguían sin surtir efecto, por lo que Ángel abrió la jaula y agarró al hámster con fuerza.

Entonces se lo acercó a la cara, apretando y agitándolo mientras volvía a ordenarle que se callara.

El animal chilló de dolor y se retorció en un intento por liberarse.

El niño se detuvo, con los ojos abiertos de par en par.

¿Qué había sido eso?

El hámster estaba pataleando dentro de su puño, con la boca abierta, haciendo unos ruiditos que Ángel nunca había escuchado. Sin apartar la vista de él, apretó un poco más, curioso por ver cómo reaccionaba. El animal se agitó con mayor violencia, sus chillidos volviéndose desesperados.

—¿Eso te duele? —Ángel ladeó la cabeza— ¿Tú también tienes miedo?

Por un momento, la imagen de los peces en la charca cruzó por su mente.

Al igual que ellos, el hámster quería escapar de Ángel.

Pero no lo conseguiría, no iba a permitírselo.

No había nadie más en casa, así que podía hacer con él todo lo que quisiera.

Aquella idea provocó un extraño cosquilleo en su bajo vientre y una sensación de calor comenzó a recorrer su cuerpo.

Aunque no sabría explicar por qué, Ángel estaba seguro de que no tenía nada que ver con la fiebre.

—¿No quieres jugar? Porque yo sí. ¿Te gusta el laberinto? Juguemos al laberinto.

Ángel se acercó hasta el laberinto de cartón y se arrodilló frente a él, pero antes de soltar al hámster, volvió a mirarlo con atención.

—Pero no es divertido si lo haces así, eso ya te lo sabes. ¡Hagámoslo más difícil!

El niño agarró una de las patas del animal y tiró de ella hacia atrás, doblándola hasta que sonó un crujido y el hámster chilló. Estaba dispuesto a hacer lo mismo con las otras, pero cuando iba a por la tercera el animal le mordió con fuerza.

—¡Cabrón! —exclamó Ángel al dejarlo caer—. ¡Estúpido bicho! ¿Cómo te atreves?

Furioso, el niño volvió a coger al hámster, que se arrastraba por el suelo intentando huir de él.

Su mirada llameaba y el rostro se le contrajo en un gesto de odio que no parecía adecuado a su edad.

Entonces lanzó al animal contra la pared con todas sus fuerzas y tras caer al suelo comenzó a pisotearlo, una y otra vez, hasta que el hámster dejó de moverse.

Y entonces, todo se quedó en silencio. Por fin. Aquella rata no volvería a molestarlo con su corretear incesante y los chirridos de su rueda. Ángel se agachó frente a los restos para poder mirarlo más de cerca y una sonrisa torcida asomó en sus labios.

¿Por qué se sentía tan bien? ¿Por qué su respiración se agitaba, su corazón latía violento y su cuerpo temblaba de emoción?

¿Qué era aquel bulto que había aparecido en su entrepierna?

¿Por qué sentía tanto calor en esa área y el inexplicable impulso de frotarla?

Ángel comenzó a tocarse por encima del pantalón, sin saber bien lo que hacía, solo para darse cuenta de que aquello provocaba un cosquilleo muy agradable.

Con la otra mano, le dio vueltas al hámster, contemplando ensimismado el resultado de su obra.

Los pisotones lo habían aplastado, desfigurando su cuerpecillo y formando un pequeño charco de sangre a su alrededor.

Sus órganos debían haber estallado o algo así, pensó el niño mientras aumentaba la presión y velocidad de sus caricias.

¿Le habría dolido mucho? ¿Cuánto miedo habría sentido?

¿En qué había pensado antes de morir? Si es que aquel bicho podía pensar en algo, claro.

Parecía demasiado tonto y simple para eso.

—¿Ves lo que pasa, rata estúpida? —dijo el niño entre jadeos—. ¿Lo que pasa… Cuando… Cuando no me obedeces?