¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 0925h #6
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15 de abril, 2023. 0925h #6

—No lo sé —respondió Ángel con sinceridad—. Te lo he dicho. No recuerdo nada de lo que pasó. Estaba hablando contigo y con Noah y de pronto desperté en la habitación de un hotel, con una resaca de la leche y un cadáver en el suelo.

—¿Y no sabes quién es? La chica, digo. ¿Cómo se llama?

—No lo sé.

—Joder, Ángel. ¿La has matado y ni siquiera sabes su nombre?

—No me parece que ahora mismo sea un dato muy relevante.

Miguel negó con la cabeza.

—Ni siquiera te importa, ¿verdad?

Ángel se encogió de hombros. ¿Por qué iba a mentirle?

—Me importe o no, ¿acaso cambia algo?

—Sí —suspiró Miguel—. Lo cambia todo.

Al mayor aquello le pareció absurdo. Que supiera su nombre o se preocupara por quién había sido su víctima en vida no la iba a traer de vuelta. Sin embargo, no dijo nada. No tenía ganas de discutir esos matices con Miguel.

Tras un rato de silencio reflexivo, su amigo volvió a hablar.

—¿Crees que la estarán buscando?

—Supongo. A no ser que nadie esperara encontrarse con ella hoy. Esta maleta estaba en el hotel y tenía un montón de ropa. No sé, tal vez estaba de vacaciones sola.

—Deberíamos tratar de averiguarlo, ¿no? Si la esperaban, puede que os hayan visto juntos. O que ella le hablase anoche sobre ti a alguien. ¿Y si os hicisteis alguna foto? ¿Has comprobado eso?

Ese sí era su Miguel. Por fin se había dejado de sentimentalismos y empezaba a colaborar.

—Qué va. Limpié la habitación, la lavé a ella y luego vine aquí directamente. Necesitaba que me explicarás qué pasó ayer. Pero tengo su móvil, deja que le eche un ojo.

Ángel sacó el teléfono y entonces frunció el ceño.

Tenía bloqueo de huella dactilar, lo cual no suponía un problema, los dedos que le darían acceso estaban justo ahí.

Lo que le molesto fue el porcentaje de batería.

Un cinco por ciento. Si se ponía a revisarlo, era probable que se apagara y le complicara bastante las cosas.

—¿Tienes un cargador?

—Solo de iPhone.

—Por supuesto. Puto rico. —masculló Ángel entre dientes.

¿Qué debía hacer? ¿Le daría tiempo a descubrir si la chica había hablado con alguien sobre él?

¿A revisar su galería y leer los mensajes?

¿Mirar el registro de llamadas? Podía obtener mucha información del móvil, pero no creía que aguantase el tiempo suficiente.

No le quedaba más remedio que ir a comprar un cargador.

Por suerte, había un bazar a menos de dos minutos de casa de Miguel. Podía ir y volver sin miedo.

—Miguel, ¿dónde tienes tu móvil?

Su amigo dudó un momento antes de responder. No parecía muy ilusionado con colaborar, aunque lo más seguro es que a esas alturas ya empezara a comprender que no había otra salida. Después de todo, aún seguía atado.

—En la mesita de mi habitación, ¿por?

Ángel no tardó en encontrarlo y regresar al salón. Miguel seguía todos sus movimientos con la mirada, la frente arrugada por la confusión y la sospecha.

—¿Y las llaves de casa?

—Están puestas en la puerta. ¿Qué piensas hacer? ¿Ángel?

Ignorando sus preguntas, el mayor se acercó a comprobarlo. Uno vez tuvo las llaves en su poder, cogió la cinta aislante y se acercó a Miguel.

—Creo que es buena idea revisar el móvil y aprecio tu ayuda.

Pero casi no tiene batería y eso es un problema, así que esto es lo que va a pasar.

Voy a bajar un momento a comprar un cargador y tú esperarás aquí.

Luego averiguaremos todo lo que podamos y decidiremos qué hacer a continuación. ¿Te parece bien?

Miguel asintió con un entusiasmo que resultaba excesivo. Tal vez había creído ver en aquella propuesta su oportunidad para escapar, pero Ángel se aseguraría de que no fuera así.

—El caso es que —continuó el estudiante mientras se arrodillaba frente a su compañero— no puedo confiar en ti. No todavía. Por eso voy a tener que tomar algunas precauciones. Espero que lo comprendas.

—¿Qué…

Pero Miguel se calló de golpe cuando Ángel le agarró las piernas y comenzó a atarlas con la cinta aislante. Dio varias vueltas y se aseguró de apretar bien, ante la mirada asustada de su amigo.

—¡Vamos, Ángel! Esto no es necesario. Te juro que no voy a ir a ningún sitio. Por favor, suéltame.

—Me llevaré tu teléfono y las llaves de casa. Por si acaso. Aun así, me da miedo que seas demasiado ruidoso.

—¿Ruidoso? ¿Yo? Sabes que eso no es así.

—Normalmente sí, pero hoy los dos estamos actuando fuera de nuestro rol habitual, ¿no?

Antes de que Miguel pudiera responder, Ángel le quitó un calcetín y trató de metérselo en la boca.

Como era de esperar, su amigo no se lo puso fácil.

El joven apretó los dientes y agitó la cabeza para evitar ser silenciado.

Al final, a Ángel no le quedó más remedio que taparle la nariz.

Sin embargo, no tuvo que esperar a que Miguel se quedará sin aire, ya que el dolor que le provocó fue suficiente para arrancarle un grito.

Ángel aprovechó y le metió el calcetín en la boca, aunque intentó no introducirlo demasiado profundo.

No quería que Miguel se asfixiara por error.

Tras ello, aseguró la mordaza con cinta aislante.

—Muy bien, eso está mejor. Sé que es molesto, pero no tardaré demasiado. Mientras tanto, pórtate bien, ¿eh?

Ángel recalcó sus palabras dándole una palmadita suave en la mejilla. Estaba siendo irónico, pero no pudo evitarlo. ¿Cómo contenerse cuando Miguel lo miraba con esa mezcla de rabia, miedo y dolor? Burlase de él en ese momento resultaba demasiado divertido.

Tras echar un último vistazo alrededor, Ángel salió del piso y cerró la puerta con llave.

Bien, todo estaba bajo control. Miguel no sería capaz de soltarse, no le daría tiempo.

Y aunque lo hiciera, no tenía teléfono y estaba encerrado en su propia casa.

Solo necesitaba comprar el cargador y entonces resolverían aquel asunto y podrían olvidarlo.

Con esta determinación en mente, Ángel dejó atrás el edificio. En su expresión tranquila y su andar seguro ninguna de las personas con las que se cruzó podría sospechar el horror que acababa de dejar a sus espaldas.