¿Quién eres cuando nadie mira? 25 de noviembre, 2019 #3
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25 de noviembre, 2019 #3

Se sentó en la segunda fila y colocó la mochila en el asiento de al lado para que sus compañeros supieran que el sitio estaba reservado.

Pensaba llamar a Miguel en cuanto entrara en clase y ofrecérselo a él.

Era probable que no lo aceptara, pero ¿quién sabe?

El jueves lo había acompañado hasta su casa y tenía el teléfono de su prima, quizás ahora se sintiera un poco mejor predispuesto hacia él.

No fue así. En cuanto lo llamó, Miguel entornó los ojos y siguió caminando para sentarse solo en la última fila, como era su costumbre.

A Ángel aquello no lo desanimó. Ya había puesto el cebo, era solo cuestión de tiempo que Miguel picara.

El joven se aseguró de que el asiento a su lado permaneciera vacío, una oferta abierta que su compañero podría aceptar en cualquier momento si cambiaba de opinión.

Sabía que la curiosidad acabaría sobrepasando el rechazo de Miguel, por eso no le sorprendió cuando en el descanso entre tercera y cuarta hora, el chico se acercó hasta la segunda fila y se dejó caer en el asiento a su lado.

—¿Qué tal tu resfriado?

De todos los posibles inicios de conversación, aquel era el último que esperaba. Miguel estaba siendo irónico, era obvio por su tono y el ceño fruncido con el que lo observaba, pero Ángel fingió no darse por enterado.

—Mucho mejor, gracias por acordarte.

Miguel soltó un resoplido.

—¿Lo saben tus amigos?

—¿El qué? ¿Qué he estado resfriado?

—No, que te dedicas a seguir a la gente por la calle como un puto acosador.

Oh, vaya. Miguel todavía estaba enfadado. ¿Cuántas veces tendría que explicárselo?

—Ya te lo dije, Migue. Os vi de casualidad y quería saludaros. Nada más.

—No me llames Migue —siseó su compañero, cada vez más molesto—. ¿Se supone que tengo que creerme eso? Entonces, ¿qué estabas haciendo allí tú solo a esas horas? ¿Por qué nos seguiste hasta casa?

—No os seguí, os acompañé. Y tu prima parecía encantada con ello.

—No metas a Noah en esto…

—Y sobre lo que estaba haciendo —continuó Ángel ignorando la interrupción de Miguel—, había salido a pasear. Tuve un mal día, ¿sabes? Estaba agobiado y necesitaba despejar la cabeza.

—¿Un mal día? ¿Agobiado? ¿Tú?

A Ángel le sorprendió la incredulidad de Miguel, sobre todo porque acababa de ser sincero con él. Para alguien que estaba acostumbrado a mentir y que todos le creyeran, que no aceptaran sus palabras cuando por fin decía la verdad le hacía sentir raro.

—Sí. ¿Tú nunca te sientes agobiado?

—Yo sí, claro. ¿Pero tú? —La expresión de Miguel se volvió aún más escéptica—. Me resulta difícil de creer.

—¿Por qué? ¿Acaso no soy humano? ¿No puedo sentirme mal, tener problemas?

En esta ocasión, sus palabras hicieron enmudecer a Miguel.

Aunque no se lo hubiera planteado, era algo que no podía negarle.

Durante ese instante de silenciosa reflexión, algo pareció cambiar en el joven.

Y a pesar de que cuando habló lanzó un nuevo ataque, su tono vacilante revelaba las dudas que comenzaban a surgir en él.

—¿Y es así como resuelves tus problemas? ¿Acosando a la gente?

—Déjalo, Miguel. Ya te he dicho que no fue así.

El chico no insistió. En su lugar, volvió a callarse y se tomó un rato para pensar antes de volver a hablar.

—Vale, aceptemos que lo del tabaco fue una broma de mal gusto y que lo del jueves fue una coincidencia, entonces ¿por qué sigues persiguiéndome? ¿No tienes bastante con tu grupito? ¿Por qué me has guardado hoy el asiento? ¿Qué quieres de mí?

La sospecha brillaba en sus ojos, como si esperara una intención retorcida tras los actos de Ángel. El mayor le dedicó su mejor sonrisa.

—Siempre te sientas al fondo, tú solo… Debe de ser muy aburrido. Además, aquí es mucho más fácil atender y enterarse de las cosas. Pensé que te gustaría tener un buen sitio sin necesidad de madrugar.

—Vete a la mierda.

Miguel se levantó, dispuesto a marcharse. Eso no funcionaría. Su amabilidad, su amistad… Miguel no se creía nada de aquello. Pero hacía un momento parecía dispuesto a escuchar. ¿Cuándo había sido? ¿Qué dijo para lograr atraer su interés?

Entonces Ángel lo comprendió. Su disfraz era demasiado perfecto.

Podía funcionar para la mayoría, pero no para las personas más sensibles, para los más perceptivos.

Miguel sabía que aquella perfección era imposible y por tanto, jamás confiaría en él.

Si quería llegar hasta su compañero, tenía que demostrarle que ellos dos no eran tan distintos, que los dos tenían problemas, que se agobiaban y necesitaban salir a respirar.

Aquel chico anhelaba la honestidad por encima de la perfección.

Bueno, no sería él quien se negara a probar cosas nuevas.

—Miguel, espera. —Ángel también se levantó, con una expresión seria que no solía mostrar en clase—. Ven un momento conmigo. Quiero contarte una cosa. Pero no aquí, aquí hay demasiada gente.

—¿Por qué haría eso?

—Tú me has preguntado, ¿no quieres conocer las respuestas?

Miguel sentía curiosidad, claro. Uno de los grandes males humanos, esa curiosidad que te empuja a destruirte solo para saber qué se siente. Por mucho que apartara la vista y torciera la boca en un gesto hosco, era evidente que no opondría mucha resistencia.

—La profesora está a punto de llegar… —gruñó entre dientes.

—¿Y? No creí que te importara llegar tarde a clase.

Miguel murmuró algo ininteligible, pero que por el tono sonó a un insulto, y entonces agitó la cabeza.

—Voy a fumar.

Y acto seguido salió del aula. Ángel alzó las cejas.

¿Era eso una invitación para que lo siguiera?

Quizás. Y si no, daba igual, actuaría como si lo fuera.

El cielo estaba nublado y una brisa fría estremeció al joven, que con las prisas había olvidado coger el abrigo antes de salir.

Sería mejor que no tardase demasiado, no quería quedarse helado allí fuera.

Sin embargo, el clima no parecía molestar a Miguel, a quien encontró apoyado contra la pared de ladrillo mientras encendía un cigarro.

La gruesa sudadera que llevaba puesta ayudaba, claro.

—Estoy aburrido. —Ángel lo dejó caer sin preámbulos, atrayendo con sus palabras la atención de Miguel—. Muy, muy aburrido. Aburrido hasta lo indecible.

Sinceridad, eso era lo que quería, ¿no? Miguel no buscaba excusas disfrazadas de amabilidad. Quería saber por qué Ángel estaba interesado en él. Y eso es lo que iba a contarle. No podía quejarse, hacía mucho tiempo que no eran tan directo y honesto con nadie. Y tenía mucho más preparado.

No obstante, Miguel no se tomó aquello muy bien. Le miró con el ceño fruncido y soltó un resoplido incrédulo.

—¿Y qué tengo yo que ver con eso? ¿Qué soy, un mono de feria para que te diviertas?

—No. —Ángel parpadeó despacio. No había pensado que pudiera interpretar así sus palabras, pero eso no lo desanimó—. Es que tengo la impresión de que tú también estás aburrido. Aunque parece que a ti no te importa.

—Debes de pensar que es divertidísimo burlarte de mí, ¿no?

—Para nada. Estoy siendo sincero. Y no es fácil admitirlo, ¿sabes? No soy la clase de persona que habla a menudo de sus sentimientos.

Por la forma en que Miguel arqueó las cejas, Ángel supo que no acababa de creerle, pero al menos decidió quedarse donde estaba y continuar la conversación.

—¿Cómo es eso posible? ¿Por qué te aburres tanto si estás todo el día rodeado de amigos? Cualquiera lo diría.

—Ese es el problema. —Ángel suspiró, los labios contraídos en un mohín de disgusto—.

No me malinterpretes, los aprecio, son mis amigos, se portan bien conmigo, me gusta estar ahí para ellos…

Pero no acabo de encajar. Da igual cuánto lo intente, soy incapaz de sentir una verdadera conexión.

Me caen bien, pero me aburren. Y cada vez me cuesta más soportarlo.

Estaba haciendo un movimiento muy arriesgado, era consciente de ello.

La información que acababa de compartir era peligrosa, le daba a Miguel el poder de destruir la imagen que con tanto esmero había construido.

Solo tenía que contarles a todos que Ángel era un hipócrita que estaba harto de ellos.

A decir verdad, no se sintió preocupado.

Sabía que Miguel no diría nada. ¿Por qué lo haría?

No se llevaba bien con nadie en la clase, no tenía sentido que corriera a decírselo.

Y de todos modos, si se iba de la lengua, lo único que tenía que hacer Ángel era negarlo.

¿A quién iban a creer, al chico que se marginaba a sí mismo o al buen amigo que siempre los había apoyado?

Estaba seguro de que podía contarle todo lo que quisiera a Miguel sin temor a que las cosas se torcieran.

—Ya. —Miguel dio una calada a su cigarro. Había apartado la vista de Ángel, dispuesto a fingir desinterés por sus palabras—. ¿Entonces por qué te juntas con ellos? Si te aburren… No es muy honesto de tu parte.

—No quiero estar solo. ¿Es que tú sí?

Había dado con la clave. Lo supo por la rápida mirada que le dirigió Miguel antes de volver a clavar los ojos en el suelo, por cómo su boca se contrajo y su rostro se ensombreció.

Solo fue un instante, pero suficiente para que Ángel entendiera lo mucho que Miguel anhelaba la compañía de un igual dispuesto a escucharlo y comprenderlo.

Alguien que hasta ahora no había sido capaz de encontrar en su clase.

—Si te digo la verdad —continuó Ángel—, nunca he sido lo que se dice popular.

—Me cuesta creerlo.

—Es cierto. En el instituto no me llevaba bien con nadie.

De hecho, no tenía amigos, tampoco en el colegio.

Siempre he estado solo. Por eso quería aprovechar la universidad para empezar de cero.

Decidí que sería amable con quien fuera amable conmigo y que intentaría abrirme y conocer a otras personas.

Pero a pesar de mi esfuerzo, no acabo de sentirme uno más.

Estoy en el grupo sin realmente ser parte de él.

Igual que cuando era un crío, sigo sintiendo que no encajo.