11 de febrero, 2023. 0144h
Miguel siguió a Ángel con la mirada mientras se dirigía hacia la puerta.
Solo, como de costumbre. Habían pasado más de tres años desde que comenzaron a salir juntos y el joven todavía no acababa de comprender el sentido de aquella rutina.
Iban a varios locales, hablaban, bailaban, Ángel se pedía algún refresco o incluso un zumo o un batido, pero nunca alcohol.
Y al final se acercaba a alguna chica guapa, la saludaba con su habitual amabilidad y comenzaban a conversar, a veces por horas.
Las intenciones parecían obvias, la distancia entre ellos cada vez se reducía más, había sonrisas, miradas dulces, hasta roces de manos.
Y de pronto Ángel cambiaba por completo su actitud.
Se despedía con seriedad y volvía junto a Miguel.
A veces se limitaba a decir adiós antes de regresar a casa.
Otras, se quejaba del sitio, del ruido o la música y pedía que se fueran a otra parte.
Si lo hacían, podía repetir el mismo patrón hasta que al final decidía marcharse. Siempre solo.
¿Por qué? La primera posibilidad sería que todas las chicas con las que hablaba acababan rechazándolo, pero eso le parecía improbable.
No solo porque Ángel fuera encantador y atractivo, sino porque en más de una ocasión las había oído pedir su número o decirle que les gustaría ir a un lugar más tranquilo.
Era Ángel el que se negaba, a pesar de ser él mismo el que iniciaba la conversación.
Tal vez fuera más tímido de lo que aparentaba u ocultaba algún tipo de inseguridad que le impedía ir más lejos con las chicas que le gustaban.
Eso no cuadraba nada con su carácter, en todo caso, eran las muchachas las que deberían ser cuidadosas con él y no a la inversa.
Era curioso, cómo su relación había evolucionado en los últimos años.
En apariencia se habían vuelto cercanos, pasaban el tiempo juntos en clase, salían a menudo, mantenían largas conversaciones que cualquier otro joven encontraría cuanto menos extrañas y compartían el uno con el otro mucho más de lo que hasta hacía muy poco consideraba razonable.
Y sin embargo, Miguel no era un iluso. Sabía que Ángel estaba jugando, que detrás de su actitud abierta seguía encontrándose el mismo abismo que lo atraía y repelía a partes iguales.
A pesar de que le había prometido honestidad, el estudiante estaba seguro de que su amigo guardaba demasiadas cosas para sí mismo.
Todo lo que veía de él no era más que una sombra, el reflejo de lo que deseaba mostrarle, y no aquello que Miguel anhelaba descubrir.
Al principio se había dicho a sí mismo que estaba haciendo una estupidez, que la mejor opción sería alejarse de Ángel, que lo que aquel chico amenazaba con despertar en él solo le causaría dolor y problemas.
Pero ¿qué era Miguel sino un esclavo del sufrimiento?
¿Acaso sabía vivir de otra forma que no fuera aquella?
¿No era esa emoción que despierta el peligro y la realización de lo prohibido lo que llevaba persiguiendo desde que murió Abel?
Cuanto más argumentara ante sí mismo la necesidad de crear muros entre ellos, más deseos tendría de acercarse y entregarse por entero a él.
Llegados a este punto, ya no merecía la pena resistirse.
Solo había un inconveniente. A Miguel le gustaría obtener un poco de reciprocidad.
Por supuesto, no esperaba que Ángel fuera a caer rendido a sus pies, ni pretendía elevar su relación a la pasión romántica, ni siquiera física.
Esas eran ensoñaciones absurdas en las que no merecía la pena entretenerse.
Pero desearía que su amigo fuera capaz de mostrarse ante él no como un espejismo, sino como la repulsiva realidad que Miguel llevaba intuyendo tanto tiempo.
¿No era eso lo que le había dicho que quería cuando se acercó?
El propio Ángel le aseguró que Miguel sería capaz de entenderlo y que esperaba dejar de fingir ante él.
Entonces, ¿por qué seguía escondiéndose?
¿Qué era tan terrible para dejar plantadas a las chicas cada noche, despedirse de forma abrupta y desaparecer con aquella expresión mezcla de frustración y rabia?
Miguel contuvo un suspiro. Quizás no fuera el más indicado para exigirle honestidad a nadie.
Él mismo seguía callando el peor de sus secretos y no creía que fuera a revelarlo jamás, ni siquiera a Ángel.
Aun así, le gustaría comprender por qué actuaba de ese modo.
No tenía que contarle todo, pero si le daba algunas nociones, tal vez pudiera ayudarlo a superar lo que sea que lo frenaba. Para eso estaban los amigos, ¿no?
—¡Ey! ¿Qué haces aquí solo?
—¡Noah! Te estaba buscando.
—Sí, claro. —Su prima se acercó a él, sin creer sus palabras—. Qué mala cara traes, ¿dónde anda Ángel? ¿Habéis discutido?
—No, para nada. —Miguel se dirigió hacia la barra, seguido de cerca por Noah—. Se ha ido ya a casa.
—Oh, ¿con esa chica?
—Qué va, solo, como siempre.
—Joder… Eh, chaval, ponme un cubata. ¿Tú quieres? —preguntó Noah a su primo. Miguel asintió—. Que sean dos. Bueno, en realidad no es tan malo, ¿no? Significa que aún tienes posibilidades.
—¿Ya estás con esas? Te he dicho que eso no puede ser.
—¿Por qué no? ¿Porque tontea con chicas? Ya ves tú, eso no significa que no le pongan los tíos. Además, nunca tiene nada con ellas. —Noah se inclinó hacia él, una sonrisa pícara iluminaba su rostro—. Ángel es maricón, te lo digo yo.
Miguel desearía creerla. Si Noah tuviera razón, no solo significaría que por fin tenía un amigo con el que compartir experiencias y recibir apoyo en ese aspecto, también abría la opción a…
Pero no, eso sería demasiado bonito para ser cierto.
A Miguel no le pasaban esas cosas, él era un ser solitario y patético, no el protagonista de un dulce romance.
—Lo dudo —murmuró por fin—. Y aunque lo fuera, ¿por qué se fijaría en mí? Es imposible.
—Menuda gilipollez. Gracias. —Noah cogió el vaso que acababa de darles el camarero y le dio un trago antes de seguir hablando—.
¿Por qué no? Eres guapo, listo, tienes un humor igual de macabro que ese cabrón de tu amigo y además, Ángel te mira como si fueras la única persona que existe en el mundo.
Yo creo que tontea con esas chicas solo para provocarte. Para ver si te lanzas de una vez.
—Deja de montarte películas. No, a Ángel le van las tías. Se nota que es sincero y que tiene un tipo predilecto. Lo que pasa es que algo lo bloquea. Se lanza, pero a la hora de la verdad… —Miguel suspiró—. Me gustaría entender qué ocurre, por qué no se atreve a ir más lejos.
—Bueno, en ese caso, a lo mejor es que la tiene pequeña y le da vergüenza que lo descubran.
Miguel se atragantó con su bebida, no sabría decir si por la risa o por la sorpresa.
—¡Noah! Qué bruta eres, de verdad.
—Venga, seguro que tú también lo has pensado. Síguelo un día al baño y lo compruebas.
—Qué coño… ¿Qué te crees, que soy un jodido acosador o algo?
—Es una broma. Pero si algún día decides hacerlo, cuéntame los resultados. —Noah se rio ante el resoplido despectivo de Miguel—. En ese caso… A lo mejor es a mí a quien intenta dar celos.
—¿A ti? ¿Por qué iba a querer darte celos a ti?
—¿Por qué no? —exclamó Noah con indignación— ¿Acaso crees que no estoy lo bastante buena?
—No es eso, tía, pero es que no tiene necesidad ninguna. Si quisiera algo contigo, solo tendría que decirlo. Llevas mojando las bragas por él desde que lo viste la primera vez.
—¡Serás cabrón! —Noah le dio un puñetazo en el hombro demasiado fuerte para ser considerado amistoso—. Aunque eso fuera cierto, él no tiene porqué saberlo.
—Ya, claro. —Miguel entornó los ojos—. Como sea. Por poder, también puede ser asexual y habla con chicas porque quiere una relación romántica, pero todas acaban siendo incompatibles. Si nos ponemos a teorizar, podemos estar así toda la noche, pero no vamos a llegar a nada.
—Sí, en eso tienes razón. —Noah se terminó su cubata y alzó el vaso hacia él—. Yo creo que lo que Ángel necesita es un poco de alcohol para soltarse. En una dirección u otra, pero seguro que así se atrevía a dar el salto.
—Buena suerte con eso, ya sabes que nunca bebe alcohol.
—Quizás, pero eso podría cambiar con el aliciente adecuado.
—¿Qué quieres decir?
A juzgar por la sonrisa que le dedicó Noah, Miguel supo que lo que oiría a continuación no iba a gustarle.
—Yo podría conseguirle algo que le ayudara a bajar sus defensas… Lo mezclas con la mierda de refresco que se haya pedido y al rato estaría mucho más relajado y dispuesto a beber lo que sea. Y a hablar y divertirse de verdad por una vez en su vida.
No podía estar hablando en serio. Aunque quería muchísimo a su prima, a veces Noah lograba asustarlo. Miguel no era ingenuo, sabía que la chica se movía con más frecuencia de la recomendada al margen de la ley, pero de ahí a drogar a alguien para conseguir algo de él… Eso era ir demasiado lejos.
—Basta. No digas tonterías. Lo que Ángel necesita es tiempo. Cuando confíe en mí, me dirá qué es lo que pasa. Solo hay que esperar.
Su prima se encogió de hombros.
—Adelante, espera entonces. Pero si yo fuera tú, intentaría ser clara con él. Declárate, dile lo que sientes, a ver qué pasa.
—Hoy estás empeñada en decir chorradas, ¿eh?
—Lo digo por tu propio bien. Si es gay o si le gustas, te sales con la tuya; si no, descartamos opciones. Pero deberías darte prisa.
—¿Por qué?
La sonrisa de Noah se amplió, adquiriendo un cariz competitivo que provocó un escalofrío en Miguel.
—Porque sabes que soy impaciente y aunque te estoy dando tiempo, no esperaré mucho más. Si no te declaras tú, lo haré yo. Y cuando lo haga, pienso ir a por todas.