25 de noviembre, 2019 #4
—Pues anda que no finges bien, si pareces el líder de la manada. —El tono de Miguel mostraba su escepticismo—. No sé por qué te crees tan único y diferente.
—Creo que ahora eres tú el que se está riendo de mí.
No es que esté fingiendo, lo que les muestro también es real.
Pero no lo es todo. Sé que tengo un sentido del humor peculiar y una forma de pensar…
inusual, por decirlo de forma suave. Con los otros no puedo ser yo por completo, no serían capaces de soportarlo.
Sin embargo, tú… Desde que te vi, sentí que encajábamos.
No preguntes por qué, solo lo sé. Creo que podríamos ser muy buenos amigos y tal vez algún día llegar a entendernos de verdad el uno al otro.
¿Había sido un discurso demasiado emotivo? Quizás se había pasado de romántico. Ángel metió las manos en los bolsillos y se encogió con un escalofrío. Maldita sea, si Miguel no le daba el visto bueno pronto, se iba a quedar helado.
No obstante, su compañero no pareció muy conmovido. En su lugar lo miró de arriba abajo, como si estuviera diseccionando una nueva especie animal.
—Noah tenía razón —masculló por fin—. Eres un rarito.
Ángel se echó a reír, sin verle en realidad la gracia.
—¿Dijo eso de mí? —La chica era más perceptiva de lo que había imaginado—. Sí, es verdad. Pero creo que tú también lo eres y por eso me encantaría conocerte mejor.
Durante un momento, dio la impresión de que Miguel estaba dispuesto a aceptar lo que Ángel acababa de decir. Las dudas se leían en las arrugas de su frente y en su mirada pensativa. Sin embargo, cuando volvió a hablar, su expresión mostraba rechazo.
—Mira, no sé qué te traes entre manos, pero no me interesa.
Me da igual que te aburras, que te creas un incomprendido o que los de clase sean un coñazo.
Ese es tú problema, yo no quiero saber nada de ti ni de tus movidas.
—Miguel tiró la colilla al suelo y la apagó con el zapato antes de apartarse de la pared y dar unos pasos hacia la puerta—.
Me voy a clase. Y por última vez, te pido que me dejes en paz.
—¿Qué has visto en mí para que me odies tanto? ¿Es que te he hecho algo malo?
—¿Qué? —Miguel se detuvo y le lanzó una mirada cargada de confusión—. Yo no te odio.
—¿Ah, sí? Pues lo parece. Desde el primer día me has mirado mal. Sé que no te llevas con nadie y en general eres bastante borde, pero conmigo es peor. Parece que me tienes asco y no entiendo qué he hecho para merecérmelo.
—Bueno, tendrás que superarlo, no puedes caerle bien a todo el mundo. —Miguel trató de sonar duro, aunque sus palabras fueron vacilantes.
—Por supuesto —asintió Ángel—. Y tampoco lo pretendo.
Pero si te he hecho algo malo, me gustaría saberlo para no repetirlo.
Cuando me miras de esa forma, me haces sentir culpable y ni siquiera sé por qué.
Y si no es por algo que haya hecho, si es por, que se yo, porque te recuerdo a alguien que te cae mal, vale, dímelo, lo aceptaré.
Pero al menos sácame de dudas para que no me sienta como una mierda cada vez que te veo.
¿Era culpa lo que brillaba en los ojos de Miguel?
¿Había acertado con su suposición, a su compañero lo invadían los remordimientos por haberlo tratado mal sin motivo?
¿Le dolía pensar que había hecho daño a Ángel con su conducta injustificada hacia él?
Resultaba difícil saberlo solo por su expresión, pero Ángel tenía la sensación de que por fin había logrado tocar las emociones que Miguel se esforzaba tanto por ocultar.
—Olvídalo, Ángel. No te odio, ¿vale? —En esta ocasión, su tono fue suave, mucho más conciliador que hasta entonces—. La cosa es que no tengo interés en hacer amigos. Vengo aquí a estudiar y ya está. No es nada personal. Mi vida social está en otros círculos.
—Lo entiendo, pero ¿es eso suficiente? La universidad es muy dura, tener cerca a un amigo que comparta tus experiencias y en quien apoyarse es algo positivo…
Da igual, no importa. —Ángel por fin pareció rendirse tras soltar un hondo suspiro—.
Sé aceptar una negativa. Solo quería aclarar las cosas y que supieras cómo me siento.
Si algún día cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme.
Dicho aquello, se giró y comenzó a andar sin esperar respuesta.
«Vamos, Miguel. Ahora es tu turno».
—¿Cómo sé que no es igual conmigo?
Lo sabía. Había logrado interesarlo, a partir de ese punto no existía vuelta atrás.
Ángel se volvió hacia su compañero y arqueó las cejas.
—¿A qué te refieres?
—Después de lo que me has dicho, ¿cómo voy a saber si eres honesto conmigo o si me consideras una persona aburrida con la que no puedes ser tú mismo?
—¿No es obvio? —Ángel regresó sobre sus pasos hasta situarse de nuevo frente a Miguel—.
Prácticamente te he dicho que soy un hipócrita que está cansado de todo el mundo y que no conecta con ninguno de sus supuestos amigos.
¿Crees que te habría contado todo eso si no confiara en ti, si no pensara de veras que tú eres diferente?
—Ya, pero…
—Aunque claro —interrumpió Ángel sin inmutarse ante sus titubeos—, siempre puedes elegir no confiar en mí. No tienes motivos para hacerlo. Voy a volver a clase, que me estoy quedando helado. Siéntate donde quieras, no insistiré. Nos vemos.
Ahora sí, Ángel entró en el edificio sin mirar atrás.
Sabía que en esta ocasión Miguel no lo llamaría, estaba demasiado ocupado pensando en lo que acababa de ocurrir.
Era mejor no presionarlo, tenía mucho a lo que darle vueltas.
El propio Ángel se sentía un tanto mareado.
No había sido tan sincero desde… Bien, desde que aprendió a hablar.
Se sentía expuesto e inquieto, aunque no se arrepentía.
Hasta la fecha había conseguido lo que quería de otros valiéndose de su don para endulzar los hechos y dosificar la realidad a su conveniencia, pero aquello no había servido con Miguel.
Usar una verdad más cruda y directa era una nueva estrategia y pronto descubriría si también daba frutos.
Solo quedaba esperar. Era a Miguel a quien le tocaba mover ficha.