15 de abril, 2023. 0925h
La ducha le ayudó a despejar las ideas. Podría haberse saltado aquel paso, no iba sobrado de tiempo, pero a Ángel le gustaba ser metódico.
Todo tenía un orden. No iba a vestirse y ponerse a limpiar cuando aún estaba sucio después de lo que debía haber sido una noche agitada.
Incluso en una situación tan desagradable como la suya, era importante mantener unos estándares.
Lo contrario lo convertiría en un salvaje sin criterio y eso no iba a permitirlo.
Ahora que estaba limpio y arreglado, solo quedaba decidir sus siguientes pasos.
Antes de entrar al baño había echado un vistazo rápido a la habitación.
Aunque el hotel parecía ser bastante decente, no encontró nada destacable.
Había una cama doble, un par de mesitas de noche, un armario y una cómoda con varios cajones.
Las ventanas eran amplias y a nadie se le había ocurrido cerrar las cortinas, por lo que la luz entraba a raudales.
Lo único que llamó su interés fue la maleta que descansaba contra la pared más alejada de la puerta.
Era bastante grande y a Ángel le sugirió una buena solución para su problema con el cadáver.
Podía meterlo allí, limpiar la habitación y luego deshacerse de la maleta en algún vertedero o en el río.
O llevarla a casa, hacer a la chica pedacitos y dárselos de comer a distintos animales callejeros hasta que no quedara nada.
Esa era una opción interesante, pero no acababa de convencerle.
Sobre todo porque compartía piso y sería difícil ocultar y desmembrar un cuerpo sin que los demás se enteraran.
Bien, ya decidiría tras marcharse del hotel, ahora tenía que darse prisa.
Cuanto más rato estuviera allí, mayor riesgo había de que lo descubrieran.
Pero ¿por dónde empezar? Debía haber dejado huellas, pelos y fluidos por toda la habitación, ¿cómo iba a eliminarlo todo?
Ni siquiera tenía allí sus guantes y dentro del armario no había productos de limpieza, ya lo había comprobado. Necesitaba ir a comprar.
Ángel sacó su móvil y aprovechó para echar un vistazo a la hora.
No sabía cuándo se suponía que debía dejar la habitación, pero aún parecía haber tiempo.
Al menos, suficiente para acercarse al bazar que localizó a seis minutos de su ubicación en el mapa.
Iría deprisa, compraría todo lo que necesitaba y volvería.
Después, limpiaría el cuarto, lavaría el cadáver a fondo y lo metería en la maleta.
Lo mejor sería llevarse las sábanas también, pero no creía que entraran.
Aunque si hacía las cosas bien, tal vez no fuera necesario.
Si la habitación quedaba impoluta, nadie sospecharía que allí se había cometido un crimen, no avisarían a la policía y la ropa de cama sería lavada antes siquiera de que se les ocurriera empezar a buscar a la chica.
—Pórtate bien, volveré enseguida. No se te ocurra ir a ningún sitio, ¿eh? —espetó Ángel con cierto desdén en dirección al cadáver, una sonrisa torcida contrayendo sus labios.
Estaba molesto con ella, no iba a negarlo.
Si no estuviera muerta, la mataría de nuevo.
¿Cómo no iba a estar molesto? Esa chica no sabía el lío en el que lo había metido al irse con él.
Aquello podía arruinarle la vida. ¿Por qué lo había arrastrado hasta allí?
Pero no todo era culpa de ella, claro. Cuando acabase en el hotel, tenía que hacerle una visita a ese que se hacía llamar su amigo.
Estaba deseando escuchar su versión. Si sus sospechas eran ciertas, para cuando terminase el día una sola maleta no sería suficiente.
Ángel se puso la mascarilla y salió de la habitación.
Una cosa que le agradecía al COVID era que ahora todo el mundo veía con normalidad que la gente llevara la mitad de la cara cubierta.
Aunque no fuera obligatorio, nadie le daba mayor importancia cuando lo veían con mascarilla.
Para él había supuesto una gran ventaja, ya que las noches en las que salía a jugar, prefería ocultar su identidad.
También le sería útil ahora. Cuantas menos personas lo vieran en ese hotel, mejor.
Le habría gustado tener una gorra o capucha para ocultarse más, pero tendría que conformarse con aquello.
Fue sencillo encontrar el bazar y al joven le alegró ver que era lo bastante grande para tener todo lo que necesitaba.
Lejía, trapos, estropajo, guantes. Bolsas de basura, por si acaso la maleta no era suficiente.
¿Y qué más? Eso era todo, ¿no? Ángel se encaminó hacia el mostrador cuando algo llamó su atención.
Ah, sí, cinta aislante. Le vendría bien si las cosas con Miguel se complicaban.
De acuerdo, ahora sí estaba listo. Ángel pagó en efectivo y salió de la tienda, de regreso al hotel.
Hacía un buen día. Un poco nublado, pero no llovía y la temperatura era agradable.
La primavera se había abierto paso con fuerza este año y a Ángel le encantaría poder vibrar con el mismo entusiasmo que las personas que se cruzaban con él por la calle.
Pero eso era imposible, nunca había ocurrido y no iba a cambiar ahora.
La alegría cotidiana le resultaba ajena, un misterioso desconocido que no se había molestado en llamar a su puerta.
En su lugar, la imperturbable indiferencia que lo caracterizaba seguía dominando sus pasos tranquilos.
Incluso la breve agitación que despertó su descubrimiento matutino había desaparecido.
Aquello no era malo. Ahora que las aguas estaban en calma, podía pensar con claridad y salir indemne de la situación.
Así, la tenue nostalgia que le había invadido en su breve paseo, se esfumó en un instante, demostrándole a Ángel su insignificancia.
Con las manos en los bolsillos y expresión resuelta, el joven entró de nuevo en el hotel.
El recepcionista alzó la vista en su dirección y Ángel lo saludó con la cabeza.
No le preocupó que lo reconociera, ya que el hombre enseguida volvió a centrarse en el monitor frente a él, sin prestarle mayor atención.
Sin embargo, Ángel aprovechó el momento para echar un vistazo rápido a las horas de salida.
No pintaba mal. Se suponía que debía dejar la habitación antes de las once, pero si no entregaba la llave, prolongaban de forma automática la hora de salida hasta las tres de la tarde, pendiente de pagar un pequeño extra al marcharse.
Eso le daba tiempo de sobra para que la habitación quedara impoluta.
Y eso es lo que hizo, aunque no resultó una tarea sencilla.
Primero decidió encargarse del cadáver. Para ello arrastró el cuerpo hasta el baño y lo metió en la ducha.
¿Habría usado condones? Deseaba creer que sí, aunque no había forma de saberlo.
Por si acaso, se aseguró de lavarla muy bien entre las piernas.
Si algún día encontraban el cuerpo, no podía permitirse que descubrieran ningún rastro de él ahí dentro.
Ángel se había esforzado por concentrarse en la tarea, intentando ejecutarla de forma mecánica, pero su mente no dejaba de hacerle sugerencias cada vez más interesantes.
Era la primera vez que tenía un cadáver a su disposición, al menos de aquella manera.
Sí, había trabajado con muertos en sus prácticas de anatomía, sin embargo, eso era por completo diferente.
Ahora no había nadie más allí y Ángel podía hacer lo que quisiera.
El joven terminó de aclarar el gel y cerró el grifo, dudando un momento antes de agacharse junto a la chica y agarrar su barbilla para girarle la cabeza hacia él.
Aún tenía los ojos abiertos, su mirada sin brillo se perdía en el horizonte y Ángel no pudo evitar un agradable cosquilleo al darse cuenta.
Estaba muerta, pero seguía siendo guapa.
Y suya, ante todo era suya. Las marcas en su cuello parecían más intensas que antes, permitiéndole visualizar con claridad lo ocurrido.
La chica en el suelo, gimiendo y retorciéndose, y él sobre ella, apretando aquel cuello tan fino hasta matarla.
El éxtasis del momento debió ser glorioso.
Era una lástima que no pudiera recordarlo.
No obstante, ella todavía estaba ahí, y no había motivos para que no pudiera revivirlo y poseerla una vez más.
El pulgar de Ángel, que acariciaba el labio roto de la chica, se deslizó hasta su cuello, repasó las marcas con la suavidad de un amante y continuó bajando hasta su pecho.
Sin pensar muy bien en lo que hacía, alcanzó su seno izquierdo y lo apretó, para posteriormente pellizcar y retorcer el pezón.
Por supuesto, no obtuvo respuesta. Daba igual cómo la tocase, la chica no reaccionaría a nada.
Su cuerpo le pertenecía, al igual que lo había hecho su vida, y podía hacer con él cuanto quisiera sin encontrar ninguna resistencia.
Esa idea activó algo en su interior. Una energía voraz, el fuego del deseo que le nublaba la razón y aceleraba sus latidos, que por fin le hacía sentir algo que no fuera la rabia, el desdén o la apatía.
Ángel ansiaba tomarla de nuevo, mutilar su cuerpo y convertirlo en su juguete, deformarla hasta lo irreconocible y destruirla de la forma más sucia, cruel y humillante posible.
Y por un momento sus sentidos se vieron sobrepasados por el impulso y Ángel olvidó todas sus pretensiones.
Tumbó a la chica sobre el suelo y se dispuso a besarla, decidido a acabar lo que había empezado la noche anterior.
Entonces, una frase que había leído hacía mucho acudió a su mente.
«Si tienes suficiente tiempo con ellas, pueden convertirse en lo que tú quieras».
¿Quién había dicho aquello? ¿Ted Bundy? Quizás, aunque en realidad no importaba. Estaba seguro de que tenía razón. Solo había un problema. Ángel no tenía tiempo.
El joven parpadeó despacio, mientras ponía todo su empeño en volver a entrar en contacto con su cuerpo y la realidad que lo rodeaba.