¿Quién eres cuando nadie mira? 3 de diciembre, 2019 #4
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3 de diciembre, 2019 #4

Por supuesto, Miguel sabía a qué se estaba refiriendo.

La vez que los siguió en la calle. Aunque insistiera en que estaba resfriado y no había ningún tipo de intención perversa tras sus acciones, todavía le costaba creerlo.

¿Qué era lo que había estado cocinando Ángel esa noche y cuáles eran los tiempos adecuados para lo que sea que se traía entre manos con él?

¿Acaso se trataba Miguel del plato principal y estaba a punto de servirlo?

¿Por qué le había preguntado si sus compañeros estaban en casa?

¿Es que Ángel se quería quedar a solas con él para… ?

El estudiante sacudió la cabeza en un intento de sacarse aquellas absurdas ideas de su interior. Tenía que dejar de escuchar tantos podcasts de True Crime , esas historias estaban empezando a afectarle.

Ah, al infierno con todo. Si Ángel resultaba ser un loco perturbado y Miguel acababa de abrirle la puerta de su casa al que se convertiría en su asesino, estaba dispuesto a aceptarlo. Había peores formas de morir. Tal vez así su vida por fin adquiriera valor para alguien.

Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que estuvieron dentro. La entrada no era demasiado grande, pero Ángel se quedó allí esperando hasta que Miguel lo invitó a pasar al salón con un gesto.

«Ni que fuera un jodido vampiro», pensó para sus adentros.

No obstante, una vez en el interior, el mayor no tardó en mostrarse confiado.

—¡Oh, vaya, no sabía que tuvieras un gato! —exclamó al ver al animal descansando en el sofá.

—Ah, sí. Pero es una gata.

—Hola, preciosa. —Ángel se sentó en el sofá y le acarició la cabeza. La gata soltó un maullido adormilado y se estiró al notar el contacto.

—¿Te gustan los animales?

—Mucho. Cuando era pequeño, mi hermana tenía un hámster.

Me encantaba esa ratilla, siempre corriendo en su rueda y escarbando en el serrín…

—La expresión de Ángel se iluminó ante aquel recuerdo infantil, pero una sombra de tristeza lo empañó a medida que continuaba hablando—.

Por desgracia, se escapó de su jaula y no supimos más de él, nos rompió el corazón a los dos.

Después de eso, mis padres no volvieron a dejarnos tener ningún animal.

—Lo siento, me imagino lo doloroso que es perder así a tu mascota. A mí mis padres nunca me dejaron tener una, adopté a esta pequeña cuando me mudé a Salamanca.

—Es una chica afortunada. ¿Y cómo dices que se llama?

—Iskra.

Ángel esbozó una sonrisa divertida. Para sorpresa de Miguel, no parecía que fuera la primera vez que oía la palabra.

—Así que Iskra, ¿eh? ¿Qué eres, comunista?

—O adolescente rebelde…

—¿No es eso lo mismo?

Miguel le lanzó una mirada cargada de veneno y Ángel soltó una carcajada.

—Perdona, no pretendía burlarme de tu ideología. Si es que de verdad tienes alguna, claro.

El estudiante cogió a Iskra y la colocó sobre su regazo.

El animal se lamió el pecho, dio un par de vueltas y volvió a tumbarse, dispuesta a seguir durmiendo sobre el recién llegado.

A Miguel le sorprendió lo amistosa que estaba siendo con un completo desconocido, aunque prefirió no decir nada.

Si su gata confiaba en Ángel con tanta facilidad, quizás no fuera tan malo como había imaginado.

—¿Por qué no iba a tener alguna ideología? —comentó Miguel mientras se sentaba junto a Ángel.

—No pareces la clase de persona que se aferra a principios absurdos y enarbola sus banderas hasta caer derrotado.

—¿Ah, sí? ¿Y qué clase de persona parezco?

—De las que se adaptan. Las que han comprendido que los principios son herramientas estéticas que usamos para sobrevivir, pero que pueden descartarse y retomarse a placer cuando la situación lo requiera.

—¿Herramientas estéticas? —Miguel soltó un resoplido divertido—. Supongo que así eres tú, ¿no? Un mentiroso sin principios, que finge ser amable, altruista y afectuoso, mientras por detrás desprecia a todos los que le rodean.

—Me adapto y sobrevivo, al igual que tú. Creo que los dos nos hemos visto obligados a hacer cosas que no nos gustan para alzarnos sobre el fango en el que pretendían ahogarnos.

Miguel apartó la vista. Sabía que no debería gustarle tanto lo que estaba escuchando y, sin embargo, sus palabras sonaban tan dulces…

—¿Y qué hay de los principios morales entonces? —preguntó, dispuesto a seguirle el juego— ¿También son herramientas estéticas? ¿Ni siquiera estás dispuesto a aferrarte a algo tan básico?

—Me alegro de que lo preguntes. —Y por la forma en que se iluminaron sus ojos, debía estar siendo sincero—.

Ese es el mayor ejemplo de todos. La moral es pura estética.

No hay nada de universal, sagrado o transcendente en ella.

No juzgamos las cosas en la medida en que se alejan o acercan a los conceptos del bien y el mal.

Lo hacemos en base a su armonía con nuestros gustos.

Es malo lo que nos asquea y es bueno lo que encontramos hermoso.

Todo lo demás, son mentiras con las que intentamos justificar y racionalizar nuestra emoción.

Pero una vez que comprendes esto, eres libre del yugo de los absurdos principios.

Miguel arrugó la frente y permaneció un rato en un silencio reflexivo.

Es cierto que lo que Ángel decía era interesante, mucho mejor que las conversaciones que solía tener con otras personas, pero la conclusión a la que llegaba su lógica resultaba cuanto menos preocupante.

Si la moral era mera estética y no existían los principios, entonces cualquier cosa estaba permitida.

Cualquier cosa. Incluso lo que había pasado con Abel.

Sin embargo, pensar en ello no le trajo ningún alivio.

A pesar de lo seguro que sonaba el otro estudiante en sus afirmaciones, para Miguel ese yugo solo parecía volverse más pesado.

—Tío, ¿te has fumado algo? Dices cosas muy raras. ¿Debería preocuparme?

Sería mejor que cambiara de tema, que bromeara y le restara importancia, conducir a Ángel de vuelta a las conversaciones normales. Pero su compañero no parecía dispuesto a ceder. Lo estaba mirando con seriedad, en ese momento su expresión imperturbable carecía de cualquier rastro de emoción.

—¿Nunca te cansas de fingir ser como los demás?

La pregunta pilló a Miguel por sorpresa. Irónico que él dijera algo así.

—No soy yo el que va por ahí haciéndose el gracioso y hablando con todo el mundo como si fueran mis amigos de siempre. Creo que al que le gusta fingir es a ti, no a mí.

—No, para nada. Yo finjo frente a otros, nunca ante mí mismo. Yo sé quién soy, jamás he tratado de esconderme. ¿Pero tú? ¿Piensas aceptar algún día lo que eres o seguirás ocultándote hasta que te consumas?

Podría confesarlo ahora mismo. Decirle todo lo que había guardado desde hacía años, cada sentimiento, cada deseo, recuerdo e impulso.

Ángel era su espejo, en el vacío de su mirada se refleja el dolor, el miedo y la culpa y si hablaba ahora, quizás lograra hacerlo desaparecer, que el monstruo que intuía en su compañero devorara su angustia y la transformara en algo nuevo.

Pero Miguel no tenía el valor para ello.

Siempre había sido un cobarde y ni siquiera la silenciosa promesa de aceptación que presentía en Ángel iba a hacer que cambiara.

Sin embargo, sí había una cosa que podía admitir. Su compañero tenía razón. Ellos dos eran diferentes. Paseaban por los bordes, danzando con una música que nadie más lograba oír. El resto del mundo giraba a otro ritmo y se había olvidado de darles el espacio que requerían para ser una parte de él.

—¿Nunca has querido ser como los otros? —murmuró Miguel por fin.

—¿Qué? —Ángel frunció el ceño. Casi parecía ofendido por la pregunta—. ¿Por qué querría ser una oveja más en el rebaño?

Al más joven se le escapó una carcajada carente de alegría.

—Porque ser la oveja negra es agotador, ¿no crees? Siempre al margen, despreciado y rechazado, sin nadie cerca que sea capaz de comprenderte por completo y aceptar lo que eres. No lo sé. Los demás parecen mucho más felices. Al menos, dentro del rebaño no hace tanto frío. Y no se está tan solo.

—Oh, Miguel. Eres tan divertido. Todavía no has entendido nada.

—Ángel se inclinó hacia él, las comisuras de sus labios se contrajeron en una mueca que parodiaba una sonrisa y una chispa de violento anhelo iluminó sus ojos.

Miguel no pudo evitar un escalofrío, una parte de él deseaba huir, pero otra estaba hipnotizada por el peligro que se adivinaba tras la suavidad de sus palabras—.

¿Por qué ibas a conformarte con eso cuando puedes convertirte en el lobo?