¿Quién eres cuando nadie mira? 11 de febrero, 2023. 0123h
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11 de febrero, 2023. 0123h

—Siempre me encantaron los idiomas, pero después de este cuatri me entran ganas de cambiarme de carrera.

La chica se había inclinado hacia Ángel, intentando hacerse oír por encima de la música.

«No te preocupes, zorra, puedo cortarte la lengua y hacer que te la tragues. Así ya no tendrás que hablar ningún idioma».

Ángel le sonrió.

—¿Tan mal te han ido los exámenes? Si estás en tu último año, ¿no? Un poco tarde para cambiarse.

—Nunca es tarde si la dicha es buena… —suspiró ella.

Ambos estaban apoyados contra la barra, en la zona más alejada del bullicio.

Llevaban un rato hablando y ninguno parecía tener intención de marcharse.

Los ojos verdes de la chica —Mireia había dicho que se llamaba— no dejaban de estudiar a Ángel, deteniéndose con más frecuencia de lo aconsejable en sus labios.

Por su parte, el joven tenía su propia idea de cómo le gustaría que acabara la noche, pero estaba seguro de que Mireia no compartiría sus planes.

—¿Y qué es lo que harías si lo dejases? —preguntó Ángel.

El chico estaba jugueteando con la botella de Coca-Cola mientras hablaba, en su mente una nueva idea comenzaba a formarse poco a poco.

—Trabajar, probablemente. Estoy harta de estudiar. Pero tienes razón, ya que he llegado hasta aquí, creo que voy a acabar.

«Es fácil. La sacas fuera, al callejón en la parte de atrás.

La agarras del pelo y le golpeas la cabeza contra la pared.

Una, dos, tres veces. Hasta que esté lo bastante atontada para dejar de resistirse.

Luego la tiras al suelo y le quitas los pantalones.

Coge la botella por el cuello, es más divertido si usas la parte más gruesa, y se la metes de golpe por el culo».

Ángel ladeó la cabeza, su expresión mostraba una honesta calidez.

—Hagas lo que hagas, seguro que te va bien.

—Eso espero, me he dejado un riñón en la jodida carrera —se rio ella—. ¿Y qué hay de ti? ¿Por qué medicina?

«Seguro que grita como una cerda. Y sangrará, sangrará mucho. Qué pena que no tengas la navaja, podrías cortarle los pezones. Aunque también puedes arrancárselos con los dientes, ¿no sería eso divertido?».

—Bueno, te va a sonar un poco cliché —empezó Ángel, desviando la mirada con timidez—. La verdad, me metí en medicina porque me gusta ayudar a los demás. Quiero hacer las vidas de otras personas un poquito mejores.

—Eso es tan dulce… —Mireia se acercó todavía más, hasta que Ángel pudo sentir su aliento acariciándole los labios—. Estoy segura de que también podrías hacer mi vida un poquito mejor.

«Después puedes follártela. Con la botella todavía dentro.

Que lo sienta todo de principio a fin. En posición de misionero, mirándola a los ojos.

Y cuando estés a punto de acabar… Entonces la agarras del cuello y aprietas.

Estrangúlala hasta la muerte mientras terminas en su interior.

Que su vida se apague a la vez que te corres. ¿No sería el final perfecto?».

—Me encantaría.

La sonrisa de Ángel se amplió, pero sus ojos se apartaron de ella y echaron un vistazo a su alrededor.

¿Dónde se había metido Miguel? Era un capullo, dejándolo a solas con aquella zorra aburrida.

Bien, en realidad había sido él el que se había puesto a hablar con Mireia, pero no importaba.

Ya era hora de que volviera a reunirse con su amigo.

Porque si seguían así, acabarían besándose.

Y entonces alguno de los dos propondría ir a un sitio más tranquilo.

Y llegado el momento se quedarían a solas y cuando eso ocurriera…

No, Ángel no podía permitirlo. Porque su corazón vibraba y su cuerpo le pedía a gritos que cediera el control y se dejara llevar por su instinto.

Un paso más y alcanzaría el punto de no retorno.

Ya era suficiente. Esa noche, el juego había acabado.

—Ha sido un placer hablar contigo —dijo Ángel antes de apartarse de la barra—. Pero se ha hecho tarde y mis amigos están esperándome. ¿Qué tal si seguimos otro día?

—Oh, ¿en serio? —Mireia apretó los labios en un gesto de disgusto. Estaba claro que ya había planeado la noche de forma distinta. Sin embargo, no tuvo más opción que aceptarlo—. Es una pena, pero bueno, quizás a la próxima podamos quedar en un sitio un poco más íntimo, ¿no?

—Sí, claro.

—Vale, ¿me das tu número o te doy yo el mío?

Aunque Ángel volvió a sonreírle, no respondió a su pregunta.

En su lugar, se dio media vuelta y se marchó, dejando a la joven con una expresión mezcla de confusión y enfado.

Seguramente ahora pensaba que había estado jugando con ella desde el principio o que había perdido el interés a mitad de camino por algo que Mireia había dicho.

Puede que se sintiera insegura o inquieta, triste, rabiosa, quién sabe.

Lo cierto es que no le importaba. En ese momento solo quería volver a casa y echarse a dormir. Estaba cansado de aquello.

Por suerte, no tardó mucho en encontrar a Miguel. Acababa de salir del baño y estaba mirando a su alrededor en busca de algún rostro conocido. Sus ojos se encontraron con los de Ángel, que lo saludó con un gesto y se acercó a él.

—Me voy a casa.

—¿Qué?

Miguel se acercó para escucharlo. Joder, ¿por qué tenían que tener la música tan alta? Aquel lugar era insufrible y Ángel cada vez se sentía más irritado.

—Digo que me voy ya a casa —repitió en un tono más alto.

—¿Ya? Es pronto. ¿Te vas con alguien?

Su amigo echó un vistazo en dirección a la barra. Debía estar preguntándose qué había pasado con Mireia.

—No, yo solo.

—¿Y qué pasa con esa chica? Lleváis mucho rato hablando.

Ángel negó con la cabeza.

—Me he aburrido de ella. No es mi tipo. Además, estoy cansado.

—Siempre haces igual. —Miguel había bebido demasiado. Sus palabras temblaban y su sonrisa bobalicona lo delataba. Aquel buen humor que mostraba su rostro era impropio de él—. Te tiras toda la noche tonteando con alguna muchacha y a la hora de la verdad, te esfumas. ¿Hay algo que no me hayas dicho?

—¿A qué te refieres?

Miguel le pasó un brazo por el hombro y le hizo un gesto para que se inclinara hacia él. Ángel obedeció, bajando la cabeza para que su amigo pudiera hablarle al oído.

—Si prefieres llevarte algún chico a casa, no tienes por qué ocultarlo. Estoy más que dispuesto a apoyarte.

Ángel soltó un resoplido divertido.

—Sí, seguro que lo estás. ¿No será que eres tú el que quiere contarme algo?

—¿Yo?

Miguel abrió los ojos de par en par, casi parecía asustado.

—Sí, tú. La única persona con la que te he visto irte a casa es tu prima. No será que Noah y tú tenéis un rollo raro tipo Targaryen, ¿no?

—Capullo —exclamó Miguel, dándole una colleja amistosa—. Vete un rato a la mierda, anda.

—Sabes, creo que es hora de que tú también te recojas. Estás borrachísimo.

—Qué va, tío. Acabo de empezar.

Ángel se encogió de hombros. Bien, si su amigo quería quedarse allí destrozándose el hígado un rato más, no sería él quien se opusiera.

—Como quieras. Nos vemos el lunes.

Dicho aquello, se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. Miguel se despidió con un asentimiento, alzando la voz para que Ángel escuchara sus últimas palabras.

—Cuídate. Y en serio, Ángel, si algún día quieres contarme tu oscuro secreto, puedes confiar en mí, ya lo sabes.

El joven levantó la mano y le enseñó el dedo del medio sin girarse de nuevo hacia Miguel.

Oyó a su amigo reírse antes de perderse en medio de la muchedumbre que llenaba el garito.

Aquellos cuerpos sudorosos, que se movían sin gracia en el ambiente cargado, lo asqueaban al punto de causarle náuseas.

Por un momento, Ángel se imaginó a sí mismo bloqueando la puerta y prendiendo fuego al lugar, reduciendo el bar y a todos sus ocupantes a cenizas.

Sería tan sencillo dejarse llevar y disfrutar del crepitar de las llamas y los gritos agónicos, del aroma del humo y del brillo hipnótico que consumiría su asco hasta hacerlo desaparecer.

Pronto estaba en la calle. El estudiante tomó una bocanada de aire fresco y se esforzó por apartar aquella idea de su mente.

Hacía mucho que no le prendía fuego a nada.

Tal vez le fuera bien quemar un par de cosas inútiles, puede que le levantara un poco el ánimo.

Quizás si el fuego era lo bastante grande y destructivo, lograra sentir algo.

También podía buscar algún perro callejero y patearlo hasta la muerte o apuñalar a un sintecho que durmiera en un callejón desolado.

¿Conseguiría entonces llenar ese vacío que lo consumía?

¿Desaparecía el violento frenesí que plagaba sus pensamientos?

Puede que sí, pero ¿merecía la pena correr el riesgo?

A Ángel no le asustaba la cárcel, no creía que fuera muy distinta al centro de menores en el que había pasado cuatro años.

Al principio estaba furioso, pero pronto se dio cuenta de que aquel lugar no era más aburrido que el mundo exterior.

Era lo mismo de siempre, solo que con algunas limitaciones extra.

No había tardado en adaptarse e incluso aprendió unas cuantas cosas útiles, sobre los demás y sobre sí mismo.

Descubrió cuáles eran las mejores formas de interaccionar con otros para conseguir lo que quería y las ventajas que aportaba sustituir la arrogancia y el desdén por una amistosa amabilidad.

Una vez que comprendió el funcionamiento de las relaciones humanas, fue mucho más fácil navegar en ese mundo que hasta entonces le había resultado tan confuso.

También en esa época se dio cuenta de que esa no era la clase de vida que quería para sí mismo.

Ángel se consideraba una persona con mucho potencial.

Potencial para hacer grandes cosas, pero también para convertirse en un criminal de poca monta, en un violador o puede que incluso en un asesino en serie.

No era ningún idiota, sabía a dónde llevaba el camino que había empezado a recorrer.

Y no le gustaba. No, odiaba que un montón de inútiles sin talento lo miraran por encima del hombro y lo trataran como si fuera escoria.

No tenían derecho. Ángel era mucho más valioso, más brillante y único de lo que cualquiera de ellos podría siquiera soñar.

Su potencial no se limitaba a la destrucción, estaba seguro de que sería capaz de llegar muy lejos si le daban la oportunidad.

Una vida en la que se ganara el respeto de todos los que lo rodeaban, en el que su nombre fuera conocido y admirado, en la que tuviera suficiente dinero para derrochar en cualquier capricho impulsivo y poder para decidir sobre la vida de otros.

Derrotar a la muerte, retrasarla, arrebatarle a sus víctimas…

¿No era eso igual de potente que asesinar?

Curar o matar eran dos caras de la misma moneda.

No le había mentido a Mireia, le gustaba ayudar a las personas.

Porque cuando lo hacía, su gratitud era una señal de sumisión que resaltaba la superioridad de Ángel sobre el resto.

Podría conformarse con eso. Ser un cirujano de renombre era mucho mejor que pasarse la vida en la cárcel.

Pero aquel camino era tan lento. Tan tedioso.

Tan lleno de tentaciones y ensueños prohibidos.

Tenía un objetivo claro, sin embargo, pasarían muchos años antes de alcanzarlo.

¿Sería capaz de contenerse hasta entonces?

Las pequeñas faltas que seguía cometiendo ayudaban a doblegar sus impulsos, pero su efecto parecía reducirse cada vez más.

Había pasado igual con la admiración de sus compañeros de clase.

Fue divertido cuando empezó, ahora era más bien una molestia.

Al menos tenía a Miguel. Pensar en su amigo le hizo arrugar la frente.

Era extraño. Se había acercado a él como un juego, sin ninguna intención real, para al final acabar desarrollando un afecto genuino por el joven.

Porque eso era, ¿no? Le gustaba pasar tiempo con él, su conversación le resultaba interesante y sus logros no le molestaban.

Además, cuando estaba con Miguel, el aburrimiento parecía amainar y los pensamientos violentos no eran tan poderosos.

Era cierto que aquella mirada triste y esa vulnerabilidad que irradiaba su rostro aniñado despertaban en Ángel un primitivo instinto de destrucción, sin embargo, la idea de hacerle daño no acababa de resultarle agradable.

Al contrario, le producía una sensación muy molesta.

No quería verlo sufrir y eso era raro en él.

La única persona por la que sentía algo similar era su hermana, aunque eso no había evitado que…

Bueno, no importaba. Fue hace muchos años, era joven y estúpido.

Después de todo, Ruth se había quedado a su lado, así que no podía ser tan malo.

Al contrario que su madre, su hermana sí entendía lo que era la lealtad hacia la familia.

Era cierto que apenas hablaban y hacía mucho que no la veía, pero Ángel estaba seguro de que quería a su hermana y de que de verdad estaría ahí para ella si algún día lo necesitaba.

Llegado el caso, esperaba que Ruth también hiciera lo mismo por él.

Sobre todo ahora que había logrado convertirse en policía.

A Ángel se le escapó una sonrisa torcida.

Qué tontería. Si algún día las cosas se le iban de las manos, su hermana estaría encantada de ponerlo tras las rejas.

“Lo hago por tu bien”, diría. Pero lo haría, en el momento en que supiera que Ángel se había sobrepasado aunque solo fuera un poquito, correría a arruinarle la vida.

A veces pensaba que se había hecho policía solo para someterlo a su control.

¿Y qué diría Miguel? ¿Qué pensaría si supiera todo lo que pasaba por la cabeza de Ángel, si conociera su pasado?

Esa noche le había dicho que podía confiarle su “oscuro secreto”.

La expresión le había hecho gracia. Miguel no tenía ni idea de lo precisa que era.

¿Sería capaz de tolerarlo? ¿Lo perdonaría y lo aceptaría como amigo?

Debía de ser agradable, encontrar a alguien dispuesto a conocerlo por completo y aun así aceptarlo, alguien que en lugar de huir aterrado, se atreviera a mirar al monstruo a los ojos.

Llevaba tiempo tanteándolo, buscando el mejor momento para enseñárselo, sin embargo, que Miguel llegara a mostrarse dispuesto a tolerar lo que se escondía tras su apariencia de normalidad no significa que también fuera a comprenderlo si terminaba cediendo a sus instintos e incurriendo en transgresiones más graves.

El joven llegó a su portal y sacó las llaves. Bien, daba igual. Si no quería comprobar hasta dónde llegaba la lealtad de su hermana o de Miguel, tendría que seguir esforzándose por mantenerse dentro de los límites que él mismo se había impuesto.

No obstante, en noches como aquella, algo tan simple resultaba muy duro.