3 de diciembre, 2019 #3
—¿Qué hago en mi tiempo libre? En realidad, no tengo mucho de eso.
Estudio, como bien has dicho. Y sí, voy a boxeo desde hace años, es algo que me encanta.
Pero también tengo que trabajar, así que echo unas cuantas horas repartiendo comida a domicilio.
Con lo que me sobra, aún puedo ver series y leer de vez en cuando.
También salir de fiesta, claro. Solo se es joven una vez, ¿no?
Sin embargo, no me meto ninguna mierda en el cuerpo.
Ya termino el día lo bastante agotado sin necesidad de añadir alicientes.
Miguel decidió ignorar ese último comentario.
Ya le había quedado claro que Ángel insistía en aquel tema para provocarlo.
Si de verdad encontraba divertido que lo insultara y amenazara, esa parecía ser la forma de conseguirlo.
Pero ahora que lo sabía, no pensaba darle el gusto de salirse con la suya.
En su lugar, se enfocó en lo que más le llamó la atención de sus palabras.
—¿También trabajas? Joder, ¿cómo lo haces? Yo solo con ir a clase y estudiar acabo hecho polvo, no me imagino tener que ir de un lado a otro de la ciudad llevando la comida de otras personas.
—Es cuestión de supervivencia. El piso no se va a pagar solo y yo también tengo que alimentarme. Además, por mucho que me den una beca, tampoco es gran cosa y siempre tardas en cobrarla.
—¿Tus padres no te echan una mano?
Ángel se volvió hacia él, una mueca que pretendía ser una sonrisa se perfiló en sus labios.
—No todos tenemos esa suerte. Hace mucho tiempo que no sé nada de mis padres.
—Oh, vaya, lo siento.
—¿Por qué? Es mucho mejor así. En realidad, nunca fui parte de esa familia.
Estoy seguro de que se habrían deshecho de mí mucho antes si hubieran podido.
Ellos solo tenían ojos para mi hermana y yo no era más que un estorbo que no encajaba en ese cuadro.
Desapareciendo de sus vidas, les he hecho un favor.
Además, preferiría morir a tener que depender de ellos. Al menos, ahora soy libre.
Miguel guardó silencio mientras trataba de procesar lo que acababa de oír.
Un sentimiento de opresión se asentó en su pecho y por un momento se sintió mareado.
Cada palabra de Ángel se había clavado en él con una precisión que resultaría difícil de explicar.
Aquella era su historia, en los labios de una persona que parecía tan distinta a sí mismo…
Aunque por supuesto, Miguel nunca tendría el valor para lograr lo que su compañero había hecho.
Liberarse. Tan solo pensar en ello le daba vértigo.
—Si preferían a tu hermana… ¿Qué clase de relación tienes con ella? ¿Tampoco os habláis? —consiguió decir por fin.
—Oh, no. Nunca he culpado a Ruth por eso. Ella siempre se ha portado bien conmigo y aún de vez en cuando me echa una mano si las cosas van mal. No hablamos mucho y hemos tenido nuestros problemas en el pasado, pero a mi hermana sí la considero mi familia.
—Me alegro —comentó Miguel con total sinceridad—, es bueno que al menos hayáis podido superar esa mierda juntos.
—¿Y qué hay de ti? ¿Tienes hermanos?
Debería haber visto venir esa pregunta. Era esperable dado el cariz de la conversación, sin embargo, eso no evitó que el corazón de Miguel se encogiera en esa mezcla de culpa y emoción que lo invadía siempre que pensaba en él.
—Tenía un hermano mayor, Abel. Pero murió hace años en un accidente de tráfico.
Ángel lo observó durante un rato, antes de asentir sin decir nada. No hubo condolencias de su parte, solo una expresión tranquila que parecía haber comprendido en un instante todos los dolorosos matices que ocultaba la relación de los hermanos Rovira.
—¿Sabes? —dijo Ángel tras un rato caminando en silencio—.
Todos los padres tienen sus favoritos, el que diga lo contrario, miente.
Es natural, no hay dos personas iguales, es imposible sentir el mismo nivel de aprecio.
El problema se da cuando la conexión con uno comienza a ir en detrimento de la que existe con el otro.
Los padres empiezan a sentir que uno de sus hijos sobra, que su familia sería perfecta con tan solo deshacerse de ese único elemento discordante.
Si el hijo correcto desaparece, entonces el elegido por fin podrá desarrollarse en todo su esplendor.
Estaba divagando y, no obstante, Miguel no pudo evitar sentir que acababa de decir en voz alta lo que llevaba años guardando en su interior. Se había convertido en una vergüenza para sus padres, en la carga que ensombrecía los logros del hijo perfecto que fue Abel.
De pronto, Ángel se paró frente a él, obligándolo a frenar en seco. Miguel lo miró con expresión interrogante, sin poder evitar sorprenderse ante la fiereza que encontró en los ojos de su compañero cuando volvió a hablar.
—¿Es eso lo que pasó, Miguel? ¿Despareció el hijo incorrecto? Sabes que tus padres te odian por ello, ¿verdad? Nunca te perdonarán porque les recuerdas cómo perdieron lo que amaban mientras conservan lo que desprecian.
Tenía razón, ¿pero en serio era necesario que se lo dijera? Aquella verdad era tan dolorosa que le hacía desear terminar con lo que empezó hacía cinco años.
—¿De qué estás hablando? Tú no sabes nada de mí ni de mi familia, así que harías bien en no meterte donde no te llaman. Mi relación con mis padres es muy buena, gracias por la preocupación.
Era mejor negarlo, dolería menos si lograba convencerse de sus propias mentiras. Sin embargo, Ángel le dedicó una sonrisa depredadora, dejándole ver aquellos dientes tan blancos en una mueca que inspiraba más terror que simpatía.
—Por supuesto que lo sé. Lo sé todo. —El joven se inclinó hacia él y bajó el tono hasta convertirlo en un susurro—.
Podrás engañar a la gente que te rodea, incluso a ti mismo.
Pero no a mí. Y no hace falta que lo intentes.
Tu hermano está muerto, tú no. Eso significa que has ganado.
Enhorabuena, tú eras el más válido. Y aun así, no disfrutas de la victoria.
¿Qué hace que te tortures, Miguel? ¿Por qué todavía no te has liberado?
Siento mucha curiosidad por conocer la respuesta.
—¡Mi hermano no debería haber muerto! Lo que pasó es horrible. ¿Cómo podría disfrutar…?
Entonces, Miguel enmudeció. Daba igual que intentara sonar convincente, Ángel parecía capaz de leer a través de él y en el brillo divertido que iluminaba su mirada creyó ver reflejado el más profundo de sus secretos.
No, eso era imposible. No había forma de que lo supiera.
Su compañero ni siquiera imaginaba lo mucho que había llegado a odiar a Abel.
Solo estaba jugando. Intentaba incomodarlo para hacerlo estallar una vez más.
El joven rompió el contacto visual y retrocedió un paso. ¿Por qué se había metido a sí mismo en aquello? No iba a terminar bien.
—Estás jodido de la cabeza, ¿lo sabías? Comienzo a arrepentirme de haberte invitado a casa.
Durante un momento, Ángel siguió observándolo de la misma forma y Miguel llegó a plantearse si no debería huir en ese mismo instante y no mirar atrás.
Pero de pronto, algo pareció cambiar en su compañero.
La tensión que contraía sus músculos desapareció y la fiereza en su rostro se vio sustituida por un gesto cálido.
En apenas un instante, volvió a ser el mismo chico de aspecto amable e inofensivo de siempre.
—Olvídalo. Aún no estás preparado. Ya hablaremos de ello más adelante. —Sin dejar de sonreír en ningún momento, Ángel señaló el portal frente a ellos—. Esa es tu casa, ¿no? ¿No deberíamos subir?
¿Deberían? Lo más probable es que no. Todavía estaba a tiempo de retirar la invitación, volver a su piso y dejar a Ángel en la calle.
La idea de darle con la puerta en las narices al chico más popular de la clase le produjo un cosquilleo de emoción.
Había algo de retorcido placer en imaginarse la cara que pondría su compañero si lo plantaran de esa forma, justo cuando estaba a punto de conseguir lo que quería.
Sería como arrancarle un caramelo de los labios.
Sin embargo, tras abrir la puerta Miguel se hizo a un lado para permitir entrar a Ángel.
No era lo bastante cruel como para hacer algo así.
En realidad, el otro estudiante tampoco le había hecho nada tan grave para que ahora disfrutara humillándolo de esa forma.
Además, si lo dejaba abajo, él volvería a estar tan solo como cuando salió a pasear y todavía no se sentía preparado para enfrentarse a ello.
—¿Están tus compañeros en casa? —preguntó el mayor mientras esperaban el ascensor.
—Que va, vivo solo. Compartir piso me parece una cosa insufrible.
—Te acabas acostumbrando. Así que tenía razón —continuó Ángel cuando entraron en el ascensor—, eres un niño pijo, ¿eh? Supongo que el dinero puede ser un buen motivo para no liberarse.
Miguel soltó un bufido, pero no se dignó a responder.
Sí, sus padres pagaban un piso para él solo.
¿No era lo mínimo que podían hacer, después de haberle negado cualquier tipo de afecto durante toda su vida?
La única condición era que siguiese sacando buenas notas y el joven la cumplía con diligencia.
—No te culpo. —Ángel no se amedrentó ante su silencio—. Cada uno debe hacer lo que considere necesario para sobrevivir. Además, en la vida, como en la cocina, cada cosa tiene sus tiempos, incluida la venganza. Ya llegará tu momento.
En esta ocasión, fue Miguel el que rompió a reír.
—¿Pero de qué serie mala has salido tú? ¿Qué eres ahora, un justiciero enmascarado?
—¿Enmascarado? —Su compañero le lanzó una mirada cómplice—. Eso solo cuando me constipo.