¿Quién eres cuando nadie mira? 3 de diciembre, 2019 #2
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3 de diciembre, 2019 #2

Ángel era un mentiroso. No necesitaba que se lo dijera para saberlo.

Estaba claro que había sido sincero cuando le contó que se aburría de sus supuestos amigos, no obstante, Miguel sabía que estaba exagerando al hablar de cómo se sentía culpable ante el desprecio de su compañero.

Si le hubiera dicho que sentía curiosidad, se lo habría creído.

Pero ¿culpa? ¿Tristeza? No, esas no eran las emociones que le trasmitía.

Tenía razón en lo de que había sido injusto con él, eso no iba a negárselo.

Ángel le traía demasiados recuerdos y le estaba costando dibujar la línea entre lo que percibía de verdad y lo que provenía de su pasado.

Aquel chico despertaba en él sentimientos contradictorios y Miguel había preferido ahorrarse quebraderos de cabeza manteniendo las distancias.

El problema es que Ángel no parecía dispuesto a ponérselo fácil.

¿Por qué le había contado aquello? ¿Sería cierto que se sentía tan alejado del resto, incapaz de conectar con los demás?

¿De veras buscaba en él un igual que lograra comprenderlo y aceptarlo?

¿Aceptar el qué, exactamente? ¿Y por qué Miguel?

¿Qué veía en él tan especial como para desear mostrarle lo que ocultaba tras su máscara de normalidad?

Por mucho que Ángel hubiera notado similitudes, había un mundo de distancia entre ellos.

Miguel no tenía ningún talento, no lograría hacer amigos ni aunque fingiera, pero sobre todo, carecía de esa crueldad latente que percibía en su compañero.

Aunque la oscuridad habitaba en su corazón, lo que notaba en Ángel iba más allá del mero impulso violento.

Había un vacío en sus ojos que le robaba el aliento y le atraía y repugnaba a partes iguales.

Sin embargo, Miguel estaba cansado de luchar.

Tal vez el joven solo estuviera divirtiéndose a su costa y planeaba acercarse para humillarlo, como había hecho con el tabaco, para mentirle y convertirlo en objeto de burla.

Puede que Ángel se aburriera tanto que deseara transformarlo en su juguete, al igual que hizo Abel.

O quizás se equivocaba y su compañero había visto de verdad algo por lo que merecía la pena luchar.

Sería la primera vez en su vida que alguien mostraba esa clase de interés hacia él.

¿Estaba dispuesto a correr el riesgo para averiguarlo?

A Miguel se le escapó una sonrisa, mientras sus pasos se encaminaban en dirección a Ángel.

¿A quién pretendía engañar? El mero hecho de que el acercamiento implicara un riesgo, ya era motivo más que suficiente para hacerlo.

En eso Ángel tenía razón. Miguel también estaba muy aburrido, pero no era cierto que a él no le importara.

No, su parte más retorcida estaba deseando jugar a esa suerte de ruleta rusa que su compañero parecía representar.

Y en un día como aquel, después de cinco largos años de existencia forzosa, de vivir un tiempo robado, ¿de verdad iba a seguir resistiéndose?

—¡Eh, Ángel! ¿Qué haces por aquí?

El aludido se detuvo y se volvió en su dirección, las cejas alzadas con curiosidad.

—Mira tú por donde, el esquivo Miguel Rovira se digna a hablarme.

El aludido hizo una mueca y se acercó hasta ponerse a su altura.

—No seas capullo. Quizás sea un borde, pero no soy tan mal educado como para no saludar a un compañero de clase cuando me lo encuentro por la calle.

Ángel le sonrió, aunque había una nota de ironía en su gesto.

—Por supuesto, estoy seguro de que esa es tu forma habitual de actuar.

—Piensa lo que quieras —respondió Miguel con un encogimiento de hombros—. ¿Ibas a algún sitio?

—Acabo de terminar el entrenamiento de boxeo, así que volvía a casa. ¿Y tú? ¿Te encuentras bien?

—Sí, claro, ¿por qué no me iba a encontrar bien? Estaba paseando por la zona, nada más.

—Lo digo porque como has faltado a clase esta mañana, pensé que quizás estabas enfermo o te había pasado algo.

No parece ser el caso, se te ve muy saludable.

—Ángel dio un paso hacia su compañero, hasta que la escasa distancia entre ellos se volvió incómoda.

La curiosidad brillaba en sus ojos cuando volvió a hablar— A no ser que lo que te ocurra no sea del tipo de cosas que se aprecian a simple vista...

—No digas tonterías. No me apetecía ir, eso es todo —murmuró Miguel, sin poder evitar una cierta vacilación en su tono.

Sabía que era irracional, pero tenía la sensación que Ángel era capaz de ver a través de él y sabía con total precisión cómo se sentía en realidad y el motivo por el que se había saltado las clases esa mañana.

No, claro que no. ¿Cómo iba a saberlo? Su compañero apenas lo conocía.

Lo que le había ocurrido hacía cinco años, las circunstancias que lo llevaron a ello, los pensamientos que aún lo dominaban, todo eso estaba a buen recaudo en el interior de su mente y Ángel no tenía forma de acceder allí.

Entonces ¿por qué lo miraba de ese modo, con su sonrisa depredadora cargada de promesas de comprensión y reconocimiento?

Miguel retrocedió y apartó la mirada. No debería haberlo llamado, la influencia de ese chico resultaba demasiado confusa para sus ya alterados sentidos.

—De acuerdo —respondió Ángel con calma, como si no hubiera notado su inquietud—. ¿Y qué es lo que te apetece ahora?

Alejarse de él. Poner toda la distancia posible antes de que fuera demasiado tarde. Eso sería lo más sensato.

—¿Quieres venir a mi casa?

Lo dejó caer de forma casual, como si la propuesta no tuviera la mayor importancia. Sabía que estaba cometiendo un error, sin embargo ¿no era esa una de las cosas que mejor se le daban? Y ahora que había empezado, no planeaba parar.

En esta ocasión, la sorpresa en la expresión de Ángel le resultó genuina.

—¿Vas en serio?

—Sí, claro. He salido porque me estaba aburriendo allí solo. A lo mejor podemos pasar un buen rato. Tengo bebida de sobra.

—¿Vas a llamar a tu prima?

El corazón de Miguel dio un vuelco. Por supuesto, ¿cómo podía ser tan ingenuo?

No era él quien le interesaba, era Noah.

No podía culparlo, una chica atractiva y directa sería mucha mejor compañía que alguien tan soso como él.

No obstante, no pudo evitar sentirse algo decepcionado.

Por un momento, había llegado a creer que le estaba prestando atención de verdad.

—¿Eso te gustaría? Si tanto te interesa quedar con ella, puedes llamarla tú. No hace falta que me tengáis de sujetavelas.

Ángel no pareció entender por qué se había molestado.

—¿De qué hablas? —respondió arrugando la frente—. No, preferiría que estuviéramos a solas. Tú me resultas mucho más interesante que ella. Tan solo pensé que a lo mejor te sentías más cómodo teniéndola a tu lado. Ya sabes, como te da tanto miedo acercarte a mí…

—¿Miedo? —Miguel soltó una carcajada—. ¿Acaso sabes lo que es el miedo?

—No, en realidad no. El miedo no es una emoción que tenga la suerte de experimentar.

Ya estaba otra vez diciendo tonterías, siempre con esa sonrisita torcida en su rostro. El más joven no pudo evitar entornar los ojos. ¿De verdad se creía que con aquellas exageraciones impresionaba a alguien?

—Lo que tú digas. Mira, capullo, hay muchas cosas que me dan miedo, pero desde luego, tú no eres una de ellas. Así que ¿quieres venir a mi casa, sí o no?

—Solo si prometes seguir insultándome.

Miguel le enseñó el dedo del medio y echó a andar sin volver a mirarlo. Por supuesto, su compañero no tardó en seguirlo. Quién sabe, a lo mejor no estaba de broma y de verdad le ponía ese rollo.

—Entonces ¿te va que te insulten o cómo es eso?

Ángel se echó a reír.

—Oh, no. Lo que me gusta es que alguien crea que puede insultarme. Las amenazas de violencia tampoco están nada mal. Lo hacen todo mucho más emocionante.

—¿El qué hacen más emocionante?

El estudiante no respondió. En su lugar, le lanzó una de aquellas miradas que lograban estremecerlo.

Sabía que sus palabras insinuaban algo oscuro que no obstante Miguel se veía incapaz de definir.

Para bien o para mal, Ángel no parecía dispuesto a seguir hablando sobre ello.

En su lugar, decidió cambiar por completo de tema.

—¿Y a qué te dedicas por las tardes? ¿Practicas algún deporte?

—Que va, el deporte no es lo mío. Prefiero cosas más tranquilas. Le dedico mucho tiempo a estudiar, pero fuera de eso, hago lo habitual. Leer, ver series, jugar a la consola, salir con mi prima y sus amigos… Nada del otro mundo.

—O te quedas en casa bebiendo a solas y fumando porros, ¿no?

¿Otra vez con esas? Miguel lo fulminó con la mirada. ¿De verdad tenía esa imagen de él o solo lo decía para molestarlo?

—Eres un payaso. ¿Te piensas que soy un puto yonqui? Sí, bebo alcohol y me fumo algún porro de vez en cuando, pero suele ser con otra gente. ¿Cuál es el problema?

—Nada, solo bromeaba. —Ángel se encogió de hombros, en absoluto amedrentado por el tono agresivo de su compañero—. Aunque viendo cómo te has sulfurado, debo haber tocado alguna fibra sensible. Supongo que un poco de razón sí que tengo, si no, no te pondrías tan a la defensiva.

—Vete a la mierda. —Miguel empezaba a arrepentirse de haberlo invitado—.

¿Qué hay de ti, entonces? ¿Es que te pasas la vida siendo un buen chico?

¿Estudiando, haciendo deporte, ayudando a ancianitas a cruzar la calle y trabajando de voluntario en un comedor social o qué?

¿Qué hace don perfecto en su tiempo libre?

—¿En serio te parezco la clase de persona que haría voluntariado y ayudaría a una anciana a cruzar la calle? —Ángel ladeó la cabeza. Parecía divertido por la idea—. Bien, quizás tengas razón, lo haría. Aunque mi primer impulso sería el de empujar a la vieja contra el tráfico, claro.

—¿Qué coño?

La expresión horrorizada de Miguel hizo reír a Ángel, que continuó respondiendo a su pregunta como si no acabara de decir algo terrible.