7 de marzo, 2020
—¿Has visto a Noah?
—Se ha ido hace un rato, con ese tipo, el alto. No recuerdo cómo se llama.
—Joder, ya estamos. —Miguel se dejó caer en el asiento al lado de Ángel— Podría haber avisado.
—¿Cuántas veces te ha hecho algo así? Me da la sensación de que siempre te deja tirado.
A pesar de estar uno junto al otro, ambos tenían que gritar para hacerse oír por encima de la música del garito. Menuda molestia.
—Que va, tío. Solo que cuando se le mete una cosa en la cabeza, se olvida de todo lo demás.
—No. Se olvida de ti, para ser exactos.
Miguel iba a protestar, pero al final se limitó a menear la cabeza y darle un sorbo a su bebida. Por supuesto, ¿qué sentido tendría negarlo? Sabía que su amigo tenía razón.
—¿Por qué sigues saliendo con ella? No parece que sea la clase de persona en la que puedas confiar.
—Ah, ¿es que tú sí?
Ángel le dedicó una sonrisa. Eso era lo que le gustaba de Miguel. No se andaba con rodeos ni pretendía buscar en él algo que sabía no iba a encontrar.
—Es mi prima —continuó Miguel tras un rato de silencio—.
La quiero y sé que me quiere. Es la única que estuvo a mi lado cuando las cosas se pusieron difíciles de verdad, me apoya, es capaz de entenderme y nos divertimos juntos.
Pero eso no significa que no sea una autentica gilipollas de vez en cuando y que eso pueda llegar a afectarme.
—¿Porque te la puede jugar a ti o porque a lo tonto acabas convertido en cómplice de sus fechorías?
El estudiante abrió los ojos de par en par y le lanzó una mirada cargada de inquietud.
Bien, ¿de qué se sorprendía? Ángel había conocido a mucha gente como Noah y sus amigos.
Sabía lo que se traían entre manos, lo que hacían en los callejones y lo que ocurría cuando andaban cortos de dinero.
Su instinto le decía que Miguel no era ajeno a esos tejemanejes y por la expresión de su compañero supo que tenía razón.
—Nunca ha sido nada grave… —contestó por fin—. Solo un par de tonterías.
—Por supuesto. —Ángel se inclinó hacia él con un brillo comprensivo en los ojos—. Es imposible sentir que hay una víctima real si no la estás mirando directamente a la cara cuando le haces daño, ¿verdad?
—¿Qué?
—Olvídalo. Pero esto nos devuelve a la pregunta inicial.
¿Por qué sigues saliendo con Noah? ¿Es porque la quieres, porque sientes que le debes algo por su apoyo?
¿O tal vez es porque estar con ella te permite saborear un poco de esa libertad que anhelas pero que te sigues negando?
¿Es emocionante hacer algo prohibido? ¿Te sientes poderoso cuando estas por ahí cometiendo delitos?
¿Piensas en tus padres, en lo humillados que se sentirían si lo supieran? ¿De qué va todo esto, Miguel?
El estudiante parecía un poco confundido por el aluvión de preguntas, sin embargo, se detuvo a pensar sobre ello.
Aunque era obvio que estaba ebrio, aún mantenía la coherencia suficiente para seguir el hilo de su conversación.
La desinhibición propia del alcohol que lo haría más proclive a hablar era una ventaja añadida con la que Ángel esperaba contar.
—Si te soy sincero, le tengo un poco de envidia.
—¿Envidia? ¿A Noah? ¿Por qué?
—A ver, no te confundas. Lo que te he dicho es cierto, la quiero y me lo paso bien estando juntos, pero en parte creo que es porque me gustaría ser como ella.
Ángel arqueó las cejas. Interesante.
—Creo que ya sé por dónde vas.
—Seguro. Tú mismo lo has dicho. Libertad…
Noah tiene mucho de eso. Es tan despreocupada, tan explosiva.
Parece que nunca piensa en las consecuencias, hace lo que le apetece en ese momento y le da igual que el mundo arda a su paso.
Supongo que envidio esa capacidad de que todos y todo te importe una mierda.
—Y cuando estás con ella, sientes que también puedes ser así, aunque sea por un rato.
Miguel asintió.
—¿Recuerdas cuando me preguntaste si no me cansaba de fingir ser como los demás? Por supuesto que estoy cansado. Siempre manteniéndome en un segundo plano, preocupándome por no hacerle mal a nadie, por ser un buen chico que no decepcione más a papá y a mamá, que ya han sufrido bastante…
—¿Y todo para qué? —Ángel completó lo que Miguel pensaba, pero no se atrevía a decir en voz alta.
Al fin y al cabo, lo que su compañero estaba expresando era una idea que conocía muy de cerca—.
Te pasas la vida reprimiendo tus instintos sin siquiera una buena razón ¿y de qué sirve? Al final nadie lo aprecia.
—¿Reprimir tus instintos? —Miguel ladeó la cabeza—.
No estoy seguro de si llamarlo así. Ocultar tu lado más desagradable, no permitir que nadie vea a través de las grietas, que descubran tus errores, tus debilidades, tu rabia o tu dolor…
Es más sobre eso. Siento que el mundo espera de mí que sea perfecto y eso es algo que no puedo ofrecer.
—¿Acaso alguien puede? Piénsalo bien, todo eso que estás diciendo, la rabia, el dolor, los errores… Esa porción de oscuridad que hay en ti también forma parte de lo que te hace humano. En esa dualidad descansa nuestra esencia, ¿no crees? ¿Y qué seríamos sin ella?
Miguel soltó una carcajada seca y le dio un trago a su bebida antes de volver a hablar.
—Entonces supongo que soy demasiado humano para los estándares de mi familia y eso es inadmisible.
—Tal vez… ¿Es por eso por lo que sales conmigo? —añadió Ángel tras un momento de reflexión—. ¿Porque sabes que no te hace falta fingir?
—No, eso es por lo que salgo con Noah. Lo tuyo es todavía peor.
—¿Peor?
—Ah, sí. Puros impulsos suicidas. Eres un barranco y yo me estoy tirando de cabeza.
Su amigo ladeó la cabeza.
—¿Un barranco?
—Sí. No trates de negarlo o de fingir que no lo entiendes. Sé que eres peligroso. Podrás engañar a los demás, pero conmigo eso no funciona. Desde que te vi por primera vez supe que hay algo que está mal en ti.
—Vaya, qué directo. ¿Debería ofenderme?
Miguel hizo una mueca.
—Dudo que eso te ofenda. Al contrario, creo que te gusta. ¿Sabes? Cuando te conocí pensé que me recordabas a mi hermano y que por eso estaba viendo cosas que no eran, que me estaba dejando llevar por el pasado. Pero ahora…
Ángel se inclinó hacia él, su mirada atenta no dejaba traslucir ninguna emoción.
—¿Ahora?
—Ahora estoy seguro de que no eran cosas mías.
Sé que escondes algo, un secreto vergonzoso, una parte de ti de la que no puedes hablar con nadie, que necesitas ocultar a toda costa.
Es tan terrible que has creado toda una persona tras la que refugiarte.
—Miguel guardó silencio por un momento, su semblante serio parecía impropio para el lugar en el que se encontraba—.
Esa parte de ti es oscura y peligrosa, puede que hasta cruel, y no voy a mentirte, eso es muy atractivo para alguien que se apega tanto a la autodestrucción.
Su amigo le había pedido que no lo negara y Ángel no pensaba hacerlo.
Quizás estaba cometiendo un error, sin embargo, las palabras de Miguel habían despertado su interés y le resultaba difícil resistirse.
Hacía mucho que nadie lo veía tal y como era y no dejaba de preguntarse cómo reaccionaría su compañero si se lo mostraba.
¿Sería capaz de aceptarlo? Aunque había dicho que el peligro le resultaba atractivo, hasta ese momento no era más que una intuición, ¿estaría tan dispuesto a tirarse al barranco si de verdad comprendiera lo profundo de su corrupción?
Desenmascararse ante él era un riesgo demasiado grande.
Podía perder todo lo que había tardado tanto en construir, acabar con el futuro que tenía planeado y arrebatarle la posibilidad de llevar una buena vida.
Por supuesto, el temor a las consecuencias nunca había logrado disuadirlo, no iba a empezar a hacerlo ahora.
El hecho de que fuera peligroso en todo caso servía como aliciente.
Era cuestión de ir paso a paso. Dejarle ver un poco aquí, otro poco allá.
Que saboreara esa oscuridad que tanto le gustaba, que se viera envuelto en ella y lo rodeara hasta atraparlo.
Si dosificaba la información y estudiaba sus reacciones, no habría problema.
Ángel solo tenía que ir probando hasta descubrir los límites de la tolerancia de su amigo y, una vez alcanzados, moldearlo hasta expandirlos.
Estaba deseando saber cuánto de lo que era lograría soportar Miguel.
No obstante, había otra cosa que también le intrigaba.
Su compañero había hablado del deseo de destruirse.
¿Por qué? Si le hubiera dicho que buscaba el peligro por la emoción que acarrea, por el subidón que proporciona lo prohibido, el saber la vida amenazada, podría comprenderlo.
Él mismo experimentaba algo similar. No fue eso lo que leyó en la expresión de Miguel.
El chico de verdad parecía anhelar la agonía del castigo y la extinción.
Aunque lo intuía desde hacía tiempo, Ángel ya no dudaba de que no era el único allí que ocultaba un secreto.
—¿Por qué ese afán por destruirte? —En lugar de responder a las afirmaciones que había hecho sobre él, Ángel recolocó el foco en su amigo—. ¿Qué es lo que has hecho tan malo para que ahora busques purgar tus pecados conmigo?
Miguel terminó su bebida de un trago y apartó la vista.
Permaneció tanto rato callado que Ángel se planteó si debía dar por terminada la conversación.
Puede que se hubiera precipitado al intentar indagar.
Sin embargo, cuando ya estaba a punto de cambiar de tema, su amigo esbozó una sonrisa sardónica y se giró de nuevo hacia él.
—¿Sabes? Con el tiempo me he dado cuenta de que no me recuerdas a mi hermano. Me recuerdas a mí mismo. Por eso me dabas tanto asco.
Vaya, eso no lo había visto venir. Pero se equivocaba, ¿verdad?
Ellos dos no se parecían en nada. Miguel era un chico sensible, perceptivo, asolado por la culpa y cargado de emociones intensas y complejas que Ángel no podía más que intuir.
Por mucho que se escondiera tras su fachada de distante frialdad, todo su ser irradiaba sentimientos.
Su amigo era una criatura vulnerable y rota, ¿qué veía en él que le recordaba a sí mismo?
¿Qué clase de acto indecible había cometido para identificarse con una persona que acababa de describir como peligrosa, incluso cruel?
¿De verdad Miguel tenía una parte oscura?
¿Detrás de todas esas emociones y sensiblería sin sentido dormitaba un monstruo deseando liberarse?
¿Le iría bien descubrirlo o quizás convenía alejarse?
Ángel sonrió. Por supuesto que no iba a alejarse. Al contrario, a partir de ese momento su deseo de indagar se volvió más poderoso.
No obstante, Miguel no parecía dispuesto a contar mucho más. Por su expresión taciturna, el estudiante supo que había alcanzado el límite de lo que su amigo pensaba compartir esa noche.
En su lugar, decidió relajar el ambiente usando un tono de broma cuando volvió a hablar.
—Creo que al final sí que voy a ofenderme… ¿Todavía me tienes asco?
—¿Si lo tuviera, estaría aquí hablando contigo?
— Touché —rio Ángel—. No me haría mucha gracia saber que mi amigo me tiene asco.
—¿Amigos? —Miguel frunció el ceño—. ¿Eso es lo que somos?
—Claro. ¿Qué si no?
—Lo cierto es que nunca he tenido un amigo. No uno de verdad, al menos. Compañeros, conocidos… Pero ¿amigos? Eso es otra cosa. Y si te soy sincero, no sé si puedo considerarte como tal.
—Entiendo. ¿Qué necesitarías? Para considerarme un amigo, quiero decir.
—Pero en serio, ¿de verdad quieres ser mi amigo?
—¿Si no quisiera, estaría aquí hablando contigo? —lo imitó Ángel con cierta sorna.
—En ese caso… —Miguel guardó silencio durante un rato.
Su expresión pensativa dejaba ver lo en serio que se estaba tomando la pregunta.
Casi resultaba enternecedor que se esforzara tanto—.
Honestidad —concluyó por fin—. Puedo tolerar cualquier cosa, me da igual lo horrible que sea la verdad, pero necesito confiar en ti para considerarte un amigo.
Tu parte más fea, tus debilidades e imperfecciones…
Todo eso me da igual. Tómate tu tiempo para compartirlo o no lo compartas nunca, eso es cosa tuya.
Sin embargo, necesito que seas honesto en lo que dices.
No me mientas, oculta tus secretos diciendo que no quieres hablar de ello en lugar de inventar excusas y fingir ser lo que no eres.
No trates de engañarme ni me cuentes cuentos sobre lo que piensas y sientes ni sobre lo que esperas de mí, eso es lo único que te pido.
Si eres capaz de cumplir con esto, entonces podré considerarte mi amigo.
—¿Eso es todo?
—¿Te parece poco? La honestidad es un bien escaso, por eso mismo la valoro tanto.
¿Cómo puede ser mi amigo alguien que me engaña y me oculta su naturaleza?
No puedo confiar en un mentiroso y me consta que tú lo eres.
Solo hay que ver cómo te relacionas con todos en la clase.
No es más que un teatro. Sé que no te resultará fácil, pero si también vas a actuar conmigo, prefiero que separemos nuestros caminos desde el principio.
—Qué dramático eres —resopló Ángel. Y divertido, aunque eso no lo dijo en voz alta. ¿Era capaz de tolerar cualquier cosa? Eso estaba por verse. Aun así, la propuesta que acababa de hacer le pareció un desafío interesante—. Está bien, tienes razón. ¿Qué es una amistad si no existe confianza?
—Un baile de máscaras y poco más.
—Muy bien. Seré honesto contigo. Ya lo soy, de hecho. Más de lo que lo he sido nunca. Y con el tiempo descubriremos si de verdad eres capaz de tolerarlo.
Si aquella última frase logró inquietar a Miguel, el joven no dio muestra de ello. En su lugar, se limitó a asentir con un gesto serio.
—Promételo.
—¿El qué?
—Que serás honesto.
Una sonrisa incrédula contrajo los labios del mayor.
—¿En serio?
—Sí, totalmente.
—Muy bien, como quieras —Y sosteniéndole la mirada su amigo, Ángel decidió mentir sin pudor—. Prometo ser honesto contigo.