15 de abril, 2023. 0925h #4
¿No se daba cuenta del efecto que producía aquello en él?
Cuanto más lloraba, más deseaba hacerle sufrir.
Ángel quería tranquilizarse, quería recobrar el control y tener una charla amistosa con Miguel, pero mientras siguiera mostrando ese aspecto tan desvalido, no podría enfocarse en otra cosa que no fuera herirlo.
Hasta ese momento nunca se había planteado violar a un hombre, las insinuaciones de antes ni siquiera iban en serio, solo quería asustarlo.
Sin embargo, si Miguel continuaba así, no iba a poder resistirse, acabaría bajándole los pantalones y tomándolo a la fuerza.
Ángel se fue a la cocina y llenó un vaso de agua.
Eso era suficiente. Ya le había dado una lección, lo había puesto en su sitio.
No hacía falta ir más allá. Después de todo, Miguel era su amigo.
El joven cerró los ojos y respiró despacio, mientras trataba de poner en orden sus pensamientos.
Sí, eran amigos. Amigos de verdad. Había llegado a apreciarlo.
Tenía que centrarse en ese sentimiento. Estaba allí, era real.
Débil, apenas perceptible, pero existía.
Si se aferraba a él, podría dominar su rabia y perdonar a Miguel.
Podían trabajar juntos para arreglar el problema.
Y cuando acabaran, todo volvería a la normalidad.
Aunque, por supuesto, después de su pequeño arrebato, tendría que darle un par de explicaciones al chico.
A Ángel se le escapó una sonrisa carente de alegría.
Hacía mucho que se preguntaba cómo reaccionaría Miguel si le mostraba al monstruo y le contaba la verdad sobre sí mismo. Bien, estaba a punto de averiguarlo.
Había estado muchas veces en aquella casa, así que no le costó encontrar el papel de cocina y un paño.
También abrió el congelador, en busca de algo con lo que ayudar a bajar la inflamación de los golpes.
El paquete de guisantes que encontró al fondo serviría.
Ángel llevó todo al salón y regresó junto al joven, que seguía sollozando en el suelo.
El estudiante contuvo un suspiro. No se lo estaba poniendo nada fácil.
—Vamos al salón, hablaremos allí.
Miguel no reaccionó ante sus palabras y tampoco parecía dispuesto a moverse, por lo que a Ángel no le quedó más remedio que agarrarlo con ambas manos y obligarlo a levantarse.
Su amigo trastabilló todo el camino hacia el salón, pero no hizo ademán de resistirse.
Una vez lo hubo sentado en el sofá, Ángel se dejó caer a su lado y empezó a limpiarle la sangre de la cara con el papel de cocina.
Miguel se encogió ante el contacto y soltó un gemido quedo.
—Quieto, solo voy a limpiarte un poco —dijo Ángel con suavidad—. Tienes que tranquilizarte, Miguel, o puede que pierda el control otra vez.
No quería que sonase como una amenaza, era solo un hecho a tener en cuenta, sin embargo, entendía que no resultara reconfortante.
En realidad no importó, porque Miguel no estaba escuchándolo.
Se encontraba demasiado sorprendido y angustiado para prestar atención a nada de lo que decía Ángel.
En otras circunstancias habría estado dispuesto a darle tiempo para recobrarse de la impresión, pero llegados a ese punto no le quedaba paciencia suficiente para ello.
El joven cogió el paquete de guisantes y lo envolvió en un paño, antes de presionarlo cerca del ojo izquierdo de Miguel. Su amigo siseó y le lanzó una mirada aterrada.
—¿Qué… qué haces?
—Para la hinchazón… —respondió Ángel con cierta dejadez—. Cuanto más tiempo lo dejes pasar, peor.
Miguel no parecía haberlo entendido. Estaba mirándolo sin verlo, se dio cuenta Ángel. Le había hablado, sí, pero todavía no estaba del todo centrado en sí mismo. Su mente, que solía ser bastante ágil, en esos momentos parecía moverse con excesiva lentitud.
—Mi nariz… —murmuró entonces Miguel, conteniendo un sollozo—. Me duele mucho.
—Es normal —asintió Ángel tras presionar la zona en la que se torcía y provocar un nuevo gemido a su amigo—. Creo que está rota.
—¿Rota? No me jodas…
—Bueno, no te preocupes. Si te queda mal, tienes dinero de sobra para arreglártela. Seguro que tus papis te pagan la cirugía.
—¿Qué? —Miguel frunció el ceño. Entonces su expresión cambio. Una mezcla de rabia, dolor y miedo se dibujó en su rostro—. ¿Qué coño pasa contigo?
Por fin, ahí estaba Miguel. Justo cuando empezaba a pensar que lo había dejado tonto a golpes. Ahora que le prestaba atención, podrían aclarar toda la situación.
—Eso mismo me gustaría preguntarte. Tú has empezado esto.
—¿Yo? Estás loco. Estás completamente loco —Miguel se retorció, tratando de liberar sus muñecas—. Sí, lo que te hice fue una putada, pero no tienes derecho a hacerme esto. Me has roto la nariz y… y… ¿Por qué estoy atado? Vamos, Ángel, suéltame, no tiene gracia.
—No pretendía que la tuviera.
Miguel se estremeció ante la frialdad en el tono de su compañero. Aunque quería mostrarse enfadado, era obvio que el miedo todavía lo dominaba. Que curiosa emoción aquella. Cómo contraía las facciones del joven y lo forzaba a elegir con cuidado sus palabras.
—¿Qué quieres de mí? —dijo por fin Miguel.
—Hablar, solo eso. Que me cuentes qué pasó ayer exactamente. Con tanto detalle como puedas.
—Vale, pero ¿por qué no me sueltas? Vamos, Ángel, esto no es necesario. Me está cortando la circulación.
—Te soltaré, te lo prometo —contestó el mayor—. Cuando sepa que no vas a hacer nada estúpido.
—¿Qué iba a hacer? Esto es ridículo. Ya lo pillo, estás cabreadísimo, pero si sigues así…
—Si sigo así, ¿qué?
Miguel enmudeció y apartó la vista antes de volver a hablar.
—Creía que éramos amigos…
¿De verdad iba a jugar esa carta? Intentar manipularlo apelando a su amistad… Adorable. Ángel le dedico una sonrisa torcida.
—Yo también. Y ese ha sido mi error. Confié en ti y a cambio me has jodido la vida. Supongo que en parte es culpa mía, no debí bajar la guardia, ni siquiera contigo. Eso es lo que pasa cuando confías en la gente, ¿sabes? A la mínima oportunidad te apuñalan por la espalda.
—Venga, Ángel. Tampoco es así. Sé que no debimos hacerlo y lo siento muchísimo, pero ¿joderte la vida? Eso es demasiado. Además, lo que me has hecho… No está bien. Nada de esto está bien. Joder...
De nuevo, la culpa brillaba en los ojos de Miguel, que en ese momento parecía más triste que enfadado.
Ese chico era increíble. Acababa de pegarle una paliza y aun así lo miraba con cara de pena, la súplica grabada en su rostro mientras hablaba.
Bien, tal vez Ángel pudiera usar aquello en su beneficio.
—Te lo he dicho. Ayer pasó algo muy malo. Horrible. No te haces a la idea. Por eso necesito que me digas todo lo que recuerdas. Es importante que lo sepa.
—¿Pero qué es lo que pasó? ¿Qué es eso tan horrible?
—Oh, te lo contaré, no te preocupes. Pero tú primero. No quiero condicionarte.
—No pasó gran cosa… —murmuró Miguel tras un momento de reflexión—. Noah te echó algo en la bebida, no sé el qué. Eso sí, me prometió que era seguro.
—¿Seguro? Ninguna de las mierdas que os metéis es segura.
—Se suponía que ayudaría a que te soltaras, nada más. Noah me dijo que te pondrías contento y serías capaz de dejarte llevar. La idea era que te desinhibieras un poco para…
—¿Para qué? —lo apremió Ángel ante su pausa taciturna.
—Para ser tú mismo. Es algo que los dos habíamos notado. Siempre parece que estás conteniéndote, como si te reprimieras. Queríamos que te liberaras, que por una vez estuvieras de verdad con nosotros.
—¿Qué pasa? ¿Si uno no se emborracha y se droga cada vez que sale de fiesta significa que está reprimido? ¿Es eso?
—No, para nada. —Miguel suspiró y apartó la vista—.
No es por eso, sino por cómo actúas con las chicas.
Vamos, Ángel, no tiene sentido. Hablas con ellas, tonteas, parece que te gustan y luego…
Te largas. Sin más. ¿Por qué? Parece que quieres, pero eres incapaz de ir más lejos.
Sin embargo, siempre te niegas a contarme qué pasa.
Pensé que si te soltabas un poco, a lo mejor estabas dispuesto a hablar conmigo.
O superabas ese miedo que te frena o qué sé yo.
Tal vez no se diera cuenta, pero con aquello Miguel solo estaba empeorando la situación.
¿Por qué tenía que ser tan entrometido? ¿Acaso era asunto suyo?
Sí, Ángel se contenía con las chicas, por supuesto.
Existía un buen motivo, la prueba estaba dentro de la maleta que descansaba en la entrada.
Lo peor de todo aquello no era el egoísmo de Miguel al intentar forzarlo a hablar con él de ese tema o a cambiar su actitud con las mujeres, era el paternalismo que encerraba toda su actuación.
Como si él supiera lo que convenía a Ángel más que el propio afectado.
—¿Ese es el motivo? ¿Por eso me drogasteis? ¿Para que me soltara? ¿Ya está?
—Sí…
Ángel se puso en pie y comenzó a caminar a zancadas por la habitación.
No podía quedarse quieto ni mirar a Miguel o lo mataría.
Un millar de imágenes violentas cruzaron por su mente en un instante, acompañadas de una sensación de quemazón en la boca del estómago que le ascendía por la garganta.
Una sola palabra más sobre la estupidez que habían hecho y estrangularía a Miguel con sus propias manos, esta vez hasta el final.
Por suerte, su amigo fue lo bastante inteligente como para permanecer callado.
—Supongo que lo que dije antes era cierto, ¿no? —escupió Ángel—. Que deje de reprimirme, a ver si con un poco de suerte acabo liado contigo o con tu querida primita. O con los dos a la vez, a saber qué cerdadas se os pasaban por la cabeza.
—¡Qué va, tío! —Miguel pareció horrorizado ante la insinuación, como si lo que había hecho no fuera ya de por sí bastante malo—. Ni siquiera pensaba dejar que te liases con nadie, no estabas en condiciones. Pero luego pasó aquello y…
—¿Qué? ¿Qué es lo que pasó? ¿Me solté y no te gustó lo que viste, así que me dejaste tirado?