¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 0925h #3
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15 de abril, 2023. 0925h #3

Ángel forzó una carcajada, sin apartar los ojos de Miguel.

Su amigo mantenía la cabeza gacha, evitando de forma deliberada su mirada, todo su cuerpo emanando la tensión propia de quien oculta un secreto vergonzoso.

Aquello no era buena señal y Ángel no tardó en notar la chispa de la rabia encendiéndose en su estómago.

—¿Estás solo en casa?

—¿Eh?

—Digo que si estás solo. —Ángel dio un paso hacia Miguel, invadido por la ansiedad anticipatoria al ver cómo el estudiante se encogía—. ¿No está por aquí tu prima o algo?

—Ah, no, que va. Noah está en su casa. Yo volví solo. ¿Por? ¿Querías verla a ella?

—Tal vez luego. Antes quería hablar contigo. Miguel, ¿no tienes nada que decirme?

Estaba intentando ser amable. Paciente. Si su amigo confesaba, tal vez pudiera perdonarlo.

Quizás fuera capaz de frenar al monstruo, ¿no?

Aunque con cada segundo que pasaba, le iba pareciendo más complicado.

Miguel era tan obvio que resultaba insultante.

Con los ojos clavados en el suelo y los labios apretados era la viva imagen de un niño al que sus padres han pillado haciendo algo malo.

Las ganas que tenía Ángel de abalanzarse sobre él y sacarle la verdad a golpes eran cada vez más difíciles de contener.

—Qué va… —respondió por fin Miguel—. No he desayunado aún, ¿quieres tomar algo? Me muero de hambre.

—El caso es que —dijo Ángel, ignorando el intento de su amigo de cambiar de tema— yo también estoy resacoso. Eso es muy raro, ¿no te parece?

Por supuesto, Miguel no respondió. ¿Qué iba a decir?

—Pero lo peor de todo es que ni siquiera me acuerdo de a qué se debe. Sé que estaba hablando con Noah y contigo, que mi bebida sabía raro y entonces… Nada. ¿Tienes idea de lo que ha podido pasar?

Ángel dio otro paso hacia Miguel mientras hablaba, hasta que estuvo a escasos centímetros de él.

Se dedicó a mirar en silencio al joven con expresión severa.

Miguel lo sabía todo. Estaba metido en aquello hasta el fondo.

El chico temblaba y no fue necesario que dijera nada para confirmárselo.

Sin embargo, lo hizo. Tras unos instantes más de quietud, la entereza de Miguel se esfumó y su amigo comenzó a balbucear una confesión cargada de angustia.

—Lo siento, Ángel, lo siento muchísimo. —Sus temblorosas palabras eran sinceras, de eso no cabía duda—.

No sé en qué coño estaba pensando. Bueno, fue idea de Noah, yo no quería.

Le dije que era una locura. Te lo iba a decir, te lo juro.

Pero no sé qué me pasó. Joder, soy gilipollas.

Se me fue la cabeza. Me callé y… Y tenía que haberme quedado contigo.

Aunque después de beber empezaste a comportarte como un capullo, pero aun así, tenía que haber seguido a tu lado hasta el final.

¿Y si hubiera pasado algo? He estado dándole vueltas toda la noche.

Te llamé, pero no lo cogías. Joder, podía haber ocurrido algo muy malo.

Lo que hicimos estuvo fatal. Lo siento, lo siento…

Ángel ya no lo escuchaba. Lo sabía. Aquel cabrón lo había traicionado. ¿De verdad tenían tantas ganas de verlo borracho? ¿Tan divertido le parecía? Debería matarlo. No se merecía otra cosa.

—Tienes razón —siseó Ángel con frialdad, interrumpiendo la verborrea de Miguel—. Lo que hiciste estuvo fatal. Porque sí, anoche pasó algo malo. Algo muy, muy malo.

—¿Qué? —Miguel por fin lo miró, sus ojos abiertos en un gesto horrorizado—. ¿Qué pasó, Ángel? ¿Estás bien?

Pero el mayor no respondió. En su lugar, le asestó un puñetazo con todas sus fuerzas.

Por un momento fue como estar en el ring, practicando combate con sus compañeros.

Solo había un problema. Miguel no era lo que se dice un deportista y Ángel llevaba años yendo a clases de boxeo.

Por eso la defensa del más joven consistió en levantar los brazos para protegerse la cara y no fue capaz de soportar de pie el segundo golpe, directo a su estómago.

Miguel se dobló hacia delante y cayó sobre sus rodillas con un gemido, sus ojos llorosos miraron a Ángel con confusión.

¿Qué esperaba? ¿Que lo perdonara y ya está?

El siguiente golpe fue a parar a su nariz, que se torció con un crujido bajo su puño, arrancándole un grito a Miguel.

Ah, sí, tranquilo, Miguel, no pasa nada.

Me has drogado y he acabado matando a alguien por tu culpa, pero no te preocupes.

Ángel empujó a su amigo contra el suelo y comenzó a patearlo.

Como has pedido perdón, todo solucionado. Finjamos que no ha ocurrido nada.

Miguel se encontraba ovillado en posición fetal, cubriéndose la cabeza con ambos brazos, incapaz de huir de la incesante lluvia de golpes.

Por algún motivo, a Ángel aquello le resultó muy molesto.

Le apetecía mucho pisotearle la cara hasta desfigurársela y aquel cabrón no se lo estaba permitiendo.

Bueno, para algo había comprado la cinta aislante.

La sacó de la bolsa y regresó junto a Miguel, que no paraba de sollozar y gimotear.

—Ven aquí, capullo —gruñó Ángel mientras lo forzaba a tumbarse bocabajo y se sentaba a horcajadas sobre él.

—Ángel… Para, para, por favor. ¿Qué estas… qué estás haciendo?

Aquel murmullo dolido no logró despertar ni un ápice de compasión en Ángel. Al contrario, solo lo hizo sentir más ansioso. Miguel estaba suplicando, pero a la vez había comenzado a retorcerse bajo su cuerpo, luchando por evitar que el que había sido su amigo le atase las muñecas tras la espalda.

—Estate quieto, maricón de mierda, o te juro que te mato.

La amenaza pareció surtir efecto, ya que Miguel se quedó paralizado.

Ángel aprovechó para terminar de atarlo, apretando con fuerza suficiente para hacerle daño.

Tal vez lo que le había afectado tanto no fue la amenaza, se le ocurrió entonces.

Aquel insulto debía haberle dolido mucho.

Ya imaginaba que Miguel tenía problemas con esa parte de sí mismo.

¿Por qué si no nunca le había hablado de ello?

El corazón de Ángel aleteó emocionado ante la posibilidad de hacer daño sin siquiera utilizar los puños.

—¿Acaso no es esto lo que querías? —Ángel se apartó y le dio la vuelta a Miguel, solo para volver a colocarse sobre él en cuanto lo tuvo tumbado sobre la espalda— ¿No me drogaste pensando que así conseguirías que te follara? ¿Era eso lo que ibas buscando, maricona?

Miguel estaba aterrado, no hacía falta ser muy perceptivo para darse cuenta.

Tenía la nariz torcida, los labios rotos y el rostro cubierto de sangre, una marca en el pómulo derecho y el ojo izquierdo hinchado.

Las lágrimas le corrían sin descanso por las mejillas y sus pupilas dilatadas le lanzaban una súplica silenciosa.

Ángel sintió un escalofrío de placer recorrer todo su cuerpo.

En ese momento, Miguel le pareció más interesante que nunca.

Sobre todo porque se veía tan herido, y no solo a nivel físico.

No, el dolor que contrajo su gesto no fue provocado por los golpes, si no por las crueles palabras de su amigo.

—Pues es tu día de suerte… —espetó Ángel, antes de agarrar el elástico de los pantalones de Miguel y empezar a tirar hacia abajo.

El chico por fin reaccionó.

—¡No! No es nada de eso, Ángel, ¡te lo juro! Yo no soy así… No es así… Por favor, basta. Por favor.

Ángel lo abofeteó, acallándolo de golpe. El cosquilleo que sentía en la punta de los dedos y el calor que se acumulaba en su bajo vientre le habían nublado el juicio por completo y ya ni siquiera pensaba en lo que hacía.

—¿No es así? ¿Entonces? —Ángel le rodeó el cuello con las manos, disfrutando de la sensación del pulso latiendo bajo su piel—. ¿Es que la zorra de tu prima y tú pensabais que si estaba lo bastante borracho me montaría un trío con vosotros, par de degenerados?

Antes de que Miguel pudiera responder, Ángel comenzó a apretar.

Lo mataría, se lo merecía. Y disfrutaría cada momento de ello.

Verlo boquear resultaba divertido, pero que no dejara de retorcerse bajo su cuerpo era el culmen de lo excitante.

Por un momento deseó lamer la sangre que le corría por la barbilla y mordisquearle los labios hasta que estuvieran hechos trizas.

Sin embargo, Ángel se contuvo, demasiado embelesado en la expresión horrorizada y agónica de Miguel como para apartar los ojos de ella.

¿Había entendido ya lo que estaba ocurriendo? ¿Sería consciente de que iba a morir?

«Así que no iba a pasar de nuevo, ¿eh?».

Aquella voz burlona le hizo fruncir el ceño. El mismo monstruo que lo impulsaba a causar estragos se reía de su incapacidad para contenerse. ¿Qué iba a hacerle? La culpa era de Miguel. Miguel lo había provocado. Él y su prima eran los responsables. Miguel…

Ah, maldita sea. ¿Qué demonios estaba haciendo?

—¡Joder! —exclamó rabioso antes de soltar al joven y levantarse—. Joder, joder, joder.

Lo último que necesitaba era otro muerto del que ocuparse.

¿Es que se había vuelto loco? ¿Se había esforzado tanto por borrar todo lo que lo relacionaba con la chica solo para ir y asesinar a su mejor amigo?

Matar a un conocido era estúpido. La policía se lanzaría a por él.

Además, aún no sabía nada de la noche anterior.

¿En qué momento empezó a hablar con la chica?

¿Quién los vio irse juntos? ¿A qué se refería Miguel cuando dijo que se portó como un capullo?

¿Y si había hecho algo más? ¿Y si había testigos?

No podía matar a Miguel, tenía mucho que preguntarle.

Por poco que le gustara, iba a necesitar su ayuda para resolver aquel lío.

En cuanto lo soltó, Miguel había comenzado a toser y jadear en busca de aire, sin dejar de sollozar ni por un solo instante. Ángel le lanzó una mirada de desprecio, todavía temblando de rabia.

—Puto maricón, deja ya de lloriquear, no voy a matarte.