¿Quién eres cuando nadie mira? 3 de diciembre, 2014
18%

3 de diciembre, 2014

Miguel no tenía nada de especial. Tratar de creer otra cosa solo le traería más decepciones, así que con los años había dejado de esforzarse por demostrar lo contrario.

Es cierto que siempre había sacado buenas notas y que era capaz de pensar y comprender a niveles que a muchos se le escapaban, pero todo ello quedaba ensombrecido por la presencia de su hermano.

Abel era perfecto. Atlético, guapo, inteligente, ingenioso, carismático...

Ya siendo un niño se ganaba a las personas que lo rodeaban con sus buenos modales y sus comentarios brillantes.

¿Cómo competir contra aquello? En comparación con él, Miguel era un auténtico perdedor.

Y, en caso de que no lo tuviera claro, su hermano se lo recordaba a diario.

Si no fuera por eso, habría sido capaz de tolerarlo.

Aceptar que nunca podría superar a Abel, que sus padres no lo querrían del mismo modo, que estaba condenado a ser la nota discordante en la perfecta estampa familiar, resultaba difícil, pero no imposible.

Más aun teniendo en cuenta que Miguel no había conocido otra cosa.

La atención y el cariño de sus padres se dirigían a su hermano mayor casi por entero desde que tenía memoria.

Anhelaba también un poco de aquello, sí, sin embargo, había aprendido a vivir con ello.

El problema es que Abel no era lo que aparentaba.

Detrás de toda esa amabilidad, de las sonrisas y los gestos bondadosos, se ocultaba un monstruo que solo Miguel podía ver.

Su hermano le aterraba. Había sido así desde que tenía memoria.

No sabía por qué, pero había algo en su mirada, en su tono, en cómo se movía y hablaba, que le provocaba escalofríos y le hacía huir de él.

Por eso, cada vez que jugaban se echaba a llorar, hasta que Abel empezó a encontrar aquello demasiado fastidioso.

Tanto, que un día decidió cambiar por completo su actitud hacia el pequeño.

Su hermano se desenmascaró ante Miguel y a partir de ahí ya no hubo marcha atrás.

Lo peor de aquellos años no fueron los insultos, las humillaciones ni los golpes.

No fue que su hermano se interpusiera en todos sus intentos por hacer amigos, que lo aislara en la escuela e iniciara rumores que acabaran convirtiéndolo en la burla de sus compañeros.

Ni siquiera los tocamientos ni las cosas que su hermano empezó a forzarle a hacer cuando la pubertad lo golpeó y sus instintos sexuales se despertaron.

No, lo que más le dolió fue la frustración al ver que nadie le creía.

Acudió a sus padres la primera vez que Abel le hizo daño.

Les contó todo lo que pasaba entre ellos, la forma en que su hermano lo trataba, cómo impedía que los otros niños se acercaran a él en el colegio, los motes, los rumores y los insultos, además de hablarles del puñetazo que le había dado esa mañana, mostrando su ojo hinchado como prueba.

Pero en lugar del apoyo y comprensión que esperaba, sus padres se mostraron escépticos.

Enfadados, incluso. Le dijeron que dejara de mentir, que estaba difamando a su hermano por envidia, que Abel jamás haría algo así, que se había golpeado a sí mismo para acusarlo porque no era capaz de tolerar que el mayor fuera mejor que él en todo.

Miguel se había quedado paralizado, demasiado pequeño aún para acabar de entender por qué sus padres estaban gritándole cuando el que había hecho algo malo era Abel.

Sin embargo, tras el estallido inicial, tuvieron la deferencia de llamar a su hermano y preguntarle sobre lo ocurrido.

El niño había abierto los ojos de par en par, antes de lanzarle una mirada dolida a Miguel.

Había fingido sorpresa, se había mostrado decepcionado y triste porque dijera esas cosas tan horribles sobre él, el atento hermano mayor que tanto lo quería.

Al final se había vuelto hacia el más joven con una sonrisa conciliadora y le había pedido perdón por si había hecho algo que pudiera ofenderlo, ya que esa no fue su intención.

Miguel nunca se había sentido tan furioso como en ese momento.

¿Cómo podía Abel ser tan descarado? ¿Y por qué sus padres no le hacían caso?

Le dolía mucho la cara, ¿no lo veían? ¡Claro que no se había hecho daño a sí mismo!

¿Y qué pasaba con los niños de clase? No es que no se acercaran a él porque Miguel fuera malo o tuviera un problema, es que Abel no les dejaba.

Se puso a gritar todo aquello. Pataleo y chilló para lograr hacerse escuchar y que dejaran de ignorar sus necesidades.

Al principio, nadie reaccionó, confundidos al ver como ese niño callado y tímido explotaba de aquel modo, pero su rabieta terminó con brusquedad cuando su padre lo abofeteó y su madre abrazó a Abel con expresión horrorizada.

Rabieta, sí. Así es como clasificaron sus padres a cada intento por pedir ayuda.

Llamadas de atención de un niño envidioso que no soportaba el éxito del mayor.

Por eso Miguel había dejado de intentarlo.

Daba igual lo mal que se portara, lo que hiciera o dijera, no había nadie a quien acudir.

Por eso el día que Abel se bajó los pantalones y lo forzó a practicarle sexo oral por primera vez, ni siquiera se le ocurrió hablar con sus padres.

Creerían a su hermano antes que a él, así que ¿por qué esforzarse?

Abel tenía razón cuando decía que era su juguete y podía hacerle lo que quisiera y con los años Miguel comenzó a pensar que tal vez lo merecía.

Después de todo, su hermano era más mayor, fuerte, inteligente y popular.

¿Y qué era él, además de un estorbo para su familia?

Un crío patético, caprichoso y sin amigos en el que no se podía confiar.

Al menos mientras Abel se divertía a su costa estaba sirviendo a un propósito.

Y no siempre era tan malo. Su hermano también sabía ser amable con él.

Tras las peores humillaciones, se mostraba capaz de escucharlo y consolarlo hasta el punto en que Miguel llegaba a sentirse comprendido.

Primero le pegaba, pero luego trataba sus heridas.

No permitía que nadie en la escuela entablase amistad con él y alentaba las burlas, sí, y no obstante ningún alumno se atrevía a ponerle la mano encima por temor a las consecuencias, Abel se había asegurado de dejar aquello bien claro.

Miguel le pertenecía y con el tiempo el niño había terminado por entender y aceptar este hecho.

¿Y qué mejor dueño que aquel? Alguien tan poderoso y amado, hacía que mereciera la pena ser su esclavo.

Quién sabe, si seguía siendo callado y obediente, tal vez algún día lo recompensase.

O, al menos, eso insinuaba su hermano cuando estaba de buen humor.

Miguel ansiaba creerlo y se esforzaba por satisfacer sus demandas y mostrarse a la altura, mientras se decía a sí mismo que no existía otra opción, que así era como debían ser las cosas.

Y a pesar de su aparente pleitesía, no podía evitar imaginarse cómo sería su vida si un día se despertara y su hermano hubiera desaparecido.

No más humillaciones, golpes ni insultos.

Tendría amigos, sus padres lo querrían, pasarían tiempo con él y escucharían cada vez que tuviera algo que decir.

Demostraría que sí era importante y valioso.

Por desgracia, la realidad distó mucho de asemejarse a su pequeña fantasía.

La muerte de Abel no le trajo paz. Es cierto que se libró de sus abusos, pero el daño ya estaba hecho.

El alivio inicial fue engullido por la culpa, hasta que un sentimiento de desesperación terminó por dominarlo.

Se había alegrado de la muerte de su hermano.

De una forma retorcida, regodeándose en secreto con los detalles y luchando por contener la sonrisa durante el funeral.

Por primera vez en su vida, tenía el control.

Había ganado y esa sensación de poder resultaba difícil de olvidar.

Sin embargo, no duró mucho. La conciencia era un mal poderoso que arrastraba demasiadas preguntas con ella.

¿Cómo podía alegrarse por una cosa así? Incluso si su hermano merecía ser castigado, lo que hizo era imperdonable.

No lo convertía en el vencedor, lo transformaba en el mismo monstruo que tanto sufrimiento le había causado.

Debería estar triste, arrepentido, llorar la pérdida y, no obstante, una parte de sí mismo seguía riendo y no cambiaría nada de lo ocurrido.

¿Qué decía eso sobre él? Puede que sus padres tuvieran razón, después de todo.

Miguel no era tan bueno ni tan especial como pensaba.

Sus padres… Esa era otra historia. Si lo hubieran apoyado, si se hubieran preocupado por todos los sentimientos contradictorios que bullían en su interior, si le hubieran regalado un poco de ese amor que anhelaban poder entregarle a Abel, quizás no se habría sentido tan aterrorizado, habría compartido su carga y las heridas se terminarían cerrando.

Pero la tragedia no sirvió para unir a la familia.

Al contrario, sus padres se volvieron aún más distantes.

Lo miraban con desprecio, como si la muerte de su hermano fuera su culpa.

Era sencillo darse cuenta de lo mucho que sus padres desearían poder intercambiar la situación de sus hijos.

Que fuera Miguel y no Abel el que se encontrara bajo tierra.

Pero no había sido así y ahora su mera existencia era un recordatorio constante de lo que habían perdido.

Y si todo aquello no fuera suficiente, su vida en el instituto tampoco mejoró.

El joven estaba seguro de que sin la influencia de su hermano podría ser uno más.

Creía que sus compañeros lo aceptarían, que por fin tendría amigos.

Sin embargo, no tardó en comprender lo equivocado que estaba.

Después de trece años siendo un solitario, ya era tarde para él.

No sabía cómo relacionarse, sus maneras eran demasiado suaves, sus gustos, atípicos; y los otros niños lo consideraban un bicho raro.

Sin Abel para protegerlo, los que antes se limitaban a insultarlo ahora se veían libres para agredirlo, para esperarlo a la salida, arrastrarlo a un callejón y propinarle las palizas y humillaciones de las que antes se encargaba su hermano.

Había cambiado un abuso por otro, con la diferencia de que aquellos críos no eran tan dignos para ello como lo había sido Abel.

Fue entonces cuando comenzó a pensar que tal vez no era culpa de su hermano.

Puede que sí hubiera algo malo en él, después de todo.

Algo que lo hacía merecedor del rechazo y el daño.

Quizás ese fuera su castigo. ¿Cuál era su crimen?

No estaba seguro, aunque podía intuirlo.

Lo que sí sabía es que una parte de sí mismo empezó a anhelar la destrucción, a disfrutar con su propio dolor, con la soledad, la incomprensión y el maltrato.

Había un cierto alivio en el sufrimiento, una liberación para su alma atormentada.

Las pesadillas que lo acompañaban cada noche no dejaban de darle la razón a esa parte retorcida de su mente.

Su hermano regresaba a por venganza, continuaba torturándolo en el reino de los sueños y le recordaba lo que era y a lo que podía aspirar.

O sus padres descubrían su secreto, el que juró llevarse a la tumba, y exponían con palabras lo que pensaban sobre él, evaporando cualquier esperanza de obtener su amor.

Y también estaban esas otras, en las que ese lado de sí mismo que tanto le asustaba terminaba de despertar y consumía todo lo demás, donde la oscuridad se hacía con el control hasta convertirlo en un monstruo incapaz de ninguna emoción que no fuera la crueldad y la sed de poder.

No había otra salida. Miguel no tenía nada de especial, tampoco era una gran pérdida. ¿Quién iba a lamentarlo? Libraría a sus padres de la pesada carga de su existencia y a sí mismo de la confusión y el miedo.

Ese día no fue al instituto. Fingió estar enfermo, se quedó en la cama y esperó a que la casa se quedara vacía.

Después había ido al cajón donde guardaban las pastillas y cogió todo lo que encontró, antes de regresar a su cuarto.

Sería sencillo. Se las tomaría de golpe y después se quedaría dormido.

No más dolor, no más dudas. Cerraría los ojos y jamás despertaría.

No era fácil tragar tantas cápsulas, comprendió al empezar a sentirse adormilado. Sin embargo, no se detuvo y solo cuando hubo acabado volvió a meterse en la cama, con una sonrisa satisfecha danzando en sus labios mientras la neblina de la inconsciencia devoraba el mundo a su alrededor.