¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 0925h #2
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15 de abril, 2023. 0925h #2

¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Es que se había vuelto loco? Ángel se levantó y salió del baño con una mueca. No. Anoche había cometido un terrible error, pero eso se acabó, no iba a repetirlo. Debía adherirse al plan inicial y terminar con aquello cuanto antes.

«Pero esta es tu única oportunidad, sería una lástima desaprovecharla. Después de todo, ella ya está muerta. ¿Cuándo vas a poder experimentar algo así de nuevo? Porque esto no va a volver a ocurrir nunca, ¿verdad? O tal vez…».

No. No, no, no. No volvería a ocurrir. No podía arriesgarse, no iba a tirar todo su esfuerzo por la borda.

Ángel daba vueltas por la habitación, evocando la imagen de un animal enjaulado.

Y así era como se sentía. Siempre conteniendo su instinto, poniéndose unos grilletes que a duras penas lo sujetaban.

¿Todo para qué? Nada de lo que hacía le traía sosiego, nada satisfacía aquella ansiedad que amenazaba con desbordarlo.

El joven frenó de golpe. Pero él no era un animal.

Podía controlarse. Al menos, lo suficiente para salir del hotel.

Quedarse allí más tiempo era peligroso. Tenía que terminar de arreglar la habitación, luego se llevaría el cuerpo y…

Entonces vería lo que ocurría. No necesitaba precipitarse.

Había un plan, los planes son importantes.

Los planes le ayudaban a orientarse y mantenerse en su sitio.

Además, ya había limpiado el cadáver. Si hacía algo ahora, tendría que volver a lavarlo y ducharse.

Eso sería una auténtica molestia. No merecía la pena.

Decidido a no pensar más, cogió las bolsas de basura y se dirigió a la maleta.

Tal y como imaginaba, estaba llena de ropa.

¿Significaba eso que la chica no era de allí?

¿Estaría de vacaciones en Salamanca? Esa sería una buena noticia, la primera de esa mañana.

Si venía de fuera, no la habrían reconocido aunque la hubieran visto irse con él.

Y si ya estaba en ese hotel desde antes, era probable que la habitación estuviera a su nombre y nada relacionara a Ángel con aquel lugar.

Quizás aún la tuviera reservada para varios días y tardaran en darse cuenta de su ausencia.

Ángel no tardó en vaciar la maleta y llevarla hasta el baño.

Por supuesto, la chica estaba tal y como la había dejado, tirada en el suelo con las piernas abiertas y los brazos torcidos en una posición poco natural.

La palidez cérea de su cuerpo y aquellos labios hinchados murmuraban una dulce melodía que Ángel se vio obligado a ignorar.

Sin pararse a mirarla, el joven la levantó y la metió dentro de la maleta.

La chica era delgada y bajita, así que no debería darle problemas, sin embargo, no fue tan fácil como había imaginado.

A pesar de que la maleta era grande, el cadáver ya empezaba a estar rígido y Ángel tuvo que poner todo su empeño en doblarle las rodillas para colocarlo en posición fetal.

Por un momento, lamentó no haber comprado un serrucho.

Habría sido más sencillo desmembrarla y meterla por piezas.

Aunque claro, eso implicaría tener que limpiar toda la sangre, lo cual llevaría más tiempo y aumentaba el riesgo de dejarse una pista.

No, así estaba bien. En cuanto la hubo colocado, pudo cerrar la maleta sin mayor problema y sacarla del baño.

Limpiar no era algo que le molestase. Al contrario, hasta cierto punto lo disfrutaba.

No es que fuera un obseso ni nada por el estilo, pero sí que le gustaba que las cosas se mantuvieran pulcras y ordenadas.

Por eso, la tarea de dejar aquella habitación impecable no le resultó desoladora.

Armado con sus guantes y un bote de lejía, pronto todo rastro de su presencia allí quedó borrado.

Solo quedaba una cosa por resolver. Las toallas y las mantas.

Ángel frunció el ceño. Podría llevárselas, tenía bolsas de sobra para guardarlas, pero eso llamaría la atención del servicio de habitaciones.

Si tenían reserva solo para una noche, no sería un problema, las cambiarían ese mismo día.

Sin embargo, si la chica tenía previsto pasar más días en el hotel…

Oh, bien. Había una forma de forzar el cambio.

El joven encendió la cafetera que había en el cuarto y se dirigió de nuevo al baño para dejar todas las toallas en el suelo.

Como decía en el cartel pegado en la puerta, si hacía aquello le darían toallas nuevas.

Y respecto a las sábanas, solo tenía que esperar a que su café estuviera listo.

Mientras tanto, Ángel se dedicó a inspeccionar el armario y todos los cajones de la cómoda. Solo por si acaso, no quería dejarse allí nada. Aquello fue un acierto, ya que no tardó en encontrar un teléfono móvil. Debía ser de la chica, ¿no? ¿Por qué lo habría guardado allí?

El sonido de la cafetera lo distrajo de sus pensamientos y Ángel metió el móvil en su bolsillo sin darle más importancia.

Entonces tomó la taza y se acercó a la cama.

Sin miramientos, el joven derramó el líquido caliente, asegurándose de manchar las sábanas, la almohada, el protector del colchón y hasta el edredón.

Aquello era un auténtico desastre, pero no tendrían más remedio que cambiarlo todo.

Tras eso, lavó la taza y se dispuso a marcharse, sin embargo, se detuvo antes de abrir la puerta.

Eso era demasiado desagradable, ¿no? Llamaría la atención.

Quizás debería suavizar el impacto. Había un bloc de notas y un bolígrafo cortesía del hotel sobre la mesita, así que Ángel se acercó para garabatear una disculpa rápida.

Aunque era ambidiestro, siempre escribía con la mano izquierda, así que en esta ocasión decidió hacerlo con la derecha.

Solo por si alguien decidía hacer un estudio grafológico de aquella nota.

Y para asegurarse de que no hubiera problemas, imitó la caligrafía de su madre, muy distinta a la suya propia.

Aquella era una habilidad que había perfeccionado en sus años de colegio y que jamás imaginó que fuera a serle útil en una situación así. La vida estaba llena de sorpresas.

También dejó un billete de diez euros junto a la nota. Por las molestias. Así, se aseguraba de que quien limpiase esa mañana no se llevara un recuerdo muy negativo de aquella habitación.

Tras un último vistazo al cuarto, Ángel cogió las bolsas y la maleta y se acercó a la puerta.

Ahora sí, estaba listo para irse. Una vez en el ascensor, se quitó los guantes y los guardó con el resto de cosas que había comprado.

Se cruzó con varias personas en el camino a la calle, pero nadie le prestó mayor atención.

El siguiente paso lo tenía claro, solo había una duda.

¿Cómo iba a llegar a casa de Miguel? En otras circunstancias, no le importaría ir andando, aunque quedara un poco lejos.

Sin embargo, el pequeño detalle de llevar un cadáver dentro de una maleta le echaba para atrás.

A decir verdad, no le apetecía demasiado pasearse por media Salamanca con aquella carga.

Al final, decidió llamar a un taxi, pero solo tras alejarse un par de calles del hotel.

Habría sido genial tener su propio coche, no obstante, sus ahorros hasta la fecha no se lo permitían.

Mientras esperaba a que llegase, tiró la tarjeta de la habitación dentro de una alcantarilla, deshaciéndose de lo único que le vinculaba al lugar.

Podría haberla dejado en el cuarto, pero prefería que los de la limpieza creyeran que el huésped había salido esa mañana.

También dejó colgado en la puerta el cartel invitando a arreglar la habitación.

Todo debía dar una sensación de normalidad, ningún elemento podía hacer sospechar que algo inusual había pasado en ese lugar.

El viaje en taxi se le hizo demasiado pesado.

El conductor tenía ganas de hablar y aunque normalmente Ángel le habría seguido el rollo, en esa ocasión se limitó a dar respuestas ásperas y escuetas, hasta que quedó claro que no tenía ningún interés en mostrarse amistoso.

No podía culparlo. Aún le dolía la cabeza y estaba de un humor de perros.

Además, no sabía lo que ocurriría cuando llegara a casa de Miguel ni qué haría si su amigo confirmaba sus sospechas.

En ese momento, mostrarse amable con un desconocido era la menor de sus preocupaciones.

Pronto se encontró llamando al timbre de Miguel.

Claro, el chico no respondió. Debía estar durmiendo la mona.

Ángel volvió a pulsar el botón. Una, dos, tres veces, con rabia creciente.

Se había encontrado el portal abierto y había creído que sería fácil llegar hasta su amigo, pero aquella estúpida barrera seguía interponiéndose entre ellos.

Justo cuando Ángel empezaba a plantearse si sería capaz de forzar la cerradura, la puerta se abrió y Miguel apareció al otro lado.

Llevaba puesta una camiseta y unos pantalones de pijama, su pelo ondulado se encontraba más revuelto que de costumbre y los ojos enrojecidos lo observaban somnolientos.

Sin embargo, en cuanto se dio cuenta de quién estaba llamándolo, el cansancio desapareció de su expresión.

Por un momento, una mezcla de miedo y culpa cruzó su rostro, pero el joven enseguida se esforzó por ocultarlo.

—¿Ángel? ¿Qué haces aquí tan temprano? —murmuró Miguel, mientras se echaba a un lado para dejarlo pasar.

—¿Temprano? Creo que es buena hora. —Ángel entró en el piso y dejó la maleta y las bolsas antes de volverse hacia el joven—. No parece que te alegres mucho de verme.

—Yo que sé, tío. Tengo un resacón de la leche y casi me quemas el timbre, disculpa si no estoy de buen humor.