3 de diciembre, 2019
Miguel apagó el ordenador y se levantó de la silla.
Sus apuntes se extendían desordenados sobre el escritorio y hacía rato que había terminado su cuarto café del día, pero aun así, no lograba concentrarse.
Le había dado mil vueltas a todo, pasado de una asignatura a otra, sin embargo, su mente se encontraba lejos de allí, vagando en el recuerdo de lo ocurrido hacía cinco años.
Aunque tal vez ir a clase le habría sentado bien como distracción, cuando la alarma le despertó esa mañana, no se sintió con fuerzas para ello.
Era el aniversario de su muerte, al fin y al cabo, ¿no resultaba razonable que necesitara un poco de espacio para el duelo?
El estudiante llevó la taza vacía hasta la cocina y la dejó en el fregadero, mientras una sonrisa torcida se perfilaba en su rostro.
Bien, técnicamente había sobrevivido, al menos en un sentido literal, pero la persona que era antes de perder la conciencia ya nada tenía que ver con el chico confuso que se había despertado en el hospital.
Al pensar en ello, casi podía sentir el molesto tubo en su nariz y las manchas de carbón en la cara.
Le costó comprender lo que había ocurrido y cuando lo hizo se sintió muy molesto.
No, eso era quedarse corto. Estaba furioso.
¿Por qué no podían dejarlo morir? Solo deseaba obtener algo de paz, tampoco pedía demasiado.
Pero la expresión de sus padres fue suficiente para apagar la rabia.
La vergüenza se alzó entonces y junto a ella un conocido sentimiento de derrota.
Dijeron que estaba intentando llamar la atención, como había hecho siempre.
Que era un desalmado y un egoísta que solo buscaba humillarlos y haría bien en dejarse de tonterías y dedicarse a estudiar.
Le compraron los fármacos que le recetaron, pero se negaron a llevarlo a la cita que le dieron con un psiquiatra y Miguel tampoco se esforzó por acudir.
No tenía ningún interés en hablar con nadie sobre cómo se sentía.
Ya no. ¿De qué serviría? No creía que quedase nada que salvar en él.
Dejó los antidepresivos apenas un par de semanas tras empezar, pero encontró un cierto refugio en los ansiolíticos.
Anestesiaban su cuerpo tanto como sus emociones, le permitían relajarse y dormir las horas suficientes para seguir existiendo.
¿Qué importaba si estaba tomando más de la cuenta?
Eso era mejor que la angustia que le oprimía el pecho de forma constante.
Seguía existiendo porque hacía cinco años su madre llamó a una ambulancia.
Pero decir que vivía sería demasiado generoso.
No, Miguel se limitaba a vagabundear en un cuerpo muerto, a interpretar el papel de persona aunque nunca llegaba a sentirse como tal.
Comía, estudiaba, hablaba y reía sin estar allí en realidad, viendo el mundo girar a su alrededor a través de un velo de neblina propio de los sueños.
La mayor parte del tiempo, se notaba fuera de sí mismo, sin conexión con su cuerpo.
Así era más sencillo. No sentir nada era mejor que seguir sufriendo.
Si vivir era su penitencia, entonces la cumpliría, pero sería en sus propios términos, a través de una ilusión que tarde o temprano se apagaría.
Que no pudiera matarse, no significaba que no fuera a destruirse.
De forma mucho más sutil, moviéndose al filo de la ley, siguiendo a su prima por aquellos caminos prohibidos, tomando todo lo que le ofrecía sin preguntar, yendo con ella a los lugares más peligrosos para abastecerse, forzando las puertas de los coches para desmantelar su interior y llevarse con ellos cualquier objeto con un mínimo valor.
Miguel no necesitaba el dinero, sin embargo ¿la emoción de lo prohibido?
¿Saborear el retorcido placer de salirse de la senda marcada?
¿El riesgo de ser atrapado, humillado, castigado?
Eso era todo por lo que aún respiraba, lo único con lo que lograba volver a sentirse vivo.
Quizás no planeara arrojarse de forma directa al vacío, no obstante, sí podía seguir envuelto en la espiral de destrucción hasta que todo su ser se fragmentara y desapareciera de una vez y para siempre.
El maullido de Iskra interrumpió sus pensamientos.
La gata blanca se frotó contra sus piernas y alzó la cabeza hacia él.
Sus ojos se clavaron en Miguel con una intensidad impropia de un animal.
El derecho, azul; el izquierdo, amarillo.
Unos ojos tan discordantes como lo que representaba esa gata en el lienzo de desesperanza que el joven estaba pintando con su vida.
Había llegado a él por casualidad. Mientras vivía con sus padres, nunca tuvo mascotas, no se lo permitieron, y una vez que se mudó para ir a la universidad ni siquiera se lo planteó.
Tan solo ocurrió. Había sido un día lluvioso, en el que volvía a casa con andares pesados.
Recordaba la desolación de aquella tarde, cómo no dejaba de pensar en lo mucho que le gustaría acabar lo que había empezado aquel tres de diciembre de 2014.
Aunque esa vez no fallaría. No podía permitirse otro fracaso.
Estaba decidido, agotado por la angustia, incapaz de ver otra salida.
Fue entonces cuando percibió un movimiento que captó su atención.
Podría haberlo ignorado, pero la curiosidad logró abrirse paso a través de sus muros y Miguel se había acercado al lugar.
Encontró a la gatita escondida bajo un contenedor, tan pequeña que le cabía en la palma de la mano.
Estaba sucia y herida, apenas lograba abrir sus ojos legañosos y sus maullidos eran débiles, casi inaudibles.
Temblaba de frío y en cuanto la cogió en brazos se acurrucó contra su pecho y buscó refugio bajo el abrigo.
En ese momento, Miguel supo que tenía que salvarla.
Todas sus pretensiones previas desaparecieron.
La idea de quitarse la vida se esfumó, en su lugar el joven se dedicó a buscar un veterinario que ayudara al animal recién encontrado.
Le dijeron que era demasiado pequeña. Que estaba desnutrida y que alguien la había golpeado al punto de romperle varios huesos.
Intervenirla costaría dinero y las posibilidades de que se salvara eran escasas.
Además, primero tendría que ganar algo de peso.
Le aconsejaron que la dejara marchar, pero Miguel no se rindió.
Al contrario que él, aquella gata quería vivir.
Estaba dispuesta a luchar y no pensaba negarle la oportunidad.
Las siguientes semanas estuvieron cargadas de incertidumbre y de noches en vela.
Cada vez que el animal se dormía, temía que no fuera a despertar.
Pero día a día seguía avanzando y todos los biberones dieron su fruto.
La gata creció, engordó, fue operada y se recuperó de sus lesiones.
Y con el tiempo se convirtió en aquel hermoso animal que lo saludaba cada mañana, que se acurrucaba en su regazo y le traía algo de paz con su ronroneo.
La llamó Iskra, chispa en ruso, porque eso había encendido en él, una chispa de vida, a pesar de que hasta entonces lo creía imposible.
La conexión que compartía con su gata iba más allá de lo explicable, al punto en el que sentía que se había convertido en una extensión de sí mismo, de su lado más fuerte y puro, de la belleza inocente por la que aún merecía la pena luchar.
Iskra era una palabra potente, trasmitía una energía que Miguel había dado por perdida hacía mucho, pero que pareció renacer a través de su encuentro con la gata.
Cuando la miraba, el estudiante recordaba ese momento y lo que vino después y no podía evitar pensar que quizás no todo fuera tan malo, que aún había bondad en su mundo, que la llama de la esperanza no estaba por completo extinta.
—Iskra, bonita, ¿qué hacías? —Miguel se agachó para coger a la gata—. ¿Te aburres? ¿Has estado durmiendo?
Se quedó un rato allí, con los ojos cerrados, abrazando a su mascota hasta que esta consideró que ya había sido suficiente. Iskra se retorció y Miguel la dejó de nuevo en el suelo, sin poder evitar soltar una carcajada.
—Vale, vale, perdona. Soy un pesado, ¿verdad?
La gata maulló de nuevo y entonces corrió a subirse en el sofá y comenzó a lavarse.
El joven echó un vistazo a la ventana, dudoso.
Era un día frío, pero no llovía. Tal vez le iría bien dar un paseo, alejarse de aquella casa, escuchar música mientras andaba.
Puede que cuando volviera no se sintiera tan inquieto.
Así, se enfundó unos vaqueros rotos y una sudadera y sin más preámbulos salió del edificio.
No tenía a dónde ir, por lo que caminó sin rumbo fijo, calle tras calle sin pararse a pensar.
Hasta que lo vio. Salamanca tampoco era una ciudad tan pequeña, ¿por qué seguía encontrándoselo?
Al final iba a acabar creyéndose de verdad que Ángel lo estaba acosando.
Sin embargo, ese no debía ser el caso, ya que el joven no dio señales de haber notado su presencia.
Miguel se detuvo y se quedó mirándolo a distancia.
Llevaba ropa deportiva y una mochila a la espalda.
Además, tenía el pelo mojado, como si acabara de ducharse.
Sabía que Ángel iba varias veces a la semana a entrenar, algo había oído en clase, pero no estaba seguro de qué practicaba.
Tampoco es que le importara, claro. Desde su última conversación, Miguel había evitado prestarle atención y tratado de enterrar sus palabras.
Ahora que lo veía, el recuerdo afloró con naturalidad y en esta ocasión no hizo nada por resistirse.