¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1220h
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15 de abril, 2023. 1220h

Iba a matarlo, ¿verdad? Después de lo que le había contado, no lo dejaría vivir, era demasiado arriesgado.

Miguel se retorció, luchando contra las ataduras.

Necesitaba soltarse, quitarse la mordaza y dar la voz de alarma.

Tal vez estuviera encerrado en casa y sin teléfono, pero si gritaba lo suficiente, lograría atraer la atención de algún vecino y que llamaran a la policía.

No podía permitir que Ángel se saliera con la suya.

Sabía que había algo extraño en él, una oscuridad indefinida que había logrado percibir desde el principio.

Siempre tuvo claro que no era conveniente acercarse.

Aun así, nunca se había planteado que su corrupción pudiera ser tan profunda.

¿Cómo imaginarlo? Una cosa era tener un lado agresivo, deshonesto, peligroso y dominante, y otra muy distinta ser un monstruo desalmado.

Porque eso era, ¿no? Solo un monstruo disfrutaría haciendo cosas tan horribles y se mostraría así de tranquilo ante los resultados.

Sin embargo, Ángel no estaba tranquilo. No, se encontraba furioso.

La sangre que le caía a Miguel por la barbilla lo evidenciaba.

Estaba molesto al punto de casi estrangularlo.

Aquello había ido en serio. No era una amenaza, ni una broma, ni siquiera una forma de hacerle daño.

Había intentado matarlo de verdad, Miguel lo vio en sus ojos.

Qué lo había detenido al final era algo que el joven no sabría decir.

Quizás aún lo necesitara. Pero ¿para qué?

Ya le había contado lo que ocurrió la noche anterior y estaba seguro de que Ángel tenía suficiente capacidad para pensar por sí mismo en cómo deshacerse del cadáver y las pruebas.

Aquel pensamiento lo estremeció. A lo mejor hasta ya tenía experiencia previa.

¿Quién sabe? Puede que esa no fuera su primera víctima.

Miguel cerró los ojos. Su respiración se había acelerado y una sensación de ahogo comenzaba a invadirlo.

Era difícil respirar con un calcetín en la boca y la nariz rota, perder el control sobre sí mismo y sufrir un ataque de pánico no le ayudaría.

Necesitaba centrarse. Si no mantenía la calma, sería incapaz de liberarse antes de que Ángel volviera y una vez que el chico estuviera allí, ya no podría defenderse.

No, no había más víctimas. Si las hubiera, Ángel no se habría sorprendido tanto ni habría acudido a él y estallado de esa forma.

Se habría limitado a seguir su rutina habitual.

Aquello debía ser nuevo. Y aunque su compañero le había confesado esos deseos tan perturbadores, también le dijo que nunca había tenido la intención de llevarlos a cabo.

Eso significaba que no era tan malo, ¿verdad?

Miguel arrugó la frente y volvió a abrir los ojos.

Sí, no sería tan malo, si fuera cierto. ¿Cómo iba a creer nada de lo que le dijera Ángel?

Después de lo que le había hecho, de cómo lo había tratado, joder, de presentarse allí con un cadáver en una maleta, era difícil aceptar sus palabras.

Le pegó una paliza, lo humilló, lo estranguló y amenazó con violarlo, no era la mejor manera de recobrar su confianza tras una confesión tan grave.

Incluso teniendo buenas razones para estar enfadado con él, nada justificaba lo que había pasado esa mañana.

Lo culpaba por lo ocurrido y, hasta cierto punto, Miguel sentía que tenía razón.

Vale, que Ángel matara a esa chica era responsabilidad suya, él no tenía nada que ver, ni siquiera estaba allí.

Pero quizás fuera cierto. Puede que si hubiera detenido a su prima, nada de aquello hubiera ocurrido.

En eso Ángel no le había mentido, en el momento en que empezó a beber algo cambió y las cosas se salieron de control.

Y eso no había sido decisión de su amigo, fueron su prima y él los que lo dejaron sin opciones.

Si Ángel sabía que era peligroso y tomaba medidas para evitar hacer daño a otros…

¿Era culpa suya que esa chica estuviera muerta o Miguel y Noah deberían considerarse también responsables?

Un maullido interrumpió sus pensamientos.

Iskra había entrado en el salón y ahora lo observaba sentada en el suelo frente a Miguel, sus ojos dispares clavados en él con intensidad.

Casi parecía entender que algo iba mal. Al chico se le escapó un sollozo.

La presencia de su gata lo trajo de vuelta a la realidad.

¿Qué tonterías estaba pensando? ¿No tenía ya bastantes cosas por las que sentirse culpable?

No podía cargarse con aquello también, no esta vez.

No lo soportaría. Eso era lo que Ángel quería.

Responsabilizarlo a él, para así no tener que lidiar con las consecuencias de sus actos.

Porque Ángel también se sentiría culpable, ¿no?

Lo contrario resultaba mucho más terrorífico.

Iskra se había acercado a la maleta y ahora caminaba a su alrededor, olisqueándola con curiosidad.

Miguel deseó poder gritarle que se apartara, sacar aquel objeto de su vista y borrar esa mañana para siempre, pero sus intentos quedaron ahogados por la mordaza.

Se sentía tan patético. Ni siquiera una primera impresión tan clara había servido para disuadirlo.

El chico perfecto era un monstruo. Había algo cruel, violento y burlón tras su sonrisa y una frialdad estremecedora en sus ojos claros.

Esta certeza instintiva era lo que lo había atraído hacia él, lo que le había hecho creer que por fin encontraría a alguien lo bastante roto y perturbado para entenderlo y aceptarlo.

Había sacrificado su seguridad en aras de alcanzar ese deseo imposible de ser visto por primera vez como lo que era realmente.

Y ahora estaba allí, atado y amordazado, encerrado en su propia casa, mientras su gata ronroneaba acostada sobre una maleta que contenía el peor de los secretos, quizás el único que Miguel se veía incapaz de tolerar.

«¿No es eso un poco hipócrita?».

El pensamiento apareció de repente, pero una vez allí, Miguel fue incapaz de deshacerse de él.

Había soñado con acercarse a Ángel lo suficiente, confiar en él hasta el punto de hacerle la confesión más dolorosa de todas, creyendo que el joven lo comprendería, sin embargo, él se sentía incapaz de ofrecerle lo mismo.

No, no era igual, porque Miguel no quería que ocurriera. Fue un error, un error que pagó demasiado caro. Y no había disfrutado con ello.

«¿Seguro?».

En esta ocasión, las lágrimas que rodaron por sus mejillas no tenían nada que ver con su compañero.

Miguel sintió que se estaba volviendo loco.

Deseaba odiar a Ángel, soltarse, huir y nunca mirar atrás.

Pero a la vez ansiaba recibir el castigo que su antiguo amigo tuviera preparado para él.

¿Acaso no lo merecía? ¿No llevaba años buscando pagar por su crimen?

¿No trataba de destruirse día a día, de forma lenta, interminable, aislándose, bebiendo, odiando el reflejo con el que cruzaba la mirada cada mañana?

¿No se había acercado a Ángel porque sintió en él un atisbo de peligro, la llamada del barranco que lo impulsaba a saltar?

Y si debía morir porque el chico del que se había enamorado era un asesino, ¿no sería eso justicia poética?

Si Ángel deseaba matarlo, si decidía perdonarlo y pedía su ayuda, si quería mantenerlo a su lado y convertirlo en su marioneta…

¿De verdad Miguel pensaba resistirse? ¿Tenía derecho a ello?

Tal vez había llegado el momento de ceder el control y aceptar su destino.

Miguel estaba agotado. Hiciera lo que hiciera Ángel, puede que no tuviera más opción que entregarse a él.

Una risa desquiciada se le escapó entre los labios, convertida en un murmullo por el calcetín que oprimía su lengua. Sí que era patético, sí. Porque, llegados a ese punto, la perspectiva de lo que podía ocurrirle ni siquiera le parecía tan mala.